El último camino
Durante mucho tiempo, y tras varios intentos por descubrir el misterio de su tío, a Juan la vida le había borrado la verdad como la lluvia borra las huellas del piso. Los recuerdos que aún persistían acerca de él eran historias manipuladas y engañosas. Algunos aseguraban que era un libertario, un filósofo natural que vivía en las calles; un místico cuya estrategia de vida le había resultado próspera. Otros decían que era un hombre solitario, un artista ambulante que pintaba cuadros con materiales que recogía de las calles; su estilo pictórico era muy crudo y puramente dactilar, plasmaba movimientos desordenados y vibrantes en tono ocre terroso. Unas cuantas de sus obras habían quedado en manos de algunos familiares.
Quizás las historias más coincidentes que se contaban trataban sobre su apariencia, un hombre con mirada de mar de tarde, cargando una espesa y encanecida barba; palabras que recuerdan lo perverso que pueden ser los ojos cuando prescinden de los pormenores.
Aun con la engañosa información que Juan tenía sobre su tío, solía aventurarse de vez en cuando a dibujar en su memoria un hombre de tal semejanza. Salvaje. Libre. Solía decirse que eran muy parecidos, que tenían los mismos ojos y el mismo cabello. La misma inquietud por ciertas cosas. Juan creía que una parte de su propia historia había quedado ilegible con la partida de su tío, y ahora un cariño inexplicable había nacido de él, a pesar de no conocerlo y saber tan poco de su vida. Aun con ello, la curiosidad por descifrar la verdad siempre lo perseguía.
Se supo que murió en las calles de forma trágica a la edad más o menos de 50 años. De su vida y su muerte se dejó de hablar desde aquel momento en que incineraron su cuerpo, y cualquier atrevimiento por mencionar sus días, se convertía en una injuria, una profanación a la familia y a su historia. Sus cenizas yacían en un panteón al sur de la ciudad, en una pequeña caja que de vez en cuando sostenía con pena un par de crisantemos de papel.
Un miércoles de mediodía, con el cielo descubierto y las calles encendidas, Juan pasaba por los arrabales de aquel panteón, y a lo lejos logró distinguir la silueta de un familiar, un señor delgado de piel pálida cubierta con una camisa gris de talla sobrada, pantalones de raya y sombrero de arnés. En su mano derecha sostenía un ramo de lirios listos para florear.
Se trataba de uno de los hermanos de su madre. Su nombre era Adolfo, un tipo sigiloso y misterioso que solía llegar a las reuniones familiares sin hacer mucho alboroto, tomaba su silla y no se paraba hasta que tuviera que irse. Se decía que había sido una persona muy cercana al tío de Juan, que habían pasado mucho tiempo juntos, que compartieron una intensa amistad que dejaría una huella profunda en ambos. Se entendían tan bien que la gente creía que sus almas se habían vuelto una sola. Después de su muerte algo extraño le había sucedido. Era como si él también hubiera muerto. La gente suele morir y poder sostenerse de pie mucho tiempo; infinito tiempo.
Luego de detenerse unos segundos, Juan decide acercarse con cierta cautela tratando de hacer sentir sutilmente su presencia. A escasos metros, levanta la mirada para enfrentar aquellos ojos que parecían haber olvidado como mirar. No había nada en sus pupilas, apenas un café deslucido en declive se observaba.
—Tío Adolfo, no estaba seguro si sería usted. Que sorpresa encontrarlo.
—Hola Juan, tú sí que me sorprendes, sobre todo en estos lugares tan en pena. ¿Te inquieta algo? — Pregunta, mientras lo invita con su mano a sentarse.
Tras un repentino silencio, Juan rechaza la invitación, dejando caer su espalda sobre una empalecida pared que a su lado se alzaba.
—Inquietarme todo, hasta la osada luz que profana esas tumbas de allá. Soy un hombre de dudas, me debo a ellas, aunque ellas poco se deben a mí. —Contestó Juan, con un tono de lamento y bravura.
