La verdadera eternidad

por Ene 22, 2021

La verdadera eternidad

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La calle estaba vacía, con un suave murmullo de hojas movidas por el viento que hacía que se sintiera como si fuera tu propio ser el que estaba siendo acunado. El cielo rosáceo se extendía sobre mi cabeza y la pequeña luz del sol, tímida tras un cúmulo de dulces nubes, se asomaba. Hacía frío y tenía la certeza de que la punta de mi nariz se estaba enrojeciendo. Sin embargo, con la suave música penetrando en mis oídos a través de los cascos, sentía esa extraña paz del caminante que tiene tiempo para observar la vida.

Tras mi corto viaje en tren hasta la ciudad de al lado, continué mi camino hasta que mis ojos se encontraron con esas familiares calles, entre las cuales se alzaba un gran edificio con aspecto grandioso. Nunca dejaba de removerse esa pequeña emoción que surgía cada vez que me encontraba en el umbral de las perspectivas. Abandoné la de estar fuera y acogí la de estar dentro. Los grandes pasillos de mi universidad me hacían sentir pequeña, aunque no tanto como cuando salía a enfrentarme al mundo y el techo que me aplastaba era el mismo océano de nubes. Mientras mi cerebro dirigía mi cuerpo hacia el aula de clase, como si fuera un director de coro, sentí el peso de ser eso: todo y nada a la vez. Era todo mientras vivía, todo lo que somos todos: seres vivos llenos de posibilidades; pero, a la vez, era nada, porque en cualquier esquina podía estar la muerte aguardándome. ¿Y quién me recordaría cuando no estuviese? ¿Qué parte de la tierra que alguna vez hube pisado mantendría la huella de mi existencia?

Entre inquietudes que parecen atormentar como fantasmas la conciencia de todo ser humano, crucé la puerta del aula y me acomodé en mi asiento. La clase tardó unos minutos en empezar, pero ni siquiera me percaté de la llegada de la profesora. Tan sumida estaba en mis propias cavilaciones. Y una pequeña parte de mi conciencia reprendía duramente mi comportamiento, pero me era imposible concentrarme. Había algo en mí aquella mañana que me obligaba a darle vueltas a la mayor incógnita del ser humano: ¿qué hacer cuando uno sabe que es mortal, que su camino es finito y que el tiempo, aunque eterno, acababa contigo?

Comprendí, por lo poco que logré retener en un momento de sobriedad absoluta, que estábamos viendo autores griegos de la lírica, más específicamente de los yambos y las elegías. Habíamos visto a Arquíloco de Paros, a Semónides de Amorgos, a Calino de Éfeso, a Tirteo de Esparta, a Mimnermo de Colofón, a Solón de Atenas y, ahora, íbamos a empezar con Teognis de Mégara. No sé por qué mi mente decidió acallar en ese momento y, por primera vez aquel día, escuché con claridad una voz que no era la mía:

Alas a ti yo te he dado, con ellas el mar infinito

y toda la tierra en un vuelo podrás recorrer

sin fatigas. En todo banquete y festejo presente

te hallarás, albergado en bocas de muchos.

Y al son de las flautas de tonos agudos los jóvenes

en rondas de amor, con bellas y suaves tonadas

te citarán. Y cuando a las cavernas de la oscura tierra

desciendas, a las lamentables mansiones del Hades,

ni siquiera entonces, muriendo, te ha de faltar tu gloria,

sino que conservarás entre la gente tu nombre inmortal,

Cirno, y vas a viajar por la tierra de Grecia y las islas,

y a cruzar la incansable alta mar habitada por peces,

sin montarte a lomos de caballos, pues van a llevarte

los espléndidos dones de las Musas de trenzas violeta.

Y para todos aquellos, incluso del mañana, que aprecien el canto,

tú vivirás por igual, en tanto existan la tierra y el sol.

Y, sin embargo, de ti yo no recibo ni un poco de aprecio,

sino que, como a un niño pequeño, me engañas con cuentos.

Sentí una ternura llena de congoja inundarme el cuerpo y mi mente, callada hasta entonces, comenzó a hablar de nuevo, pero esta vez, con los versos de Teognis pululando en ella.

Cuando terminó la clase, mi cuerpo seguía aún entumecido. Me movía como una máquina programada para realizar su próxima función. Estaba sorda, porque no oía nada, y estaba ciega, porque no veía a nadie. ¿Cómo es posible que la inmortalidad estuviese guardada en un puñado de letras? ¿Cómo Teognis estuvo tan seguro en su momento de que el nombre de su amado trascendería tiempo y espacio? ¿Había sido una suposición o una fe absoluta en el amor que le profesaba? ¿El amor realmente lo vencía todo? ¿Incluso la muerte? Y quién sabía qué sentirían ahora Teognis y Cirno desde el Hades, quizás ni siquiera existía ese Hades tan poco ansiado y solo habían vuelto a ser el polvo que fueron antes de existir. Yo ahora era de carne y hueso, llena de sentimientos y pensamientos que no podía controlar y, sin embargo, me sentía más muerta que Cirno. ¿Por qué él había llegado hasta mis oídos? ¿Por qué a pesar de solo conocer su nombre lo sentía vivo, cerca de mí? ¿Es verdad que tenía alas? Quizás se reía de mí en el cielo que surcaba sin ninguna pesadumbre, pero ¿solo de mí? Había viajado a lo largo de todo el planeta y habría estado en bocas de muchos, como bien había dicho Teognis en su profecía. ¿No era verdad que se reía de todos al ver nuestros intentos de llegar al pedestal en el que él estaba? Él, que no había hecho nada para conseguir la inmortalidad y, sin embargo, la tenía. El amor que Teognis le profesaba le había hecho cruzar todos los mares, caminar todas las tierras, montar en todos los caballos sin esfuerzo, volar hasta alturas inalcanzables para Ícaro y ¡estaba vivo!

