Llena de gracia
-¿Tú de qué crees que van a hablar esas dos este rato?
-¿Acaso dudas de tu madre? Hablará de aquello, de lo otro y de lo de más allá.
-No sé, me gustaría tener un walkie talkie y espiarlas un poquito. Mamá nunca me hace caso cuando le digo que no toque ciertos asuntos.
-Un walkie talkie…Hijo, parece que el que tiene setenta años eres tú y no yo.
El barco se iba alejando del puerto, dejando un rastro de espuma que captaba la mirada atenta de la niña sostenida entre los brazos de su abuelo. Sus ojillos azules pasaban revista a cada pequeña nueva ola blanca que surgía de las hélices y se reía cada vez que el barco oscilaba, obligando a la inexperta tripulación a sujetarse bien para no caer al agua.
-Hay que ver qué gris se ha terminado de poner la tarde -dijo el abuelo señalando al cielo, como explicándole a la niña.
-Sabes que ella no puede responderte todavía, ¿verdad?
-Solo hay que saber escucharla. Además, para las tonterías que dicen los que saben hablar, prefiero la sabiduría y lo taciturno de mi niña. ¿Verdad que sí, cariño?
La niña ríe y deja caer un hilillo de saliva con la carantoña de su abuelo.
-Si en el fondo os entendéis a la perfección. ¡Qué dos! Solo me preocupa que cuando rompa a hablar me venga con las mismas sentencias y proverbios que tú.
-Luci, dile a tu papá que se vaya a hacer gárgaras y que nos deje a ti y a mí solitos, como nos gusta, filosofando y babeando galletas.
Elías negó con la cabeza. Cierto sentimiento de príncipe destronado le ruborizaba en su interior, al mismo tiempo que le divertía. Era innegable que su padre había encontrado en aquella pequeña criatura de mejillas sonrosadas y piel reblandecida a su compañera ideal de viaje hacia la senectud, y que él ya no era su ojito derecho. Ya no era el favorito. Se resignaba a ello con complacencia, Luci también había venido para ocupar todos sus huecos y dar respuesta a cualquier sinsabor.
-¿A qué nunca habías visto una niña más bonita? Es una señorita, una señorita maravillosa.
-En verdad eso que experimentas es el lógico embriagamiento paterno. A todos los padres sus niñas les parecen lo más bonito del mundo.
-Y a todos los abuelos, por lo que se ve.
-En efecto, y a todos los abuelos.
El barco avanzaba sin demora para reunirse con el resto de la flota conmemorativa que se organizaba improvisadamente todos los años. El punto de encuentro era el que ya les era conocido, a pesar de no haber participado mucho en esos festejos propios de todo pueblo de mar. A medio camino entre la isla y el puerto. La hora también era la esperada, a media tarde, pero el día no era tan esplendoroso como hubieran deseado. Elías se lamentaba un poco, resoplando, como le solía gustar hacer. Aquel cielo pálido y grisáceo no le gustaba nada, le parecía sucio e inapropiado para mediados de julio. Su hija, su pequeña Lucía, ya había pasado, según había estado leyendo –últimamente leía muchas cosas sobre niños y su sano desarrollo–, el umbral de la memoria y le preocupaba que su primer recuerdo, aquel que le acompañase entrañablemente el resto de su vida fuese traumático. Y para Elías traumático era un término que acogía muchas variables, entre ellas una desagradable tormenta en medio de la ría. Bastante tenía él lidiando con su primer recuerdo, que era un atragantamiento casi fatal con un calamar que no entendió de maniobras de Heimlich y sí de su padre sacudiéndole de pies a cabeza hasta que expulsó aquel traicionero bocado. Elías suspiraba y se estremecía con este recuerdo. La mente le parecía caprichosa, pero más el azar sobre el que hace equilibrismos la existencia. Ahora lo relacionaba todo con su adorada Lucía. Pensaba que si se hubiera muerto aquel día del calamar, apenas con la edad que tenía ella, ahora su pequeña no existiría. Sentía una responsabilidad tal que rozaba la indignación. ¿Cómo podía haber sido tan desconsiderado como para haber ingerido aquella raba sin pensar en Lucía? ¡Cómo habría sido capaz de dejar al mundo sin la niña más bonita que se había visto!
-Definitivamente tengo que controlar esto del embriagamiento paterno. No sabes qué de tonterías pienso, papá.
Con ademán bondadoso, Zacarías asintió al escuchar el lamento agobiado de su hijo, y Lucía, por arte del destino, también lo hizo imitando el gesto de su abuelo.
-No te preocupes, ya te digo que es normal. Ya te enfadará ya, ya te dejará noches sin dormir y te indignará nuestra Luci. ¿Verdad, bonita? ¿O no sabes que crecerá y con ella los dolores de cabeza?
