Imagen fondo Baile de almas en el museo

Baile de almas en el museo

Acudí al museo sin saber bien por qué. Era domingo por la tarde y la exhibición se encontraba abierta durante sus últimos días. Desde tu marcha, las tardes pesaban más de lo normal y yo no tenía nada mejor que hacer. Así que cargué con la culpa y con la rabia, me puse frente al espejo, me arreglé y fui directa al centro de exposiciones.

En la puerta, aguardé a que me tocara el turno en la cola mientras el frío me calaba los huesos. Si me arrepentí en ese momento de mi decisión es algo que no te confesaré nunca. Fue poco el tiempo de espera. Pasé al edificio y acometí el ritual museístico propio: pasar el bolso por la máquina de rayos X, atravesar el arco de detección de metales y picar la entrada a la puerta. Después, ya fui libre para vagar por las salas.

Nada más llegar hasta ellas, el calor me acogió. Las paredes, pintadas de un verde oscuro, parecieron envolverme en un tierno abrazo como los que me daba mamá. Uno de esos que ya nunca recuperaría. Traté de no pensarlo y seguir adelante. Un paso detrás de otro, eso es lo que a ella le habría gustado. Antes de reparar en los lienzos, me fijé en los visitantes. Siempre me habías dicho que te impresionaba mi capacidad para observar a las personas, para, como tú, ver más allá de ellas. En aquel momento, el resto de asistentes a la exposición danzaba por el espacio. Un baile cortés entre almas en el que cada una cedía el puesto a la siguiente para colocarse ante un cuadro o frente a una escultura. Entonces, te eché de menos también a ti.

Había pasado los tres últimos meses esperando por una señal tuya, rezando a un Dios en el que ya no creía y pidiendo porque tú no me hubieras abandonado. Pero había sido en vano. Hacía mucho tiempo que tú ya no estabas junto a mí. El mismo durante el cual mamá se había ido apagando poco a poco. Y ahora ella estaba muerta y tú no habías hecho nada por salvarla. ¿Cuántas cosas había cambiado en mi vida con tal de seguirte? ¿Cuántas personas había abandonado para ir tras de ti? ¿Cuántos sacrificios había hecho yo en tu nombre? Demasiados, esa era siempre la respuesta. Demasiados para que tú me lo acabaras pagando de ese modo.

Sacudí la cabeza, consciente por primera vez de que, en contra de lo que pensaba al salir de casa, no me desprendería de la pena tan fácilmente. Los cuadros me reclamaron en ese instante, como si fueran una tabla de salvación. Decidí sumarme a la danza de cuerpos que los contemplaban, a ver si así lograba sedar a la tristeza. Junto a ellos recorrí lienzos paisajísticos, bodegones y retratos de hombres importantes y mujeres sin par cuya mirada extravagante paseaba sobre los asistentes con descaro y altivez. El alivio fue apenas momentáneo. Bastó con recordar tu mirada llena de luz para que volviera el pinchazo en el pecho.

¿Qué había hecho yo para merecer aquello? ¿Por qué me habías dejado de lado, a mí, que te había elegido todos y cada uno de mis días? ¿Por qué, si yo te había querido tanto? Nubes negras se cernieron sobre mí y mis pasos se volvieron errantes. Ya no miraba las obras de arte que me rodeaban; solo tenía ojos para el dolor que yo misma pintaba en mi interior. Vagué por salitas lejanas a la principal, donde se concentraban las pinturas más selectas de acuerdo con los comisarios de la exposición. Lo hice sumida en mi propia angustia. Deseaba con todas mis fuerzas que alguna de aquellas personas a mi alrededor me contemplara a mí en lugar de a los lienzos y que viera cuán desesperadamente necesitaba ayuda.

Sin embargo, el que me vio fuiste tú.

Estabas escondido en un rincón, bajo un foco leve en el que nadie parecía haber reparado. No se trataba de una obra de grandes dimensiones, pero había captado tu rostro a la perfección, tal y como yo lo imaginaba en mi memoria. Me acerqué a leer el letrero, con gran turbación. Era obra de un pintor romántico ruso, y el título, Jesús caminando sobre las aguas. Lo primero que pensé al verte reflejado fue: ¿a él también le habías querido tanto como a mí? Entonces entendí que sí, que tu amor era insondable, profundo como la mar y que tenías para todos y cada uno de cuantos nos considerábamos tus hijos.

Jesucristo, señor mío, ver aquella pintura fue como una revelación para mí. Una a la que solo tú podías haber dado forma. Que yo, en medio de la desesperación por el fallecimiento de mi madre, vislumbrara tu rostro en el centro de aquella sala, solo podía ser cosa de intervención divina. Caí de rodillas y las lágrimas brotaron de mis ojos. Contemplando el cuadro entendí que, como a Simón Pedro sobre la barca, me llamabas a seguir confiando en ti. Que en realidad nunca me habías abandonado y que seguías velando por mi alma. Que la prematura muerte de mamá no había sido culpa tuya sino algo inevitable, y que ahora se encontraba en un lugar mejor, a tu lado.

No recuerdo el tiempo que pasé allí, arrodillada y elevando al cielo las oraciones que mis labios no habían olvidado pronunciar. Sí recuerdo que, tras salir de la exposición, con los ojos aún rojos por el llanto, volví a la iglesia. Y también que lo hice al día siguiente y al siguiente después de ese. Me reencontré con tu amor y entendí que, daba igual cuantas tormentas vinieran, tu jamás me abandonarías.

Fotografía Contrapunto Jimena González Gimena
Jimena González Gimena

Jimena González Gimena (@pintorapalabras) se considera letraherida desde que tiene uso de razón. Estudiante en el Grado en Estudios Hispánicos por la Universidad de Alcalá, bajo su pluma surgen historias donde la ficción, la Historia y el rigor documental se dan la mano. Es autora del ensayo “Cantareras de Mota del Cuervo. Las Magas del Barro” y de relatos publicados en varias antologías de carácter nacional.

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