La canción del mar y los griegos

por May 13, 2024

La canción del mar y los griegos

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Oh, mar, nuestro mar.
Recolector de poemas y viajes,
receptor de llantos y plegarias.
Nutridor de riquezas y bienes,
augurador de muertes infieles.
Como horizonte de esperanzas te persiguen,
y como cementerio de naves te temen.
Mil historias surcaron tus olas añiles,
y tus profundidades otras mil esconden.
Guardarás esas perlas como confesiones,
pero entonas una canción eterna de héroes.
Una música que murmura sin fin.

Tú que llevaste la destrucción a Troya,
con el viento del sacrificio de la triste Ifigenia.
Tu rugir resuena en los gritos de la asamblea,
que se prepara en la playa para luchar.
Tu costa abraza a los guerreros de Agamenón,
que miran al horizonte recordando su patria.
Y los troyanos te miran también,
pues surcando tus olas ha venido su muerte.
Resuenas, oh mar, en la ira de Aquiles,
tan implacable como el océano.
Pero del Pélida a su vez recibes lágrimas.
Vagando por las playas de Ilión,
el mejor de los griegos,
llora por el hombre más amado.
Tus olas acunan al guerrero insomne,
en tu orilla derrama sal sobre sal.

Carcelero y cazador del hombre de muchos recursos,
enemigo acosador del pobre hijo de Anquises.
En tu espuma está el mapa del dulce retorno al hogar;
no hay mar que separe un corazón de su patria querida.
Pero el mar incurre en tormenta y jura venganza,
de que Odiseo se vea perdido y alejado de Ítaca.
Tú que eres guardián de miles de joyas, tus islas.
Esperando eternamente, Calipso, desde Ogigia,
en su exilio a recibir un barco y un ‘te quiero’.
Abandonada en su soledad por un nuevo marinero.
Al otro lado del océano, otra mujer lo espera.
La casta Penélope teje y llora por su Odiseo.
Esperando que regrese cual náufrago,
para estrecharlo entre sus brazos
y oler la sal de su cabello.

A ti te canta también la Décima Musa,
Safo la de Lesbos, melancólica, se queja.
Entre salados recuerdos,
Safo a su amada le canta.
Separadas por tu abismo,
Los mismos sol y luna rosados
ven ambas brillando desde lejos,
en el ondulante reflejo azulado.
En el mar ella se convertirá en leyenda,
la amante despechada de Faón.
Dicen que de Léucade realizó su salto,
para encontrar descanso entre la espuma.

Quería arrojarse Edipo a ti, perderse en tus profundidades,
para no ser jamás vuelto a ver en Tebas de las siete puertas.
El infeliz, de su destino ha descubierto las calamidades.
La sangre brota de los ojos como un mar de vino.

Medea está sorda de dolor,
solo escucha las olas contra la roca.
Una traición que huyó por el mar,
dejando un rastro de sangre en la espuma.

Filoctetes reside en una prisión del mar,
abandonado y condenado al infinito azul.
Traicionado, la isla es ya sentencia de muerte.
La cruel risa de Odiseo resuena en la playa.
Impredecible como Dioniso es el mar purpúreo,
y del mismo color que las copas se tiñen sus olas.
Mientras las Bacantes cantan a la tenue luz de la luna,
la otra cara de Selene se refleja destellando en el mar.
La sangre de Penteo fluye.
Corriente del mar, escarlata barbarie.

Pero para los griegos eres hogar.
Aquellos diez mil hombres,
huyendo por tierras extrañas,
llegan por fin a la cima del Teques.
El viento les susurra una familiar nana
y a lo lejos ven tu forma azulada.
Explota la euforia y los soldados te gritan,
‘¡thalassa, thalassa!’
No importa el lugar, ni la lejanía
Tu canción salina a su corazón llama,
y les responde:
‘estáis en casa’.

Ese mar nuestro al que llamaron Mediterráneo,
es el mismo azul que veo desde mi ventana.
Esa misma arena que bañaba mis pies de niña,
llenaba de espuma los pies de las Nereidas,
y acariciaba la piel de las dulces Oceánides.
Esa misma sal que perfuma mi cuerpo nadando,
una vez dio la vida a la urania Afrodita.
Eres hogar de la canción de las sirenas,
que con su voz me llamaron desde sus grutas.
Puesto que siempre los griegos han vivido en tí,
de la misma manera tus olas están en mis mientes.