-Como pasó con Elisa.
-Sí…como pasó con ella.
Un deje de amargura recorrió los rostros de padre e hijo, lo que no gustó a Luci. Ver que las histriónicas carantoñas y monerías que hacían sus dos héroes se oscurecían se tradujo en un puchero con aires de reproche, en un recordatorio de que con ella todo tenían que ser alegrías. Lo contrario implicaba que el juego se acababa. Ella era luz para cualquier oscuridad y ese nombre ininteligible, esos sonidos que se repetían de cuando en cuando – ese “Elisa”– hacía que los mimos se tornasen fríos. De repente, una gaviota voló casi a la altura de sus cabezas y Lucía la quiso señalar y acompañar con su dedito la trayectoria de su vuelo casi estático sobre el agua.
-Gaviota. Gaviota. Ga-vio-ta, mi niña -silabeó Zacarías.
La niña miró con agradecida extrañeza a su abuelo. Se ve que le había gustado aquella palabra.
-Creo que esta niña es superinteligente y que ya lo sabe todo.
-Eso sigue siendo el embriagamiento paterno. Pero yo creo que le gustan las palabras difíciles.
-Papá, no empieces. No me vengas con tu discurso de profe de Lengua.
-Ya lo verás, ya. Esto se lleva en la sangre.
Ambos hombres se rieron.
-Tu madre nos mataría si nos escuchase haciendo estas conjuras.
-No te preocupes, la madre de Luci haría lo mismo.
Y se volvieron a reír, esta vez acompañados por una carcajada muda de la niña, que quería sumarse a aquello tan gracioso y debía de estar relacionado con ella. Mientras, el barco se fue poniendo en paralelo con el resto, a la espera que del otro lado de la ría llegase, con una escenografía que haría las delicias del mismo Gonzalo de Berceo, la embarcación principal.
-Sí que es lista esta niña, sí que lo es. Y yo creo, hijo, que eso se lo debes todo a la madre, porque lo que eras tú, no eras un niño muy espabilado, la verdad.
Elías miró con cierto desdén fingido a su padre, que robaba y devolvía la naricita a Lucía.
-Todo lo bueno es de ella, ¿eh?
-Sí, ya te lo he dicho muchas veces. ¿Verdad, Luci, que no sabes cómo tu papá puede ser tan tonto y tu mamá soportarlo?
-Lo que me faltaba, que ahora la niña se quede con eso.
-Pues con la verdad. A lo niños no hay que mentirles.
-Está bien que te apliques ahora la lección.
Zacarías torció su sonrisa con una mueca algo dolida.
-Como padre verás que de los errores también se aprende.
Elías miró a la orilla en busca de Maite y de su madre. Creía poder reconocerlas entre los que habían preferido ver el espectáculo desde tierra firme. Suponía que Maite estaría sacando fotos. Saludó en aquella dirección indefinida, por si ella le captaba y le hacía un reportaje simpático.
-¿Las ves?
-No estoy seguro, pero Maite a nosotros fijo.
-Ya me imagino a tu madre venga a decirle que le deje mirar a ver si nos ve y si estamos agarrando bien a la niña. Cuando vio que no nos daban chalecos ya empezaba con su histeria. Con su “ya lloraremos todos”. ¡Qué cruz!
-Su “yo es que lo presiento todo” viene acompañándonos desde el día que Luci nació. Maite está que se sube por las paredes con todas sus llamadas de advertencia a cualquier hora del día. A ver si nos deja equivocarnos solos y no nos tiene todo el día con el halo del mal augurio.
-Lo cierto es que una vez acertó.
-Sí…
Un escalofrío recorrió por completo a Elías cuando desde lo lejos ya se veía un punto que parecía indicar la llegada de la Virgen. La dorna que llevaba a bordo a unos jóvenes músicos, la banda local, se adelantó y la charanga traviesa que había sonado de fondo se tornó Salve Marinera.
-Ya llega lo importante. Mira, Luci, la Virgen.
A Luci eso tan importante le daba igual, estaba obnubilada con la música y con el jolgorio que había entre los zozobrantes barcos. Veía caras, veía señores, veía señoras, veía algún que otro niño y percibía todo ese movimiento que ella disfrutaba entre muecas de alegría que su padre y su abuelo no perdían ocasión de alabar.
-¿Qué se le pasará ahora por la cabeza a esta loquita? ¿Te gusta la fiesta, mi amor? -le interrogaba Elías mientras hacía que bailaba con ella.
-Es que viene la Virgen, ¿verdad Luci? Te pones contenta porque eres una pequeña devota.
-Papá, si no está ni bautizada.
