Fondo Firma invitada M.A. García

Las Humanidades y el sentido histórico de nuestra vida

Mi maestro en la Universidad de Granada, el profesor Juan Carlos Rodríguez, hablaba en un libro de 2011 de la muerte del aura, de cómo la cultura literaria se ha venido abajo en un mundo dominado por la técnica y la ciencia. No es, aclara, que la literatura se esté muriendo sino que ha perdido su aura salvífica, que ha dejado de tener el papel que tuvo hasta no hace mucho en la construcción de subjetividades. La relación directa entre Escuela y mercado habría conducido a la degradación educativa de la cultura literaria. El sistema capitalista funcionaría ya solo, lo habríamos naturalizado, las subjetividades se harían por sí mismas o por otros medios distintos a la lectura y esto habría supuesto la desaparición de la educación literaria como posibilidad de crítica, la carencia de contradicciones enunciativas y de pensamiento histórico real a partir de los textos. En el mercado capitalista de vidas, el yo es configurado como solitario, competitivo y poseedor de saber técnico. El saber técnico en el trabajo, esa exigencia de las actuales relaciones de producción, ha desplazado el saber cultural; y aquí radica la crisis de la educación literaria, de la literatura en la educación. No se trata solo de que el capitalismo busque la rentabilidad; además, esa rentabilidad pasa por la explotación del saber técnico y de sus aplicaciones.

Otro maestro, Carlos García Gual, no ha resultado menos taxativo al reflexionar sobre el descrédito de la literatura: lo que importa es la competencia tecnológica, no la conciencia crítica; y agrega que la función educativa de la literatura se ha ido resquebrajando hasta unos límites insospechados. De aquí esos sonados adioses a la universidad que, en medio de la crisis de las Humanidades, protagonizaron dos catedráticos de literatura, Alfonso Berardinelli en Italia y tiempo después Jordi Llovet entre nosotros. El segundo alude al final del crédito de las Humanidades en el seno de la universidad y de nuestras sociedades actuales, sin quitar ojo al panorama que se abrió con la homologación de los estudios superiores en la Unión Europea. Otro italiano, Nuccio Ordine, ha hecho una valiente defensa de la utilidad de lo inútil en un manifiesto que hay que poner al lado de un alegato como Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las Humanidades, de Martha Nussbaum. Inutilidad, finalidad sin fin, gratuidad, desinterés: al fin y al cabo, así había pensado Kant la literatura y el arte, pero Ordine va más allá de esa defensa de lo inútil y pone de relieve los efectos catastróficos que la lógica del beneficio ha producido en la enseñanza, denunciando cómo la universidad se ha convertido en empresa, los estudiantes en clientes y los profesores en burócratas. Estamos lejos de esa universidad sin condición que hace unos años reclamó Derrida.

Siguiendo la lección de mi maestro Juan Carlos Rodríguez, creo que no se trata en realidad de exaltar lo inútil sino de convertir la literatura y su enseñanza en un útil para pensarnos como efectos de la historia, para no perder el sentido histórico de nuestra vida. Durante mis años de profesor universitario he venido pensando, con él, que no se pueden separar literatura e historia, que la literatura es un discurso radicalmente histórico. En su libro sobre el materialismo histórico y la filosofía de Croce, Gramsci decía que no se pueden separar la filosofía y la historia de la filosofía. Más aún, que no se puede ser filósofo, tener una concepción críticamente coherente del mundo, sin tener conciencia de su historicidad, de su fase de desarrollo y de cómo se halla en contradicción con otras concepciones. Incluso sostenía la identidad de historia y de filosofía. La filosofía se convierte en historia de la filosofía, en historicidad de la filosofía. Lo mismo se podría decir de la literatura y de la historia o la historicidad de la literatura.

En Iniciación a la filosofía de los no filósofos, un libro comenzado en los años sesenta, reescrito y acabado en 1978 y no hace mucho dado a conocer, Althusser señala que la filosofía serviría solamente para su enseñanza. Los filósofos o profesores de filosofía viven en un mundo cerrado, constituido por las grandes obras de la historia de la filosofía. Están leyéndolas, interrogándolas, interpretándolas sin cesar, en un espacio sin historia. Para el filósofo o el profesor de filosofía, todas las filosofías, respondiéndose unas a otras, serían por así decir contemporáneas. De aquí la tesis idealista de que la filosofía es eterna o de que la filosofía no tiene historia. Ahora bien, como puntualiza oportunamente Gramsci, la filosofía no se desarrolla a partir de otra filosofía o porque a un gran filósofo suceda a otro filósofo igual de grande, sino porque se desarrolla la historia general del mundo. La historia de la filosofía no es la historia de los filósofos. En uno de sus cuadernos de la cárcel afirma, partiendo de Croce, que la literatura no engendra literatura, las ideologías no crean ideologías, como las superestructuras no generan superestructuras: no nacen por partenogénesis sino por intervención de la historia. Haciendo una simple traslación, puedo decir que mi historial docente e investigador ha estado presidido hasta ahora por la convicción de que la literatura tiene historia y no es eterna, de que no se puede separar la literatura de la historia de la literatura y de que esta última, ya lo decía Barthes, solo existe porque se enseña.

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Miguel Ángel García

Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Granada. Sus dos últimos libros son Los autores como lectores. Lógicas internas de la literatura española contemporánea (Madrid, Marcial Pons, 2017) y Los compromisos de la joven literatura. Años 20 y 30 en España (Barcelona, Anthropos, 2018). Recientemente ha editado el volumen colectivo El compromiso en la poesía española del siglo XX y el canon académico actual (Granada, Comares, 2020).

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