EDUARDO MILÁN

Conversación con Eduardo Milán

A medio siglo de la publicación de Cal para primeras pinturas (1973) y Secos & mojados (1974), el poeta Eduardo Milán (1952) comparte consideraciones, evocaciones, proyecciones de la inteligencia, imágenes y conceptos que permean su obra, una de las más complejas arquitecturas del pensamiento poético de América Latina en las últimas décadas. El agradecimiento por su amistad, y por la generosa atención a esta entrevista sostenida durante los últimos meses.

¿Qué imágenes de su infancia persisten?

Hay una imagen que no se va, que pertenece a mi primera infancia, no sé, cinco o seis –o siete, no sé- años: mi padre y yo frente a la tumba de mi madre en el cementerio de Santana do Livramento, Brasil, donde nació mi madre. No sé si estaba mi hermana Margarita también, que es dos años mayor que yo. El silencio que guardábamos –si es que el silencio se puede “guardar”- quedó en mí como un ritual en ausencia. Era una visita reiterada. Es la imagen más poderosa que tengo. Y es el mayor peso que ha adquirido la ausencia en mi vida.

¿Qué significa Uruguay en la actualidad?

He podido darme una imagen cada vez más valiosa de Uruguay a mí mismo. Es una conquista personal. No la tenía. Salí en el 79 con un pésimo sabor de boca (mi padre estaba preso del gobierno militar, el país estaba quebrado). Salí con la conciencia del exilio por delante. Pero a raíz del paso del tiempo en la realidad y en mí mismo, Uruguay ha ido creciendo. Lo considero un país extraordinariamente civilizado, no “modernizado”: civilizado, donde es posible vivir con el otro, la gente sabe vivir entre sí, no se vive matando u odiando. Y otra cosa: Uruguay es un país realmente democrático, no ideológica o fantasiosamente democrático. Es real. Tengo allí tres amigos con los que estoy en contacto permanente (Roberto Appratto, Nicolás Alberte y Laszlo Erdelyi). Pero, además, tengo dos hermanos allí, y también tengo una hermana en Noruega, la hija de mi madre, uruguaya igual (los otros dos son de un segundo matrimonio de mi padre). Y tengo un profundo afecto por la cultura uruguaya, sobre todo por la cultura musical, por la música popular. Hay gente genial en ese rubro (Eduardo Mateo, El Quinto, No te va a gustar, Cuarteto de nos. Y un músico a quien considero una joya musical: Jaime Roos). Uno de mis grandes amigos de toda la vida es otro gran músico: Eduardo Darnauchans, lamentablemente fallecido a los 53 años. Tenía un talento muy particular. No cambia nada ese hecho: pero tocó con Bob Dylan y con Paul Simon, dos figuras admirables para mí. Y dos poetas de la música como hay muy pocos. La poesía uruguaya también me atrae. Es muy particular. Mis maestros, Jorge Medina Vidal y Washington Benavides, son para mí esenciales, aparte de poetas excelentes. En todo lo que recuerdo se cruza el paisaje urbano, la ciudad de Montevideo. El puerto de Montevideo es uno de los lugares que más quiero. Me considero un buen caminante, un caminante nato (si es posible decir eso). Empecé a leer a Thoreau como caminante y después me di cuenta de que era un pensador y un escritor notable. Walden es una referencia presente, inolvidable. La vida no condicionada por la civilidad del XIX en Thoreau me parece un ejemplo, un “lugar”, un acto de conciencia en sí mismo. No es azar que comunique a Thoreau con Uruguay. Uruguay, incluso Montevideo, tiene zonas lindantes siempre con la naturaleza. Creo que es por la pequeñez. Montevideo tiene poco más de un millón de habitantes y el país completo se acerca y se aleja de los cuatro millones. Me gusta eso de Uruguay: avanza y retrocede. No ves a la gente marcada por el deber ser de la actualidad o de lo contemporáneo. Sin embargo, el arte uruguayo (incluyo aquí a la poesía) está perfectamente situado en el presente. La nostalgia está en otra parte, no en el arte. Está en la belleza. Es muy bello el país. Una belleza no real-maravillosa, claro. Detesto eso. Una belleza armónica. Quiero decir con esto que Uruguay está muy vivo en mí.

