Camino a Taumata

por Mar 18, 2022

Camino a Taumata

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De la corrupción con libertad a más corrupción sin libertad. Así anda Taumata

Camilo nació en un pueblo del tercer mundo.  Ese pueblo quedaba en Taumata, una provincia al sur del Rio Hinca. Era señalada como una provincia rica y libre por algunos ciudadanos —mejor dicho— por casi todos los habitantes  de Taumata. ¿Por qué era una provincia rica y  libre? ¡Bueno, era la época de la bonanza petrolera! Eso permitía, no como en otros sitios sin esa riqueza innata, contar con un excelente trasporte público y muchas otras cosas onerosas. Por  costumbre, sus ciudadanos llamaban al transporte público, el Metro de Taumata. También era una provincia con  sentimientos de pura libertad. Era libre como el agua que fluía libremente a lo largo de las riberas verdes del río Hinca.

Sin embargo, muy pocos de sus habitantes eran precavidos. Casi todos desperdiciaban la supuesta riqueza petrolera. Malgastaban el dinero con facilidad y además lo justificaban con una ligereza total. Una vez, alguien conservador, pero con buenas ideas, dijo: «Hay que sembrar el petróleo», y nadie le puso atención.  Además, claro, se burlaban de él diciendo y preguntando: «¿Cómo es eso?, ¿Cómo es que se siembra un mineral?». Algunos eran más cínicos y declaraban: «Esas son debilidades de los pensadores; de los que se creen filósofos». Para una  mayoría, Taumata era simplemente la primera provincia del tercer mundo, ya que, para sus habitantes, Taumata era exuberante. Esa frase era suficientemente hermosa, y eso bastaba. Así lo manifestaban cuando conversaban  en las casas o en las plazas.

Camilo vivió allí —en Taumata— durante su adolescencia. En una casa bella, con un tejado de antiguas tejas rojas, y rodeada de pájaros, flores y palmeras. Era una de esas casas teatrales y magníficas. Su casa y las contiguas contaban con una piscina en el medio de ellas.  Todas estaban  en un terreno cerrado al exterior por dos puertas —dos  barreras— que se cerraban automáticamente. Pero, por descuido,  a los motores no le daban prácticamente nada de mantenimiento. Además, la electricidad algunas veces faltaba. Entonces, casi nunca esas rejas  funcionaban. Unas veces abrían, otras veces no cerraban. Desde  la ventana de su cuarto, Camilo lograba  ver una de esas barreras, pintada de un azul brillante y en muchos sitios corroída por la humedad. 

Los habitantes de Rancho Alegre, así llamaban los vecinos al complejo de casas, eran felices porque tenían suficiente dinero para reparar casi todas sus indolencias. Todos tenían perros que permanentemente bailoteaban por los caminos que conectaban las casas, y en las terrazas siempre accesibles por los perros, era donde dejaban sus porquerías con mucha frecuencia. Nadie se preocupaba por limpiar las inmundicias en las áreas comunes, solo lo hacían si ocurría dentro de la terraza de su propia casa. Eso acontecía como parte de las costumbres de los vecinos de esa comunidad insensible.  Eso sí, se esforzaban  por mantener  la piscina clara y transparente. Sin embargo, las cosas cambiaron en corto tiempo. El dinero se esfumaba, en realidad desapareció, pero algunas  malas costumbres continuaron.  Ahora, después de muchos años, los vecinos que todavía viven en Rancho Alegre siguen   teniendo los perros cagones; pero ahora la piscina está sucia…sucia, a pesar del despilfarro descomunal  que ellos realizaron, tiempo atrás, en cloro y sulfato, para limpiarla. Condición que pareció no funcionar debido a la falta de calidad de esos ingredientes. La piscina, al presente, está turbia con un color azul manchado.

Cuando Camilo cumplió dieciséis años, sus padres lograron que viajara al exterior, al norte de Taumata; para educarse en una prestigiosa universidad de la provincia Morisqueta, al otro lado del río Hinca, en la escuela más antigua de política de esa universidad.  ¿Cómo lo lograron? Allí, a Morisqueta, había llegado Camilo con una beca, otorgada por la Casa Grande desde donde gobernaba muy engreído Donly Goldie.  Por supuesto, lo de la beca  no lo sabían muchas personas, era casi un secreto muy bien guardado. Camilo se dedicaba cada día, a  practicar cómo se debía comportar al hablar en público. Había aprendido a reflexionar de manera sosegada y a hablar con frases cortas. Procesaba muy bien no lucir emocional en ningún momento. Sólo debía hacerlo cuando era importante lograr un entusiasmo en los espectadores. Camilo practicaba para que a su regreso a Taumata —donde estaba su pueblo—  sus oyentes se animaran y lo aplaudieran.  

