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Microrrelatos para quemar

Esto no es una obra.
Es un fusible.
Un mapa doblado dentro del abrigo de un fugitivo.
Una caja de voces que no pasaron la censura del alma.

Aquí no se busca la belleza.
Aquí se provoca.
Se arrojan palabras como piedras en vitrinas.
Se encienden incendios en pasillos olvidados.

El escritor de esta página no pide permiso.
No susurra, no obedece.
Escribe con tiza en la oscuridad, sabiendo que todo puede ser borrado al amanecer.

Pero algo queda.
Una chispa.
Un nombre tatuado en la pared.
Un temblor que no viene del suelo, sino del verbo. Este cuaderno apareció en una caja de fusibles rota, envuelto en un papel con manchas de cera.
No tiene fecha ni autor.
Solo microrrelatos como fogonazos.
Breves, sucios, verdaderos.

Lo que sigue puede no tener sentido. O puede ser justo lo que faltaba para hacer volar algo por los aires.

Los perros también sueñan con locomotoras

No era un taller. No era una oficina. No era un cuarto de guerra ni una capilla. Era un sótano sin agua, sin ventanas, con las paredes manchadas de humedad y versos malditos escritos en lápiz labial. Allí, un grupo de tipos flacos como cuchillos oxidados discutía si era mejor incendiar la Biblioteca Nacional o meterle dinamita a los anaqueles de la poesía complaciente.

—La única revolución que no ha sido domesticada es la del poema que nadie quiere publicar —dijo Patricio, un muchacho que escribía en servilletas robadas del Café París y dormía con una navaja bajo la almohada, por si venía la policía, o peor: el olvido.

Los llamaban infrarrealistas, aunque ellos preferían decir que eran electricistas del alma, vendedores de espejismos, anarquistas del ritmo. No buscaban el éxito. Buscaban agujeros en las paredes. Querían colarse en la historia como se cuela un perro callejero en una catedral. Iban de bar en bar leyendo poemas como quien reparte dinamita envuelta en papel de panadería.

Cada noche, antes de salir, uno de ellos —el más triste— recitaba en voz baja el credo no escrito del grupo:

“Camaradas: hay que abrir la puerta y dejar entrar al lobo. 
Que baile con nuestras hermanas, que lama el suelo, que nos muerda los tobillos. 
Porque un poema sin peligro es como una cama sin cuerpo, como una ciudad sin sombra”.

Una vez intentaron leerle un poema a Octavio Paz en un semáforo. El poeta no bajó la ventana. El semáforo se puso verde y ellos le lanzaron una flor seca. La flor rebotó en el vidrio como un pájaro sin alas.

Nunca tuvieron dinero, pero tenían mapas de ciudades que no existían aún. Algunas noches dormían en los techos, esperando ver pasar cometas o trenes invisibles. Decían que cada estrella fugaz era un poeta que no fue comprendido a tiempo. Decían muchas cosas. A veces, incluso, decían la verdad.

Un día desaparecieron. Así, de golpe. Como desaparecen las locomotoras en las ciudades sin estaciones. Quedaron sus grafitis en los muros y un cuaderno mojado en una banca del Parque Hundido, donde alguien había escrito:

“La poesía no sirve para nada. Por eso la necesitamos más que nunca”.

El sótano donde el lobo baila

El sótano era húmedo, sin luz, pero ellos insistían en llamarlo la sede. Allí no había libros, solo restos: una enciclopedia arrancada de una escuela abandonada, una radio que solo captaba interferencias, un póster de Baudelaire cubierto de moho. Pero cuando caía la noche y la ciudad dormía como si no tuviera nada que decir, ellos bajaban uno por uno, poetas sin editor, profetas sin religión.

En medio del sótano había un círculo de tiza. Y dentro, bailaba el lobo.

No era un animal, exactamente. Era una sombra con forma de amenaza, con aullido de verso. Bailaba solo cuando uno de ellos le leía algo que ardía por dentro. Si el poema era malo, el lobo bostezaba y se iba. Si era honesto, si olía a carne cruda y cicatrices mal cerradas, el lobo giraba con una furia triste.

Una noche leyeron algo tan salvaje que el lobo se lanzó sobre las paredes y dejó marcas. Desde entonces, los vecinos dicen que hay algo raro bajo tierra, algo que tiembla cuando llueve o cuando alguien abre un libro con demasiada esperanza.

Ellos saben la verdad: que hay poemas que no deberían ser leídos en voz alta. Y lobos que no deberían bailar solos.

Taller de dinamita literaria

El volante decía “Taller gratuito de narrativa: desbloqueo creativo, impulso poético, fuego interior”. Lo pegaron en las las paradas de bus, en los baños de los bares, en la puerta de la Biblioteca Central (donde alguien intentó arrancarlo, pero solo logró mancharlo con café).

Quince llegaron el primer día. Uno traía un cuaderno lleno de sueños ilegibles. Otra una herida disfrazada de cuento infantil. Uno más, una pistola de agua cargada con tinta negra.

El profesor nunca llegó.

