La espina de Criseida

por Nov 6, 2020

La espina de Criseida

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Sentada en el lecho, aguardaba la llegada de mi captor como una presa ya herida se resigna a su final. Cada noche, puntual, mi rey llegaba y tomaba posesión de su trofeo. Al principio, un cuerpo noche a noche más ajeno reaccionaba con lágrimas.

―Nunca volverás a ver tu patria, ¿me oyes? ―me decía―, aunque el mismísimo Zeus se me apareciera en este mismo instante.

Yo cerraba los ojos y me aferraba a lo único que poseeré jamás, mis recuerdos. Escuchaba de nuevo la voz de mi pobre padre narrándome historias sobre el gran Febo Apolo, volvía a corretear cerca de nuestro humilde hogar, libre. Una dicha más dolorosa que paliativa, similar a la que siente un navegante sediento al que la mar solo le puede ofrecer sal. Al fin, notaba un gran peso caer a mi lado al mismo tiempo que la cara se me secaba. Hacía entonces un gran esfuerzo por desoír los torpes ronquidos y buscaba el sonido de las olas. Las convertía en testigo de mis congojas y anhelos. Siendo mujer, acostumbraba a desechar lo segundo y a preguntar por qué había de vivir solo con lo primero. El destino, llegaba siempre a la misma conclusión. Un destino del que únicamente los hombres hablan. Un destino que forja batallas, victorias, leyendas. Incluso el destino parece pertenecer solamente a los hombres. ¿Qué estará pensando en estos momentos Clitemnestra? Me preguntaba. ¿Tendrá inquietudes parecidas a las mías? ¿Dedicará sus horas a maldecirme? Dada mi situación, debería envidiarla y sin embargo la compadezco más que a mi propia existencia. Casada con un monstruo cuyo único afán es impregnar la espada aquea de sangre troyana.

Comenzaron a llegar noticias de una peste letal que arrasaba con las tropas griegas. Cientos de guerreros abatidos por un enemigo sin yelmo ni lanza. Los ánimos en las tiendas de alrededor decaían mientras los míos regresaban. Debía de ser obra de mi dios venerado, de Apolo, al que día tras día imploraba piedad. ¿Podría ser que el destino estuviera equivocado? ¿Se acordaría de miserables como yo?

Una noche, mi rey llegó a la tienda furibundo, dispuesto a destrozar todo a su paso. El miedo que me había sobrecogido en veladas anteriores pareció infantil respecto a aquel que sentí en ese instante. No obstante, permanecí impasible, imperturbable. Sus infortunios alimentaban mi esperanza. El odio, algo que jamás había experimentado, tomó la forma de la bestia que tenía ahora delante.

―No tengo más remedio que llevarte de vuelta con tu andrajoso padre ―aguantaba la sonrisa mientras él vociferaba―. Estás contenta, ¿verdad?

Seguía callada, aunque unas manos punzantes me oprimieran la mandíbula. ―Ni siquiera sabes hablar, solo sabes hacer lo que te ordeno. ―Me encontré con que ese dolor me infundía placer. Era yo quien había vencido en esta batalla particular pese a mi aparente desventaja. Unos ojos rabiosos buscaban cualquier reacción por mi parte y al no hallarla, se giraron. Me daba la espalda. Respiré. Durante unos segundos que parecieron durar cien guerras, advertí que su espada estaba a mi alcance. Calculé cuánta fuerza haría falta para acabar con aquella criatura del averno. Llegué a la conclusión de que, si lo intentaba, el final acabaría siendo mío, no suyo. Pensé en Clitemnestra y en todos los demás trofeos de guerra que hubo y habría después de mí. Debía abalanzarme sobre la espada. Me acordé de todas y cada una de las noches de tortura. Debía hacerlo. Decidida, di el primer paso hacia el arma. Una luz cegadora me detuvo y escuché entonces un susurro etéreo como la brisa del mar. “Este no es tu destino. Morirá, pero no en tus manos”. Apolo, entendí de repente. Recuperé la cordura y entendí que apenas habían pasado dos segundos desde los gritos coléricos del rey griego. La espada seguía en el mismo lugar, pero él abandonó la tienda y no volvió a aparecer hasta mi partida el día posterior.

Aquella mañana, junto al astuto Ulises, me acompañó hacia el barco que me llevaría de vuelta. Su rostro gozoso evidenciaba que mi ausencia ya no le suponía tantos problemas. ¿Quién sería la desgraciada? No pude evitar pensar en lo que hubiera sucedido si la noche anterior el dios Apolo, mi protector, no hubiera intervenido. La duda me acompañaría hasta el último de mis días como una espina ligada a mi existencia. Sentí la necesidad de concederle una pequeña muestra de mi voz a Agamenón, ya no mi rey.   

―Escuchadme bien. Pensabais que Criseida viviría postrada ante vos. La furia de Apolo me ha sido favorable mientras os sentíais dueño y señor de vuestro futuro. No seáis necio, el destino no pertenece a los mortales, ni siquiera a los que se creen intocables, sino a los dioses. Sed testigos de cómo una simple joven ha sembrado el caos entre vuestros soldados sin mover ni un solo dedo. Cometisteis un gran error y ahora pagareis caro vuestros aires de grandeza. ―Esperé con la mirada fija en su abominable rostro. Conté cinco segundos y ahí encontré lo que tanto tiempo llevaba buscando. Una bofetada cuya fuerza parecía provenir de Ares me hizo tambalearme y finalmente caer. Lo había conseguido. El gran rey de Argos tenía miedo. Comprendí que la espina con la que estaba destinada a vivir había menguado. Me toqué la mejilla derecha, que comenzaba a entumecerse, y le sonreí mientras me alejaba con un puñado de arena aquea en cada mano. Ya podía marchar en paz.

El viaje fue tranquilo, tanto que me parecía imposible. Antes de poder concebir lo que estaba sucediendo, un viento conocido atrajo mi atención. Aquella orilla… El olor a hogar me acunó. Cuando marché de mis tierras, entendí que quedaba huérfana para siempre. Sin embargo, unos brazos cálidos me aguardaban.  ―¡Padre, padre! ―Lo saludé desde una cercanía inminente mientras el pulso me bailaba de unas extremidades a otras. Perdí toda compostura esperada en una mujer y salté, emocionada. Olvidé el impuesto título de joven para recuperar la niñez que con premura me vi obligada a dejar atrás. Me abordó una extraña sensación de libertad. Extraña porque en el fondo no era más que un espejismo. Yo, como la nave en la que me encontraba, solamente seguía rutas ya planificadas antes de la partida.

―Hija mía… ―El anciano sollozaba mientras me examinaba, unos pasos más y quedaríamos frente a frente. No le hizo falta ir más allá del rostro para confirmar que los hombres son capaces de destruir incluso sus botines de guerra. Lo abracé y me aferré a él como si de una despedida se tratase. Observé el baile del agua bañándonos las piernas y recordé las confesiones que le hice al mar en mi cautiverio. Suspiré. Abrí los puños y la arena de playas griegas que había traído conmigo desapareció, las olas barrieron cada grano. Cerré los ojos y lloré como nunca lo había hecho. Quise hacérselo saber a mi padre, pero todo quedó en un leve balbuceo: quizá no como un soldado, padre, pero le juro que he peleado por mi suerte.

 

Sofía Lacasa

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