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El problema de España: la ideología del cambio de siglo en “La voluntad” (1902) y “El árbol de la ciencia” (1911)

1. Introducción

La Voluntad y El árbol de la ciencia son dos novelas con un marcado carácter filosófico que reflejan la situación ideológica y el contexto cultural en los que se encontraba sumida la España de principios del siglo XX. El cambio de centuria coincidió con una crisis de paradigma marcada por el declive del positivismo y una profunda conciencia de degradación nacional: el país ya no era la potencia militar que había sido antaño. Estos dos hechos llevaron a la nación a un estado de pesimismo y desorientación que desembocó en la búsqueda de un nuevo esquema filosófico que se adaptara a la situación del momento. La falta de confianza en la ciencia como método de progreso social y el agotamiento de la fe en la razón giraron el pensamiento nacional hacia el idealismo. En esta época destacaron las teorías de Nietzsche y Schopenhauer, en las que se buscó soluciones teóricas y morales al problema de España y al que presentaba la existencia del individuo en sí, ya que la crisis del racionalismo también supuso una crisis a nivel individual.

En este trabajo vamos a analizar la manera en la que se plasman estas inquietudes en La Voluntad y El árbol de la ciencia, atendiendo a la problemática que contrapone voluntad a razón, y que se extiende a todos los ámbitos de la vida. Tanto La Voluntad como El árbol de la ciencia están profundamente influenciadas por la metafísica de Schopenhauer, cuyos postulados se encuentran presentes a lo largo de ambas obras y son los que, a través del discurso de sus protagonistas, sirven para explicar el porqué de la situación histórica del momento, además de dar respuesta a otras cuestiones como cuál es la verdadera naturaleza del individuo y de la realidad. En ambas novelas se señala que la cuestión que lastraba a España y que impedía su avance ya no era la falta de realismo o de razón, sino el exceso de esta. A finales del siglo XIX, algunos autores como Ganivet, en Idearium español (1897), o Silvela, en el famoso artículo “España sin pulso” (1898), indicaban este problema a través de la comparación del país con un enfermo que sufría de abulia, padecimiento espiritual que lo estaba llevando a la muerte.

Según la metafísica de Schopenhauer, la voluntad es la causa que da sustancia a todo el universo. El mundo tangible que nos rodea es un fenómeno de esta voluntad, que se objetiva y toma formas materiales. Por lo tanto, todos los elementos que componen el universo, incluido el propio individuo, son voluntad: todo se reduce a esta causa primaria, que se traduce en el deseo de vivir. La voluntad es querer. Sin embargo, España a principios del siglo XX se encontraba sumida en un estado de apatía, consecuencia de la resignación a un estado perenne de postración y del agotamiento tras todo un siglo de revueltas, guerras civiles y cambios de régimen inútiles.

El «Desastre del 98» supuso una fuerte toma de contacto con la realidad, como muestra el primer capítulo de la sexta parte de El árbol de la ciencia. El país se había encaminado hacia el enfrentamiento bélico con la creencia de que la victoria sobre los independentistas, aliados a los Estados Unidos, estaba a asegurada.

El padre de Hurtado creía en la victoria española; pero en una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran todos vendedores de tocino, al ver a los primeros soldados españoles dejarían las armas y echarían a correr. (…) Los periódicos no hacían más que necedades y bravuconadas; los yanquis no estaban preparados para la guerra, no tenían ni uniformes para sus soldados. (…) Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de Castelar a los yanquis. Cierto que no tenía las proporciones bufograndilocuentes el manifiesto de Victor Hugo a los alemanes para que respetaran París; pero era bastante para que los españoles de buen sentido pudieran sentir cada vacuidad de sus grandes hombres. (…) Andrés sigue los preparativos de la guerra con una emoción intensa. Los periódicos traían cálculos completamente falsos. Andrés llegó a creer que había una razón para los optimismos. (…) Antes pensó que Iturrioz podía engañarle, pero pronto los acontecimientos le dieron la razón. En las que había sido, como decía él, una cacería, una cosa ridícula. (Baroja, 1993, pp. 245-247)

En este contexto de desapego consciente de la realidad, Tal y como señala Unamuno en El mal del siglo (1897), el racionalismo y el positivismo entraron en crisis. La ciencia ya no era vista como un mecanismo de avance social y se empezó a cuestionar los límites del conocimiento humano.