¿Qué significa México para el poeta?

México es también fundamental. Construí una parte de mi vida que no tenía. Mis hijos son mexicanos. Y culturalmente hablando, tiene una importancia rara de encontrar en América Latina. Pasó de todo por acá, desde Cortés al zapatismo, desde Teotihuacán a Octavio Paz. Un país muy generoso con los extranjeros, sobre todo en un momento en que los latinoamericanos vivieron dictaduras militares. Pero también antes con los diferentes exilios (Trotsky, Breton). La diferencia cultural de Uruguay y México es crucial para mí, el haber aprendido a vivir entre dos culturas sin renunciar a ninguna.

Se acusa a la poesía concreta de fría. Usted inquiere en uno de sus ensayos: “¿Cuál es el corazón de una poesía caliente y no intelectual?, ¿Un corazón descerebrado?”. ¿Qué sugerir respecto a estas categorías a quien intenta aproximarse a la lectura de poesía?

Para mí los poetas concretos de Brasil son esenciales, Haroldo y Augusto de Campos y Décio Pignatari. Su visión de la cultura poética total y su visión del poema y de la palabra en el poema. Está casi todo ahí si uno sabe leer y no obedece a sus detractores. Los concretos rescatan la noción de poesía crítica que desde el romanticismo es conceptual y prácticamente estructurante. Eso no quiere decir que sea todo lo que hay. Hay muchas maneras de abordar y asumir la poesía. Pero para mí, formativamente –conocí a los concretos en un viaje que hice a Sao Paulo en 1987 y quedé deslumbrado– Haroldo y Augusto y Décio son capitales.

En esta época, algunos intentan preponderar ciertos temas: migración, crímenes, luchas civiles, derechos humanos o el ambientalismo, lo políticamente correcto y un ánimo contra cierta pulcritud para escribir. Contra lo que acusan a cierta poesía, falso o no, de pretenciosa, cuando no la descalifican por “inaccesible” ¿qué opina?

Creo que no se puede entrar en ese juego. Primero, lo políticamente correcto es una de las prescripciones más castrantes para una cultura. Lo políticamente tal o cual cosa depende de la mirada de cada cual. Nadie va a apoyar una ideología o manera de ver el mundo para transformar a la poesía o para habilitarla. Lo que piense un poeta no lo condena a lo correcto o a lo incorrecto. Lo que importa es su apertura y su conciencia de la poesía. Ahí se le juega el lugar.

¿Qué nos puede comentar sobre la tensión entre realidad y lenguaje?

Hay una tensión entre realidad y lenguaje poético que es esencial para la poesía. Si no hay eso hay distensión. Imagínate unas cuerdas de guitarra “distensas”, ¿Cómo tocas? La literatura del siglo XX fue acusada de todo y la poesía ni se diga. Se fue creando una “obligación de realidad”. Claro que es necesario tener una visión lo más lúcida de la realidad y del mundo en que uno vive. Pero no estar, en la medida de los posible, totalmente determinado por ella. Esa es la tensión entre realidad y lenguaje más acuciante: no dejar que el lenguaje pierda autonomía frente a la realidad, no dejar que el lenguaje tenga una obligación de realidad. Se entiende aquí por realidad la sociopolítica. Como decía Freddie Mercury, “there is no escape from reality”. Uno a veces quisiera desaparecer de la realidad, pero eso es desrealizarse. Por eso me interesa tanto el surrealismo, por esa capacidad de borde, de limbo.

¿Por qué es importante sostener una postura crítica como ciudadano y como creador de literatura?

La postura crítica donde la democracia es incierta o fantaseada es fundamental en política. En literatura no estoy de acuerdo con la “poesía comprometida”, por ejemplo, que es un límite de la cosa. En los 60-70 si no eras un poeta comprometido eras un reaccionario-delator o enemigo del pueblo. ¿Qué es eso? La poesía era, en la mayoría de los casos, pésima. Claro que hubo excepciones. Ernesto Cardenal, por ejemplo. Lo que hizo fue un prodigio: sostener la salud poética en medio de una poesía engagé. El francés da con esa palabra una precisión que el castellano no tiene para el concepto y también una completud.