En su lugar, había una caja con fósforos, hojas arrugadas y una nota: 


“El que no esté dispuesto a quemar algo, que no escriba nada”.

La mayoría se fue. 
Cuatro se quedaron. 
Uno leyó un poema y lo prendió fuego. Otro escribió una carta de renuncia al mundo y la enterró en la maceta. 
Esa noche, los cuatro se encontraron en un callejón y fundaron algo que no tenía nombre pero olía a gasolina.

Desde entonces, cada vez que alguien pregunta por ese taller, alguien responde: 


—Era más bien un ensayo general para la demolición del lenguaje.

Ciudades que no existen aún

La estación estaba desierta, salvo por un grupo de siete poetas que parecían recién escapados de un manicomio o de una película inacabada. Llevaban maletas vacías, guitarras sin cuerdas, y todos tenían en la mano un boleto.

El destino era ilegible: algo como “Ciudad Inexistente, andén 0, hora sin tiempo”.

—¿Y si el tren no llega? —preguntó una muchacha con ojeras de insomnio crónico. 
—El tren siempre llega —respondió alguien—, pero a veces hay que construir la ciudad primero.

Pasaron las horas. Uno dibujó casas sobre el concreto. Otro escribió nombres de calles en el aire. Una muchacha se acostó en el suelo y soñó con árboles de palabras. Cuando el reloj marcó algo absurdo, una vibración recorrió los rieles.

El tren apareció sin aviso, como un error del sistema o un milagro sin nombre.

Nadie más lo vio. Solo ellos.

Subieron uno a uno, sin mirar atrás. El último dejó caer su boleto, que al tocar el suelo se volvió polvo.

Esa noche, los periódicos reportaron que una ciudad entera había aparecido en los mapas, al este de lo que antes era silencio.

Nadie pudo confirmar su existencia.  Salvo aquellos que alguna vez creyeron en los trenes sin estación.

Un poema sin peligro

Lo encontró en un banco del parque, entre las páginas de una revista vieja. Era corto, simétrico, sin palabrotas ni riesgos. Parecía escrito por alguien que no había sangrado jamás.

“El sol sale / y yo sonrío. 
La vida es buena / como un río”.

Un niño lo leyó en voz alta, esperando que algo explotara. Pero nada. 
Ni una chispa. Ni una mosca. 
Solo la brisa de siempre y el ladrido lejano de un perro aburrido.

Lo llevó a su madre. Ella lo leyó, sonrió con ternura fingida y lo pegó en la nevera. Dijo que era bonito.

Esa noche, el niño no pudo dormir. Sentía que había algo raro en ese poema. Algo enfermo. Algo que no decía la verdad.

A las tres de la mañana bajó a la cocina, lo arrancó de la nevera y lo quemó con una vela.

En el instante en que las cenizas tocaron el suelo, el perro del vecino aulló, una lámpara estalló, y el niño sintió algo nuevo dentro del pecho: el fuego de los versos que aún no han sido escritos.

Desde entonces, solo lee poesía con guantes. Por si acaso arde.

Electricistas del alma

Dicen que hay una red subterránea, más vieja que el metro, más secreta que la poesía oficial. Nadie sabe quién la diseñó, pero cada tanto, alguien encuentra una caja de fusibles detrás de una librería cerrada, una toma de corriente en medio del desierto, o un cable que cruza el cielo y no conecta con nada.

A los que la recorren los llaman electricistas del alma.

No reparan enchufes ni cambian bombillas. Van con mochilas llenas de versos sin terminar, buscan zonas de sombra y las cargan con voltajes de insomnio. En cada ciudad dejan una luz encendida donde nadie la pidió: una palabra en una pared, una radio encendida en una azotea, un poema tatuado en la nuca de un perro callejero.

Se dice que si tocas una de sus cajas de conexión poética, puedes recordar un sueño que aún no has tenido. Se dice que trabajan en pares, que hablan en claves y que se reconocen por el olor a quemado.

Nadie los ha visto. Pero cuando un libro arde en una escuela, o una muchacha se queda despierta hasta las cinco escribiendo con los ojos brillando como faros rotos, se sabe que han pasado por allí.

Y que volverán.  Siempre vuelven.   

Cuando alguien necesita un poco de luz para incendiarse por dentro.

Foto LJM
Luis José Mata

Luis José Mata (Caracas, Venezuela) es escritor con residencia permanente en Estados Unidos. Su obra explora los márgenes entre la novela, la narrativa breve y los microrrelatos, a menudo con una estética cargada de simbolismo, ironía y elementos de su imaginación. Ha desarrollado una serie de microrrelatos que dialogan con el espíritu subversivo del manifiesto de Roberto Bolaño, donde la palabra se convierte en gesto de insurrección y resistencia. Su estilo busca abrir grietas en el lenguaje cotidiano, encendiendo luces en los territorios invisibles de la literatura. Ha publicado tres novelas y más de setentas relatos en su blog “Ojalá leas Novelas”. No ha recibido ningún importante premio literario. Sin embargo, tiene un premio Nobel de la Paz; compartido con muchos miembros del IPCC.

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