2. Ciencia y religión

La pérdida de la fe en la razón estaba ligada a la idea de la imposibilidad de alcanzar la verdad absoluta a través de la ciencia, ya que esta es fruto del conocimiento humano, que es limitado. Por lo tanto, se consideraba que iba a llegar un momento en el que la ciencia ya no podría aportar nada novedoso ni ir más allá en su explicación de la realidad. Este pensamiento derivó en un declive del intelectualismo, pues se empezó a plantear la inutilidad del conocimiento si este no podía conducir a ningún avance. Dicha idea aparece expuesta en numerosas ocasiones a lo largo de ambas novelas, en las que sus personajes reflexionan sobre la finalidad del saber, llegando a la conclusión de que es la voluntad, el hacer, lo que iba a permitir avanzar al país, mientras que la razón, la reflexión, es lo que le atrasaba.

El periodismo ha creado un tipo frívolamente enciclopédico, de estilo brillante, de suficiencia abrumadora. Es el tipo que detestaba Nietzsche: el tipo «que no es nada, pero que lo representa casi todo» (…) Y véase cómo lo que parecía una calamidad, ha de resultar un bien andando el tiempo: porque evitando la reflexión y el auto-análisis —matadores de la Voluntad—, se conseguirá que la Voluntad resurja poderosa y torne a vivir… siquiera sea a expensas de la Inteligencia. (Azorín, 1989, p. 169)

— No sé, no sé — murmuró Iturrioz —. Creo que vuestro intelectualismo no nos llevará a nada.
¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué? Se puede ser un gran artista, un gran poeta se puede ser hasta un matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo es estéril. La misma Alemania, que ha tenido el centro del intelectualismo hoy parece que los repudia. En la Alemania actual casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido de vida práctica. El intelectualismo, el criticismo, el anarquismo van de baja. (Baroja, 1993, p. 183)

Este agotamiento de la fe en la razón se encontró respaldado por el hecho de que en España no había avances técnicos y científicos porque no se investigaba. Las instituciones académicas no estimulaban la indagación científica y constituían una estructura en decadencia, en la que se primaba el orgullo personal y la petulancia, la demostración de conocimientos estrambóticos e inútiles y el mantenimiento de métodos premodernos en la enseñanza.

El viejo profesor recordaba las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos, y creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y del cloro, estaba haciendo un descubrimiento, y le gustaba que aplaudieran. Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatos para la conclusión de la clase con el fin de retirarse entre aplausos como un prestidigitador. (Baroja, 1993, p. 42)

Por otra parte, los experimentos que se intentaban llevar a cabo no eran más que fantasías, quimeras con las que se pretendía fingir que España era una potencia científica y con las que se mantenía vivo un absurdo patrioterismo. La falta de preparación científica y de medios provocaba su fracaso, al que estaban abocados desde un principio. Ejemplo de ello es el caso del toxpiro en La Voluntad, un nuevo prototipo de misil con el que se iba a transformar radicalmente la industria armamentística y se volvería a situar a España a la cabeza de Europa. Sin embargo, la forma en la que fue concebido, los materiales con los que estaba construido y el fracaso de sus intentos mostraron que las altas expectativas que se tenían en él estaban injustificadas.

¿Se comprende todo el alcance de la revolución que va a inaugurar la nueva arma? La marina de guerra cambiará por completo; los acorazados eran inútiles. Desde la costa, desde un lanchón, un toxpiro hará estará hallar la dinamita contra sus recios blindajes y los blindajes volarán en pedazos. España volverá a ser poderosa; Gibraltar será nuestro; las grandes potencias solicitan nuestra alianza. Y la vieja, hoy la bifronte tomará á revolar majestuosa por Europa… (Azorín, 1989, p. 124)

Esta situación que hemos comentado impulsó años después el auge del fascismo en España y la aparición de las vanguardias, dos hechos que comparten entre sí determinadas ideas como el antiacademicismo, el rechazo a la razón, y la exaltación de la voluntad. Cabe aclarar que con esto no queremos identificar el mencionado movimiento literario con esta ideología política, ya que son dos acontecimientos con lógicas diferentes, pero son fruto del mismo momento histórico.

La presencia de la institución y la religión católica en España era otro de los elementos que se consideraba que lastraban al país, ya que anulaban la voluntad del individuo al someterle a la obediencia de unos mandatos que negaban sus impulsos. Ejemplo de ello son los siete pecados capitales, o las normas morales a las que todo cristiano debe de estar sujeto, como la moderación o la caridad. En La Voluntad encontramos el caso de Justina, que sirve de modelo para ilustrar esta anulación del deseo. En la novela de Baroja la joven es convencida por su tío Puche de tomar los hábitos de monja y entrar en un convento, lo que provoca su muerte, ya que si el ser humano es voluntad objetivada, cuando esta desaparece la vida lo hace con ella.

