El crujir de la madera
Se cierran por última vez las puertas del Café Misericordia. Retumban todavía los ecos de la algazara confundidos con la lluvia batiente que vaticina lo que será el nuevo año. Es uno de enero y hemos asistido al adiós de un viejo amigo de la ciudad. “¿Otra vez? Otra vez.” Ha sido una noche sin restricciones de ningún tipo para los asistentes: champán, risas, música y el encanto de la despedida. Adiós a un año como cualquier otro; bienvenida a uno nuevo sin nada de particular. “Otra vez.” Y sin embargo, por un lapso de horas secretas todo ha parecido quedar en suspenso. “Definitivamente, otra vez.”
El Misericordia luce su aspecto vetusto, sus grandes espejos hacen refulgir todavía más las aparatosas lámparas de araña y sus maderas, ahora pegajosas, siguen rechinando con la gracia del primer día. “Como siempre.” Globos y confeti se desparraman por mesas y sillas. Los camareros se permiten un capricho, fumando y bromeando sin parar. “Holgazanean como siempre.” Allá les queda a ellos el último servicio, adecentar al difunto para partir con honor. Apoyado sobre la barra, con la cabeza entre las manos se encuentra Miguel, que con sus cabellos blancos y cara de vinagre, abandona el barco. “¿Cara de vinagre? ¡Qué labia, chico!” Él ha sido el último regente y como San Pablo se dice que ha luchado el buen combate, ha concluido la carrera, ha mantenido la fe. “¿Hago eso?” Y lo hace irguiendo su esbelto y arrugado tronco, luciendo el impoluto traje gris de las veladas importantes. Se sirve un vaso de mistela. “Eso me gusta más.”
Todavía se respira el humo de los puros que han ambientado un cotillón clásico. “De la vieja escuela”. Ya daba lo mismo saltarse a la torera cualquier norma, hemos asistido a un funeral. Los últimos tiempos han sido duros, la sentencia estaba siendo postergada. “Pero mereció la pena ver el destello final de un fuego fatuo”. Miguel contempla los despojos de la alegría. Hay copas sin terminar, servilletas por doquier y también el rastro de aquellos que han vivido. ¡Cómo no imaginarse a quién perteneció ese lazo rojo que cuelga de ese respaldo! Miguel quiere recordar entonces, como yo lo intento, otros lazos rojos que lucieron sobre el pecho de muchachas de carnes blancas y mirada como el mar. “¿Recordar dices?” Y piensa que también a la asamblea de esta noche han debido de acudir las sombras del pasado. “Solo así se puede explicar el gentío que hemos visto”.
¿De quién será la pajarita que por fin es barrida por Pedro? ¿Será de algún estudiante prendado de la chica del lazo rojo? ¿O será de un descuidado que ha bebido de más, y en el calor del delirio se la arrancado para respirar mejor? “Eso es lo más probable. Todo es más fácil si vas contento.” ¿Son de alguien importante los gemelos que Gabriel se guarda en el bolsillo, como una propina más? “¿Qué sabemos nosotros? A partir de hoy nada nos incumbe”.
-Jefe, aquí hay una libreta.
Encuadernada en piel, sellada con una cinta, la libreta pasa a las manos de Miguel. “¿Has visto? Y ya no podrán recuperarla”. La ojeamos y la hojeamos. Hay anotaciones de versos, de pensamientos, de números… Hay uno rodeado varias veces en la última página, y debajo la palabra: ella. “Alguien se va a llevar una decepción.” De entre las páginas de la libretilla caen papeles de todo tipo, hasta algún billete. “De poco le va a valer.” También una carta plegada. Dirigida a esa ella. “¿Se habría atrevido a mandarla?”
Habla de cómo la ve cada día desde su ventana, pasar con el carrito de las cartas. Habla de cómo no se atreve a hablar con ella cuando se cruzan, ni saludarla siquiera. Habla de infinidad de planes juntos que no se llevarán a cabo. “Ya no. Yo creo que nos dejan aquí este tipo de cosas para que les tengamos compasión. ¡Qué ilusos! Todo pamplinas” A mí me enternece cómo se han repetido los pasos de baile una y otra vez durante tanto tiempo. Confío en que alguno se dé cuenta de lo que sucede y disfrute. Deseo que de verdad sospeche qué es lo que tiene que hacer y no se deje arrastrar por simple y burdo rito social. “Es lo que hay.”
