Antígona Marie Spartali Stillman (ilustración para la página web)

La ciudad de los hermanos

Mamá…

¿Por qué nací con el esqueleto lleno de flores?

Cada vez que miro el reflejo del salón por la ventana

me veo, pero soy envejecido,

veo a mi hermanita,

pero es envejecida.

¿Y tú, mamá? ¿Tú dónde estás?

¿Por qué en la ventana te conviertes

en una escultura de ceniza?

¿Es acaso cierta la profecía

que dice que los niños del mundo

algún día

quedarán todos huérfanos?

¿Es que acaso llegará un día

en el que ya no puedas abrazar

o besarme

como solo saben las mamás?

 

Mamá…

¿Qué es un papá?

¿Por qué en el reflejo del salón de la ventana

nunca hay un papá?

 

Mamá…

Es que voy al cole y los demás niños

van cogidos de la mano

de unas figuras altas, con pelo en las mejillas y

ceño muy fruncido

¿qué son, mamá, esos cuerpos extraños?

¿Son papás, mamá?

 

Mamá…

¿Por qué los niños tristes

nos encontramos al recogernos en vuestro pecho

y se nos pasa la pena?

¿Está vuestra piel

hecha para curarnos a nosotros

los niños que estamos tristes?

 

Mamá…

¿No sería Edipo

el niño más triste del mundo?

 

Mamá…

Es que veo un hombre irse

con otra mamá y otra hermanita,

pero no me llaman hijo

¿Y a eso no le llamamos

infanticidio?

 

Mamá…

Yo he visto venir a otro hombre,

que deshoja su garganta,

cada vez que se le quiere.

Él,

que nos grita, pero nos quiere;

que se marcha, pero no sabe estar solo;

que dice gustarse mucho… pero se odia, mamá.

 

Mamá…

Es que a mí me dicen «triste…»,

pero es que igual son ellos, que me miran con tristeza;

es que a mí me dicen «¡qué feliz pareces!»,

pero igual son ellos con sus carencias.

 

Mamá…

Mucha gente pasa su vida,

y acaba por perdérsela,

al querer vivir en la de otros,

¿acaso querrían ellos

ser mamá de todo el mundo?

Porque yo miro sus rostros

y son pálidos espantapájaros:

cadáveres expuestos;

pero, mamá,

es que miro el tuyo…

y veo un mundo verde.

 

Veo un mundo verde

donde tumbarme a la sombre,

porque tú la has colocado.

Veo un mundo verde,

con lunas de colores,

que cuelgan de las nubes,

porque tú las has colgado

en el cielo, para mí.

Veo un mundo verde

y una hermanita a lo lejos,

que nace de un naranjo

porque TÚ —y nadie más—

le enseñaste que

«a la vida

se le entra por el tallo».

 

Mamá…

¿Y no podríamos quedarnos

a vivir aquí contigo?

En este mundo de lunas,

infancias y colores.

En este mundo sin duelos,

sin piedras ni dolores.

En este mundo de hermanitas,

de sombras y de flores.

 

Mamá…

Es que en este mundo

en donde tú has puesto las sombras,

has colgado las lunas

y no distingues entre hermanas,

y flores de azahares

amanecemos

con la cuna de la aurora ya mecida

y solo podemos mirarte,

solo se nos es permitido nombrar tu nombre

de mamá

cuando la corteza de la noche

ha desahuciado la luz del mundo.

 

Mamá…

¿Cuesta mucho trabajo

sostener sola este reino

de «dulces sueños» y figuras

que nos das para jugar

como buenos niños que somos?

 

Mamá…

Creo que por fin entiendo

lo que hacen los papás.

Fotografía en primer plano
Carlos Dorado Castellanos

Mi nombre completo es José Carlos Dorado Castellanos. Me convertí en graduado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid en el año 2024. Actualmente me encuentro finalizando los estudios de Máster en Pensamiento Español e Iberoamericano. Autor de Nieve, mi primer y único libro; y del poema Poeta de madera, próximamente disponible en el tercer número del «Folletín Pseudo-Sinfónico» Peatones. Mis intereses actuales se centran en la música, la poesía, el teatro y la filosofía como raíces fundamentales del habitar y el cuidado humano.

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