Acabado el himno las monjas susurraban: Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison. Páter noster… Y mientras Justina yace con las finas manos cruzadas sobre el pecho, pálida, con los ojos cerrados, el sacerdote va rociándola con agua bendita. (…) Y las monjas van desapareciendo, la puerta torna a cerrarse, el coro queda silencioso… Justina es ya novicia: su Voluntad ha muerto. (Azorín, 1989, p. 166)

Sin embargo, la religión también puede ser, a su vez, una herramienta que permita la perpetuación de la voluntad, ya que esta aporta un propósito a la vida del ser humano. Ante la vacuidad y el sinsentido de la vida, la religión presenta una finalidad a la existencia y las acciones de los individuos, a los que promete una vida más allá de la muerte que estará determinada por sus actos en la tierra. La voluntad, según Schopenhauer, es un impulso irracional cuyo único «objetivo» es la prolongación de sí misma: todos los fenómenos de ella ansían la inmortalidad. Sin embargo, lo único que es eterno es la causa, puesto que toda parte material a través de la que toma forma está destinada a perecer. Una vez muera el sujeto, que no es más que un fenómeno de esta causa primaria y absoluta, su supuesta individualidad, que es la parte material que compone su cuerpo, se disolverá. La inmortalidad de la voluntad no es la del sujeto, que está abocado a desaparecer. Nietzsche comparte esta idea de la vacuidad de la existencia humana, para la que no existe un fin. No obstante, ante esta realización, la religión aporta una finalidad y una razón para soportar el sufrimiento que supone la existencia, y que Schopenhauer explica como el resultado de la lucha de individuos, cuyos deseos se enfrentan unos a otros. Por ello, el filósofo alemán niega la existencia de Dios, ya que si este existiera no permitiría tanto sufrimiento en el mundo. En consecuencia, la religión no podía ser la respuesta a las necesidades del país, ya que, aunque en algunos casos propiciara la perpetuación de la voluntad, esta estaba basada en unos preceptos falsos a la luz de las teorías de Nietzsche y Schopenhauer. Además, subyugaba al individuo a unos mandatos que no le eran propios, por lo que acababa coartando sus deseos. Tanto en El árbol de la ciencia como en La Voluntad encontramos un marcado rechazo hacia la religión como solución al problema de España.

3. Solución política y moral

La realización del absurdo de la existencia humana y la imposibilidad de conocer la verdad conducía al individuo a un estado de pesimismo que anulaba su voluntad de vivir. Ambas novelas plasman esta angustia en las figuras de Andrés Hurtado y Azorín, dos jóvenes que buscan encontrar una solución al problema que plantea la vida. La conclusión a la que llegan estas dos obras coincide con la idea del superhombre de Nietzsche, que propone la aceptación de la vacuidad de la existencia y la superación moral de esta.

El dolor será siempre inseparable del hombre… Pero el creyente sabrá soportarlo en todos los instantes… Lo que los estoicos llaman ataraxia, nosotros lo llamamos resignación… Ellos podrían llegar á una tranquilidad más ó menos sincera; nosotros sabemos alcanzar un sosiego, una beatitud, una conformidad con el dolor que ellos jamás lograron… (Azorín, 1989, p. 170)

No obstante, esta aceptación no debe de ser entendida como la resignación que propone Schopenhauer, que lleva a la anulación completa de la voluntad, sino como una liberación completa del deseo. Ante el sufrimiento que supone la existencia y su falta de finalidad, el individuo debe superar el hastío en el que vive para poder ser él mismo. Sin embargo, no todas las personas pueden seguir este camino, como se puede observar en el final de las dos novelas, en las que sus protagonistas acaban sucumbiendo a esta angustia existencial. En El árbol de la ciencia se plantea cuál es la cantidad necesaria de «mentira» para que el ser humano pueda vivir una vida plena y su voluntad no se vea anulada ante estas realizaciones. En el capítulo tres de «Inquisiciones» aparece reflejado el debate que se establece entre voluntad y razón, la gran problemática nacional de cambio de siglo. Como hemos explicado, a principios del siglo XX el racionalismo entra en crisis. No obstante, el rechazo a la razón no es pleno, por lo menos en Baroja, ya que este considera que el ser humano es tanto voluntad como razón. El autor de El árbol de la ciencia defiende que la ciencia también es útil para perpetuar la vida; ejemplo de ello es la medicina. Sin embargo, el descubrimiento de hechos como la infinitud del universo o las razones biológicas del ser humano hacen que este sea consciente de su verdadera naturaleza y le apabullan.

