Siete personajes femeninos mitológicos en la actualidad
Un acto en tres cuadros
PRIMER CUADRO
(Penélope y Medusa están conversando a las puertas del juzgado. Medusa ha sido acusada por Poseidón. Están preparando el juicio que tendrá lugar después.)
PENÉLOPE: A ver, Medu, tú tranquila. Bien sabes que soy la mejor en mi oficio, gracias a mi increíble paciencia, estudio mis casos con mucho detenimiento, tanto que ni duermo por las noches. Total, no tengo otra cosa que hacer…
MEDUSA: Menudo marrón, colega.
PENÉLOPE: Bueno, es lo que hay. Pensábamos que no iba a salir el juicio, pero aquí estás, en la última testificación. La defensa está yendo estupendamente, pero, al parecer, este tío tiene enchufe. (Pausa.) El caso es que me suena su nombre, como si Ulises me lo hubiese mencionado cuando se fue, en los primeros quince días, cuando todavía daba señales y me llamaba después de desaparecer. Es omnipresente. Ni que fuera el dios del mar o algo así.
MEDUSA: En el mar lo voy a ahogar como me empapelen.
PENÉLOPE: Esas cosas no las digas ahí dentro, ¿vale, querida? Entiendo que estás tan enfadada que no piensas las cosas dos veces, pero recuerda que eres de las pocas mujeres que tiene una farmacéutica con laboratorio propio. No dejes que tu lenguaje te quite valor por la forma de decir todo lo que tienes que contar, tu verdad.
MEDUSA: Pero es que este tío no puede acusarme por venderle algo que me ha pedido, encima. ¡Que todos los productos que elaboramos en el laboratorio de la farmacia pasaron los controles requeridos por la Agencia Española del Medicamento! La fórmula magistral que patentamos está completamente probada. Es el primer caso con incidencia.
PENÉLOPE: Eso es lo que vamos a demostrar. Que tu producto funciona de maravilla y que tenía que haberse leído el prospecto para valorar los posibles efectos secundarios… ¡Y no mezclar las pastillas con alcohol!
MEDUSA: Es que encima lo mezcló con alcohol. (Enfadada y con tono agresivo.) ¡¿Qué esperaba?!
PENÉLOPE: Vale, cariño, cálmate. Esto es lo que vamos a decir: Un día como otro cualquiera, un cliente vino y pidió desesperadamente algún medicamento para poder mantener relaciones sexuales debido a su incapacidad…
MEDUSA: Porque no se le levantaba.
PENÉLOPE: ¡No, Medusa! Eso no lo podemos decir así. Mejor diremos que tenía disfunción eréctil. El cliente quedó completamente satisfecho, así nos lo hizo saber un par de días después cuando regresó a la farmacia, en principio, para felicitarnos por el gran producto y la venta…
MEDUSA: Sí, y para tirarme no solo la caña, sino el equipo de pescar entero.
PENÉLOPE: Espera, Medusa… Hay que matizar las palabras. Así no vamos a ninguna parte. Por mucho que tengas la razón, las palabras son importantes, porque si no, se puede tergiversar el suceso y la víctima se puede convertir en el verdugo de una historia mal explicada. ¿Entiendes lo que quiero decir?
MEDUSA: Sí, sí, algo me quiere sonar. Tienes razón. Hagámoslo a tu manera y terminemos con el teatro que se ha montado este personaje.
PENÉLOPE: Eso es. Entonces, explicarás que el cliente intentó forzarte primero a salir con él. Ante tu negativa, insistió y te agarró con violencia, con el objetivo de acostarse contigo “como recompensa”, cita literalmente sus palabras. Aquí jugamos con una lanza a nuestro favor: hemos conseguido las cámaras de seguridad, que no tienen sonido, pero sí se ve claramente el forcejeo y las intenciones que perseguía gracias a su comunicación no verbal.
MEDUSA: Claro, entonces fue ahí cuando le metí un guantazo. Eso también está grabado, ¿no? Que las clases de kickboxing no dejan indiferente a cualquiera. Mira, toca, toca. (Saca moya y se acerca hacia ella.)