La tierra y el sol parecían haber aumentado su tamaño, haciéndome sentir aún más diminuta. ¿Estaba acaso Cirno más vivo de lo que yo lo estaba? ¿Era posible que, quizás mañana cuando yo ya no estuviera, él siguiera vivo, en boca de la nueva gente? ¿Y a ellos? ¿También les trascendería? ¿Morirían ellos también y serían olvidados mientras Cirno seguía observándonos desde lo alto del cielo? Mi mente no quería procesarlo, pero tenía que asumir que era una realidad a la que no me podía enfrentar. Cirno había logrado, en palabras de Teognis, conseguir lo que todos ansiamos: infinitud.

Mis pasos se detuvieron repentinamente y divisé formas que pasaban por mi lado. ¿Era Teognis consciente de lo que había hecho? Si pudiera verlo desde las mansiones del Hades, ¿se sentiría orgulloso de ver a su amado en boca de todos? ¿Se conmovería, quizás, cuando escuchaba los cantos que embellecían su nombre? ¿Se habría dado cuenta, mientras escribía este poema solo, triste y enamorado, que no había otra forma más potente de jurar amor eterno que la propia eternidad? Decimos que casi todo lo que se nos ha transmitido es producto de los griegos, pero ansiamos ciertas cosas que no logramos conseguir. ¿Será posible que supieran, desde el mismísimo inicio de todo, que la única máquina del tiempo real serían las palabras? ¿Y cómo estar seguro de que transciendan el tiempo? ¿Los autores lo estaban? ¿Teognis lo estaba? ¡No! Nadie escribe creyéndose eterno, se hace eterno al escribir. Por eso Teognis escribió este poema y otros muchos dedicados a Cirno, para que nadie nunca pudiese borrar la llama de su fuego, para que nadie nunca pudiese olvidar que seguían existiendo, valiéndose de nosotros.  Vivían ambos mientras los leíamos, mientras los pensábamos, mientras los sentíamos y, cuando su esencia impregnaba fugazmente nuestra mente, casi podíamos rozar sus dedos con los nuestros.

Quizás Cirno no estuviera más vivo que yo, pero lo había estado. Ahora, a pesar de no conocer su rostro, de no poder sentir su olor, de no saber si reía mucho o poco, de no conocer sus sonrisas ni sus llantos, de no poder descifrar su corazón… estaba su esencia. Quizás no su alma, porque la única alma que vemos cuando nos fundimos con los versos de Teognis es la suya, pero sí su esencia. Podía sentirla en el cielo, en el agua del mar, en la fría tierra, en la suave brisa, en las húmedas lenguas, en el aire que se filtraba por las flautas, en las voces cantoras, en la oscuridad de la muerte y en la luz del vivir. Estaba su esencia dentro de mí y dentro de todas aquellas personas que habían leído, al menos una vez, a aquel poeta que hizo tinta de su amor. Estaba en todos lados, la mismísima madre naturaleza estaba llena de él.

Y tú, Teognis, ¿eres feliz? Concediste la eternidad al muchacho por el que suspirabas y lo hiciste aun sabiendo que nunca sus sentimientos por ti podrían asemejarse a los tuyos por él. Y, sin embargo, nadie recordará a Cirno sin ti. Todos los que sabemos su nombre, lo sabemos por ti. Jamás Cirno podrá escapar de ese amor que le profesabas, jamás nadie podrá conocerlo sin que su nombre vaya entrelazado al tuyo. ¿Quizás, más que la eternidad de él, buscabas la de ambos? ¿Ansiabas acaso la manera de estar junto a él por siempre, aunque fuera a través de unos simples cantos? No creo que por hacer su nombre prisionero del tuyo sea menos real lo que sentías. Si acaso en vida no podía corresponderte de la forma que merecías, ahora, en la eternidad, no cesaría ni un solo día de estar a tu lado. Y si, por el contrario, simplemente ansiabas regalarle un don divino, para que nunca pudiese olvidarte aunque eligiera a otro, tu amor sigue siendo sincero. Quizás lo hiciste sin ningún doble objetivo o quizás fuiste algo egoísta al unirle a ti de esa manera para siempre, pero ¿quién no lo es cuando está enamorado? No sé qué intenciones pasaban por tu cabeza mientras escribías estos versos tan hermosos, pero da igual porque, si algo ha quedado claro es que quisiste hacer eterno tu amor y eterno es ahora.

Silencio en mi cabeza y un nudo en mi estómago, pero me sentía mejor. No quería seguir dando vueltas a incógnitas que no dependían de mí resolverse. Suspiré con la vista al cielo, imaginándome que, tal vez, Teognis y Cirno me devolvían la mirada.

Mª Luiza Mohanu

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