¿La complejidad es inherente a la genuina poesía?

Se suele confundir complejidad con un amaneramiento poético. Cierto: existió (y existe) el barroco. Pero está situado, definido y asume las consecuencias. Góngora era excelente, “Góngora el oscuro”, o algunos poetas provenzales o italianos renacentistas. En general eran todos notables poetas: ahondaron el significado mediante la problematización del lenguaje hasta llevarlo a las fronteras del sentido. Hoy la mayoría de los lectores no puede o puede poco con Joyce. “Poder” en un sentido de “soportar”. La poesía, felizmente, es un mar –esto es una metáfora y las metáforas en esa poesía simple, llana, clara y comunicativa contraria a la compleja son figuras no bienvenidas, las “metáforas críticas” como dice Paul Ricoeur- lo suficientemente profundo para que coexistan una pluralidad de peces.

¿Qué lugar tienen en su obra las equivalencias, analogías, antinomias, como Ausencia/presencia y Vacío/substancia?

Sé que están muy presentes. Pero no busco hacer una poética de la antinomia, por ejemplo. El pensamiento analógico claro que es bienvenido, es una de las bases posibilitadoras de eso que llamamos poesía.

¿Por qué es necesaria la crítica literaria, cómo enriquece al oficio escritural?

La crítica literaria forma parte de la crítica en general. Sin crítica se pierde la noción real de lo que ocurre. Crítica viene de crisis. La palabra en su equivalente ideogramático chino significa “cambio y peligro”. Un organismo en estado crítico atraviesa un peligro. El demandar entonces una salud del estado crítico de la literatura-poesía resultaría casi una contradicción. A partir del siglo XIX, la ampliación de conciencia que significó la Ilustración y la Anti-Ilustración, la crítica, se integró al “lenguaje objeto” –para repetir al extraordinario Roman Jakobson y todos esos seres excepcionales que fueron los formalistas rusos- o sea, la poesía integró su crítica. Pero hay que tener cuidado: no toda la poesía integró la conciencia crítica. Una parte, una zona. La poesía de lenguaje objeto puro –digámoslo así, sin mezclarlo con la poesía pura o con Valéry- siguió siendo tan vigente y tan válida como antes.

¿Qué otras formas de conocimiento enriquecen su obra de forma deliberada?


La filosofía, la música, las artes plásticas, todo ese universo está siempre presente.

¿Qué nos dice del espacio poético, las posibilidades que favorecen la emergencia del texto poético?

Si no interpreto mal, el espacio poético es el espacio de posibilidad del poema. Ese espacio aparece como “dado” –recuerde el “objeto encontrado” surrealista. Aparece con claridad en el que es para mí uno de los mayores artistas de la modernidad, Marcel Duchamp con su mingitorio o su “rueda de bicicleta sobre taburete”. Pero también se crea, se inventa, como hace la poesía concreta. De las dos formas sigue siendo espacio poético.

¿Cuál es su relación con la tradición, y a quién recuerda más a menudo de los autores con los que convivió?

Yo no salgo del triángulo de cuatro lados que componen: los provenzales, el barroco, el romanticismo y las vanguardias. Guillaume de Peiteus, Bernart de Ventadorn, Guido Cavalcanti, Dante, Góngora, Quevedo, Villamediana, John Keats, Hölderlin, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Whitman, Poe, Dadá, Breton, Picabia, Vallejo, Neruda, Haroldo y Augusto de Campos y Décio Pignatari, Pound, Eliot, Emily Dickinson, Mary Shelley, Anne Carson, Anne Sexton, etc, etc, sin contar a mis contemporáneos, Jorge Medina Vidal, Whashington Benavides, Ullán, Valente, Miguel Casado, Olvido García Valdés, Roberto Appratto, Nicolás Alberte, Juan Carlos Macedo, Salvador Puig. Quiero decir, estos seres están presentes para mí. No los puedo olvidar, aunque quisiera. Y Thoreau y Ranciére y Foucault. Es una constelación. Y dejo sin mencionar una cantidad innumerable que no se me aparece “a simple memoria del aquí y ahora”.

