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La lucha por el yo: individualidad, egoísmo y sociedad

Introducción

A lo largo de la Historia, los conceptos relacionados con la individualidad y el egoísmo han sido objeto de debate y de constante reflexión. Desde los filósofos de la Antigüedad hasta los pensadores contemporáneos, el comportamiento de los individuos frente a la sociedad, así como sus relaciones, se ven condicionadas por multitud de factores, como pueden ser el componente moral, la búsqueda del bien común y la libertad. Este ensayo aborda cómo diferentes corrientes filosóficas, a lo largo del tiempo, reflexionan acerca de la evolución de la individualidad y el egoísmo, desde las concepciones más tradicionales hasta las más modernas, pasando por los diferentes períodos históricos, con los desafíos que presenta cada uno de ellos y su influencia en el pensamiento contemporáneo.

Antigüedad

Aristóteles sostiene que el hombre es un ser social por naturaleza. Por sí solos no podemos sobrevivir, por lo que debemos juntarnos en una comunidad. Define al individuo como una “aldea” o “casa”. Cada uno es una pieza. Por sí sola es insignificante, pero, al juntarse, se forma una “ciudad”, una polis, una comunidad. Esto sugiere que las personas dependen unas de otras. ¿Dónde encajan, por tanto, la individualidad y el egoísmo?

La Antigüedad es un mundo peligroso. Para sobrevivir, todas las piezas dependían de la mutua colaboración. Para Aristóteles, el hombre bueno es aquel que se interesa por hacer bien a los demás. Parece que deja de lado el interés personal, pero, si todos actuáramos de forma egoísta, siguiendo el planteamiento de Aristóteles, todas nuestras necesidades estarían cubiertas, ya que se crearía sistema en el que cada uno satisfaría las necesidades del resto. Dentro de estas sociedades, el egoísmo se basa en la capacidad de saber distinguir qué es lo mejor para uno mismo y, en este contexto, sería servir a los demás. Así, el egoísmo no sería, por tanto, una actitud indiferente hacia los demás, sino una reflexión en torno a uno mismo que nos permite identificar cómo podemos contribuir de la mejor manera a la comunidad, siendo conscientes de nuestros límites y capacidades. El hombre se ama a sí mismo por naturaleza. Esto es algo necesario en tanto que cada uno es responsable de su vida. Un ejemplo de ello es la búsqueda de la felicidad. Sin embargo, un amor propio excesivo o un egoísmo abrumador sería antinatural, pues ello implicaría, por ejemplo, que el individuo se creyera poseedor de un conocimiento que realmente no tiene o que daría por verdad aquello que no lo es. Este enfoque alrededor, única y exclusivamente del “yo”, del ego, le impediría ver más allá de sí mismo.

Por eso, en la época antigua se ensalza el egoísmo noble o altruista frente al egoísmo vulgar. El egoísmo noble es aquel en el que se actúa siguiendo el interés propio, pero de una manera que también beneficia a la comunidad. Mientras, el egoísmo vulgar solo busca el beneficio personal, sin consideración alguna por los demás. Este último solo aumenta el orgullo, y puede desembocar en el mayor golpe para un individuo, en tanto que se olvida de que es mortal, que es igual al resto y que vive sometido por las mismas reglas. En contraste, el altruista es el egoísmo en su “forma básica”, entendiendo que cada uno es responsable de su propia vida y debe priorizarse para conseguir sus objetivos. No obstante, no todo acto que sigue el interés propio es necesariamente egoísta. A veces, actuar conforme al interés propio puede significar contribuir al bien común.

Sófocles, en su obra Antígona, expone este conflicto de intereses al decir que “para un griego, la ciudad son los ciudadanos, y la nave sólo es tal si hay tripulación. Vacías, ni la ciudad ni la nave sirven para nada”. En esta obra se refleja el conflicto de intereses entre los individuos y entre ellos y la sociedad. Esta última (o el poder que lo representa) impone una condena sobre las acciones de los familiares de Ismene y Antígona, observando en ellas una dicotomía: la primera acepta lo impuesto, mientras que Antígona lo transgrede, desafiando la ley para honrar a su hermano, poniendo su interés personal por encima de las normas sociales. Esa tensión es constante en la vida del ser humano. La tarea del individuo, entonces, sería conocer sus propias necesidades y límites y ceder cuando sea necesario, sin caer en el egoísmo.