Adolfo acomodó sus hombros que flotaban libremente debajo de esa extravagante camisa, dejó los lirios al piso y se aproximó a Juan para hacerle un apretón fraternal en el brazo.
—Me parece que ahora mismo las dudas te han tomado. Te han desposeído incluso de tu capacidad de elección. Creo conocer la razón por la que estás aquí. —Dijo Adolfo, mientras le entregaba una sonrisa esperanzadora.
Enseguida a Juan se le hicieron ojos de ilusión, miraba a Adolfo como si quisiera comerle la verdad que sus labios custodiaban, y entonces dijo:
—Solo tú le conocías realmente. En todos sus matices. La familia cuenta que estuvieron juntos mucho tiempo, que sus espíritus resonaban de manera muy particular.
Con su sonrisa intacta, Adolfo contestó con una invitación inusual y definitiva para Juan, la que quizás el tanto esperaba.
—Vine aquí a depositar estas flores a mi madre, tu abuela, que se encuentra allá por la sección cuatro, la más olvidada y peligrosa. Conforme se avanza, el camino se va desvaneciendo y algunas tumbas se vuelven ilegibles, es fácil romperse un tobillo si no miras bien por donde pisar. Las pocas tumbas que aun perduran han sido invadidas por ratas, si uno infringe alguno de sus nidos podría llevarse una sorpresa. Ese es el camino que recorro cuando vengo a ver a mi madre. Un tanto incierto, diría yo, pero es lo justo por llegar hasta sus huesos.
—Te propongo que esta vez vayamos juntos, si el camino no te parece tortuoso. Durante el trayecto me ofrezco para contestarte todo lo que pueda saber de tu tío. Pero no habrá más después de esto. Será todo lo que podrás tener, y de una vez por todas tendrás que parar tu búsqueda. Una vez que lleguemos al destino, no podré brindarte más respuestas.
Las palabras de Adolfo sonaban tan definitivas, que a Juan el cuerpo le había quedado helado. Se encontraba posiblemente ante la oportunidad más legítima de enfrentarse cara a cara con la verdad. Sin embargo, también era consciente de que cada paso recortaría toda esperanza. ¿Qué significaba este encuentro, el trayecto, las palabras? Había tan poco de todo y tanto de nada, pero al final Juan asintió con ojos de ilusión.
El día expectante, quieto se mantenía, el aire apenas despegaba las hojas del piso. Todo permanecía en su lugar. Incluso las personas de alrededor. Juan no sabía como empezar, volteaba los ojos a todos lados, hasta que finalmente se detuvo en las mejillas grises de Adolfo, que algo querían decirle. Las siguió por los lados, luego los labios, la nariz y terminó en sus desordenados cabellos oscuros que cubrían su frente. Curiosamente se quedó mirando un momento aquellos pantalones viejos que sujetaban su desmedida camisa, tenían un parecido sorprendente a los que solía vestir su tío, según decían.
—Sé muy bien que él no era de aquí, era un hombre de otras tierras, que comía otras comidas y vestía sus propias ropas. Que los pastos esmeralda eran sus favoritos. ¿Alguna vez te contó de que trataba su mundo?.
Adolfo sumergió sus manos en sus bolsillos y comenzó a mover sus dedos en alboroto, como si allí fuera a encontrar la respuesta. Dio un pequeño suspiro y respondió.
—En el mundo de tu tío no había días helados ni calientes, las personas vestían sus cuerpos para desvestir su alma, por lo mismo los rostros siempre le parecieron tan enigmáticos e incomprensibles. Su alma era tan persistente, tan inquebrantable pese a los embates de otros mundos; solía llevar como uniforme, extravagantes sacos azules, pantalones de pana y la cabeza a medio cubrir con una kipá de lana negra.