Una vez en  Taumata, cuando ya se hubiera convertido en el líder del movimiento de liberación, su voz tenía que ser pausada y elocuente. Debía mantenerse seguro y no resaltar cosas que no podía cumplir. Sólo levantaría  la voz,  de vez en cuando,  para motivar el embeleso de su gente.  Se había dedicado a estudiar, con detalle, las fallas que habían cometido, por muchos años,  los opositores al actual  gobierno de Machucho en Taumata. En especial los intentos deslucidos y fallidos para eliminar y desplazar al régimen presidido por el engreído, ególatra y mentiroso Machucho. Igualmente, aprendía sobre las actividades de los principales dirigentes del gobierno con el narcotráfico. Ya le habían informado desde la Casa Grande los nombres de sus principales cabecillas. El tiempo del régimen brutal —en Taumata— en esa provincia descolorida y maltratada, ya era demasiado largo. Casi tan largo como lo fue el gobierno anterior. Camilo reconocía también las fallas ocurridas en aquellos años: como la corrupción. Sin  embargo, entendía que hubo libertad. Ahora, había más corrupción y prácticamente nada de libertad. Un intenso esfuerzo por aniquilar a quien no seguía al liderazgo del gobierno autoritario.

Un poco después del carnaval, regresó Camilo a Taumata. No lo pensó mucho y se enfiló temprano a un mitin organizado por sus mejores amigos. Se montó en el andamio colocado cerca de la tarima, desde donde iba a hablar. Miró al frente, no lograba detectar donde terminaba la multitud inmensa, esa masa de gente, de pobladores que lo esperaban esperanzados con delirio. Le querían oír decir algo nuevo. Se fue a la tarima con una bandera patria de tres colores, que le había pasado un compañero de la adolescencia. La movió de un lado a otro un número infinito de veces. La multitud gritaba… gritaba.  Al instante, no pudo empezar a decir algo, pero se sentía entusiasmado. De repente, en el tono más fuerte que pudo, dijo «Gente, nos vemos el próximo sábado en Plaza Restauradora; la democracia desaparece cuando es apabullada por los sin alma. Pues, así, mi gente, se encuentra nuestra pobre provincia Taumata. ¡Sin democracia!».

Pasaron varios días, desde el día del mitin hasta el sábado 1 de mayo, cuando otra gran protesta contra el régimen se concentraba en Plaza Restauradora, tal como lo había sugerido Camilo. Sus paisanos seguidores habían acatado sus instrucciones. En los edificios cercanos, en cada pequeño balcón se juntaban por lo menos diez personas. Para ellos, era uno de los días más ilusionados  de sus vidas. En la plaza, la gente se empujaba para estar lo más cerca posible  de Camilo. Una chica con un cuerpo espectacular, con una camisa muy pegada que decía ¡Soy Amy!, logró estar en primera fila, en base a coqueteos con los manifestantes. Después de un buen rato, llegó Camilo, se subió a la tarima, agarró el micrófono y comenzó su discurso. Los aplausos y gritos  de los manifestantes eran tan altos que no dejaban oír lo que decía Camilo. Ellos decían: “¡Sí podemos…, sí podemos!”.  Gritaban y gritaban, parecían como aullidos de lobos. Pero de repente, el paso veloz de una bala que parecía venir del edifico más cercano derribó a Camilo de un solo golpe. La gente comenzó a moverse hacia el  edificio, donde pensaban  encontrar al que había disparado, y penetraron sin tener que forzar la puerta de entrada —simplemente— fue abierta voluntariamente por los propietarios. El ascensor no funcionaba. Subieron por las escaleras. Fueron diez pisos hasta la azotea; donde creían que estaba el  individuo  desconocido que había descargado la bala con suficiente determinación. Pero no encontraron a nadie. En realidad, nunca hubo ninguna persona en esa azotea. La que manejó el fusil, una íntima amiga de Amy,  ya se había alejado del árbol desde donde ella le disparó  a Camilo.