De tal forma, Séneca argumenta que las personas deben priorizarse a sí mismos durante momentos determinados, principalmente en aquellos en los que el individuo estaría en soledad o sin involucrarse con la comunidad. Esto no implica caer en el egoísmo vulgar, sino que podemos considerarlo una introspección. El objetivo es saber qué podemos ofrecer a la sociedad, algo que, a su vez, refuerza nuestra capacidad de contribuir al bien común de la comunidad. Una vez determinados los talentos que uno posee, y si la fortuna, tanto pública como particular, lo permite, el individuo debe actuar en consecuencia con lo que puede aportar. Si lo que ofreces es necesario para la comunidad, no habrá inconveniente, pues se contribuirá incontables veces al desarrollo de la sociedad. En caso contrario, el individuo debe enfrentar sus actos y seguir la utilidad común que, a su vez, también le será favorable.

Siguiendo esta filosofía, propia del estoicismo, es importante destacar a otro autor como Marco Aurelio, quien afirmaba que habíamos “sido creados para ayudarnos mutuamente”. Se rechaza el egoísmo por ser contrario a la naturaleza. Cada uno debe asignarse su puesto en la sociedad y ser útil a la misma, que sí es considerado como lo natural. Para ello, el individuo ha de despertarse, conquistar su señorío interior y determinar cuáles son sus cualidades naturales. Si carece de ellas, las creará con sus propias manos. Esto mismo se puede aplicar en algunos ámbitos actuales como, por ejemplo, el deportivo. No importa siquiera si se cometes un error. Esto puede beneficiar a la sociedad al servir como un ejemplo positivo. Todo lo que le es útil a un individuo lo es también a la comunidad que, en esencia, es un conjunto de individualidades.

En resumen, en la Antigüedad no se concibe el egoísmo como lo entendemos a día de hoy. Es cierto que las motivaciones egoístas existen. Por ejemplo, pese a encontrarnos ante sociedades generalmente guerreras, nadie quiere ir a la guerra. Es preferible, naturalmente, la conservación propia, aunque terminaban yendo porque no existía un movimiento pacifista especialmente desarrollado. Otra prueba de esta idea se observa en las asambleas democráticas de las polis griegas, donde los ciudadanos tienen la oportunidad de mostrar y defender sus intereses particulares. Sin embargo, las asambleas están diseñadas para encontrar equilibrios entre esos intereses y el bien común. La clave es que en este contexto no se presentan relaciones interpersonales que siguen una tendencia basada en el “uno gana y otro pierde”, sino que, más bien, la fórmula sería la de “todos ganamos”. Existen motivaciones egoístas, pero filósofos como los mencionados ensalzaban la importancia de equilibrar el interés personal con el bienestar de la comunidad. Esta dependencia sigue siendo relevante actualmente, no solo como materia de debate, sino que también está presente en aspectos más prácticos, como con la llegada de una pandemia, momento en que, precisamente, se debe renunciar al interés personal por el bien común o, por lo menos, encontrar un equilibrio entre los deseos y las responsabilidades al servicio de la comunidad.

Edad Media

La gran diferencia entre la Antigüedad y la Edad Media es que en este período ya existe una religión asentada, al menos en la mayor parte de Europa, como es el cristianismo. Sin entrar en problemas de carácter religioso, como la carencia de formación religiosa de la casi totalidad de la población, el cristianismo dota a los individuos de una noción de composición o un concepto de conexión más profundo que en la Antigüedad. Al contrario que aquel entonces, cuando el individuo colaboraba con la comunidad con el objetivo último de garantizar su supervivencia, en la Edad Media la creencia en Dios introduce la idea de la fe como elemento que entrelaza y configura a los miembros y los valores de la comunidad, así como, por ejemplo, la visión del mundo. La fe se basa en la creencia compartida de algo. Solo existe si todos creen en eso. Se forma así una comunidad de creyentes que va más allá de lo material o funcional, como ocurría hasta ahora, y que entra en contacto con cuestiones abstractas como el alma.

