Ceguera, Filosofía y Literatura. Entrevista a Ismael Martínez Liébana
Ismael Martínez Liébana (Fuentes de Ropel, 1958) es profesor titular de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. El autor, ciego desde los nueve años por una meningitis infantil, debido a esta doble condición de filósofo y persona ciega, ha publicado numerosos libros de índole filosófica, muchas veces vinculados a la cuestión de la ceguera y sus derivados, como el tacto. Algunas de sus publicaciones son: El sentido del tacto como vía de acceso a la objetividad en Condillac (1985), Aristóteles y Condillac: dos ensayos críticos (1987), Introducción a la Teoría del Conocimiento (1996), La teoría de la sensación transformada o el delirio del sensismo (1998), Fundamentos de Filosofía (1999) y El argumento ontológico de la existencia de Dios en sus textos (2023). Sin embargo, El Camino de Santiago con otra mirada. Un peregrino ciego en la ruta jacobea (2023) es su primer periplo literario.
Desde Contrapunto quisiéramos agradecerle enormemente que nos haya concedido esta entrevista. Numerosas son las temáticas abordadas en su obra El Camino de Santiago con otra mirada. Un peregrino ciego en la ruta jacobea. No obstante, atendiendo al título, uno podría pensar en que el libro versa únicamente sobre el Camino de Santiago de la mano de un protagonista ciego. Sin embargo, si algo destaca a lo largo de todas las páginas es la abundante cantidad de referencias filosóficas que se pueden encontrar. En este sentido, en primer lugar, ¿hasta qué punto nos encontramos ante una obra de cuño filosófico?, y en segundo lugar, ¿cómo han influido sus estudios e investigaciones en filosofía en su escritura?
El libro es el intento de reflexionar sobre múltiples aspectos de la vida y de mi concepción de la realidad sobre la base del Camino de Santiago. Considero que el Camino de Santiago, del que soy amante y que he hecho varias veces, es una verdadera metáfora de la vida. En primer lugar, porque el Camino de Santiago tiene una larga historia de más de 1.200 años, una larga historia recorrida por millones de personas y millones de peregrinos que han expresado sus vidas en ese camino. Por eso, para mí, tiene una grandeza extraordinaria. Y, precisamente, sobre la base de ese camino, en segundo lugar, he reflexionado en el libro sobre múltiples aspectos de la vida en general, teniendo en cuenta también mi vida, que es una especie de autobiografía personal e intelectual. Por lo tanto, el libro es el compendio de reflexiones, pensamientos y análisis filosóficos, entendiendo por filosofía esa mirada universal y en profundidad sobre múltiples cuestiones de teoría de la percepción, psicología, historia, literatura, pedagogía y filosofía. Por lo tanto, respondiendo a tu pregunta, todo lo que yo he venido haciendo como un intelectual y que ejerzo como profesor de filosofía, pues todo eso influye a la hora de escribir cualquier cosa. El bagaje intelectual, la experiencia vital, filosófica, literaria, etcétera, se refleja en lo que uno va escribiendo, ya sea de carácter estrictamente filosófico, académico, técnico, o como es el caso de este libro, literario o filosoficoliterario. Ambas cosas.
No es la primera vez que un filósofo se adentra en el mundo literario. Véanse, por ejemplo, la obra de teatro Las bocas inútiles de Simone de Beauvoir o la novela La rebelión de Atlas de Ayn Rand. Ahora bien, los filósofos son considerados muchas veces como unos advenedizos en el ámbito de la literatura. ¿Considera esto así? ¿No podría ser al contrario: que los filósofos sean literatos necesarios?
Yo creo que el filósofo puede ser literato, aunque no necesariamente, como tampoco necesariamente un literato es filósofo. Ha habido filósofos que no han sido propiamente literatos. Por ejemplo, hablar de Ortega y Gasset es hablar de un filósofo con mayúsculas que, propiamente, no fue literato en sentido estricto. Se interesó por la literatura, por el análisis de la obra literaria. En cambio, Unamuno fue un filósofo que plasmó su filosofía en su literatura, y ambas vertientes, en el caso de Unamuno, están indisociablemente vinculadas, es decir, su aspecto filosófico y su aspecto literario se dan a un mismo tiempo. Entonces, personalmente, creo que depende en cada caso, pero creo que el filósofo sí puede aportar, cuando ejerce de literato, una visión y una perspectiva más filosófica, más profunda, más sustantiva. Es más, por lo que a mí respecta estéticamente, me atrae sobremanera una obra literaria cuando está llena de aspectos, de capas, filosóficos.
Para cerrar con la parte más filosófica, cabe reparar en las varias figuras mitológicas que se mencionan. ¿Es esto una manía de los filósofos? ¿Cómo utiliza estas referencias para profundizar en los temas filosóficos de la obra?
La mitología, el acudir a mitos, en mi caso concreto la mitología grecolatina, ayuda a comprender muchos conceptos relacionados con lo humano. La mitología grecolatina está llena de enseñanzas. Cuando escribo una obra de carácter literario, suelo acudir a la mitología clásica grecolatina para explicar, para hacer llegar al lector y a mí mismo, aspectos de la vida humana, de mi visión de la realidad, que de otra manera no lograría o, cuando menos, no lograría hacerlo con la suficiente destreza. El mito me permite, como instrumento que es, penetrar en aspectos de la realidad y de la psicología humana que con el análisis simple no podría tener el mismo éxito. Por eso, para mí, es algo sustantivo, y por eso los he empleado y los seguiré empleando. Los mitos de Eco y Narciso, de Eos y Titono o la figura paradigmática de Odiseo, por ejemplo, me ayudan a explicar aspectos que de otra manera no conseguiría, como he dicho antes.
