Escritor, traductor, profesor, miembro de la Real Academia Española, autor de cuentos, artículos, traducciones y, sobre todo, novelas. Estos fueron los trabajos que desempeñó Javier Marías. Estaba abocado a ello: su madre, escritora; su padre, filósofo. El hijo, autor de novelas como, entre otras, Corazón tan blanco (1998), la trilogía Tu rostro mañana (2002, 2004, 2007) y Los enamoramientos (2011), ya imprescindibles.

El polifacético autor nació en el año 1951 en Madrid, y falleció en 2022 en la misma ciudad. Toda su vida y obra se dieron a partir de un anclaje estrecho con el mundo de la cultura, como lector fervoroso niño ‒Crompton, Dumas, Feval‒, como lector fervoroso adolescente ‒Conrad, Stevenson, Cervantes, Shakespeare, Sterne‒, como lector fervoroso joven ‒Faulkner, Joyce, Benet, Yeats, Auden, Nabokov‒, como lector fervoroso adulto ‒Sebald, Bernhard, McCarthy, Coetzee‒, y como fervoroso cinéfilo ‒Ford, Hawks, Hitchcock, Lean, Walsh‒. Extrapoló todo este material a su novelística, llegando a construir lo que ha quedado ya como un estilo propio y portentoso, donde la sintaxis expande el español ‒en busca de un estado mental, como hicieron respecto a sus idiomas Faulkner y Bernhard, y aún hoy McCarthy‒, y donde el nudo argumental se incardina al milímetro con el concepto ‒en busca de la ejemplaridad, como hicieron Cervantes y Shakespeare, y aún hoy Coetzee‒.

Sí, ¿qué acontecía y cómo en esa narrativa para que nos conduzca hasta aquí, con el fin de un recordatorio del autor, con el fin de una puesta en valor de dicha trayectoria? Concisa puede ser la respuesta, porque constó el autor de pensamiento y mirada unitaria, y creó una obra de línea clara tanto en lo formal como en los temas abordados y las ideas que obtuvo con ese abordaje. Lector devoto de Shakespeare, encontró en el viejo bardo el bosquejo cognoscitivo desde el que pensar lo no escrito y escribir lo impensado. De esta forma, bien puede ser el preclaro «to be or no to be» hamletiano muestra suficiente para ilustrar el modo en que Marías acometió su escritura, esa gradación epistémica desde la que erigió su pensamiento literario. En efecto, hizo su obra desde y hacia una posición recurrente: el reverso pensado de las cosas.

Ese último sintagma puede entenderse como el modo experiencial hacia el que Marías condujo su sintaxis (forma) y su moral (fondo). Así, sus novelas son compendios preñados de esa mirada literaria, que únicamente puede ser literaria porque únicamente el lenguaje en ese estado revela tales rincones de la realidad. Marías dejó expuesto esto de forma impecable en el artículo “Una pobre cerilla” (El País, 15/12/1996)‒, y así lo hizo él en sus novelas y cuentos.

Hoy cabe cierto consenso en ver Tu rostro mañana como una obra maestra de nuestro tiempo, explicativa de los grandes temas de las sociedades de hoy, acaso informadas pero desconocedoras: el contar como el centro de nuestra experiencia humana, pues del contar viene el saber, y en esa fórmula residen el poder y sus ventajas, para el bien y para el mal. Ese es el esquema obsesivo que habita sus novelas, más o menos explícito, más o menos político o personal, pero siempre presente y axiomático en todas, desde Los dominios del lobo (1971) hasta Tomás Nevinson (2021). Sus novelas, esclarecedoras señalando siempre esos ejes que nos estructuran, obvios pero al mismo tiempo invisibles. Tiene ese destino aclaratorio para con nosotros la literatura, y él bien lo supo.

En fin, el valor de Marías ya será siempre este: hacernos mirar detrás de la apariencia, siempre mediante la matización única que nos permite lo literario, sabiendo que esa apertura hacia el “detrás” no tiene por qué ser mejor, pero que al menos sí configura una visión del mundo más auténtica o con más posibilidades, por ampliado o matizado el cuadro ‒que diría Jacobo Deza‒ . Así, ser o no ser. Así, mirar o no mirar. Amar o no amar. Matar o no matar. Volver o no volver. Ocultar o no ocultar. Dudar o no dudar. Saber o no saber. Contar o no contar. Sí, nos ofreció Marías lo que siempre esperamos de la mejor literatura: la duda abierta y ampliada, no resuelta, sí exaltada, porque así exaltados y no resueltos somos nosotros mismos, condenados a la paradoja de la duda infinita pero mortal, y entonces condenados y arrojados a la fiebre, a la lanza, al baile, al sueño, al veneno, a la sombra y al adiós. Adiós, Javier.