A más comprender corresponde menos desear. Esto es lógico y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son porque no le convienen. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quién Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia, entonces en instinto de crítica e instinto de averiguación, debe encontrar una verdad. La cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted? (Baroja, 1993, p. 174)

«Inquisiciones» discurre sobre el futuro que ha de tomar el país, y la sociedad en general, para poder seguir progresando, y es a través del diálogo que se da entre el protagonista y su tío la forma como se nos transmite el punto de vista de Baroja sobre el tema: el escritor no aboga por la primacía de la voluntad frente a la razón, sino por el equilibrio entre ambas. El ser humano necesita asirse a algo que le permita seguir viviendo. La ciencia no puede ser la solución, ya que el conocimiento que se obtiene a través de ella nunca va a acercarse a la verdad absoluta. Además, a un conocimiento mayor de la realidad, le corresponde una mayor consciencia de la arbitrariedad y absurdo de la vida, lo que lleva a una disminución del deseo. Por otro lado, la religión, como ya hemos explicado, acaba coartando la voluntad del individuo al imponerle unas normas morales, aunque, a su vez, en cierta manera sea útil para su perpetuación al impedir que conozca la verdad y al proporcionarle una finalidad a su existencia.

España hasta entonces había pecado de exceso de razón, por lo que era necesario equilibrar la balanza. Sin embargo, hallar esta relación de proporción no es fácil. Hurtado e Iturrioz discuten sobre la cantidad de razón que es necesaria para vivir con el mínimo de dolor posible. El sufrimiento es asumido como algo ineludible, ya que la vida es voluntad; pero la razón, que es considerada su contrario, no constituye una mejor opción por el mismo hecho de serlo. Esto se debe a que es mediante el entendimiento de este dolor como podemos anular la causa, pero si la anulamos no vivimos: si se niega la razón y se exalta la voluntad, aumentará el dolor del mundo, pero si se anula el deseo, desaparece la vida. Encontrar este equilibrio entre voluntad y razón es imposible ya que dicha estabilidad no se puede basar en el concepto de utilidad, pues es subjetivo. La cuestión, como resultado, queda abierta.

Por otra parte, La Voluntad no plasma este debate, sino que refleja lo que a ojos de Martínez Ruiz es el presente y el futuro de España. Ninguna de las dos novelas aporta una visión positiva de la situación nacional, pero La Voluntad no ofrece ninguna solución más que la superación de la angustia causada por el irracionalismo trágico de la vida, frente a la segunda alternativa que aporta El árbol de la ciencia, que es este equilibro entre voluntad y razón del que hemos hablado. No obstante, ninguno de sus protagonistas va a conseguir sobreponerse a la revelación del absurdo de la existencia, ni va a encontrar un equilibrio entre las dos partes que conforman al ser humano, por lo que ambos van a acabar pereciendo.

La muerte de Hurtado es una muerte real. Después de haber aceptado parcialmente el absurdo de la vida, decidió casarse y vivir lo más alejado posible del sufrimiento humano, para lo cual abandonó su trabajo de médico y aceptó dedicarse a la traducción. El hecho de que el protagonista de El árbol de la ciencia fuese un hombre de ciencia, concretamente un médico, es destacable, puesto que su profesión lo acerca a la miseria humana y a la muerte. Hurtado hubiera preferido ser investigador en un laboratorio. No obstante, en España esta opción no era posible debido al atraso del país y la decadencia de las instituciones educativas.

―¿Qué piensas hacer? — le preguntó Iturrioz.
―¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo médico.
―Veo que no te hace gracia la perspectiva.
―No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera que me gustan; pero la práctica, no. Si pudiese entrar en un laboratorio de fisiología, creo que trabajaría con entusiasmo.
―¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera en España!
―¡Ah, claro!, si los hubiera. Además, no tengo preparación científica, se estudia de mala manera. (Baroja, 1993, p. 163)

Hurtado, en este punto de la novela, representa la razón, la parte de España que aún se agarraba a la ciencia y a la reflexión como métodos para conocer la realidad. Sin embargo, es el exceso de esta la que termina con su vida. Una vez asentado con su mujer, a pesar de sus deseos de no tener hijos para no perpetuar la voluntad y el ciclo eterno de sufrimiento, Andrés acaba claudicando a los deseos de su esposa y esta queda embarazada. No obstante, el parto se complica y el bebé acaba falleciendo en el acto, muerte a la que sigue la de su madre pocos días después. Esta situación deja devastado a Hurtado, que, al enterarse de que el final de su dicha había sido provocado por un exceso de razón, decide terminar con su vida

