“El cuento de nunca acabar”: una voz que no cesa
2025: se cumplen cien años del nacimiento de Carmen Martín Gaite (1925-2000). Se llenan quioscos, librerías y estanterías. Resuenan conferencias y recuerdan sus lectores. Y vuelve la primavera para hojas, collages, novelas y cuentos de una confidente y una narradora que nos sigue hablando y, sobre todo, escuchando. Escribo estas líneas con motivo de una efeméride, como tantos y tantas otros. Pero lo hago desde el redescubrimiento de un uso amoroso: la particular pasión por la lectura y por la narración. Y llego a este atrevimiento de hablar de la mano de las sorpresas que se encierran en la autora, porque, como ella, me he dado a escribir y reescribir lo que debería ser una breve reseña. Pero eso no es posible, porque si algo me ha enseñado El cuento de nunca acabar es que, cuando uno reflexiona y piensa con cariño en una tarea que ha dejado de serlo, la voz que ha de fluir ha de ser la primera persona. Y así nos habla Martín Gaite, viajando más allá del tiempo y de las ediciones: nunca acaban estas páginas de ecos bondadosos, carcajadas, lágrimas, frustración y mucha, mucha literatura. Creo que quien ame leer, escribir, soñar y vivir debe darle una oportunidad a un texto que son muchos: son diario, son compromiso, son juego y son saludos y despedidas.
El cuento de nunca acabar es a todas luces una poética, una poética autorizada que te permite entrevistarte con una autora que lo es por vocación y por misión. ¿Cómo calificar un texto tan transparente y real? ¿Cómo no sentirse llamado a curiosear por las vívidas tardes de otoño que se nos describen, los equipajes caóticos, el ameno fisgar entre diccionarios o el bautizar cuadernos para todo? Este cuento lo es en tanto que cuenta más allá del contenido y porque discurre con la gracia de empezar y de romper para crear un sinfín de oportunidades.
Dice la autora que inventar es “roturar ese magma de pensamientos entrelazados unos con otros” (1988: 30) y creo que es acertado ese símil volcánico, porque el cuento surge como erupciones y explosiones de creatividad de un alma inquieta, un ser que recopila textos propios y ajenos como ya hacía el narrador del Quijote. Y de una vorágine de ideas, de años y de días, emerge la contadora de historias y la mujer tras visillos, caperucitas, cuentos maravillosos y mucha, mucha filología. Entre otros susurros, maltrechos y pretenciosos, se da una excepción de calma que hace un diagnóstico de vena creativa, que es minería y génesis, puesto que el dejar nacer un relato es:
“sacar algo del caos es, claro, traicionar ese claro. La sangre hecha cuento. La oscuridad hecha luz. La vida hecha palabra” (1988: 31)
Nada más fantástico, nada más realista, nada más religioso para una privilegiada rapsoda que reza y cultiva la literatura para que esta no se apague, para que siga siendo el don que le habla a una niña pizpireta e inquieta que busca el ángel del saber con un interrogatorio que nunca acaba. Es incalificable también la sencillez de una verdad cargada de escenas familiares, de paseos y de años que pasan mientras la narradora sigue avanzando y retrocediendo por el camino en que se ha convertido El cuento de nunca acabar. Y retrasa y desteje como Penélope, porque este libro es un compañero de viaje, de duelos, de veranos y de dejarse turbar por “esta sensación de totalidad que me hace recuperar retazos de mi infancia y juventud” (1988: 36).
El libro fluye por “Siete prólogos”, “A campo través”, “Ruptura de relaciones”, “Rio revuelto” y un remate, coda editorial que podría dar paso a un nuevo inicio o a otro acabar sin acabar. Y desde el principio, el lector conecta con esos compases prologales que bien podrían servir como autorretrato del taller gaitiano, de mesas llenas de papeles y cuadernos de tapa de color garbanzo. Y nos cae bien este inicio, que son siete posiciones en torno a los principios, de fichas con preguntas que se pierden y que son testimonio —“constancia de la eternidad vislumbrada” (1988: 58)- de que todos y todas somos nuestras historias: reales, inventadas, mezcladas, dosis de anécdotas y hasta sueños. Eso es lo que reivindica Carmen Martín Gaite, que seamos narradores, porque lo somos y nuestras palabras, nuestros gestos y nuestras miradas son nuestra dádiva en un mundo en que no somos ni una mota de tiempo entre ruidos que, en el fondo, acallan la verdad que es la mía, la tuya, la suya. El crimen sería que después de leer este manual de supervivencia no abramos los ojos a las pequeñas caricias, a los microrrelatos que nos rodean y nos dan sentido. En uno está el todo de todos y en todos un todo diferente que acabará siendo polvo seamos quien seamos. La frontera entre el ser realidad o ficción se difumina entre las voces ajenas, pero también frente a nosotros mismos cuando nos engañamos o nos levantamos hipotecando al niño que vio el mar a través del primer cuento con que le arrulló su abuela.