¿Cuál es el estado del lector de poesía en 2023-2024, un lector, hipócrita o no, que ha venido muriendo desde el siglo XIX?

Siempre me planteo, ante lo que veo de realidad de la poesía, qué pasaría de la poesía ante una retirada de lectores. Una poesía para los que escriben poesía, literalmente. Pienso primero que la poesía aumentaría de nivel ya perdida la negociación con el receptor. Veríamos obras maestras brillando para una secta de iluminados metafóricos. Y después pienso, qué tristeza.
Objetos completos de música e imagen brillando para sí mismos, prontos para estallar. La desbandada del lector es lo primero que uno piensa ante el estado de cosas del mundo. Porque, aunque el lector de poesía siempre se rescata de “las hordas” (en este caso mediáticas y mediatizadas) depende del destilado sensible de las hordas mismas. El público lector de la novela parece haber firmado un contrato ad aeternum con los autores: el intercambio comunicativo. En poesía no hay eso, no en la poesía-para-mí.

¿Qué se ha transformado de su poesía al paso de las décadas y qué permanece?

E. M: Hay muchos cambios. El primer gran cambio fue de lugar, Montevideo a México. El segundo fue de joven a adulto y luego a viejo. Mi poesía carga con la huella de sus propias pisadas. Y cuando uno hace de Orfeo no desaparece Eurídice: ve el tiradero de huellas dejadas atrás en una especie de desierto sombreado. Lo que intenta la mirada es reponer los árboles ausentes. O sea, si antes la fuerza se enfocaba en la invención de espacios poéticos ahora se plantea la su-plantación de esos espacios sabiendo que no son la presencia de los antiguos sino la memoria de los antiguos árboles.

Repito a Pound, “tradición es algo bello que nosotros conservamos”. O sea, lo que seleccionamos de la casi infinita bodega del legado de escritura. Un escritor-lector es un selector más que nunca. Si elijes mal lo más probable es que escribas mal. Eso no siempre es así. Hay genios que se alimentaban de lo peor. Pero ganaba lo genial ante esa catástrofe alimentario-digestiva. Los poetas provenzales -Guilleum de Peitieu, sobre todo-, Cavalcanti y luego los barrocos -Góngora, Quevedo, Villamediana- son recurrentes. Los románticos son capítulo aparte. No existiríamos sin el romanticismo. Pensarse poéticamente sin tomar en cuenta a Hölderlin y a Keats, a Novalis y a Byron y a Schelling y a Hegel -no distingo mucho, filosofía de poesía en ese momento- me parece suicida. Sin esa gente no estaríamos hablando. Pero después vienen los tres magníficos: Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé. Para no salir del XIX. Sin embargo, da la casualidad de que yo no me concibo sin los beats y sin los yippies.

¿Cuál es el estado del lector de poesía en 2023-2024, un lector, hipócrita o no, que ha venido muriendo desde el siglo XIX?

Paradójicamente, ese lector tan bien concebido por Baudelaire en 1840 es el que ha ganado la partida. Primero porque es inubicable. ¿Cuál es el lector de poesía? Leminski decía refiriéndose al público: “no hay el público ni un público. Hay públicos”. Podría decir eso del lector de poesía. O simplemente del lector. En general, la poesía es un lugar en el tiempo más que una realidad del presente. La poesía es muchos tiempos. Tal vez el lector de narrativa la ubique así, como una pluralidad inasible. Cosa que la narrativa no tiene. La narrativa, me parece, tiene una mayor capacidad de dar un tiempo preciso. Me refiero, claro, a la narrativa como un tipo de lenguaje con asunto, tema, precisos. No al Finnegans Wake de Joyce.

¿Cuáles son sus intereses o inquietudes al escribir en este 2023-2024?