―Para mí —decía la voz desconocida— esos reconocimientos continuos que se hacen en los partos son perjudiciales. Yo no conozco este caso; pero ¿quién sabe?, quizás esta mujer en el campo, sin asistencia ninguna, se hubiera salvado. La naturaleza tiene recursos que nosotros no conocemos. (Baroja, 1993, pp. 302)

Esta situación vuelve a poner de manifiesto la cuestión sobre cuál es el equilibrio que se ha de tener entre razón y voluntad para que la vida, y España por extensión, avancen. El final de la novela representa el fin al que está abocado el país si no cambia de dirección. Consideramos que El árbol de la ciencia toma este nombre ya que la obra está escrita de manera que la razón es el elemento que cobra una mayor importancia dentro de ella. Esto se debe a que su intención es resaltar que es el exceso de reflexión es el que está hundiendo al país, que había creado en la ciencia un nuevo ídolo al que adorar, pero que, al igual que la religión, este acababa por anular la voluntad: “Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico Manzanillo que mata a quien se acoge a su sombra” (Baroja, 1993, p 182). Hurtado, a su vez, es el máximo exponente de la razón, por lo que su historia acaba de forma trágica.

En La Voluntad, se hace más hincapié en el otro término de la oposición, tal y como su título indica. La novela de Baroja muestra una España fuertemente influenciada por la religión y las instituciones católicas, que estaban presentes en todos los aspectos de la vida. Las descripciones de esta novela están llenas de elementos religiosos que reflejan la extensión de su dominio: tanto Yecla, como Madrid y Toledo están repletas de conventos e iglesias, y por sus calles y en el interior de las casas también se pueden encontrar elementos que reflejan la honda influencia de la religión en la vida cotidiana, como la presencia de cruces y cuadros de santos. La educación también dependía en gran medida de la Iglesia, ya que muchos de los colegios e institutos habían sido creados por órdenes religiosas. Este hecho lo podemos ver también en la novela de Baroja, donde la facultad a la que asiste Hurtado es parte de un instituto que había sido construido por los Jesuitas.

Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes que esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura no eran arquitectos del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos. La clase de química general del año preparatorio de medicina y farmacia se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada por la escuela de arquitectura. (…) La clase era la antigua capilla del Instituto de San Isidro de cuando éste pertenecía a los jesuitas. Tenía el techo pintado con grandes figuras a estilo de Jordaens; en los ángulos de escocia los cuatro evangelistas y en el centro una porción de figuras y escenas bíblicas. (Baroja, 1993, pp. 35-37)

En este fragmento también podemos observar la falta de orden y seriedad en la educación, lo que indudablemente afectaba al avance en España y favoreció el fracaso del sistema positivista. Pero, volviendo al tema que nos atañe, la presencia de la religión en todos aspectos de la vida ahogaba a la nación, que padecía de abulia al igual que Azorín al final de la novela.

El protagonista de La Voluntad es, al igual que Hurtado, un individuo angustiado por la irracionalidad de la existencia. Al igual que el joven médico en la novela de Baroja, el personaje de Azorín también intentó superar la revelación del absurdo de la vida humana, y casarse y formar una familia. Sin embargo, a diferencia de su homólogo, Azorín acabó contrayendo nupcias porque había perdido toda voluntad de vivir. En la tercera parte de La Voluntad se muestra cómo el protagonista de la novela se ha transformado en una marioneta, un ser sin deseo que depende de la voluntad de su mujer, que es quien gobierna su vida y decide por él. Azorín nunca llegó a la categoría de superhombre de la que habla Nietzsche porque no tomó su propia vida y su deseo como centro de su existencia. Tras la muerte de Dios ―y del dios en el que se convirtió la ciencia― no se puso así mismo como piedra angular que diera un sentido a su vivir, ya que, para Nietzsche, el ser humano debía de aceptar que él mismo era el único motivo de su existencia. La teoría de este filósofo alemán supone la perpetuación de la voluntad, la libertad absoluta (ya que los deseos del individuo no están subyugados a ninguna ley moral que no sea la suya), y la aceptación del sufrimiento, que se ha de llevar de la mejor forma posible ya que es algo ineludible. Azorín no consigue llegar a este punto debido a que se queda anclado en el desengaño. A diferencia de El árbol de la ciencia, la vida en el campo presentada en La Voluntad no supone un alejamiento de la miseria humana, ya que en Yecla también hay dolor.