PENÉLOPE: (Apartándole el brazo.) Sí, Medusa, pero mejor no hagas eso. Podemos alegar que fue en defensa propia. Es más, esto nos servirá como prueba de que su acusación viene dada por un resentimiento y no tiene fundamento. A la semana, regresó borracho a pedirte explicaciones. En los vídeos se ve la agresividad en sus gestos y cómo se tambalea. Te dijo…
MEDUSA: (Agresiva y burlesca, imitándolo.) “Puta, no se me baja la chorra. ¿Qué coño me has hecho? Llevo cuatro días así. Vas a pagar por esto”.
PENÉLOPE: Pues sí. Cítalo literalmente, tal y como lo has dicho, pero aclara que fueron sus palabras, por favor, eh. Sabes contar lo que pasó mejor que nadie, porque fuiste la única que lo vivió en sus propias carnes.
(MEDUSA y PENÉLOPE pasan al juzgado. Se sientan en la mesa, de frente al Magistrado. Poseidón y su abogado, sentados en la otra mesa. La última parte del juicio dará comienzo. La JUEZA expone el caso hasta el momento e informa de que concluirá después de esta última sesión. Solo testificará MEDUSA.)
JUEZA: Señores y señoras, nos encontramos ante la última sesión del caso FÓRMULA MAGISTRAL VIAGRA. La defensa relata que fue a la farmacia el día 12 de septiembre de 2022 a las 10:30 A.M. a por viagra debido a un problema médico en su aparato reproductor, medicamento que la acusada le vendió alegando que era el mejor producto del mercado. La acusación, por su parte, denuncia que, aunque el medicamento surtió efecto en un primer momento, tanto que regresó al par de días para felicitar a la acusada por su producto artificial sobre las 13:30 P.M., al cabo de una semana, experimentó una serie de efectos secundarios, lo que le impidió hacer vida normal. Por eso, regresó a la 1:14 A.M. La acusada defiende que participó en la elaboración del mismo producto hace exactamente diez años, habiendo cumplido con los controles requeridos para ponerlo y mantenerlo en el mercado con el paso del tiempo y que se vio obligada a autodefenderse ante un intento de abuso sexual. En la sesión de hoy, escucharemos solamente la versión de la acusada. Después, conoceremos el veredicto y se dictará sentencia. Señora Medusa, tiene usted la palabra.
MEDUSA: Señora jueza, miembros del jurado, estoy agotada. Llevamos con este caso meses. Todo por culpa de este… perdón, perdón.
PENÉLOPE: Tranquila, Medusa. Sabes hacerlo.
MEDUSA: Lo siento, voy a volver a empezar. Señora jueza, miembros del jurado, buenos días. A veces la impotencia habla por mí. Muchas veces no encuentro las palabras para expresar lo que siento y mis emociones me dominan, pero voy a tratar de dejar a un lado lo emocional para contar la verdad, mi verdad, porque tengo el altavoz que he necesitado durante tanto tiempo, como si de siglos se tratara. Como ha expuesto su señoría y como ya ha matizado en anteriores ocasiones mi letrada y venimos hoy a demostrar aquí, yo atendí a un cliente corriente, en un día como otro cualquiera, el 12 de febrero de 2022 a las 10:30h. Lo pueden comprobar en las imágenes de seguridad, a las que hemos tenido acceso recientemente. Con tono decadente y avergonzado, me preguntó por algún medicamento para tratar la disfunción eréctil que sufría, por lo que le recomendé mi producto, que accedió a comprar sin un atisbo de duda. Un par de días después, a mediodía, a eso de la 13:30h, aprovechando que mi compañera había salido a comer en su turno, regresó el individuo a agradecerme mi labor como profesional, felicitándome por la gran eficacia del producto. Pero no quedó ahí: el hombre, como muestra de su “agradecimiento” quiso invitarme a salir. Yo me negué, y es cierto que no di ninguna explicación porque no, no tengo pareja, pero no he sido nunca partidaria de poner excusas e inventar falacias por evitar el descontento de los hombres o dañar su masculinidad. Soy feliz así y no quise tener ningún vínculo afectivo más allá, aunque no sé por qué tengo que aclarar esto. (Pausa. Con rabia contenida.) Bueno, sí, sí lo sé, porque, hasta el momento, he tenido que justificar cada