No sé si han variado en algo mis inquietudes. Es verdad que mucho de la angustia de escribir se ha ido. Y no sé si eso es bueno o malo. El presente es muy complejo. Una poesía que quiera dar esa complejidad creo que ya no es concebible. Y la reducción a forma de ese contenido desbordado que es la cultura-mundo aliada a la existencia-mundo tampoco es concebible. Lo hemos probado todo. Y ninguna síntesis es posible, quiero creer. Un nivel de condensación poética que pudiera dar este estar vivo hoy en día no sé cómo sería. Uno se juega a una posibilidad. Y ahí corre o no con suerte –incluyendo en “suerte” la capacidad para llevar adelante la tarea.

¿Qué destaca más de su relación con Octavio Paz?

Octavio Paz fue fundamental para mí. Me dio un lugar que nadie me había dado. Hoy se trata de echar tierra o barro en mi relación con Paz. Fue una relación limpia. Me propuso algo de gran valor que no se lo propuso a nadie en aquel momento: una columna en Vuelta donde no había columnas. Y yo cumplí. Hasta que dejamos de entendernos. Y se terminó mi columna “Crónica de poesía”. Seguía colaborando en Vuelta, pero no con la columna y no con la presencia mensual que duró tres o cuatro años. Pero aquel gesto de Octavio fue de una generosidad lúcida memorable para mí. Aparte de que acertó cuando me dijo que no había nadie que pudiera hacerla –no por falta de capacidad: por la posición de la mirada que me permitía abarcar la poesía escrita en castellano y la poesía escrita en portugués (es mi lengua materna) con una cierta familiaridad. El título de mi columna es Una cierta mirada. Crónica de poesía. Con ese título el poeta José María Espinasa me publicó en la UAM-Casa del tiempo un libro que recoge un 7º por ciento de las crónicas. El resto está en la colección de Vuelta. Al título de mi libro si le quitas el punto del medio verás “mirada crónica”. O actúa como predicado después del punto, también. Yo tengo una mirada crónica a la poesía o la poesía es algo crónico en mí. No quiero decir una enfermedad –porque no lo es: es una salud. La metáfora es una salud crónica. Eso significa en mi caso.

¿Más Revueltas y menos Paz, o cada vez más de ambos?

Más de ambos, siempre más de ambos. La realidad pierde por abajo. La producción simbólica gana desde abajo, es decir, la antigüedad es el gran aliento, ese tránsito de lo nuevo a lo viejo, ese registro. Sin Octavio y Revueltas no habría tradición escritural en amplias zonas de la lengua.

¿Qué opina de la denostación del poeta por parte de ciertos círculos, incluso académicos, de la intención de cancelarlo, como a Neruda?

Esta es la época de las grandes habilitaciones –grandes violaciones del nivel humano, tanto de individuos como de comunidades- y por lo tanto de las grandes cancelaciones. Las dos cosas están en relación. No tengo relación con la Academia. Existe. Pero no tiene nada que ver con la poesía como concibo a la poesía yo. La poesía siempre está saliendo por la ventana de la academia cuando la academia entra por la puerta –aquí que me perdone Morrison, que es una de las grandes entradas al rock y a la poesía del rock–me refiero a The Doors- que, por otra parte, casi se diría es lo opuesto de la Academia.

¿Cuál es el sentido de revolucionario o transgresor en relación con la poesía en 2023-2024?

Creo que no tiene mucho sentido plantearse el problema. La poesía es un espacio y una práctica “salidos”, es decir, por más que aparezcan como prácticas aceptadas creo que lo son en la medida de que se aceptan ciertas cosas con indiferencia, da igual su existencia. ¿Hay quien busca ser revolucionario o trasgresor en poesía todavía? Revolucionario poético era Mallarmé, transgresor era Baudelaire. Los beats eran transgresores, los poetas concretos de Sao Paulo tienen algo revolucionario en su concepción del poema en 1952 hasta 1962. Hoy no sé qué tiene esos atributos.

¿Cómo es su relación con el rock, con Dylan y Morrison?