-Me estoy haciendo viejo, Miguel.
-No lo parece. Siempre te he visto igual, chico. Pero será por eso que nos cierran el negocio. Bajemos la persiana. Ya vendrán otros.
-¿Qué van a hacer con nosotros?
-Contigo no sé, yo me he ganado el descanso.
-Trasladarán el asunto a otra parte. A nosotros nos vino de la laguna aquella, ¿te acuerdas?
-Aquello era peor, más húmedo y oscuro. Buenos escalofríos se pillaban.
-Era más rudimentario.
-Esto se ha hecho decadente.
-Los tiempos cambian.
-No para nosotros.
La puerta se abre con el azote del viento.
-Temblará la tierra.
-No, eso ya no se lleva. Simplemente se apagarán las luces y a otra cosa mariposa.
-¿Por qué hacemos esto?
-A cada uno le toca lo que le toca. Lo que pasa es que tú le das muchas vueltas. Por ejemplo, ¿qué me andas escribiendo ahí? ¿No te habían dicho que no escribieras más?
-Me hace sentir más tranquilo. Medito. Hoy me estoy despidiendo de todo esto. Pensé que te gustaba.
-Despedirnos nos despedimos todos, pero tú eres un sensible, lo peor para este trabajo.
Me miro las manos. Me devuelven la misma imagen que siempre han tenido.
-¡Cuántos han pasado por nosotros!
-Ni lo pienses. ¿Para qué?
-Y otra tandada más.
-Otra. Pero ya la última.
-Sabes lo que significa, ¿no?
-Ya te lo he dicho. Traslado, como otras veces.
-Me temo que no es eso. Creo que se acabó el juego.
-¿A qué te refieres?
-Miguel. Solo me puedo referir a una cosa.
-No me… ¿El fin?
-¿Por qué no? Ya lo hemos comentado otras veces. Cada vez son peores. Más vacuos, más egoístas, más entregados a la nada. Lo llevamos viendo mucho tiempo.
-Por eso. ¿Por qué no va a seguir rotando la cosa?
-Creo que se han cansado.
-¡Bobadas!
Me vuelvo a mirar las manos. Las uñas impolutas. Jamás me las he cortado y siempre las tengo perfectas.
-¿Alguna vez has estado allí?
-No. Ni quiero.
-Durante un tiempo creí que en eso consistiría nuestra jubilación.
-¿En ir allí? ¿Para qué? Eso es lo peor.
-¿No te intriga?
-No.
De repente se apagaron las lámparas más grandes. El Misericordia entra en un estado de penumbra. Restan todavía las bombillas laterales, pero el cambio repentino nos asusta a todos. “A mí no.”
-¿Cuándo te hiciste así, Miguel?
-Ya lo sabes. Siempre he sido así.
-No. Yo quiero recordarte de otra manera.
-Pero no puedes.
-No, no puedo.
-No vale la pena recordar.
-¿Crees que ya falta poco?
-Y menos mal. No quiero tener que aguantarte más. Te has vuelto un mamarracho.
-¿Qué nos hemos perdido, Miguel?
-Si te refieres a lo que creo que te estás refiriendo te puedo decir que nada. ¿No ves que nadie quiere volver nunca?
-No pueden.
-No poder, no querer… Por aquí todo significa lo mismo.
-Tampoco hemos ido más allá. ¿Qué hay tras esa puerta que ahora deja entrar el agua de esa maldita lluvia eterna? Tú siempre viejo y gruñón, yo siempre de chaqué. Nunca hemos visto una mañana soleada. Ni una mañana, Miguel.
-No hay quien te soporte. Pase lo que pase me alegrará no verte más.
-Eso dices, pero no lo piensas.
-¿Una copita de mistela?
Un tremendo estruendo. Un enfado sin destino. Los espejos caen a un tiempo al suelo. Todo son pequeños cristales que saltan y estallan.