una de mis decisiones y siempre estoy expuesta al ojo crítico, incluso de la gente que más me quiere. Me recriminan no haber sido más contundente con él, no haberlo cortado al ver sus intenciones ni haber puesto la excusa de tener pareja. (Pausa. Decepcionada, con la mirada baja.) En cualquier caso, siento que cualquier decisión que hubiese tomado en ese momento tan crítico hubiese sido insuficiente, (Pausa.) inútil. Ese hombre no vino a agradecer ni a reconocer mi trabajo, vino porque quería aprovecharse de mí y acostarse conmigo. Ante mi negativa, comenzó a increparme y me dijo que por qué no dejaba, aunque fuese, que me diera “un besito como recompensa”. Como no reaccioné en un primer momento, intentó besarme, ahí empezamos a forcejear y terminé golpeándolo en sus partes íntimas. Huyó despavorido y respiré, pensé que se había acabado. (Suspiro.) Pero nada cerca de aquella imaginativa: justo una semana después, a la 1:14 A.M. irrumpió alguien en mi farmacia. Sonó el timbre de la entrada, yo estaba de espaldas, colocando algunos medicamentos que habíamos recibido esa misma tarde, y me giré apresuradamente al reconocer su voz. He rememorado tantas veces esta escena que me la sé de memoria, puedo recordarla con pelos y señales y así la voy a exponer, por lo que pido perdón de antemano por las vulgaridades, señoría: “Puta, no se me baja la chorra. ¿Qué coño me has hecho? Llevo cuatro días así. Vas a pagar por esto.”. Se tambaleaba de un lado para otro. Se acercaba a mí. Toqué el botón de emergencia, sabía que la policía iba a llegar pronto. Intenté preguntarle si había leído el prospecto, aunque entendí que no, porque era evidente que había ingerido alcohol. Después, traté de explicarle lo que le estaba ocurriendo: el sildenafilo, al haberse mezclado con alcohol, hizo que se deterioraran los compuestos químicos. Esa reacción química fue lo que le produjeron los efectos secundarios que sufrió. No me creía. Siguió agrediéndome verbalmente hasta que me cogió del brazo, apretó tanto que me salió un moratón. No tuve otra alternativa: lo golpeé tan fuerte como pude en su miembro viril. Gritó de dolor y se tendió en el suelo. Cuando llegó la policía, me arrestaron, yo enmudecí y no podía explicar lo sucedido. Llamaron a una ambulancia y lo último que oí fue que le decían si quería presentar una denuncia, pero no escuché su respuesta. Ni siquiera vi a la ambulancia llegar. Pasé la noche en el calabozo hasta que pude pagar mi fianza con gran parte del dinero que había ganado durante toda mi vida en aquel negocio. Fractura de pene y esterilidad, ¿no? Pobre, Poseidón… Me gustaría que pensaran solo un instante cómo me sentí yo cuando lo vi entrar por la puerta tambaleándose. ¿Saben lo que es trabajar de cara al público de noche, en la madrugada? Soy una mujer muy trabajadora, nadie me ha regalado nada. Lucho cada día por vender el mejor de los productos y no pondría en el mercado algo que pudiera poner en riesgo la salud del cliente jamás. Por eso cada una de mis fórmulas magistrales pasan sus debidos controles. La última, de hecho, me ha permitido quedarme embarazada y dar a luz a mis preciosos hijos, Pegaso y Crisaor. Han sido investigaciones muy exhaustivas a las que he dedicado toda mi vida con el objetivo de que, además de eficaces, sean seguras para todo aquel que las consuma. No fue mi culpa y no me siento culpable por cómo reaccioné, porque fui víctima de un abuso y fue instinto de supervivencia. A pesar de eso, mi precio a pagar creo que es más que suficiente: he perdido mi farmacia, mis ingresos y mi prestigio como farmacéutica. Nadie confía ahora en mi trabajo porque, como mujer, estoy obligada a demostrar cada día que valgo en este mundo científico tan masculinizado. No se me permite fallar, como veis. Gracias a que hemos conseguido las grabaciones, por fin podré poner fin a este tedio. No me quiero ni imaginar qué hubiera sido de mí sin ellas. La culpa no fue mía. Empezaré de cero en un barrio nuevo. Nada más que añadir, señoría.
