Fondo Inéditos Andrea

El ángel miró a Lete

Una premisa: llegar a la raíz de lo personal. Hablar de algo que me interpele. Cumplirla involucra interpretarme: ¿definirme? ¿Posicionarme? Escribir en primera persona, ¿ser una narradora? La diégesis, el desarrollo de la trama. Los hilos de la historia. El tejido de la memoria.

La Historia es un curso de acontecimientos e identidades heterogéneas. Genealogías, sagas míticas de subordinación, huellas, manos violentas, pieles que lloran. Somos la antigüedad denostada, el presente especular. Como Jaime Siles, hoy “leo cómo los dos ejércitos / se mueven, cómo va sucediendo todo / lo que en la caída de Troya sucedió” y me estremezco. Pensar lo que ellos fueron, lo que dejaron de ser, lo que destruyeron. El mitema se integra en la prensa, en los periódicos. Vestigios, crónicas inconclusas, novelas que culminan demasiado pronto y que nadie evoca. Poemas que sollozan en la hemeroteca, anales que reúnen las muertes de las mujeres que, como las troyanas de Eurípides, “abrasan a manos del fuego sus propios cuerpos porque morir prefieren” antes que entregarse a sus enemigos. También los gritos de una Casandra de cabeza rapada, que entona, enloquecida, su paradójico himno nupcial. Se ahoga la voz de una sustancia que chilla profecías ignoradas. Se entierra la luz, se cierran los ojos, las agujas los arruinan. Los tiranos —míticos, platónicos, simbólicos, tangibles— explotan, hieren, corrompen, asesinan y el tiempo los libra de culpa. Y a veces nosotros perpetuamos su impunidad.

Quizá nuestro deber —ético, si queremos— sea seguir a la Sibila, cruzar el Aqueronte, llegar al inframundo oculto, transitar sus recovecos, iluminarlos. Vislumbrar sus almas, su carne atrapada en el aire. Persecuciones, exilios, torturas: vuelos de la muerte. La gente no ha aparecido todavía. Los hijos, Astianactes, no se abrazan a sus progenitores porque ya no existen, porque fueron despeñados, descartados. Crueldad, odio, brutalidad. ¿El ángel de la historia los rechaza? ¿Nosotros los desgarramos?

El Angelus Novus de Paul Klee, reinterpretado por Benjamin: ¿a quién miró? Según Benjamin, el ente “vuelve su rostro hacia el pasado. Lo que a nosotros se nos presenta como una cadena de acontecimientos, él lo ve como una única catástrofe que amontona sin cesar ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Quisiera detenerse, reanimar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero desde el Paraíso sopla una tempestad que se ha enredado en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas”. El ángel no tuvo otra opción: en el Hades miró a Lete, río plácido de corriente impasible, las aguas grotescas del olvido, combinación de licores indignos. Un fluido carcelario, el fluido represivo. El ángel miró a Lete, pero nosotros, por los que murieron en la cárcel, en campos de concentración; por los topos, por los fusilados, por las mujeres violadas, por los que nunca serán encontrados, por los que se fueron, por los que no sobrevivieron; por todos ellos, miramos a Mnemósine. Y la titánide, encarnación vivificada de la memoria, se pronuncia también en la literatura, en libros simbióticos, colectivizados, mitológicos, contemporáneos. De ellos me ocupo: leo sus recuerdos.

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Graduada en Estudios Hispánicos y máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos por la Universidad de Alcalá, donde ha sido beneficiaria de varias becas de investigación. Sus intereses giran en torno a la historia literaria e intelectual del exilio republicano de 1939 y la crítica ideológica de la literatura, aspectos sobre los que es autora de varios artículos académicos. En la actualidad, es investigadora predoctoral (FPU-Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades) en la Universidad de Alcalá. Su tesis estudia los discursos del anticomunismo en la narrativa del exilio durante la guerra fría. Es directora de la revista Contrapunto.

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