El carácter duro, feroz, inflexible, sin ternura, sin superior comprensión de la vida, del pueblo castellano se palpa viviendo un mes en el pueblo. Esas son las paridas que se asoman tras los cristales en los viejos poblachones manchegos, espiando al forastero que pasa solo; esas sonrisas piadosas y meneos de cabeza compasivos ante la desgracia; esas eternas y estúpidas frases «de vio haber hecho eso», «ya te dije que no estaba haciendo tal cosa», «no era posible que de ese modo»… Todas estas mil formas pequeñas y miserables de la crueldad humana ¡que castellanas son! ¿Cuántas veces las he visto poner en práctica en los pueblos! (Azorín, 1989, pp. 297-298)

Tanto Azorín como Yecla son un símil de la situación contemporánea de España. El autor de La Voluntad denuncia el estado de apatía en el que se encontraba inmersa la nación, y, a diferencia de El árbol de la ciencia, señala principalmente a la religión como causa de ello. En el último capítulo de la novela aparecen resumidas todas las ideas que hemos ido mencionando a lo largo del presente estudio: el anclaje de España debido al exceso de razón y la falta de voluntad, el deseo de recuperar la gloria pasada, el agotamiento de las estructuras de la ciencia, el atraso que supone el gobierno de la religión sobre el pueblo, el irracionalismo de la existencia, el dolor universal, etc. Todo ello lo podemos observar en la carta que escribe ficticiamente José Martínez a Pío Baroja y que forma dicho capítulo. En ella, el autor de la novela describe Yecla como un pueblo falto de deseo y anclado en el pasado. Los yeclanos son conscientes de su mal, pero no hacen nada por remediarlo, permanecen quietos, inmóviles, hasta que en un arranque de voluntad se ponen de acuerdo para trabajar en conjunto. No obstante, estos estallidos de deseo se desvanecen tan rápido como han empezado, y el pueblo vuelve a su apatía usual.

Estos ataques también los tiene Azorín de vez en cuando, pero nunca dan resultado alguno. Por esta razón, consideramos que Azorín, al final de la novela, ha fallecido al igual que Hurtado, aunque en este caso simbólicamente, ya que no tiene voluntad. Otro de los rasgos que destaca Martínez Ruiz en su carta es el carácter arcaico de Yecla, que sigue dependiendo de la religión como si se tratase de un pueblo de la época medieval. Esto se debe a que a principios del siglo XX la religión se empieza a considerar como algo antiguo, propio del pasado, debido a que el hombre moderno es ateo. El autor de La Voluntad describe Yecla como un pueblo fantasioso, con ingenio, desbordado de razón, pero en el que esta carece de sentido de la utilidad: en este pueblo manchego abundan los licenciados, pero ninguno aporta algo que sea útil, y no se trabaja el campo, que es lo que da verdadero sustento al pueblo.

Este es otro aspecto pintoresco de Yecla: aquí todos son abogados, todos van y vienen con cartapacios de papel oficinesco, todos entran y salen del juzgado (…) Entre tanto, las tierras de este pueblo, esencialmente agrícola, permanecen casi estériles, se labra como en los tiempos primitivos, se hacen las mismas labores por procedimientos arcaicos. (Azorín, 1989, pp. 297- 298)

La necesidad de un cambio en España se hace patente en ambas novelas. Sin embargo, se señala que esta transformación no es posible debido a la naturaleza del propio pueblo español, que no tiene voluntad. Esta idea entronca con la teoría de la intrahistoria de Miguel de Unamuno, ya que es a través del examen del discurrir de España a lo largo del tiempo como tanto Baroja como José Martínez llegan a esta conclusión.

4. La España eterna y la intrahistoria

En 1902 se publicó En torno al casticismo, una colección de ensayos de Miguel de Unamuno publicados anteriormente, en la que su autor defiende la hipótesis de una «intrahistoria» o tradición eterna. Unamuno argumenta que la historia es como el mar: los sucesos considerados como «históricos», los que aparecen en los periódicos y se recogen en los libros, no son más que las olas que corren por la superficie, ya que la verdadera sustancia de la historia se encuentra en el fondo del mar, donde no llegan las olas, y esta es la vida cotidiana y la labor eterna de millones de personas anónimas. Es sobre esta tradición, que es la verdadera historia y materia imperecedera que caracteriza a cada pueblo, el fondo por encima del cual se levantan las olas que dan la sensación del «presente momento histórico». Complementando esta idea, en su artículo “Muera Don Quijote” (1898), señala que las naciones nos son más que un producto histórico perecedero (como augura el futuro de España), y que lo que sobrevivirá siempre es el alma de cada pueblo.

