La sed es la excusa. “Crema solar”, de Irene de la Torre
Irene de la Torre, Crema Solar
Riells i Viabrea (España), RIL editores
106 páginas, 17.90 €
Entre las páginas de su primer libro, Irene de la Torre (Madrid, 1988) genera microcosmos en los que lo diminuto cobra el protagonismo. Nos entrega, en los detalles, el vértigo de la existencia a través de temas como la soledad, la vejez, la nostalgia, la enfermedad, la familia y el amor.
Los personajes de Crema solar se asoman al mundo a través de sus rendijas y, sin embargo, son capaces de volcar, sobre este, fuegos artificiales, corrientes de ríos desbordados y mares resacosos. Nos presenta a mujeres con un inmenso mundo interior, el cual, a menudo, tiene más importancia que lo que pueda estar sucediendo fuera. Sus universos propios cuentan con la respiración de las criaturas mitológicas, donde las posibles explicaciones sobre la incertidumbre de la vida entrelazan experiencias, símbolos, saberes heredados, creencias e imaginación.
A pesar de la relevancia indudable de estos transcurrires internos, otro aspecto destacable aquí es su vertiente sensible. El cuerpo, el tacto, la luz, los olores, la intimidad feroz que nos otorgan los sentidos. Todo ello tiene una presencia constante, envolvente. Dice de la Torre en su relato “Engullir un río”: “Fría, quebrada, el agua en sus piernas va subiendo, poco a poco, hacia las rodillas. Ella se mueve, gesticula. La boca dibuja sonrisas de un pasado. Estamos en el presente y baila. (…) Agarra el agua como si fuera un ramo de flores, un puñado de uvas.”
La piel de sus personajes está preñada de memoria. Y cuando digo piel, implico todos los receptores sensoriales posibles. Cada vez que tocan, huelen, saborean, tropiezan, se enfrían, sudan, tienen sed o se marean, enhebran su fisicalidad con un amplio tejido de recuerdos, deseos y suposiciones. Esta forma estratificada del sentir les conduce a tiempos superpuestos al presente. La sed es la excusa: ya sea el pasado o el futuro, las mujeres de Crema solar parecen tener siempre un pie en otra línea temporal.
Y es que, aunque sus relatos son muy breves, juegan con el tiempo también a través de su deformación: lo estiran, abomban, enredan y cuartean. Y, aun así, logran condensar la raíz incómoda de cada una de estas mujeres: una adolescente aterrorizada por el concepto de infinito, una mujer que cada mañana se despierta en una casa diferente a aquella en la que se acostó o una abuela que va cada Navidad a comprar al mercado mientras el progreso la va dejando atrás, son solo algunos ejemplos.
En todos los casos, aunque puedan parecen temáticamente diversos, encontramos una gran presencia de la ausencia. Son habituales los escenarios como hospitales, casas silenciosas o pueblos que han ido vaciando. Aun así, la tragedia se masca despacio y a escondidas. En ningún momento presenciamos directamente los diagnósticos, las muertes, las rupturas o las peleas, sino que su narrativa se redirecciona hacia las rutinas o pequeñas escapadas con las que estas mujeres cubren lo que ya no está o, incluso, lo que nunca estuvo.
Lo cotidiano es, por tanto, un terreno en el que de la Torre siembra las pistas de una profundidad que no llega a nombrarse. Y es aquí, además de en la cuidada orfebrería con la que moldea su lenguaje, que entendemos su conexión con la poesía. En sus relatos, hay una tremenda reverberación de lo oculto. Mientras acariciamos la superficie de este huerto de icebergs, notamos el temblor sobre el que se sustenta.
En el relato “Pollo entero” deshuesado, dice: “(…) porque se pueden hacer dos cosas a la vez en la cocina, puedes hacer algo con una mano y otra cosa con la otra, e incluso te diría que puedes hacer hasta tres cosas si haces la tercera con la mirada, que es la de vigilar, y ya si me apuras y tienes un ayudante le puedes dar órdenes y ya haces cuatro cosas a la vez en la cocina.” Algo así, creo, es la mecánica de los relatos de Crema solar, donde de la Torre prepara un plato aparentemente sencillo y lo sirve en la vajilla de su abuela, en una mesa con un mantel blanco de algodón sin adornos. Y, ya con la primera cucharada, nos sorprende el abanico de matices que contiene.