SEGUNDO CUADRO
(EUROPA y DAFNE conversan mientras esperan en la cola para entrar a jugar al bingo.)
EUROPA: …Y se pensaba que iba a engañarme, já, a mí, que tengo más recorrido que el camino de Santiago. ¿Tú te crees? Es que viene y me dice que si quiero ir a ver el mar. Así, de repente, sin paños calientes. Que no lo conozco de nada, Dafne. (Pausa dramática.) De nada. Se cree que soy una niña y que puede engatusarme para que lo acompañe a dios sabe dónde.
DAFNE: Los hombres son así, primero les das la mano y luego quieren cogerte el tronco entero. A mí me pasó algo similar: un señor que trabajaba vendiendo zapatillas, se llamaba Apolo. Le pedí que me enseñara unas para la Conchi, que se ha viciado a andar todas las mañanas y es su cumpleaños la semana que viene. Cuando las compré, me persiguió hasta el final de la tienda para pedirme el número.
EUROPA: ¿Y se lo diste?
DAFNE: Qué le voy a dar. Casi estreno yo las zapatillas para echar a correr. ¡Qué pesado!
EUROPA: Estos hombres…se creen que pueden dominar el mundo. ¿Te enteraste de lo que le pasó a la Paquita? (DAFNE niega con la cabeza.) Por lo visto se ha instalado ahora una App de estas para ligar. Y está triunfando.
DAFNE: Pero ¿qué me dices?
EUROPA: Que sí, que sí. Me manda fotos de los viajes que hace con los mozos con los que liga. Un día está en París, otro, en Australia; poco después, me dice que ha viajado a Tailandia… Esta mujer va a ver más mundo que yo.
DAFNE: Cómo viven algunas. Por eso no la has invitado, ¿no?
EUROPA: Qué va, si ahora está en casa. Lo que pasa es que hoy venían sus nietos a comer y quería hacerles rabo de toro, que no veas cómo le gusta al mayor. Entre que venían sus padres a por ellos, recogía la cocina, se duchaba y se preparaba, me dijo que era mucho lío y que mejor otro día. Pero ya ves tú cuando la vamos a ver, si es que no para quieta.
DAFNE: Ay, qué rico el rabo de toro. ¿Te gusta?
EUROPA: Eh, no, ¿has olvidado que soy vegetariana?
DAFNE: Aah, es verdad, que tú eres la de las hojas esas de laurel, ¿no?
EUROPA: ¿Pero qué dices? Si eres tú la que le echa eso a todos los guisos. Te van a salir ramas por las orejas. Pues eso, lo que te iba contando… Yo no sé si abrirme una App de estas, eh, que una tiene necesidades.
DAFNE: Anda, no digas tonterías. Tira, que entramos ya.
(DAFNE y EUROPA cogen asiento y piden los cartones del bingo y unas bebidas. Se quitan los abrigos.)
EUROPA: ¡Joe, cuánta gente hay hoy!, ¿eh? Casi nos quedamos sin sitio.
DAFNE: Lo que yo no recordaba era lo grande que era esto. Con los problemas que empiezo a tener de audición lo mismo no me entero ni de la mitad.
EUROPA: No te preocupes, yo te lo voy…¡Shhh! Que empieza.
DAFNE: Shh, tú. ¡Que estás hablando tú!
EUROPA: El ocho.
DAFNE: ¿El dieciocho?
EUROPA: El siete.
DAFNE: ¿Que me siente?
EUROPA: Cincuenta y seis.
DAFNE: Cinco…seis.
EUROPA: Por el dios Zeus, es que así no se puede… Después pedimos que nos acerquen más a los altavoces. Mira, ya me he perdido el siguiente por tu culpa.
DAFNE: Bueno, ¿qué me estabas contando en la cola de una App?
EUROPA: ¿Crees que es ahora el momento de hablar de esto? (Pausa.) El quince. ¡Casi línea!
DAFNE: Claro, qué mejor momento que este. Total, yo ya no voy a ganar. (Pausa.) ¿Pero estás segura? Europa, que a mí me asustan mucho los hombres, que algunos…van a lo que van… Oye, ¿has visto al que está en la mesa de enfrente? ¿No es ese Ulises? Y esa no es Penélope. Uy, uy, uy, este Ulises… ya se le veía.