La ceguera, aunque poco tratada, no es un asunto olvidado en la literatura. Destacan obras como En la ardiente oscuridad, de Antonio Buero Vallejo, en la que se presenta la indómita voluntad de su protagonista, Ignacio, por querer conocer el mundo a pesar de no poder verlo; o Marianela, de Benito Pérez Galdós, en la que se muestra el contradictorio enlace entre la finalización de la ceguera física y la aparición de la ceguera interior. Dicho esto, ¿qué nos presenta su obra sobre la ceguera?
La ceguera, en el ámbito de la literatura, ha sido utilizada como un recurso metafórico para explicar, la mayoría de las veces, conceptos de índole filosófica. Has citado antes a Antonio Buero Vallejo, quien utiliza mucho los defectos físicos, las discapacidades, sean sensoriales, como en el caso de En la ardiente oscuridad o El concierto de San Ovidio, o sean físicas, como en Caimán. Entonces, la ceguera en este caso, siempre es un símbolo, es una metáfora para explicar conceptos de índole filosófica y que siempre, en el caso de Buero, por ejemplo, pretenden exponer el esfuerzo que hay que hacer para contrarrestar esas deficiencias, esas carencias. Yo, aparte de tratarla en ensayos y en mis obras de índole filosófica, en esta obra, en El Camino de Santiago con otra mirada. Un peregrino ciego en la ruta jacobea, he abordado el asunto de la ceguera porque, ante todo, el autor, que soy yo, da una visión propia, personal, de lo que es el Camino de Santiago, de lo que es mi concepción de la realidad, cómo la capto, cómo la percibo, y ese transitar por el Camino de Santiago, ese vivir la vida desde distintos aspectos, está hecho, precisamente, desde la carencia de vista, desde la ceguera. Y, por otra parte, también la ceguera, en este último libro, está tratada desde un punto de vista estrictamente técnico, es decir, un análisis de qué es ser una persona ciega, qué carencias sustantivas se derivan del aspecto estrictamente sensorial de no ver, cómo se puede solventar esa carencia y hasta qué punto se puede solventar eso. En este sentido, también hay un análisis psicológico del asunto. Aunque no lo parezca, la ceguera puede ser un venero, una fuente, que puede permitirnos tratar muchísimos aspectos que de otra forma, tal vez, sería más difícil de abordar.
Muchas han sido las preguntas planteadas hasta aquí. No obstante, restaría una, pero fundamental, por hacer: ¿por qué el Camino? ¿Qué tiene el Camino de Santiago que suscite el planteamiento de tantas cuestiones?
Yo creo que, sencillamente, porque el Camino de Santiago, con su historia milenaria, es una metáfora ideal de la vida misma. Es una metáfora en la que se nos permite relacionar lo que es el transitar mismo con respecto a la meta a la que queremos llegar. Entonces, ese binomio camino-meta es lo que a mí, en el caso del libro que acabo de hacer, me ha permitido abordar, al menos intentarlo, otras muchas cosas de la vida en general, de mi trayectoria biográfica, de mi biografía intelectual. Es lo que me ha permitido a mí hacer una reflexión antropológica sobre el hombre, sobre la realidad, sobre el sentido de la vida, es decir, es lo que me ha permitido a mí abordar y desarrollar aspectos filosóficos de una manera accesible a un gran público que, en principio, no es experto en cuestiones filosóficas en sentido estricto. Es por esto por lo que he elegido el Camino como tema fundamental del libro. Primero, por la importancia que en sí tiene, y en ese sentido, por lo que yo lo amo sencillamente, y en segundo lugar, como acabo de decir, por el carácter de metáfora, de alegoría que tiene de otras muchas cosas sustantivas de la vida, de la realidad y del ser humano en particular.
Para terminar, ¿podría compartir algún pasaje o cita del libro que considere particularmente representativo de su obra?
Yo creo que el libro tiene distintos pasajes que son muy significativos, pero yo destacaría básicamente dos. Uno del capítulo sexto, que es «Ceguera y Mito de la Caverna», donde, sobre la base de un diálogo que tengo con una camarera muy amable, muy simpática, de la cafetería de la Facultad de Filosofía, en la que le hago ver que la realidad es múltiple, que la realidad tiene muchos sentidos. La realidad no solamente tiene un aspecto visual, sino también un aspecto auditivo y táctil. En ese caso, el aspecto auditivo de la voz humana. Creo que ese es un pasaje interesante desde el punto de vista filosófico. Otro podría ser el capítulo décimo tercero, que se titula «El camino es mejor que la posada». Ahí reproduzco esa cita apócrifa de Cervantes e intento hacer ver que el transitar, la marcha, el deambular, el camino mismo, tiene sentido en sí mismo, y no solamente porque vaya orientado a la meta. Es más, creo que la meta es tal y tiene auténtico sentido y auténtica significación y relevancia, precisamente, porque hay un camino conducente a ella. Ahí hago una distinción, creo yo, bastante interesante entre el concepto aristotélico de enérgeia y el concepto de dýnamis. Y me parece interesante destacar ese aspecto. Yo creo que esas dos serían. Y ya estaría todo, aunque siempre queda camino.

Pablo García Ariño
Graduado en Filosofía y en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y máster en Comunicación Política y Empresarial por la Universidad Camilo José Cela. Ha trabajado como asesor de arte en la consultoría Lavagne & Asociados. Sus intereses actuales versan sobre la Neuropolítica.