La entrada en escena de Dios hace que, aparentemente, el hombre quede despojado del egoísmo, en tanto que existiría una voluntad mayor omnipotente y omnipresente. Sin embargo, el ejemplo más claro de que este sigue en vigor en un mundo sacralizado como aquel es el pecado, que actúa como acto manifiesto del libre albedrío (Sánchez Meca, 1995, 60). El ser humano tiene entera libertad para hacer lo que le plazca, y el elemento que regula el interés particular, que de forma exagerada puede ser desastroso para la sociedad, es la fe y el código moral que regula la conducta de cada uno.

En este momento los miembros de la comunidad están conectados por algo que va más allá de ellos mismos. Los griegos y romanos tenían sus mitos y panteones, pero realmente no creían en ellos como se puede llegar a pensar, pero sí que creían y daban valor a las lecciones que de ellos se extraían. En el cristianismo sí hablamos de una fe (una creencia de que algo es como es) propiamente dicha. Todo es voluntad divina, y así lo creen (Wickham, 2016, 47-48). Ello mismo es la justificación que se empleará para defender la existencia de un mecanismo, luego orden social, que garantiza la colaboración de todos los miembros de la sociedad. Estamos hablando de la conocida como “teoría de los tres órdenes”. La sociedad está dividida en un esquema tripartito desde el punto de vista de la función que desempeña cada grupo de personas. Están los eclesiásticos (oratores, encargados de la defensa espiritual de la comunidad), los nobles (bellatores, responsables de la defensa física de la comunidad) y los campesinos (laboratores, que trabajan para producir el alimento con el que sostener la comunidad). Todos y cada uno de los grupos, independiente de los intereses personales que existen, ejecutan una determinada función al servicio de la comunidad. Son partes distintas de un mismo cuerpo y, como tal, deben colaborar para que este salga adelante. Aunque parece un sistema más colectivo, el egoísmo sigue presente. Lo demuestra el hecho de que la teoría fue planteada por los eclesiásticos y apoyada por los nobles, con claros intereses de preservar su posición y privilegios. Todo fue legitimado aludiendo a la voluntad divina. Son roles impuestos por los de dentro, pero justificados a través del de fuera (Dios) que, en cierta medida, explican las necesidades de la colectividad, pero que también responden al interés individual (Sánchez Meca, 1995, 191).

La moral cristiana hace que cada individuo reflexione acerca de su comportamiento y juzgue si este es digno del destino cósmico establecido por Dios. El hombre, de ser un ser social, se convierte en una criatura de Dios y, en última instancia, es este último quién decide si eres merecedor o no de entrar al Paraíso. En el paradigma cristiano, uno es malo y egoísta por naturaleza a causa del pecado original. Si algo se hereda del mundo antiguo en este sentido es que la virtud, cristiana en este caso, solo se consigue con la práctica constante de la misma. En este caso, es fundamental el amor al prójimo. Realmente, amar al prójimo no necesariamente conlleva que se deje de lado la parte más íntimo y personal. Lo que debe hacerse es amar al prójimo como a uno mismo, y eso te llevará al amor a Dios (San Agustín, XV, XIV). El amor a uno mismo debe alinearse con el amor a Dios, de lo contrario hablaríamos de un amor “corrupto” que rozaría el orgullo, contrario a una virtud cristiana como es la humildad.

En caso de caer en el orgullo, el poeta Dante Alighieri, en la Divina Comedia, nos muestra las consecuencias de los actos egoístas en la otra vida. Es ahí donde se encuentra la clave. Nuestros actos tienen consecuencias, y esas consecuencias pueden ser eternas. A lo largo de su viaje por el Infierno, Dante ejemplifica la eternidad a través de los castigados en cada uno de los círculos. Cada particular responde por sus actos egoístas, aquello que rompió su armonía con Dios. Por ejemplo, se ven individuos condenados por poner sus deseos personales por encima de las virtudes cristianas, que tienden a beneficiar a la comunidad (Círculo IV, de los perezosos, por ejemplo). Naturalmente, esto se ve mejor con los círculos asociados a la traición o el engaño, donde la persecución a uno mismo opaca por completo el desarrollo de una espiritualidad centrada en Dios.

