Jucujucujucu
Jucujucujucu. La bilis verdosa se asomaba flotando en aquel váter blanco. Allí, en la Rue d´Arlon 82 hincaba mis rodillas en el suelo de mármol. Estaba frío. Tenía la boca tan seca que parecía como si un buzo le hubiera quitado el tapón del desagüe al Atlántico. Apenas quedándome algo de energía, recurrí a la llamada comodín de mi amiga Rocío, que es auxiliar de enfermería y ella, a ciencia cierta, iba a saber del asunto. Jucujucujucu y más jucujucujucu. La vida se me iba por una onomatopeya casi impronunciable.
