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Cuando nos hacen estar en soledad: a propósito de “El monte de las furias” (2025) de Fernanda Trías


La inclusión de elementos de violencia física y simbólica en relación con espacios rurales o que se contraponen a la gran ciudad goza de una amplia tradición que no se agota. Una mujer solitaria protagoniza la última novela de Fernanda Trías, quien se adentra en el motivo del hostigamiento social y la marginalidad que trastorna. A través de El monte de las furias es posible hacer una lectura de preocupaciones morales, éticas y biopolíticas muy diversas. Interesa aquí centrarse en lo que nos aporta una obra que, si bien no resulta del todo novedosa, sí destaca por las reflexiones que puede suscitar a sus lectores y a sus lectoras. Su mayor virtud se encuentra en el retrato del descenso, y en cierta medida renacimiento, de la protagonista en un contexto de creciente hostilidad.

La incomprensión hace que la voz sin nombre que protagoniza la historia, expulsada previamente del espacio urbano, sea víctima de otro sistema y de otra discriminación en el campo. Trías representa el sometimiento de una mujer de estratificación social humilde en un monte perdido que oscila entre el descubrimiento de la vida y de la muerte a través la aparición de cadáveres en las proximidades de la casa de la protagonista. En la realidad que denuncia la autora surge la sensibilidad con respecto al maltrato y el desconcierto de quien interrumpe el ritmo habitual de la montaña. La voz sin nombre, como un ser señalado por la mirada despectiva, se emparenta con el arquetipo cultural y literario de locas y solteronas. En distintos pasajes los antagonistas insisten en la amenaza del internamiento forzoso en instituciones de salud mental como lugar donde arrojar a quien les perturba.

En la sociedad que construye Trías solo se permite la existencia de seres que esgrimen con suficiencia el orden correcto de las cosas y la moralidad, tal y como ejemplifican las inquietantes beatas de Jehová. Estas mujeres atosigan a la narradora como furias mitológicas con su labor evangélica: la mujer rara es percibida como una anomalía que debe ser corregida o erradicada. El aislamiento, buscado en meses de encierro, la convierte en una paria sin remedio. Se la estigmatiza al representar una amenaza a lo establecido, un espíritu libre, alguien inestable e inadaptable que no acepta ningún tipo de reeducación forzada. Esto lleva a que ya desde el comienzo de la novela se haga referencia a sentencias de destierro tales como: “Tengo que dejar mi casa. Tengo que dejarla antes del amanecer, me dijeron”.

La relación de la protagonista con la muerte es especialmente estrecha, al recoger cuerpos sin vida como rutina, sin terminar de aclararse en ningún momento a qué se deben estos hallazgos fatales. El espacio por el que transita la protagonista, que también ensaya una vida como escritora, no es un espacio telúrico paradisíaco: poco tiene que ver con las utopías campesinistas y hasta los intentos por establecer un vínculo con otro solitario, el partenaire Raimondi, se tornan imposibles. Trías quiere que palpemos una realidad cruel donde las casas se emparentan con lo inhabitable y lo ruinoso. Y entre tanta confusión y caos, lo consigue. La casa de la protagonista anónima es su última protección, pero también su deterioro final. El enclave rural prolonga las dificultades domésticas y el trauma de una infancia violentada, proyectándose en la imagen de locus horribilis que sostiene el argumento. La acción transcurre en un lugar que no es sólo el presente, sino que es un continuo revivir angustias y desdichas donde nada puede ser ameno.

El monte de las furias recupera la temática de la violencia atávica y sempiterna que escapa de la cotidianidad de lo lógico y lo normativo. La ciudad se percibe como algo muy ajeno. Trías hacer sentir el orden que rige la urbe con gran extrañeza y con características ya incomprensibles. Solo queda la aniquilación y el ritmo de la montaña. La historia justifica así el estilo confuso. Entonces se comprende que la narración se configure siguiendo modos singulares de mantenimiento de saberes que se sitúan en un terreno liminal entre lo fidedigno y lo imaginado, entre la realidad, el recuerdo y la pesadilla febril.

En conclusión, la lectura de Fernanda Trías es recomendable, porque nos ayuda a intentar entender una vez más a entes que ocupan márgenes desasosegantes a los que han sido expulsados como herencia social y familiar. De El monte de las furias se infiere un desmembramiento de la ordenación de los centros hegemónico-sociales (grandes ciudades), pero también de los arrabales deprimidos y despoblados (la realidad de los cerros orientales de una Colombia fracturada por guerrillas y paramilitares). La brutalidad se ceba con la mujer y su vida, ya sea a través de una sexualidad conflictiva o con los continuos sobresaltos que la empujan a irse o a resistir sin saber bien para qué. Las páginas de Trías transmiten eficazmente la inquietud que se fusiona en un espacio asaltado por la muerte y la violencia. La montaña es un limbo que no obedece a ningún tipo de ley. Las heridas emocionales de la protagonista son muy profundas y se atisba un mensaje alegórico que se nutre de la huella de procesos de migración desencantados con urbes que deslumbran con sus falsas esperanzas. En Trías, a través de un lenguaje sencillo y un imaginario conocido, la otredad y la discriminación se replica en todos los lugares. El monte de las furias es una obra que trata de esquemas de poder y que recurre a escenas sórdidas e inquietantes que nos interpelan y nos abren los ojos frente a muchos elementos que problematizar, como es el caso de la soledad y el continuo efecto de expulsión.


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Carlos Guerreira Labrador

Carlos Guerreira Labrador es investigador predoctoral en la Universidad de Alcalá con un contrato de formación de personal investigador de la Comunidad de Madrid. Es graduado en Lengua castellana y Literatura españolas por la Universidad de Santiago de Compostela y ha realizado el Máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos (MELICU) de la Universidad de Alcalá. Su investigación se centra en la narrativa histórica, mitos nacionales y violencia política a partir del estudio de autores y de autoras del exilio republicano de 1939. En la actualidad, lleva a cabo su proyecto de tesis sobre discursos sobre la Edad Moderna en narrativa histórica del exilio republicano de 1939. Sus principales motivaciones se basan en ahondar en las heridas abiertas que quedan de los regímenes autoritarios que marcaron el siglo XX y en aprender del diálogo con nuestro ayer para entender nuestro presente.

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