EUROPA: ¿Este no le dijo a Penélope que tenía que irse a no sé qué de salvar a su tierra? Qué pájaro. Si es que todos son iguales…
DAFNE: Bueno, igual, iguales… ¿Has visto al camarero? Parece que está esculpido por Pigmalión.
EUROPA: El trece. ¡Línea, línea!
DAFNE: Por los dioses griegos, qué vergüenza. Y yo sin una mísera ficha colocada. Si es que no se oye, no se oye…
(EUROPA se levanta y va a cobrar la línea, pletórica.)
EUROPA: Hala, ya tenemos para comer el próximo día. Con la cantidad de gente que había jugando… Menudas perras me he sacado en un momento. Me han dicho que van a hacer un descanso de quince minutos para cambiar a la señorita que dice los números, salgamos fuera a tomar el aire. ¿Qué me estabas contando, Dafne?
DAFNE: Sí, claro. Salgamos. (Dice mientras coge el abrigo y se levanta.) Te decía que parece que el camarero ha sido esculpido a imagen y semejanza por Pigmalión.
EUROPA: Oye, Dafne, qué comentario tan inoportuno. ¿Cómo que Pigmalión? El físico es una construcción social completamente subjetiva que no debería ser motivo de adulación ni cosificación. El tiempo nos pasa factura y hace mella en todos. Puede parecerte guapo el señor, lo es, pero de ahí a compararlo con una figura mitológica que tanto daño nos ha hecho a las mujeres… (Gruñe.) Hay que tener cuidado con las palabras. Últimamente todo va muy rápido y formamos opiniones vacías, sin reflexión crítica, basadas en las redes sociales. Nosotras conocemos de primera mano las idealizaciones enfermizas… También nos hemos cruzado con algún tonto en nuestro camino. Lo vemos mucho últimamente en el Istagran y el Feibu, que lo usamos porque no somos unas viejas, somos unas modernas. Igual que a nosotras no nos ha gustado nunca que reduzcan todo a nuestro físico para mantener relaciones con nosotras, nosotras no deberíamos sexualizar así a los hombres tampoco.
DAFNE: Tienes razón, nunca me había parado a pensarlo. Ahora que hablas de las redes sociales… Míranos a nosotras, todavía conocemos otras formas de entretenimiento que nos ayudan a salir y a relacionarnos sin la tecnología. Estamos en el bingo, pasando un buen rato, hablando de nuestras cosas…Pero esto se va a acabar más pronto que tarde. El otro día me hablaba Hera de que sus hijos están todo el día con el teléfonito. No saben disfrutar de la vida sin él y… es una pena. Vi en las noticias hace poco que la salud mental de los más jóvenes está empeorando por lo pronto que les dan los padres un móvil a los niños… se vuelven adictos a él.
EUROPA: Salud mental, Dafne, en nuestros tiempos no se hablaba de eso. Menos mal que ahora se está prestando más atención. Según leí, el Tihtoh y el Istagran y todas estas aplicaciones están perjudicando a los más jóvenes porque no saben diferenciar la realidad de la ficción. Que si tienen filtros para hacerte más delgada, o para quitarte los granos y las marcas de la cara o para hacerte los dientes más blancos… Creo que estas empresas no son conscientes de lo perjudicial que es que cada vez se eleve más el canon de belleza, todo bajo unas convenciones sociales que crea el hombre de cómo es su mujer perfecta.
DAFNE: Tienes toda la razón, Europa. Este es, en realidad, el mito de Pigmalión. Tanto unos como otras caemos en la tentación de piropear la belleza y, sin quererlo, nos convertimos en cómplices de un sistema que, en especial, nos oprime a nosotras, las mujeres. Por eso, es tan importante que no caigamos en el juego.
TERCER CUADRO
(ATENEA se encuentra tras el mostrador, colocando las magdalenas en la vitrina. ECO está en la cocina, metiendo pan en el horno. ARACNE, la cliente, se está comiendo una tarta sin gluten.)
ARACNE: Quiero hablar con el encargado. (Enfadada.)
