Más que una herejía. “La Vida de Brian”, de Monty Python.

por | Jun 8, 2019

Más que una herejía. “La Vida de Brian”, de Monty Python.

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En la historia reciente de la comedia satírica, pocos nombres son más conocidos y laureados que el de los Monty Python, y pocos títulos más celebrados que el de la que probablemente sea su magnum opus: La vida de Brian (1979). Con ella, Chapman, Cleese, Palin, Jones, Idle y Gilliam entregaron lo que muchos consideran el epítome de la sátira religiosa, un incomparable golpe con un pez mojado en la cara de la Iglesia y el fanatismo. La película es eso, sin duda, pero no se queda ahí. Si las principales áreas de la sátira son la política, la sociedad y la religión, los Python no dejan palo sin tocar, e incluso puede que la religión no sea la que peor parada sale de Brian. Con su cuarenta aniversario y reciente vuelta a las salas de cine, es buen momento para recordar que no es que La vida de Brian sea la sátira religiosa definitiva, sino la sátira definitiva en general.

Desprendámonos de lo evidente: por supuesto que en una historia basada en la confusión con el Mesías de un tipo al que su madre define (injustamente) como un sinvergüenza, la sátira religiosa va a ser lo que más llame la atención. El miedo a las acusaciones de blasfemia desde el minuto cero hizo que la película se quedase sin financiación a días de empezar a rodar. Tuvo que ser George Harrison, irónicamente el Beatle más espiritual, el que llegase al rescate fundando su propia productora para sacar adelante a Brian. Dichas acusaciones, naturalmente, llegaron, haciendo que la película quedase vetada durante años, incluso décadas, en numerosos países. ¿Está justificada esa indignación? No, va a ser que no. No hay momento en la película en el que las creencias o figuras del cristianismo se vean insultadas o cuestionadas. Pruebas de ello son esa Sagrada Familia con unas muy reales aureolas de luz y ese Jesús sereno y sabio dando su sermón en el monte. Ergo, blasfemia cero. ¿Es, sin embargo, un ataque a la fanática Iglesia y, por tanto, una herejía? Por supuesto. Tras confundir a Brian con el Mesías vemos cómo las masas caen en el más ridículo de los fanatismos, tergiversando las palabras de Brian para extraer mensajes a cada cual más patético, viendo y pidiendo milagros donde no los hay, y adorando a una calabaza y una sandalia que pierde huyendo de ellos. Su ceguera no puede quedar más patente que cuando Brian proclama que todos son individuos y ellos lo repiten al unísono como borregos. El dolor de Brian cuando se llega a ejercer la violencia en su nombre es un claro reflejo de lo que sentiría Cristo (o cualquier profeta) de levantar la cabeza.

¿Qué nos dice La Vida de Brian de nosotros como sociedad? Grosso modo, que somos unos avariciosos, que la violencia nos pirra y que Dios nos libre de preocuparnos por algo que no sea nuestro propio ombligo. En el prólogo, la madre de Brian deja a tres extraños (muy conocidos para nosotros) entrar a ver a su recién nacido, convencida por el oro que uno de ellos dice llevar como obsequio. Esta escena sirve de aperitivo para el momento clave del primer punto, la avaricia: ese ex-leproso, resentido con Jesús por curar su enfermedad y arruinarle el negocio de la limosna. Diga usted que sí, por supuesto que los dineros son mucho más importantes que la seguridad de nuestros hijos o nuestra salud física. Respecto al tema de la violencia, uno no sabría decir qué momento lo ilustra mejor: desde los tipejos que llegan a las manos porque uno llama al otro narizotas, mientras Jesús da mensajes de paz en la lejanía —una lapidación es más entretenida de todos modos—; hasta el pueblo que decide que, cuando se les da la oportunidad de decir el nombre de un preso para salvarlo de la crucifixión, es el momento ideal para soltar nombres con “r” para echarse unas risas a costa de que Pilatos hable regular. Con esa secuencia de crucifixión llegamos a una preciosa muestra de egoísmo. Donde los estoicos gladiadores entonaban el “yo soy Espartaco” para salvar a su líder en el péplum de Kubrick, aquí todos los crucificados se convierten en Brian en el momento en el que llegan los soldados con un indulto para él.

Aun tras todo esto, la sátira política es probablemente en la que más se lucen los Python con Brian. Su Frente Popular de Judea (FPJ) pone delante la que todavía hoy es la mayor arma de los totalitarismos y el fascismo rancio: el eterno fratricidio de las supuestas izquierdas. Así nos lo aclaran ellos cuando aseguran que lo único que odian más que a sus opresores romanos es a esos malditos disidentes del Frente Judaico Popular o del Frente Popular del Pueblo Judaico. A uno le basta ver esos nombres, reflejo de ideologías totalmente opuestas, para entender ese orden de prioridades. Este fpjse convierte en la desromantización ideal de muchos supuestos libertadores cuando reafirman su resistencia al chantaje mientras planean chantajear a Pilatos, cuando ignoran todo lo que les han dado los romanos (“¿la paz? ¡que te folle un pez!”), cuando su líder se excusa de las misiones peligrosas bajo el lema de “solidaridad, hermano” o cuando agradecen formalmente a Brian el morir por ellos en la cruz en vez de bajarle de ella. Porque claro, qué causa va a querer salvar una vida pudiendo ganar un mártir.

Todas estas amargas verdades sobre nuestra identidad darían material para el más duro de los dramas, pero aquí se convierte en hora y media de quedarse doblado de risa. Como resumen en la canción que cierra la película, Always Look On The Bright Side Of Life, el mundo está lleno de cosas horribles que deben ser afrontadas; pero, ya puestos, mejor hacerlo con una sonrisa. Nada resume el espíritu de la sátira mejor que esa lección. En definitiva, aparte de todo lo dicho, ¿qué han hecho los Monty Python por nosotros?

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