Mientras Adolfo hablaba, sus pálidas manos se movían, gesticulaban, engendraban figuras en el vano. A veces se detenía en alguna frase y luego reanudaba con un tono diferente. En esa peculiar manera de platicar, Juan creyó reconocer un eco de las historias que le contaban sobre su tío, un modismo en su forma de expresarse que ahora se manifestaba vagamente en Adolfo.
Entretanto, Juan escuchaba atento y recogía con emoción cada palabra, cuidaba de atrapar hasta el más mínimo detalle. Se sentía hechizado por la manera de expresar de Adolfo, y extrañamente, era como si una parte de él ya conociera esos ademanes. Así que, sin mayor demora, aprovechó una pausa y preguntó. — ¿Cómo era exactamente su personalidad? Quisiera saber más al respecto.
—Por supuesto. —Dijo Adolfo. — Ya te cuento. Tu tío era un hombre determinado, incluso con sus lamentos, a quienes trataba con obstinación cada día. Siempre percibí nobleza en sus palabras, aun sin importar su significado. Durante sus últimos días conversábamos por tradición cada mañana, mi camino al trabajo pasaba por una de sus moradas matutinas, y yo disfrutaba quebrar el silencio del trayecto con él. Cuando hablábamos, perecía como si su día ya llevara muchas horas de haber comenzado, siempre me apuntaba alguna anécdota que se notaba muy de su mundo y de sus tiempos. Yo le comprendía.
Mientras la conversación seguía, el camino se desmoronaba con cada paso que daban. El tiempo agotaba su existencia. El regazo del sol por fin empalidecía el cielo y ambos se percataban que el final estaba por llegar.
Adolfo alzó su mano y señaló la tumba de su madre.— Allí yacen los restos de mi madre. Yacen también mis lamentos. Yacen también mis cientos de lágrimas, y muy pronto, esta conversación también habrá de yacer allí.
Juan, que sabía que el tiempo se había acabado, respondió con aires de resignación. —Cuánto me duele no poder estar con él. No haberlo conocido. Tener diálogos trascendentales a su lado, estar en su mundo, con su tiempo, con sus normas. Comprender su filosofía, acompañarlo en sus pensamientos y su soledad. Tomar su mano mientras me explica su verdad. Salirnos un rato de este lugar y no volver hasta… quizás me enseñe a nunca más volver. Anhelo unos instantes a su lado, nada más.
…
Segundos antes de llegar a la lápida de la abuela, Adolfo se detiene para entregar un ultimo mensaje. Un mensaje estruendoso en medio del silencio. Toma las manos de Juan y espera sus ojos como quien espera sin prisa. Los rayos del sol destellan tras las hojas de los árboles. Las nubes fundidas viajan en el cielo pardo.
De pronto, como la frialdad con la que una estrella rompe el cielo oscuro con su luz, sus miradas por fin logran alinearse, y una extraña sensación de calma se esparce como una sábana blanca, anunciando que el cometido había alcanzado su destino. Juan relucía un rostro nuevo, sabiendo que su tío no había dejado de existir por completo. Luego el tiempo no volvió a ser el mismo.

Salvador Medina
Graduado en Arqueología y en Ingeniería en Comunicaciones y Electrónica por la Escuela Nacional de Antropología e Historia y el Instituto Politécnico Nacional en la Ciudad de México. Ha realizado algunos aportes en la revista Arqueología Mexicana y en el periódico El Heraldo. Su interés se centra en la investigación arqueológica y el manejo de tecnologías digitales para el registro. En 2024 participó con la Universidad de Granada durante el proyecto de excavación en el yacimiento de Huércal La Vieja, Huercal-Overa, Almería.

Hola, buena tarde
Excelente lectura, una mirada a nuestros antepasados, a la melancolía de la pérdida de alguien amado y alguien olvidado, dentro de una sociedad que acalora el recuerdo de las misteriosas transiciones del ser humano.