La vida de los libros

por | Ago 9, 2019

La vida de los libros

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Una cosa curiosa que nos ha pasado en esta revista durante los últimos cinco años es que solo hemos hablado sobre los intestinos de los libros, sobre lo que traen dentro, pero nunca nos hemos centrado sobre el soporte, el responsable de que podamos disfrutar de fantásticas historias o de los pensamientos más sesudos de grandes o noveles pensadores. La vida de los libros —de los libros en formato físico se entiende, no del e-book— es una cuestión que los apasionados a la lectura no solemos tener en cuenta. Llega un cierto punto en el que nos damos cuenta —o nos lo hacen saber— de que los libros físicamente son un problema, pues no hacen más que invadir espacios de la casa.

De todo esto y mucho más se ha ocupado Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) a lo largo de varios años, primero en publicaciones en la prensa y después construyendo un entramado de las múltiples historias en varios libros. Es quien nos ha facilitado la tarea de conocer un poco más, y mejor, a nuestros escritores favoritos, pues ha llevado a cargo la tarea de visitar las bibliotecas personales de los autores más destacados de las últimas décadas. Y no solo de los novelistas, poetas o pensadores, sino también sobre la vida de los libros en general.

La obra de Jesús Marchamalo es de las que consiguen que el lector se interrogue durante horas sobre su propia convivencia con sus libros. Los amantes de los libros entendemos que se trata de un amor que poco a poco nos va a ir ganando y acabará por ocupar nuestro propio espacio personal y puede que también el de alguna otra persona con quien se comparte habitáculo. Por lo tanto, es un amor que supera nuestras fuerzas o que nos vence. Sobre el tema, Marchamalo ha publicado Los reinos de papel (Siruela 2016), Bibliotecas de escritores (Siruela 2016) y Donde se guardan los libros (Siruela 2011). Pero sin duda el que ofrece una visión más global es Tocar los libros (Fórcola 2016). Este último se estructura en torno a varias cuestiones sobre las bibliotecas de los escritores, solo que lo hace de forma más general que los mencionados anteriormente, el autor aporta bastantes ejemplos, tanto de intelectuales españoles como extranjeros. Así, la edición de Fórcola viene acompañada con numerosas imágenes que nos permite adentrarnos en los espacios de trabajo de nuestros autores favoritos. Él mismo lo explica en un pasaje: “Trabajo desde hace años en un proyecto sobre bibliotecas de escritores. Me acerco a su casa y fotografío las habitaciones donde guardan los libros. He visitado decenas de ellas”. Esto permite al lector saber que está tratando con una obra de primera mano, en la que todo ha sido experimentado y revisado a conciencia por el autor, quien goza de una envidiable capacidad para percibir aquello que se le escapa al profano que solamente se deleita viendo una biblioteca. Es un librito de formato pequeño y no cuenta con muchas páginas, el cuerpo está escrito empleando párrafos cortos y la lectura siempre es deliciosa; aparte, los capítulos que se descubren en el avance de la obra son a cada cual mejor, a saber, cada uno trata un tema bastante apetitoso. Algunos de ellos hablan sobre cómo se deshacen los escritores de sus propios libros, de aquellos que sobran o sobre los cuales nunca van a volver, sobre cómo se “debe” ordenar una biblioteca, si es posible leerse todos los libros que uno tiene en casa o hasta qué punto es lícito que los volúmenes ganen terreno a la persona.

A fin de cuentas, observar una biblioteca —o una estantería— siempre ha sido un ejercicio ritual. Los apasionados por los libros nos quedamos embobados mirando durante horas y horas todos los volúmenes que están ocupando las baldas de los anaqueles; ocurre casi lo mismo que cuando nos sentamos a observar el fuego (la televisión de los aventureros), nadie sabe por qué, pero tiene algo que nos atrapa. Y es que una biblioteca habla muy bien de la persona que la ha formado, de lo que es y de lo que alguna vez fue. Todos hemos pasado por fases en las que nos atraían muchísimo ciertos temas y durante las cuales comprábamos todo lo que podíamos, pero que lamentablemente abandonábamos meses después —y seguramente no volveremos a interesarnos por ellos—. Es una pasión —o, mejor dicho, un amor— que alguien ajeno nunca lo va a entender; los libros han ocasionado muchas trifulcas o enfados familiares y desgraciadamente las seguirán ocasionando, pues es un tema que no tiene parón posible.

Cada uno puede calificarse como quiera y tratar a sus libros como le dé la gana, hay algunos que se consideran coleccionistas, otros frikis y, los más, apasionados lectores (eso de “devorador” ya ha perdido uso). Los libros viven diferentes vidas dependiendo del dueño que les haya tocado. Unos los tratan como si fueran sus bienes más preciados y no marcan las páginas, ni anotan ni doblan el lomo, cuando el libro es de tapa blanda, para acomodar la lectura; “flor de cuño”, así es como los califica Luis Alberto de Cuenca, quien solo tiene libros impolutos en su biblioteca. Hay quienes no los prestan, por miedo a que se pierdan, y quienes los suelta con la sana esperanza de que nunca vuelvan a casa, de esta forma se sabrá que el nuevo poseedor del libro lo aprecia más que el dueño original. Los hay también que son incapaces de comprar un libro usado, pero generalmente son los menos. A todos los que sentimos un amor especial por los libros nos gusta meternos de lleno, horas y horas, en los puestos de la Cuesta de Moyano o en las librerías de lance, donde uno tiene la esperanza de encontrar alguna joya oculta que se le haya pasado al librero y, al volver a casa pensar, “¡madre mía, qué suerte he tenido!”. Desgraciadamente, esto ya se está perdiendo con la venta online, donde el mercado del libro de segunda mano tiene mucha tirada.

Un apartado importante de la obra de Marchamalo se centra en los libros dedicados por los propios autores, no hay nada como pensar que el libro que tienes entre tus manos lo ha podido tocar el propio escritor; es casi como una especie de reverencia que se hace hacia el objeto. Pensar que el autor ha decidido ponerte una frase conciliadora o de agradecimiento nos acerca a aquellos que durante años han sido nuestros héroes, gracias a los cuales hemos podido sobrellevar momentos difíciles o simplemente pasar un buen rato. Quién no ha sentido mariposillas en el estómago cuando, en la Feria del Libro de Madrid, ha visto a su escritor favorito en una caseta dedicando libros y ha pensado que dentro de unos minutos se tendrá la oportunidad de cambiar pareceres con el autor. Decididamente, uno piensa que el oficio de escritor estos días es bastante sacrificado, pasarse meses encerrado en casa o en tu estudio desaliñado es una cosa de locos, casi como pasarse una temporada en una cueva. Suerte que tenemos historias a mano, para pasar el rato.

El mundo del libro es bastante curioso e intrigante, como el coleccionismo de libros, el cual, en la mayoría de los casos, sobrepasa las barreras que se puso uno con antelación. Son unas cuantas las personas que han escrito sobre el tema, pero la obra de Jesús Marchamalo forma ella sola un universo. No se extrañe la gente que dentro de unos años nos encontremos con alguna tesis doctoral al respecto; todo a su tiempo.

La imagen que acompaña a este artículo ha sido cedida por el propio Jesús Marchamalo, al cual damos las gracias públicamente. Es de su biblioteca, donde los libros conviven con figuritas y recuerdos. ¡Ay!, qué pena que no tengamos espacio para centrarnos en esos “inquilinos” que viven en las baldas con los libros.

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