El cuento de nunca acabar encierra un canto a la vida, de errores y aciertos, pero que prima, en innumerables ocasiones, a relatores niños y niñas, a inocentes caminantes por un mundo que se expande a cada instante, a seres de lógica implacable y de una imaginación que nutre a su manera cada cuento, como hace con cada juego. La biografía de la Carmen Martín Gaite histórica queda para quienes nos otorgan nuevos estudios, nuevas correspondencias o nuevos resquicios que la autora hubiera querido mantener en silencio o no cuando se apagó en el año 2000, pero permítame quien lea estas líneas que me deje llevar por su voz, con el tono del libro cuya lectura comparto. Y hago este experimento más allá de la clásica reseña porque creo que es lo que le hubiera gustado a quien ya no podrá leerme, pero que nos ha legado una sentencia entre muchas: “los juegos, como las narraciones y como el amor, brindan la posibilidad de transformación” (1988: 83). Una sugerente propuesta: vivir es madurar en nuestro cuento de nunca acabar personal.
No quiero terminar este comentario sin poner en valor la honda cultura, el digno saber y la humanidad con que la autora compone cada sección de este mapa por ella misma. Lecturas, grandes citas, autoridades y humildades se unen de forma hermosa en su relato. Y este equilibrio entre Unamuno y una niña que juega en el parque es la genialidad que inmortaliza Carmen Martín Gaite, porque ambos tienen algo que decir y que relatar sobre cuentos, sentimientos y vida. Y en este sentido su teoría me parece de gran calidez humana, un calor que a veces parece desaparecer en el frío de ruinas, en gélidos despachos de falsos ídolos, en lo aséptico de un gráfico o en el sabor metálico de la sangre y del dinero. Y por eso me parece que El cuento de nunca acabar es un ejemplo del peso que tiene una conversación cuando los datos desaparecen y se da paso a la complicidad “más distendida” (1988: 155).
Comentario aparte merecería el río revuelto (“Río revuelto. De mis cuadernos clairefontaine”, es la cuarta parte del conjunto) que es un regalo de bocetos, recomendaciones, leyes, casi greguerías y retazos de un diccionario filosófico que va más allá de la lexicología o la semántica. Un diccionario que es receta del cosmos gaitiano. Pero yo no quiero abusar más de la primera persona y del papel que siento (quizás demasiado especulativamente) que hubiera preferido Carmen Martín Gaite. Solo concluyo que no hay conclusión y que se hace cita inaplazable cultivar algo de nuestro espíritu leyendo a Carmen Martín Gaite en este año 2025. Asomémonos a ese nunca acabar, antes de que sea demasiado tarde, con una vida vivida, leída y bien narrada.

Carlos Guerreira Labrador
Carlos Guerreira Labrador es investigador predoctoral en la Universidad de Alcalá con un contrato de formación de personal investigador de la Comunidad de Madrid. Es graduado en Lengua castellana y Literatura españolas por la Universidad de Santiago de Compostela y ha realizado el Máster en Estudios Literarios y Culturales Hispánicos (MELICU) de la Universidad de Alcalá. Su investigación se centra en la narrativa histórica, mitos nacionales y violencia política a partir del estudio de autores y de autoras del exilio republicano de 1939. En la actualidad, lleva a cabo su proyecto de tesis sobre discursos sobre la Edad Moderna en narrativa histórica del exilio republicano de 1939. Sus principales motivaciones se basan en ahondar en las heridas abiertas que quedan de los regímenes autoritarios que marcaron el siglo XX y en aprender del diálogo con nuestro ayer para entender nuestro presente.
