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“El público”, de Federico García Lorca 

Montar El público no es una tarea sencilla. Federico García Lorca empezó a escribir esta obra en 1930, durante su estancia en La Habana, y la concibió como una pieza que su época no podía aceptar. Quedó inédita durante décadas y llegó a los lectores entre borradores, versiones discutidas y la perplejidad que todavía hoy provoca. Forma, junto con Así que pasen cinco años (1931) y Comedia sin título (¿1935?), la llamada trilogía del «teatro imposible» y, quizá, sea precisamente esa condición de imposible la que sigue provocando a los directores a crear su propia representación. La compañía andaluza Teatro Clásico de Sevilla ha acudido a Madrid con un montaje que ya recibió seis Premios Lorca en 2023, el Premio ADE a la dirección y adaptación y un Premio Max a la producción. Además, lo ha hecho en el marco de las celebraciones previas al centenario de la Generación del 27, y la función del 10 de octubre estuvo a la altura de esa expectativa.

El público fue escrita en una época de preocupación por parte de los dramaturgos más arriesgados (como Brecht, Pirandello, Grau, Valle-Inclán y el propio Lorca), que se dieron cuenta de que uno de los problemas por los que el nuevo teatro encontraba serias dificultades para arraigar en la escena europea de la época era el gusto conservador del público burgués, que, acostumbrado a la comodidad del teatro convencional, rechazaban el teatro de corte vanguardista. Federico se referirá a este público en términos muy claros: «Sólo hay un público que hemos podido comprobar que no nos es adicto: el intermedio, la burguesía, frívola y materializada (…). Lo grave es que las gentes que van al teatro no quieren que se les haga pensar sobre ningún tema moral. Además, van al teatro como a disgusto. Llegan tarde, se van antes de que termine la obra, entran y salen sin respeto alguno».

La representación entiende, desde el principio, que el éxito de la representación de El público se juega en el trato con la platea, tensionándola y enfrentándola al espejo de sí misma, tanto como en lo que sucede sobre el escenario. En este sentido, creo que la decisión más acertada de la dramaturgia (y quizá también la más interesante) ha sido la de confiar el papel de Julieta a una actriz, en este caso Lorena Ávila. En el texto lorquiano, Julieta es un muchacho, y el escándalo del público dentro de la ficción nace precisamente de ver a un hombre en ese papel, ya que el Director propone un Romeo y Julieta «verdadero» y el público se ofende. Al cambiar el sexo de quien interpreta a Julieta, Zurro desobedece al original, pero ¿con qué propósito?

Si el público de 1930 reaccionaba con rabia e indignación contra una Julieta varón, el público contemporáneo (que va explícitamente a ver una obra de Lorca) difícilmente se ofenderá por ello; pero sí que puede reaccionar, con igual indignación que el público de 1930, contra una Julieta que no es la del texto. Cambia la norma que se defiende (antes, la convención teatral y las convenciones de género; ahora, la fidelidad al original) pero el patrón se conserva y el público sigue reconociéndose en la reacción de los espectadores que Lorca imaginó. No sé si esta fue, en realidad, la intención de Zurro, pero la escena admite esa lectura y es una de las pocas decisiones del montaje que obliga a repensar el texto lorquiano, y no solo aquello que se está viendo sobre el escenario.

Sobre la escenografía, los cortinajes de hilos verticales crean un fondo que parece dividir el escenario sin llegar a cerrarlo por completo; por lo que los personajes pueden quedar ocultos tras ellos o aparecer de repente, y esto aporta una sensación de que algo se esconde al otro lado, lo que encaja bien con la atmósfera que Lorca crea. La iluminación de Florencio Ortiz, las proyecciones de Fernando Brea y la música y el espacio sonoro de Alejandro Cruz Benavides contribuyen a crear esa atmósfera. Conviene reconocer, además, el trabajo de Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán en la escenografía y el vestuario, ya reconocido por la crítica andaluza. La imagen del montaje se somete al texto y no compite con él, algo que no siempre sucede en las puestas en escena contemporáneas de la vanguardia histórica, tentadas de ahogar a García Lorca en el artificio visual. Creo que, en este caso, la plasticidad sirve a la metáfora.

Y es que, en definitiva, El público es un texto que se resiste a cualquier lectura cerrada, y la versión de Zurro, fiel a esa opacidad, no suaviza los cambios de identidad y de registro, que se suceden sin transición. Quien llega sin haber leído la obra corre el riesgo de perder el hilo en los primeros cuadros. Pese a ello, no considero este un defecto de la representación, pues facilitar el recorrido habría supuesto rebajar la exigencia que Lorca quiso imponer a su público. Esa misma exigencia es, a mi juicio, lo que da sentido a la propuesta: Zurro y su compañía han apostado por un Lorca que no explica ni tranquiliza, y el resultado es un montaje riguroso, cuidado en lo visual y respetuoso con la complejidad del texto.

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Elena Alarcón Martín

Elena Alarcón es estudiante de último curso del Grado en Estudios Hispánicos. Interesada en la literatura española y en su dimensión histórica y cultural, ha participado en el proyecto Generando Patrimonio de la Universidad de Alcalá, en el que ha estudiado la figura y la obra de Luisa Carnés. Actualmente, desarrolla su Trabajo de Fin de Grado sobre la recepción de Miguel Hernández por parte del exilio republicano de 1939.

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