-Es una señal. Ya verás cuando se lo contemos a tu madre, lo contenta que se va a poner de que su idea de tarde de domingo se convierta en señal milagrosa y en llamadas para ver cuándo nos la bautizan.
-Ya verás la cara que se le pone a Maite cuando le digas todo esto.
-No sé a qué vienen tantos remilgos. Tú fuiste bautizado bien pronto y nunca te quejaste. Si solo es un poquito de agua en la cabeza mira, sujeta a la niña y te lo hago yo ahora mismo.
-Déjate de bobadas, papá. Si tú no nos hubieras bautizado ni a nosotros.
-Y ahí tengo que agradecer el empeño de tu madre. Cuanto mayor te haces, más valoras las pequeñas tradiciones. Cada día me gusta más el significado de lo ritual.
-Ya.
La sequedad de esta última intervención se perdió entre los aplausos por la llegada inminente del barco que trasladaba a la Virgen del Carmen. Cuando ya parecía que se les venía encima a los fieles que la esperaban, de las embarcaciones empezó a emerger un estrépito de pitidos, sirenas y bocinas que ensordecía a los esforzados músicos. Zacarías se tapó los oídos con las dos manos. Elías también lo hizo.
-¡Qué locura! ¡Esto es una borrachera de estímulos!
-¡Y además se ha puesto a chispear!
La nave sagrada, “A Pinta da Ría”, según se podía leer con elegantes letras negras sobre su impoluta madera blanca, avanzaba a duras penas entre el oleaje que producía el balanceo de todos los cascos que la aguardaban. En un lugar privilegiado de la proa, en una especie de altar algo rudimentario, venía la talla de la Virgen que, con su cara misericordiosa y su cándido niño Jesús en el regazo, miraba a dos alucinadas cabezas que representaban a aquellos que naufragan y se aferran en rogar a su patrona. Esas dos caras desesperadas que aparecían entre los pliegues del manto de la Virgen simbolizaban a aquellos que se pierden en su mar adorada y respetada. Eran dos de aquellos que al perderse se encuentran, eran fiel reflejo de quienes parecen buscar con el riesgo de su trabajo los ojos de esa dama, los de una madre que sosiega los peligros.
“A Pinta da Ría” se tambaleaba y parecía estar a punto de ceder y volcar en cualquier instante. La dorna musical estaba también cerca de hundirse entre los bailes desaforados de las olas, y un niño con gafas de unos doce años, saltó al mar con su trompeta entre las risas de sus compañeros de banda. El viento se había levantado mientras una barca que transportaba a un cura joven de pelo negro y ensortijado y a tres señoras muy arrugadas que cargaban con flores y velas, se adelantaba al encuentro de la Virgen. Todo ello culminaría con una bendición y un rezo, para los que el sacerdote iba armado con un megáfono.
-¡Qué cosas!
-¡Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho!
-La niña tiene que estar alucinando…
Un relámpago brilló sobre el monte que se impone sobre la otra orilla. Juez y atlante condenado a ver cómo todos los días las dificultades invaden a los habitantes de las poblaciones a su cargo, su piedra milenaria parecía lanzar un grito, un trueno de furia que no se hizo esperar. Todos los presentes estaban impresionados por el cuadro del que formaban parte, un retrato que sabría recoger el objetivo de Maite desde el puerto. La solemnidad que sobrevino inesperadamente por semejante atmósfera irreal invitaba a la repetición del aullido pétreo, más fuerte todavía. El monte pretendía hostigar a su inalcanzable amada, a la mar sibilina que engatusa con brillos y promesas a quien pretende acercarse a ella, a quien deposita su pequeña mano sobre su superficie, a quien quiere conocerla y acariciarla como si su inmensidad fuese el lomo de un plácido animalito. A quien cree que ha encontrado un nuevo amiguito con el que jugar y reír.
-¡Papá! ¿Dónde está Lucía?

Carlos Guerreira Labrador
Carlos Guerreira Labrador es investigador predoctoral en la Universidad de Alcalá con un contrato de formación de personal investigador de la Comunidad de Madrid. Es graduado en Lengua castellana y Literatura españolas por la Universidad de Santiago de Compostela y ha realizado el Máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos (MELICU) de la Universidad de Alcalá. Su investigación se centra en la narrativa histórica, mitos nacionales y violencia política a partir del estudio de autores y de autoras del exilio republicano de 1939. En la actualidad, lleva a cabo su proyecto de tesis sobre discursos sobre la Edad Moderna en narrativa histórica del exilio republicano de 1939. Sus principales motivaciones se basan en ahondar en las heridas abiertas que quedan de los regímenes autoritarios que marcaron el siglo XX y en aprender del diálogo con nuestro ayer para entender nuestro presente.
