Creer para ver
Es difícil cuantificar el honor que supone para un joven investigador recibir una invitación como la que la revista Contrapunto me ha cursado. Participar en una sección titulada “Firmas invitadas” es un gusto y una responsabilidad que quiero agradecer públicamente a los editores.
Me solicitan los generosos hospederos de estas letras que trate de transmitir a un público culto (aunque no especialista) en qué consisten mis últimas. Siendo sumamente sintético, mis últimos años de trabajo (que, en realidad, son casi los primeros) han estado dedicados a dos cuestiones más conectadas de lo que pudiera parecer.
Mi primera línea de trabajo se organiza en torno a la filosofía de José Ortega y Gasset (Madrid, 1883-1955). Dentro de su extensa obra, mi tesis doctoral trataba de abordar un aspecto lateral que me parecía productivo y poco investigado, a saber: ¿hasta qué punto su pensamiento estaba determinado por, coincidía con e influía en el pensamiento de habla inglesa? La pregunta suponía meterse en un sendero poco transitado: si la influencia del pensamiento alemán en Ortega es fecunda y ha sido muy reconocida, sus relaciones con el mundo anglosajón solo habían sido tomadas en serio por unos pocos autores (John T. Graham, Marnie Binder, Eduardo Armenteros), y a mi juicio el tema merecía mayor desarrollo. Así, no me centré sólo en autores pragmatistas como William James (Nueva York, 1842) y John Dewey (Vermont, 1859), sino que investigué también conexiones entre la filosofía orteguiana y la obra de John Stuart Mill (Londres, 1806, supuesto “padre” del liberalismo), Alexander Bain (Aberdeen, 1818), el físico y filósofo de la ciencia Thomas S. Kuhn (Ohio, 1922) y el neopragmatista Richard Rorty (Nueva York, 1931).
El párrafo anterior quizá diga algo a los estudiantes o investigadores de filosofía, pero sonará extraño a los habituales de otras ramas de las humanidades. Dicho muy rápidamente, lo que me parecía que conectaba a Ortega con esos autores eran dos temas decisivos. Por un lado, hasta qué punto el contexto determina nuestro modo de ver y concebir el mundo: un mismo cuerpo físico (por ejemplo, el cuerpo de una mujer) significa cosas muy diferentes en el siglo III a. C. (cuando era, en el mejor de los casos, “madre de ciudadanos”) y en el siglo XXI d. C. (en el que se la considera, no sin alguna bárbara reticencia, ciudadana con derechos iguales a los del varón). Este contextualismo, con sus límites diversos, exigía a los autores mencionados la defensa de un pluralismo no solo político, sino también metafísico y epistemológico, que tendieron a consignar bajo el título de “liberalismo”. Es esta una palabra problemática que ha variado también de significado; a desentrañar algunos pormenores al respecto estaba dedicada otra buena parte de mi tesis.
Con el pasar de los años, esa línea de investigación inicial recibió dos modulaciones. Por un lado, he profundizado en la obra de autoras y autores en lengua inglesa que parecen reforzar lo que antes exponía: que Ortega está metido de lleno en ese diálogo intelectual, siendo influido y a la vez influyendo en él. Así, los novelistas Aldous Huxley (Waverley, 1894), Sinclair Lewis (Minnesota, 1885) o Ray Bradbury (Illinois, 1920, que incluye libros de Ortega entre los dignos de ser salvados de la quema en Fahrenheit 451), el periodista y político Walter Lippmann (Nueva York, 1889) y la profesora de ciencia política Judith Shklar (Riga, 1928) han sido incluidos en mis trabajos.
La otra ramificación de mi investigación puede parecer sorprendente. Ortega entiende que las “creencias fundamentales de una época” es lo que los seres humanos tomamos por “realidad”. Sobre esas creencias construimos toda nuestra vida consciente. Por ejemplo, al salir de casa elegimos conscientemente entre tomar el ascensor o bajar por la escalera, pero “damos por hecho” y no nos planteamos (es decir: creemos) que pasillo y escalera estarán donde estaban ayer, que las leyes de la física seguirán vigentes y que la tierra continuará siendo esférica (algo que “creemos” pese a que intuitivamente parece plana, motivo por el que a los niños hay que darles evidencias en la escuela de que no es así). Pues bien, un autor que leyó a Ortega (y a otros muchos filósofos de su momento, tales como Heidegger, Baden-Wurtemberg, 1889) fue el historiador mexicano Edmundo O’Gorman. En su libro La invención de América se planteó lo siguiente: ¿cómo pudo Colón, que “creía” que la tierra tenía sólo tres continentes, “descubrir” América? La tesis de O’Gorman (Ciudad de México, 1906) es que, de hecho, no descubrió tal continente: murió pensando que sus barcos habían arribado a costas asiáticas. Así, la idea de que “Colón descubrió América el 12 de octubre de 1492” resulta ser un relato posible, una “invención”, que solo en unos contextos determinados ha sido tomado por verdadera. América, como el resto de seres del mundo, es un elemento de la realidad que está determinado por la historia humana: al principio, ese trozo de tierra existía materialmente, pero no en el imaginario europeo; después, existió como “las Indias”; y, tras un proceso de elaboración intelectual, pasó a existir como un cuarto continente, desafiando creencias bíblicas y sociales vigentes.
Mi interés por este asunto me abrió al pensamiento latinoamericano del siglo XX, cuya frondosidad apenas se muestra en las facultades españolas de filosofía. A ello me he venido dedicando los últimos meses, tanto en mi docencia universitaria como en mis textos. Así, estoy investigando cómo la riqueza del pensamiento americano del siglo pasado, con sus contradicciones de toda índole, puede organizarse en una línea temporalmente coherente: investigo cómo desde la reflexión americana sobre América se ha llegado hasta la propuesta de que el pensamiento iberoamericano está en condiciones de proporcionar categorías y conceptos útiles para el mundo entero, teniendo por ello pretensión de universalidad. En este sentido, estoy trabajando producciones intelectuales diversas. Entre muchos otros, me interesan Ángel Rama (Montevideo, 1926, La ciudad letrada), Octavio Paz (Ciudad de México, 1914, El laberinto de la soledad, El arco y la lira), José Carlos Mariátegui (provincia de Mariscal Nieto, 1894, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana), la poesía de Gabriela Mistral (Elqui, 1889), las crónicas periodísticas de Elena Poniatowska (París, 1932, La noche de Tlatelolco) o la increíble obra literaria del continente, atendiendo especialmente a Juan Rulfo (Jalisco, 1917), Carlos Fuentes (Ciudad de Panamá, 1928) o Augusto Roa Bastos (Ciudad de la Asunción, 1917).
Estas investigaciones, que estoy concretando en dos libros, son mi pequeña aportación a temas que considero interesantes desde un punto de vista tanto académico como general, y que espero hayan parecido sugerentes a los lectoras y lectores de estas líneas.

Rodolfo Gutiérrez Simón
Profesor del Departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid, en la que también es Coordinador del Máster en Pensamiento Español e Ibeoramericano. Doctor en Filosofía con premio extraordinario de doctorado. Secretario de la Asociacion de Hispanismo Filosófico y miembro del consejo de redacción de la Revista de Hispanismo Filosófico. Ganador del IV Concurso de ensayo filosófico "María Zambrano" (2014).