ATENEA: ¿Y eso por qué, señorita? ¿No le ha gustado la tarta?
ARACNE: Sí, estaba buenísima. Ese es el problema: seguro que lleva gluten.
ATENEA: No puede ser, joven. En esta vitrina todo lo que vendemos no contiene gluten.
ARACNE: ¡Mentira! (Enfadada.) ¿Quiere hacer el favor de llamar a la encargada, señora?
(ATENEA llama a ECO y se acerca al mostrador.)
ATENEA: ¡Eco! Esta chica dice que su tarta lleva gluten.
ARACNE: No, no lo digo ¿Cómo ponen en duda mi palabra? ¡Sé que lleva gluten!
ECO: Lleva gluten, lleva gluten.
ARACNE: (Elevando el tono de la voz.) Lo sabía, es que lo sabía. Me queríais engañar. Os voy a poner tal reclamación que las arañas que tenéis correteando por el techo van a tener que pedir la tarjeta de familia numerosa después de que os cierren el local.
ATENEA: No lo ha entendido bien. Dice que, efectivamente, no lleva gluten, ¿a que sí?
ARACNE: ¿Qué pasa, que ahora hablas tú por ella? Eres tú la cocinera, ¿verdad?
ECO: Verdad, verdad…
ARACNE: ¿Entonces, lleva o no lleva gluten?
ATENEA: Espere un momento, señora. No entiendo la prisa que tiene por demostrar que lleva la razón. Es como si tratara de quedar por encima de mí. Deme una oportunidad para explicarme.
ARACNE: Mire, llevo toda la vida siendo intolerante al gluten. Desde bien pequeñita, he estado batallando con la comida. Siempre he sido muy consciente de cuándo las tartas llevan o no gluten, porque muchas veces no quedaba otra que comprar alimentos elaborados con harina de trigo. He pasado la mitad de mi infancia mala del estómago, motivo por el que no iba al colegio y acompañaba a mi padre al trabajo…
ECO: Trabajo, trabajo… (Hace ademán de irse.)
ARACNE: Pero señora, que estoy hablando.
ATENEA: Espera un momento, Eco, el pan no se te va a quemar. Sigue contando, hija.
ARACNE: Bueno, he perdido el hilo… Como iba diciendo… Vengo de una familia muy humilde y los alimentos sin gluten valen casi tres veces más. El taller de costura de mi padre no nos daba apenas beneficios para sustentar a toda la familia, no podía permitirse el lujo de comprarle a su niñita comida especial. Por eso, empecé a trabajar bien temprano, cuando los dolores de tripa cesaban. Aprendí a coser imitando a mi padre. Me volví muy popular entre las vecinas, quienes me felicitaban habitualmente por mis magníficos bordados.
ATENEA: Así que popular, eh… Yo también hice mis pinitos cuando era joven, aún sigo haciéndolos en mis ratos libres. Cuando alguien nace con un don, nunca se olvida. ¿Qué es lo más grande que has bordado? A mí me dieron una vez un premio por bordar el rapto de Europa. Les gustó tanto que colgaron el tapiz en el ayuntamiento de mi ciudad. Todavía sigue allí, una nunca pasa de moda, como ves.
ARACNE: ¡Uau! ¡El rapto de Europa! Yo lo bordé cuando tenía quince años junto con todos los pecados de los dioses, las infidelidades que habían cometido, convirtiéndose en animales para engañar a las mortales. Tuvimos que pedir cajas y cajas de hilos, pero finalmente lo logré. Después de ello pensé en cuál sería mi próximo reto y decidí bordar el cuadro de Velázquez, Las Hilanderas, ¿lo conoces? (Atenea asiente con desprecio.) Es precioso. Mi padre tiene el cuadro en el taller y es su favorito, así que, por su cuarenta cumpleaños, decidí fabricarlo para regalárselo. Lloró de emoción cuando se lo enseñé. Ahora, en vez del cuadro, está colgado mi tapiz y lo ve todo el pueblo. Le han ofrecido un pastizal, tiene innumerables compradores, pero no quiere deshacerse de él.