Estas ideas se encuentran recogidas en El árbol de la ciencia y La voluntad en el hecho de que auspician un futuro aciago a España debido al carácter apático del pueblo español. Ambas novelas señalan que la falta de deseo no es algo nuevo en la nación, sino que es característico de ella, como se puede observar en el final de La Voluntad, que describe Yecla como un pueblo incapaz de terminar cualquier obra que se proponga.

Considerando detenidamente todas estas cosas, yo sospecho que este Yecla es un pueblo de una rara mentalidad, de una arcaica psicología propia de los siglos XVI o XVII. Note usted que será acaso el único pueblo donde se ha construido una catedral en pleno siglo XIX; es decir, que se ha construido, como se construían en la Edad Media, por el pueblo en masa que ha trabajado gratuitamente impulsado por su fe ardorosa. Bien es verdad que la dejaron sin acabar. Y este ya es un dato importantísimo para la psicología colectiva. Porque todas las grandes obras de este pueblo están sin terminar: así el Colegio de Escolapios, el Casino, la estación, etc. Esto indica que en el pueblo yeclano hay un comienzo de voluntad, una iniciación de energía, que se agota rápidamente, que acaba en cansancio invencible. (Azorín, 1989, p. 296)

En esta cita también podemos observar el profundo arraigo de la religión, que, según Martínez Ruiz forma parte de la identidad española. En el prólogo de La Voluntad encontramos también reflejada esta idea, lo que refuerza la tesis del autor que empieza y concluye la novela con el mismo mensaje. Dicho texto preliminar presenta al pueblo yeclano como una raza profundamente devota, que, desde sus inicios, mucho antes de la llegada del cristianismo, levantaba templos que dejaba sin acabar, y rezaba, y dejaba que la religión marcase todos los aspectos de la vida y le diese un propósito a esta.

Y ved el misterio ensamblaje de las cosas humanas. Hace veinticinco siglos, de la misma cantera de Arabí famoso en que ha sido tallada en la piedra para la esta iglesia, fue tallada la piedra para el templo pagano del cerro de los Santos. (…) El templo dominaba la ciudad entera. En su recinto, guarnecido de las rígidas estatuas que hoy reposan fríamente en los museos, los hierofantes malicientos tenían, como nosotros sus ayunos, sus procesiones, sus rosarios, sus letanías, sus melopeas llorosas; celebraban como nosotros la consagración del pan y del vino, la Navidad, el nacimiento de Agni, la semana Mayor, en la muerte de Adonis. (Azorín, 1989, pp. 59-60)

Baroja no entra en tales consideraciones, aunque sí denuncia que es el propio carácter del pueblo español el que le está llevando a su ruina, y es algo que se ha de cambiar si se quiere prosperar.

Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente físico y moral. Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador.
El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a la realidad; pero si se encierra este paso, entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo viejo y sin renovación vivía el Madrid de hace años. (Baroja, 1993, pp. 35 -37)

Por último, cabe destacar la relación que se establece en La Voluntad entre la hipótesis de la intrahistoria de Unamuno y la teoría del eterno retorno de Nietzsche. La novela de Baroja presenta una visión cíclica de la historia: en España, a un breve estallido de voluntad le sucede un amplio periodo de apatía, y así subsecuentemente. Este hecho tiene su origen en la propia naturaleza del pueblo español, pero también demuestra que la historia es un continuo de periodos (u olas) que se repiten. Consideramos que esta última idea está emparentada con la teoría del eterno retorno en el hecho de que, si se lee de manera literal el aforismo 341 de La gaya ciencia, este sostiene que el tiempo es cíclico y que la historia está destinada a repetirse de principio a fin, acontecimiento por acontecimiento, por toda la eternidad.

Esta concepción cíclica de la historia sumada a la imagen reiterativa de las olas en el concepto de la intrahistoria, y la creencia de que es este trasfondo de la vida cotidiana y la naturaleza de los pueblos el que marca el devenir de una nación, lo que hace que Azorín tenga una visión tan pesimista de la vida.