El problema, en general, es algo similar a cómo se planteaba en la Antigüedad. El egoísmo existe de forma natural. Uno actúa erróneamente porque el pecado original le hace actuar así, pero el problema es la falta de actuación del individuo por moderar ese impulso. Ese conflicto interno entre lo personal y común y la búsqueda de moderación se puede observar, por ejemplo, en La ciudad de Dios, de san Agustín. Cada uno es libre de escoger si sigue la ley de Dios, que hace imperar el amor, o la del Diablo, que ignora a Dios y se ama únicamente a sí mismo. Eso define el drama de la libertad humana, la relación entre la actuación que engrandece la ciudad de Dios, y la que opone resistencia (Sánchez Meca, 1995, 68-69). El amor natural por uno mismo evoluciona al egoísmo; lo que debe moderar cada uno a partir de los valores y la moral proporcionada por Dios, mas cada uno es libre de seguirla o no.

La fe mantiene unida a la comunidad, lo que no quiere decir que el egoísmo desaparezca. Hacia finales de la Edad Media, este comienza a manifestarse de forma más clara. La Celestina refleja el cambio hacia una visión de la vida más centrada en el “yo”. Según Galarreta-Aima (2011), en los conflictos personales de los personajes de La Celestina, «el cinismo y el egoísmo han reemplazado la moral cristiana medieval». Este cambio de paradigma, hacia una versión más egoísta del ser humano, anticipa la transición hacia la Edad Moderna, donde el individuo vuelve a ocupar el centro de la vida social y política.

Edad Moderna

Es a partir del triunfo del cristianismo cuando el individuo se convierte en el centro de los pensamientos, en tanto en que es él mismo el que deberá trabajar y actuar de forma constante para garantizar la salvación de su alma. Se pone el foco en el mundo interno del hombre (en su relación espiritual con Dios), contraponiéndose al mundo clásico, más centrado en aquello que gira alrededor del individuo, como el universo o la naturaleza (Mejía, 1998, 181). Dicho proceso se proyecta a la Edad Moderna. Son fenómenos como la Reforma protestante (que no excluye el ámbito católico) y el Humanismo los que hacen que ese discurso en torno al “yo” siga desarrollándose. Si bien es cierto que el egoísmo es contrario a los ideales humanistas, por ejemplo, es un momento en el que, por un lado, el hombre queda solo ante Dios, lo que le permitirá reforzar su toma de conciencia (Van Dülmen, 2016, 558). Por el otro, la individualidad se fortalece por el hecho de que se empieza a entender que el ser humano es dueño de su destino, principalmente por ser la única especie “que puede girar sobre sí y observar sus propios pensamientos, como si estuviera frente a un espejo” (Otegui, 2006, 144). Seguimos con la idea de que, siguiendo estos planteamientos, cada individuo debe desarrollar su pleno potencial y ponerlo a disposición del bien común. Luego el egoísmo, que siempre está presente, no tendría cabida. Así pues, veamos la tensión existente entre la libertad del “yo” y el bien general.