ATENEA: Sí, bueno, con tiempo libre cualquiera podría bordar lo que se le antoje. Yo tuve que dejarlo para hacerme cargo de este local familiar, lo heredé de mi padre, un buen hombre. Al final una tiene que hacer sacrificios al tener tantas responsabilidades, algo que tú no entenderías…
ARACNE: ¿Qué me estás queriendo decir con eso?
ECO: Eso, eso…
ARACNE: A buenas horas, mangas verdes. Habló el mudo y dijo lo que pudo. Todavía estoy esperando a que me digas si la tarta lleva o no gluten.
ATENEA: ¿Pero tú de parte de quién estás? (Dirigiéndose a ECO.) Vete a la cocina, anda. Tira, tira, que no te veo…
ARACNE: Tampoco te pongas así. Déjala que se quede, que me tiene que aclarar la pregunta.
ECO: Pregunta, pregunta…
ARACNE: Y dale, chica. ¿Vas a parar de vacilarme?
ECO: Vacilarme, vacilar, vacil…
ARACNE: Mira, eh, bonita, me tienes harta. ¿Me están tomando el pelo? Llevo un día… que si a la hija de la Lourdes no le ha gustado cómo le he cosido la falda, que si al señor Dominguez le he cosido mal su puta insignia de marinero, que si utilizas un hilo demasiado gordo, que si hilas muy lento… Hoy solo quería relajarme y desconectar comiéndome una maldita tarta. Y no creo que hayan venido los dioses del olimpo a quitar el gluten.
ECO: Gluten, gluten.
ARACNE: Sí, ¿lleva o no lleva?
ECO: No lleva, no lleva…
ARACNE: ¿Entonces? ¿Por qué antes me ha dicho que sí?
(ECO da un golpe en la mesa, coge un papel y un boli y se pone a escribir. ARACNE y ATENEA muestran su desconcierto porque no entienden qué está haciendo.)
CARTA ECO: Estoy harta. Harta de que la gente esté constantemente tomándome el pelo, como si fuera tonta. Tengo un problema fisiológico del habla, no es que no quiera hablar o que no tenga suficiente léxico disponible, es que no puedo expresar todo aquello que quiero decir a través de mi voz. Estoy condenada a repetir la última palabra que alguien haya dicho a mi alrededor. Suelo tener paciencia con los demás porque sé que no todo el mundo puede o quiere conocer mi historia. He conseguido, con mucho esfuerzo, labrarme un futuro, y trabajo en un sitio en el que se me valora. Lo he hecho yo solita, pero llegar hasta aquí no ha sido nada fácil. ¿Sabéis lo difícil que ha sido crecer avergonzada por mi problema vocal? He vivido durante años simulando que no procesaba cada palabra y frase que me decían y haciéndome la muda: agachaba la mirada y me hacía la desentendida. He intentado hacer oídos sordos a cada insulto, cada desprecio, cada falta de respeto, aun habiendo escuchado e interiorizado cada palabra y mal gesto hacia mi persona. He convivido con la hostilidad de ser ridiculizada e insultada a cada paso que daba en mi vida sin tener yo la más mínima culpa de ello. Cuando me veía en la obligación de comunicarme, me hacía la muda y acudía al Speechify, donde una inteligencia artificial lee en voz alta el texto que escriba. Nunca he podido defenderme, pero hoy digo basta: basta de que me lancen malas palabras y se me trate como a una imbécil solo por no producir un hilo de voz, porque hay muchas más formas de comunicación y mis líneas de pensamiento son igual de lúcidas y claras que las de los demás. Esto es una condena con la que he aprendido a vivir y no quiero volver a callar nunca más. Mire, señora, le puedo asegurar que la tarta no lleva gluten porque aquí no trabajamos con harina de trigo. Puede ser que haya tenido una indigestión o le haya sentado mal por diversas razones, pero no voy a consentir que venga a acusarme de mentirosa y estafadora, porque respeto y, como ya he explicado, valoro y adulo mi trabajo, tanto que no puedo permitirme perderlo en ningún caso. Soy una trabajadora competente y no me parece moral que se me insinúe que juego con la salud de mis clientes. Soy plenamente consciente de la responsabilidad que asumo en la cocina de una pastelería sin gluten y soy extremadamente cuidadosa con cada uno de mis productos.
