La gran estafa. Una crítica de “La bola negra”
La bola negra, aclamada película de Javier Calvo y Javier Ambrossi que representará a España en…
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El pasado mayo se conmemoraron los 50 años de las épicas Jornades Catalanes de la Dona (Jornadas Catalanas de la Mujer), realizadas del 27 al 30 de mayo de 1976 en el paraninfo de la Universitat de Barcelona. Del 12 al 14 de junio de este 2026 se han celebrado, en el reciento Fabra Coats de Barcelona, unas Jornadas para rememorar y homenajear esta efeméride, con el título Jornades feministes en revolta: 1976-2026. Aprovecho este altavoz para explicar la trascendencia de este acto feminista pionero y subversivo, llevado a cabo meses después de la muerte del dictador Francisco Franco.
Tras algunos años leyendo bajo esta coordenadas, siento que por fin transito un espacio que me atraviesa y con el que me identifico vitalmente. Estudiar a estas mujeres me vincula con mi propia genealogía: soy capaz de leer a mis abuelas, que fueron migraron del campo a la ciudad en los 60; a mis padres, trabajadores desde los 11 y 13 años; a toda una clase social incomprendida y pisoteada. Siento que su historia, su memoria, es de alguna forma también la mía y que merece ser estudiada, compartida.
Quizás no sea una locura afirmar que se viven tiempos fantasmagóricos. No solo por el pesimismo que a uno le embarga tanto fuera como dentro del ámbito académico. No hace falta más que estar atento a las noticias para escuchar a políticos internacionalistas abrazar medidas populistas o expresar exabruptos y tonterías sin inmutarse, o ver cómo son cada vez más los lugares donde la guerra y la destrucción ganan protagonismo. Ante semejante panorama, parece difícil no “ver fantasmas por todas partes”.
Quienes nos dedicamos al estudio y la enseñanza de temas españoles en espacios donde esos temas no cuentan con ese tipo de legitimidad —en Países Bajos, por ejemplo, donde casi nadie se interesa por la historia o cultura de España— nos vemos forzados de forma constante a demostrar por qué lo nuestro puede resultar relevante. Esta presión nos obliga a establecer conexiones con otros campos, a adoptar marcos comparados y a renovarnos regularmente. Al mismo tiempo, sin embargo, si logramos sobrevivir (la precariedad es constante), nuestra misma marginalidad institucional nos da una libertad de movimiento bastante más amplia de la que tienen otros campos más centrales.
En El susurro del lenguaje, Roland Barthes preguntaba: “¿Nunca os ha sucedido, leyendo un libro, que…
Mi investigación trabaja en esas grietas. Busca los momentos en que los textos se contradicen, en que la humanidad de los pueblos amazónicos aparece a pesar de la ideología que intentaba negarla, en que la resistencia indígena, silenciada en los grandes relatos históricos, deja una huella en el papel. Sin embargo, este trabajo tiene también un valor que va más allá de la academia. Vivimos un momento en que los pueblos indígenas amazónicos enfrentan amenazas de una magnitud sin precedentes: cambio climático, deforestación acelerada, presión de intereses extractivos respaldados por Gobiernos de turno. En ese contexto, entender cómo se construyeron históricamente las narrativas que deshumanizaron a esos pueblos y legitimaron su despojo es una herramienta para reconocer esos mismos mecanismos cuando operan hoy, con otros nombres y otros disfraces.
Alauda Ruiz de Azúa mostró perspectivas estimulantes acerca de la maternidad y de la violencia patriarcal…
Afirmaba José-Carlos Mainer en sus citadísimas “Consideraciones sobre el lugar del exilio de 1939 en la construcción de la historia de la literatura española” (2002) que estudiar el exilio era “una opción de sentido moral muy denso”. Y esta ha sido la principal motivación para mantener vivos mi interés y curiosidad por el exilio republicano español de 1939. Se trata de una responsabilidad ética que me apela como ciudadana y como filóloga.
De algún modo, mi trabajo actual sigue partiendo de aquella escena inicial de mi infancia, convertida con el tiempo en el estudio obstinado de una idea: explorar cómo un texto se escribe, se transforma y entra en diálogo con otros, en una dimensión coral que busca entender cómo las escritoras se leen entre sí y, en ese gesto compartido de leer y escribir, cómo la literatura sigue tejiendo la gran arpillera.
Todo es vinculante, y todo es un tratado sobre la (in)comunicación y el misterio familiar en Las vitalidades (La Uña Rota, 2022), o pieza que se puede considerar como la primera novela de Ángela Segovia, autora de peso nacida en Las Navas del Marqués en 1987. Todo son afectos, y todo es la mirada, decíamos, en este pasaje metafísico, que viene a prosperar el acercamiento a la espiritualidad que, de forma más urgente, la autora ha trabajado dentro de la poesía, su género o asidero principal y que además ha hecho por ensanchar gracias a su conocimiento de la literatura latinoamericana.
La ficción es una extraordinaria vacuna, y puede alterarnos al inocularnos el anticuerpo, como las medicinales, pero el beneficio será, con toda probabilidad, más que efectivo. Y tanto los creadores como los difusores de sus creaciones debemos seguir suministrándola para que la mezquindad del mundo, al ser reconocida en la literatura y en el cine, nos haga reaccionar cuando cerramos las tapas o la sala se ilumina, dejándonos trémulos pero más preparados para la otra singladura de la realidad.