-Son como fuegos artificiales.
-No sé qué eso. Lo que me joroba es haber tenido a esos recogiendo para nada. Mira qué carita se les ha quedado.
-Definitivamente ya no estamos en la rutina habitual.
-Me alegro.
-¿Cómo sientes esa náusea por todo, Miguel?
-Precisamente por los que han pasado por aquí. ¿Crees que eres el único que se pone pesado y filosófico? Por aquí ha pasado lo más granado y lo más pestilente. Poetas, divas, reyes, ricos, pobres, pensadores, bebedores, villanos, héroes, músicos… Y más de uno creyó que podía empinar el codo conmigo y salir victorioso. Si es que…
-Has hablado mucho con ellos. Yo no he tenido esa posibilidad. Solo sonreír, saludar, encender puros, servir copas, aleccionar a la orquesta.
-Tareas de mantenimiento, sí. Es lo que tenéis que hacer los jóvenes.
-Los jóvenes sin edad.
-Lo mismo que este viejo que ves.
-¿Y has aprendido mucho de ellos?
-¿Yo? ¿De ellos? Si acaso al revés.
-Y luego coges y los echas.
-En efecto, por esa puerta. Salen y no vuelven más.
-¿No te da rabia hacer eso?
-Van a un lugar mejor.
-O a uno peor.
-Eso no es asunto mío.
-Y nosotros atrapados aquí.
-En efecto. Pero seremos recompensados. Te prometo que esta noche estarás conmigo en el Paraíso.
-No hagas promesas que no puedes cumplir. Además, esa cita… Ya está cogida.
-Un buen epitafio.
-Una buena historia esa.
-Como las demás.
Una a una las bombillas que restaban encendidas tintinean y se funden.
-Apuremos esa mistela, chico.
-Creo que no. Creo que me voy.
-¿Dónde te vas tú?
-Ahí fuera.
-¿No sabes que si hacemos eso nos volvemos polvo y ceniza?
-Eso es lo que nos han dicho. Pero somos más que polvo y ceniza. ¿No lo ves? Hemos acatado demasiado tiempo las órdenes y… ¿no nos hemos preguntado siquiera si tienen sentido?
-Lo tienen. Una vez vi marchar a uno. No quiero volver a presenciar eso. Ni aunque la víctima seas tú.
-¡Tonterías! Tú nunca has visto nada. ¿No ves que no tenemos más memoria que estas cuatro paredes y el deber del día a día?
-Te aseguro que no.
-Adiós, Miguel. No me voy a quedar a ver qué pasa cuando se funda esa última bombilla. La oscuridad no es para mí.
-Oscuridad lo es todo.
-Excepto la luz que hay más allá de esa tormenta.
-Si la hay. Pero tú sabrás, muchacho. Intenté que no lo hicieras.
Nos miramos. Le tiendo la mano a Miguel. Me aprieta con fuerza, en sus ojos resplandece una luz fugaz.
-Buena suerte.
-Hasta nunca.
Decidido voy hacia la puerta. Voy a poner un pie fuera cuando todo queda a oscuras.
*****
Vuelven a sonar las risas y los brindis, la música y el crujir de la madera. Lejos, muy lejos ya.

Carlos Guerreira Labrador
Carlos Guerreira Labrador es investigador predoctoral en la Universidad de Alcalá con un contrato de formación de personal investigador de la Comunidad de Madrid. Es graduado en Lengua castellana y Literatura españolas por la Universidad de Santiago de Compostela y ha realizado el Máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos (MELICU) de la Universidad de Alcalá. Su investigación se centra en la narrativa histórica, mitos nacionales y violencia política a partir del estudio de autores y de autoras del exilio republicano de 1939. En la actualidad, lleva a cabo su proyecto de tesis sobre discursos sobre la Edad Moderna en narrativa histórica del exilio republicano de 1939. Sus principales motivaciones se basan en ahondar en las heridas abiertas que quedan de los regímenes autoritarios que marcaron el siglo XX y en aprender del diálogo con nuestro ayer para entender nuestro presente.
