La ciudad de los hermanos
Mamá…
¿Por qué nací con el esqueleto lleno de flores?
Cada vez que miro el reflejo del salón por la ventana
me veo, pero soy envejecido,
veo a mi hermanita,
pero es envejecida.
¿Y tú, mamá? ¿Tú dónde estás?
¿Por qué en la ventana te conviertes
en una escultura de ceniza?
¿Es acaso cierta la profecía
que dice que los niños del mundo
algún día
quedarán todos huérfanos?
¿Es que acaso llegará un día
en el que ya no puedas abrazar
o besarme
como solo saben las mamás?
Mamá…
¿Qué es un papá?
¿Por qué en el reflejo del salón de la ventana
nunca hay un papá?
Mamá…
Es que voy al cole y los demás niños
van cogidos de la mano
de unas figuras altas, con pelo en las mejillas y
ceño muy fruncido
¿qué son, mamá, esos cuerpos extraños?
¿Son papás, mamá?
Mamá…
¿Por qué los niños tristes
nos encontramos al recogernos en vuestro pecho
y se nos pasa la pena?
¿Está vuestra piel
hecha para curarnos a nosotros
los niños que estamos tristes?
Mamá…
¿No sería Edipo
el niño más triste del mundo?
Mamá…
Es que veo un hombre irse
con otra mamá y otra hermanita,
pero no me llaman hijo
¿Y a eso no le llamamos
infanticidio?
Mamá…
Yo he visto venir a otro hombre,
que deshoja su garganta,
cada vez que se le quiere.
Él,
que nos grita, pero nos quiere;
que se marcha, pero no sabe estar solo;
que dice gustarse mucho… pero se odia, mamá.
Mamá…
Es que a mí me dicen «triste…»,
pero es que igual son ellos, que me miran con tristeza;
es que a mí me dicen «¡qué feliz pareces!»,
pero igual son ellos con sus carencias.
Mamá…
Mucha gente pasa su vida,
y acaba por perdérsela,
al querer vivir en la de otros,
¿acaso querrían ellos
ser mamá de todo el mundo?
Porque yo miro sus rostros
y son pálidos espantapájaros:
cadáveres expuestos;
pero, mamá,
es que miro el tuyo…
y veo un mundo verde.
Veo un mundo verde
donde tumbarme a la sombre,
porque tú la has colocado.
Veo un mundo verde,
con lunas de colores,
que cuelgan de las nubes,
porque tú las has colgado
en el cielo, para mí.
Veo un mundo verde
y una hermanita a lo lejos,
que nace de un naranjo
porque TÚ —y nadie más—
le enseñaste que
«a la vida
se le entra por el tallo».
Mamá…
¿Y no podríamos quedarnos
a vivir aquí contigo?
En este mundo de lunas,
infancias y colores.
En este mundo sin duelos,
sin piedras ni dolores.
En este mundo de hermanitas,
de sombras y de flores.
Mamá…
Es que en este mundo
en donde tú has puesto las sombras,
has colgado las lunas
y no distingues entre hermanas,
y flores de azahares
amanecemos
con la cuna de la aurora ya mecida
y solo podemos mirarte,
solo se nos es permitido nombrar tu nombre
de mamá
cuando la corteza de la noche
ha desahuciado la luz del mundo.
Mamá…
¿Cuesta mucho trabajo
sostener sola este reino
de «dulces sueños» y figuras
que nos das para jugar
como buenos niños que somos?
Mamá…
Creo que por fin entiendo
lo que hacen los papás.

Carlos Dorado Castellanos
Mi nombre completo es José Carlos Dorado Castellanos. Me convertí en graduado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid en el año 2024. Actualmente me encuentro finalizando los estudios de Máster en Pensamiento Español e Iberoamericano. Autor de Nieve, mi primer y único libro; y del poema Poeta de madera, próximamente disponible en el tercer número del «Folletín Pseudo-Sinfónico» Peatones. Mis intereses actuales se centran en la música, la poesía, el teatro y la filosofía como raíces fundamentales del habitar y el cuidado humano.
