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A vueltas con “La ilusión documental”

Al otro lado de la puerta. 2021 ©Navia

Para quienes nos dedicamos al mundo de la imagen, y más concretamente a la fotografía, es algo habitual hablar de esta como lenguaje. Siempre decimos, o al menos yo lo hago con frecuencia, que fotografiamos para hablar fotográficamente acerca del mundo, o incluso cuando ya vamos embalados, decimos que fotografiamos para contar historias (aunque esto último es verdad que intento evitarlo cada vez más).

Así, el lenguaje fotográfico sería otro lenguaje, uno más de los distintos lenguajes que tenemos a nuestra disposición… pero, ¿hay tantos? Porque, en cuanto escarbas un poco en el asunto, la cosa empieza a no estar tan clara. No hace falta ser filósofo del lenguaje para darse cuenta de algo: ¿qué lenguaje es este que carece de un código compartido, consensuado entre sus posibles hablantes?

El tema siempre me ha resultado apasionante, aparte de impactarme de lleno por mi oficio de fotógrafo, y más si cabe desde que imparto un par de asignaturas de fotografía en el grado de comunicación audiovisual de nuestra facultad. Y de ahí que haya titulado estas líneas “La ilusión documental”, citando literalmente el título del libro que recopila una serie de artículos del fotógrafo japonés Takuma Nakahira (Tokio, 1938-2015).

Afirmaba Nakahira, hace ya no pocos años, que “la imagen en sí misma no es un pensamiento. No posee la totalidad de un concepto. Tampoco se trata de un código intercambiable, como una lengua. Sin embargo, su materialidad irreversible —la realidad recortada por la cámara— constituye lo opuesto a una lengua, y por ello a veces estimula el mundo del lenguaje y los conceptos. Cuando esto ocurre, el lenguaje trasciende su estado conceptualizado e inamovible, transformándose en una nueva lengua, y por tanto en un pensamiento nuevo.”

Y mentiría si no dijese que esta idea de la imagen como estímulo de la palabra me resulta especialmente grata. Cuando me toca hablar de estas cosas (es decir, cuando no estoy fotografiando, que es lo que realmente me importa) me gusta decir que la fotografía no sirve para contar historias, por más que fotógrafos y fotógrafas insistan en decirlo por doquier, pero que la fotografía sí que puede ser la llama que prende el fuego de las historias, que es otra manera, más breve, menos sesuda y acaso más gráfica, de decir algo parecido a lo que plantea en su texto el fotógrafo japonés.

Quienes ya gastamos cierta edad y hemos tenido el privilegio de nacer en una familia humilde que se reunía en torno a una mesa camilla para oír contar historias —siempre las mismas, siempre distintas— al miembro más dotado de la familia, en nuestro caso indiscutiblemente a mi abuela Ana, cuando aún no había llegado a casa la televisión, sabemos bien lo que vale la palabra a la hora de contar historias (es decir: de crear imágenes). Contar, y mirar una y otra vez las antiguas fotografías familiares guardadas en una vieja lata de carne de membrillo, era algo así como crear un mundo. Sobre todo cuando se hacía con la maestría de esas mujeres que, artesanas del lenguaje, usaban las palabras de manera primigenia, intuitiva, sin necesidad de conocer su manual de instrucciones, pero sabiendo sacarles todas sus potencialidades narrativas. Porque, a veces, como le gusta decir a mi querido profesor Tomás Pollán (León, 1948), la codificación y sobrecarga de reglas que definen la corrección del lenguaje anula las destrezas particulares de su uso. El hablante se convierte en operario del lenguaje, como el obrero en operario de la tecnología, “y en una sociedad penetrada por la tecnología de la palabra, resulta tan difícil recuperar el habla en cuanto habilidad y destreza verbal, pulida por la práctica y la experiencia, como volver a recuperar el saber práctico del artesano”.

No renunciemos a ser artesanos de nuestro quehacer, sea trabajar con palabras, con maderas, con fotografías o con lo que sea, y no nos rindamos embelesados a esos cantos de sirena que quieren hacernos artistas, creadores, y así pequeños diosecillos o diosecillas (con cierta frecuencia un poco insufribles, todo hay que decirlo). En este sentido, me gusta recordar siempre las palabras de un fotógrafo norteamericano, Paul Strand (Nueva York, 1890), que acaso sea el que, en mi juventud, más me ayudó a entender cuán grande podía ser la fotografía; son palabras que él dirigió precisamente a estudiantes de fotografía y que a mí, ahora, me gusta recordar en mis clases: “Nadie sabe —y menos quienes presumen de tener dichos conocimientos— qué es arte, o qué es Dios, o qué es cualquier otra abstracción. Sin embargo hay unos pocos que […] saben reconocer cuándo algo es genuino y vivo, o cuándo es falso y está muerto. […] En otras palabras, se debe primero aprender a fotografiar, aprender el oficio, y al hacerlo se encuentra el camino para expresar todo lo que se quiera. Los viejos maestros fueron primero artesanos y después algunos llegaron a artistas”.

Al fin y al cabo, ese camino que nos ofrece la fotografía es apasionante. Y si la imagen no es lenguaje, no es palabra, no cabe duda de que anda muy cerca de ella, enredada con ella desde su polisemia radical. “La imagen sigue de cerca a la palabra, contiene su sustancia y la deja entrever, y a veces incluso la amplifica”, nos recuerda de nuevo el maestro Nakahira.

Navia
José Manuel Navia

Madrid, 1957. Fotógrafo. Licenciado en Filosofía en 1980. Mi narrativa fotográfica, siempre en color y en el ámbito de lo documental, convive en estrecha relación con la palabra, con la literatura. Desde 2021 soy profesor asociado de fotografía en el grado de Comunicación Audiovisual de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá. http://jmnavia.blogspot.com.es/

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