Jucujucujucu
Jucujucujucu. La bilis verdosa se asomaba flotando en aquel váter blanco. Allí, en la Rue d´Arlon 82 hincaba mis rodillas en el suelo de mármol. Estaba frío. Tenía la boca tan seca que parecía como si un buzo le hubiera quitado el tapón del desagüe al Atlántico. Apenas quedándome algo de energía, recurrí a la llamada comodín de mi amiga Rocío, que es auxiliar de enfermería y ella, a ciencia cierta, iba a saber del asunto. Jucujucujucu y más jucujucujucu. La vida se me iba por una onomatopeya casi impronunciable.
La noche pasada, había jucujuqueado tras una mala decisión de descontrol, el mismo que proclama la necesidad de comerte el mundo cuando vives fuera y sin padres. Esa premonición y el jucujucu de la mañana siguiente no me bastaron para frenar. Esa noche, había un cumpleaños que celebrar y un concierto al que ir: la mayor pijada a la luz de las velas, pero cuya reacción quería ver en la cara de quien me llenaba de vida noche sí y noche también. Decidí aferrarme a la hostil idea de que se pasaría, que no jucujuquería más. Salimos de casa y, desde Gante, cogimos un tren a Bruselas, en el que, sin ser consciente de ello, me iría arrepintiendo a medida que el cacharro metálico atravesaba, en un tiempo eterno, bajo mi experiencia; fugaz, bajo la de los demás, aquellas llanuras que en algún momento de la historia dieron lugar al gofre y la cerveza. Jucujuqueé dos veces en baños portátiles que se tambaleaban. Merecía tanto la pena si era por ella… Dar la vuelta no era una opción, si ella no podía vivir la sorpresa que meses atrás había preparado.
Una vez allí, nos encontrábamos como unas pulgas en medio del lomo de un perro sarnoso, que se rasca sin éxito. Gruñe tanto la capital. Es una bestia gris incansable de gentes que vacilan con esquivarse entre sí. Bruselas se presentaba ante nosotras, como muchas veces le habíamos dejado hacer, cual perla por descubrir. Con lo que yo no contaba en ese momento era con que la primera vez que visitaría el aclamado Parlamento iba a ser tras jucujuquear en un seto que había al lado, supongo que se puede considerar otra manera de recorrer nuevos recovecos urbanos. Entonces, a lo único que me agarraba era a su mano y al placer del vómito que alivia.
Andábamos con paso ligero por sus calles empedradas, en aquella zona virgen a nuestra experiencia. Dotaba de casas “a la francesa”, que se perdían entre otros edificios donde parecía trabajar mucha gente. Entonces, quitándole la venda invisible de quien espera una sorpresa, entramos en aquel 82 de la Rue d´Arlon. Nos hicimos algunas fotos en burgueses y seguramente carísimos espejos, que evidentemente iba a mirar con pena y algo de gracia tiempo después por la cara con la que salía en ellas. Marta no paraba de buscar en internet cómo se podía frenar la gastroenteritis: que si los plátanos ayudaban a depurar, que si no hay que beber agua fría rápidamente, que si cuántas veces indicaban la necesidad de ir a un hospital, que si el aquarius es bueno, que si es malo y se te va la vida como se me fue a mí en ese váter blanco… Entonces, tras mi cabezonería, entramos a una sala plagada de velas sin llama, pero encendidas. Había miles. Miles de velas que te acurrucaban de alguna manera, y que luego alguien iba a tener que recoger y vuelta a empezar. Nada más comenzaron a tocar, sentí esa misma llama inocua trepando por las paredes de mis adentros. Como un escalador derrotado que descansa en una grieta de la montaña, yo respiré hondo y puse buena cara. Minutos después salía corriendo por los pasillos de aquel palacio hasta toparme con el baño. Es curioso, hasta el baño lucía ostentoso. No obstante, estaba tan limpio que, de haber sabido que una persona iba a jucujuquear con tanto dolor en sus tazas blancas y brillantes, se hubiera desprendido del edificio. Pero se quedó quieto, mudo, sujetándome como el pensador de Rodin sujeta con su puño su cabeza rebosante de ideas, se deja ver la tragedia en su movimiento. Lo mismo pasaba conmigo.
Jucujucujucu. La bilis verdosa se asomaba flotando en aquel váter blanco. Ya no era solo Bruselas aquella monstruosidad infrenable, sino lo que de mí ya apenas salía. Ese hilo que apura el vacío de dentro, allá de donde sea. Mientras, sujetaba con una mano la llamada de Marta, que seguía en la sala y retrasmitía como un partido de fútbol, el concierto. Entonces llegó.
—Julia, ábreme.
Era ella a quien esperaba y fue mi pilar hasta el hospital. No sé cuánto pasó hasta que llegamos. Me limitaba a mirar al suelo, percatándome de lo deshidratada que estaba. Una vez allí, hicieron lo que tenían que hacer y un enfermero me avisó del peligro de la zona —yo solo había ido al norte de Bruselas porque era de donde salía los autobuses de larga distancia —y me preguntó si iba sola. Marta me esperaba en una silla de plástico, de esas que no desearías a nadie, con una sonrisa torcida.
—Se acabó. Vámonos a casa.
Casa era la única palabra que mis oídos querían escuchar. Casa significaba tanto. Cerré los ojos a la vuelta en el tren y la sentí, cerca, bajo mi mentón que se apoyaba en su hombro. Eran las doce de la madrugada y, sin vela ni tarta, yo le cantaba a ella y a la vida por habérmela puesto justo en esa vuelta. Aún puedo recordar el cálido roce de las sábanas entre nuestros cuerpos, la belleza de la buena compañía, la tranquilidad de quien sabe que puede contar con seres que te sujetan el pelo mientras jucujuqueas. El sentido de un jucujuquear atronador que ilumina cientos de salas de cualquier 82 de la Rue d´Arlon.

Julia López Pérez
Estudiante de cuarto año en Estudios Hispánicos en la Universidad de Alcalá, destaca por su profundo interés en las producciones narrativas y líricas. Es una de las participantes activas del ciclo "Narrativas del siglo XXI" (dirigido por Fernando Gómez Redondo). Su enfoque de investigación y producción literaria se centra en explorar la intersección entre la narrativa contemporánea y la lírica, tema central de su trabajo de fin de grado.