¡Había encarnado de pronto en su cerebro la hipótesis de la Vuelta eterna! La Vuelta eterna no es más que la continuación indefinida, repetida, de la danza humana… (…) Entonces se dará el caso —como ya el maestro Yuste sospechaba— de que este mismo mundo en que vivimos ahora, por ejemplo, vuelva a surgir de nuevo, y con él todos los seres, idénticos, que al presente lo habitan. (Azorín, 1989, pp. 220)

Como se puede observar en esta cita, el protagonista de La Voluntad entiende la idea del eterno retorno de manera literal y se desazona al pensar que el sufrimiento humano es algo ineludible e infinito. Por ello, Azorín nunca llega a la categoría de superhombre, ya que no acepta el dolor que supone la existencia y la intrascendencia de esta.

La idea del eterno retorno, correctamente entendida en nuestra opinión, es una imagen que sirve para cuestionarse si verdaderamente se ha alcanzado la liberación total de las ataduras morales e ideológicas que subyugan al ser humano. Nietzsche utiliza el lenguaje de la repetición para transmitir una enseñanza que es justamente lo opuesto a esta, y es que sólo hay una única vida. La muerte de Dios conlleva la no existencia de un más allá, por lo que la vida queda clausurada en sí misma, tiene inicio y fin, como un anillo que queda cerrado, y no es una continuación hacia otra existencia. Por esta razón, el eterno retorno implica volver a poner en el centro de la existencia al hombre, que debe de superar la angustia existencial a la que le lleva esta realización, y empezar a vivir de acuerdo con sus deseos.

5. Conclusión

La Voluntad y El árbol de la ciencia son dos novelas que reflejan la situación ideológica y cultural de cambio de siglo. Muestran que estaba instalado entre la intelectualidad el dilema entre voluntad y razón, y se busca encontrar en este dilema la clave para la solución al problema de España. Ambas novelas se complementan puesto que cada una realza uno de los dos elementos que se consideraban que estaban lastrando el país: La Voluntad, la religión y El árbol de la ciencia, la ciencia. Así mismo plasman la crisis de valores que provocó la pérdida de la fe en ambos elementos a través de sus personajes, que buscan una solución moral ante la verdad terrible e inaguantable de la existencia. Tanto Baroja como Martínez Ruiz auguran a España un destino funesto, el mismo que a Andrés Hurtado y Azorín, si el pueblo español no cambia y empieza a tener mayor voluntad.

La publicación de La Voluntad en 1902 junto con otras obras como Amor y pedagogía, de Unamuno, Camino de Perfección, de Pío Baroja, y Sonata de otoño de Valle-Inclán, atestiguó la ruptura definitiva con el modelo positivista del naturalismo. Esta nueva generación de escritores, como explica Emilia Pardo Bazán en “La nueva generación de novelistas y cuentistas en España”, estaba fuertemente influenciada por la filosofía de Schopenhauer y Nietzsche, lo que se ve reflejado en la visión pesimista de la realidad que muestran sus obras y que se aplica al panorama nacional del momento. La literatura de estos autores se caracteriza por suponer una vuelta al subjetivismo y al idealismo. En palabras de Pardo Bazán, son neorrománticos y neobarrocos, y es este espíritu de cambio, que les diferenciaba de los escritores realistas/naturalistas, lo que les dio el nombre de «modernistas». Sin embargo, no fue hasta la década de 1910 cuando se consolidó esta tendencia con la publicación de El árbol de la ciencia y Niebla.

Bibliografía

Baroja, P. (1993). El árbol de la ciencia. Madrid: Cátedra.
Ganivet, Á. (1897). Idearium español. Granada: Vda. E Hijos de Paulino V. Sabatel.
Martínez Ruiz, J. (1989). La Voluntad. Madrid: Castalia.
Nietzsche, F. W. (2002). La gaya ciencia. Madrid: Edaf.
Pardo Bazán, Emilia: “La nueva generación de novelistas y cuentistas en España”. Helios (marzo de 1904), pp. 257-258.
Schopenhauer, A. (1960). El mundo como voluntad y representación. Buenos Aires: Aguilar.
Silvela, Francisco: «España sin pulso», El Tiempo (16 de agosto de 1898).
Unamuno, M. (1999). El mal del siglo. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca.
(1902): En torno al casticismo. Madrid: Fernando Fe.
: “Muera Don Quijote”, Vida Nueva (26 de junio 1898) p. 3.

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Silvia Guillén Gómez

Silvia Guillén es estudiante del grado de Estudios Hispánicos de la Universidad de Alcalá. Amante de la literatura, está interesada en la narrativa española del siglo XX y en la teoría literaria.

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