Son fundamentales en mi formación poética. En general cuando se habla de mis influencias se menciona a los poetas concretos, a Vallejo, a los poetas norteamericanos. Cierto. Pero en mi formación personal-sensible-poética Dylan sobre todo es fundamental. Aprendí con Dylan. O sea, usé recursos que le oía –la noción de versión de su misma obra, por ejemplo. Es tan maestro para mí como todo aquel que te interpreta y te señala un camino. Dylan es el comienzo del camino del rock. Y bueno, Morrison es un gran compositor y vocalista. Hay otro Morrison fundamental para mí también, Van Morrison. Es genial.

¿Cómo percibe la vida cultural en México y del mundo en 2024 o el estado de la poesía en México?

Percibo la situación del mundo en forma paradójica como mucho de lo que percibo. Supongo que es una manera de percibir general en mí, percibir paradojalmente, un giro casi borgeano –de Borges, claro. Un caos estabilizado. Veo como norma repetitiva una mezcla de descreimiento, de renuncia y de aceptación generalizada, un sobrentendido de la situación del tipo “es lo único que hay”. Pero más que algo como una ontología de la situación es un estado de hecho de las cosas. “Las cosas están así”. Es difícil escuchar “las cosas son así”. Ya no se percibe reflexiones sobre el mundo. Una reflexión supone un pliegue, o un salirse para ver. Lo común es amoldarse a los acontecimientos y tratar de ubicarse en “lo que hay”, a la restricción que supone la frase misma. Esto para mí es tan aplicable a la cultura del mundo como a la local, sin que eso signifique algo como “la cultura de México es la cultura del mundo”. Se forma parte de algo. La noción que nos guió dos siglos de “capitales culturales” o “centros culturales” está en relación directa con la circulación de objetos culturales, de “mercancía simbólica” para parodiar a Bordieu. Pero una relación directa de carácter negativo. Los productos simbólicos circulan por red. Su mercantilización está en los centros-capitales culturales que ahora funcionan como puntos de compra-venta.

¿Cuál es la mayor satisfacción como poeta y como maestro?

Empiezo con lo segundo. Acepto lo de maestro como alguien que se ha dedicado gran parte de su vida a la transmisión. Logré hacer escuchar lo que decía. Eso es mucho. En cuanto a lo primero, eso tiene relación directa con mi concepción de la escritura poética y del significado de la poesía en mi vida. Para mí la poesía comunica directamente –o, mejor, porque “comunica” es una palabra difícil- se relaciona directamente con mi existencia. Yo escribo como una especie de “resultado de existencia”, de “llevado por la existencia” tanto biográfica como epocal. No sé cómo podría un tipo como yo vivir o sobrevivir sin escribir dada mi historia y el tiempo en que vivo. De manera que no considero la satisfacción dentro de la práctica poética. Tengo satisfacciones e insatisfacciones a varios niveles como todo el mundo. Pero la condición poética –de poeta- en términos de una existencia no está en relación con la satisfacción que tendría que ver con algo “logrado” y tal vez “reconocido”. En este sentido, la amistad con algunos poetas es lo que colocaría en ese nivel de satisfacción. Grandes amigos poetas.

José Natarén por Pascual Borzelli
José Natarén

Promotor cultural y secretario técnico del Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura del Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez. Poemas suyos han sido publicados en New York Poetry Review y revista de literaturaLa Otra, así como en las antologías Universo poético de Chiapas (CONECULTA, 2017) y Hacia un azul imposible (UNAM, Embajada del Reino de Marruecos, El tapiz del unicornio, 2023). Ha publicado ensayos, artículos y notas sobre poetas mexicanos en diarios de circulación local y nacional, y las revistas latinoamericanas: Taller Ígitur, Altazor, Carátula y Letralia.

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Un comentario

  1. Excepcional ejercicio de acercamiento a la concepcion y conceptualizacion del poeta, propiciadas por acertadas y bien calibrados cuestionamientos que favorecen ser recipiendario de lo más granado que puede ofrecernos el entrevistado tanto de forma como en construcción pronta, amena y expontánea del contenido rico en expresiones pulcras que coadyuban a cultivar el bocabulario, en las respuestas como en el
    cuestionario.

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