En un nivel político, quizás, el más claro ejemplo de ese proceso es Maquiavelo. En El príncipe, expone principalmente que el gobernante ha de tener un objetivo, que es conservar el poder para sí. No interesa en este caso el bien común, pero este puede ser útil para lograr el objetivo particular del gobernante. El mismo autor muestra, como argumento que podemos considerar de legitimación, como, en esencia, por naturaleza, el hombre varía su comportamiento en función de su interés. Si les haces bien, no hay problema, mas si tienen necesidad de algo, se rebelan. En la misma línea, destaca Hobbes, con su obra El Leviatán. Podríamos decir que él confirma lo establecido por Maquiavelo en nuestra última afirmación. En el estado de naturaleza, existe una situación de “todos contra todos”. “Todo hombre es enemigo de todo hombre” afirma Hobbes. Si yo quiero algo lo obtengo por la fuerza. Si otro también lo quiere, tendremos que medir nuestras fuerzas. Un ejemplo claro de esto dentro del contexto británico de Hobbes, son las guerras civiles inglesas (1642-1651). Es un momento en el que ese estado de naturaleza se manifiesta a través de facciones que luchan por el poder. Ello deriva en un caos en el que los intereses individuales se imponen sobre los colectivos, principalmente porque, al fin y al cabo, nadie quiere ir a la guerra y mucho menos morir en una. En lo más básico, hablamos de una lucha de egos que pone de manifiesto el funcionamiento de la ley del más fuerte. No hay colaboración alguna entre las personas. En principio, todo es aceptable, incluido satisfacer los deseos propios sobre los del resto, pues no existe ninguna ley que determine qué es lo que está bien y mal, excluyendo también la ley divina. El temor a ser aplastado por otro, a perderlo todo, incluso la propia vida hace que cada uno abandone su soledad individual y egoísta para juntarse en sociedad bajo un gobierno común con leyes que definan qué es lo correcto. Realmente, la vida en sociedad también es un acto egoísta, correspondiéndose con una lógica de supervivencia. Una vez que te integras en la sociedad, uno actuaría egoístamente para lograr el bien común. Decimos egoístamente porque la actitud sería la de “hacer a otros lo que quieres que te hagan a ti”. Seguiríamos la dinámica que veíamos también en la Antigüedad. Las relaciones se basan en la esperanza de la existencia de una reciprocidad. Se da algo porque se espera obtener algo, en algún momento, de vuelta.

Si para Hobbes el hombre es egoísta por naturaleza, Locke considera que es la sociedad lo que corrompe al individuo. En el estado de naturaleza imperaría el libre albedrío. El equilibrio se conseguiría por la tensión que hay entre todos los individuos, que son conscientes de que, como consecuencia de esa libertad, lo pueden conseguir todo, pero también perderlo. Si Hobbes dice que, en el estado de naturaleza, todos son enemigos, Locke afirma que, efectivamente, esto es así, pero las personas se ven restringidas por leyes naturales. Esas leyes permiten el desarrollo de una individualidad que no necesariamente ha de ser egoísta. El egoísmo de cada uno es lo que daría lugar a cuestiones como la propiedad privada, ganada con el esfuerzo propio de cada uno. En naturaleza, todo está dispuesto para el común, para el conjunto. Pero el hombre, dueño de sí mismo, trabaja para conseguir algo propio. La clave es que hay suficiente para todos y que hay mecanismos para evitar problemas para el conjunto. Por ejemplo, si uno no sabe producir bien unas tierras, las pierde. Lo podemos entender como que su egoísmo no es productivo para el común. No ha demostrado que, por su trabajo constante, merece tener esa propiedad. Se fomenta así la individualidad y el desarrollo personal. En comunidad, no obstante, todos se someten a la mayoría y son limitados por ella. En definitiva, en su Segundo tratado sobre el Gobierno Civil, Locke determina que el egoísmo puede ser útil, en tanto que con él puedes posicionarte para conseguir una propiedad privada. Pero es necesario un sistema político que evite que esa fuerza egoísta dañe a los demás. Ello crea el equilibrio.

A las puertas de lo que se considera el inicio de la Edad Contemporánea, la Revolución Francesa, cabe resaltar, por último, el Contrato social, de Rousseau. Hasta ahora se ha hablado del individuo como un ser egoísta por naturaleza. En contraste con Hobbes y, sobre todo, con Locke, Rousseau cambia el paradigma. Es la civilización y, precisamente, la propiedad privada, lo que corrompe al ser humano. Una prueba de esta afirmación es el incremento de la desigualdad social a lo largo del siglo XVIII. La nobleza y el clero acumulaban riquezas sin cesar, mientras la pobreza se extendía entre el resto de la población. Simplemente, las personas se empiezan a comparar entre sí. Unos tienen más, otros menos. La competencia se inicia, se desarrollan los intereses individuales y la armonía decae. Esta idea la resume en su frase “el hombre ha nacido libre y, sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado”. La sociedad sería inevitable para el hombre, pues no se puede restaurar el estado de naturaleza. ¿Cómo evitar, pues, ese egoísmo? Lo que plantea Rousseau es ordenar la libertad que es guiada por el egoísmo. Esta se transformaría en libertad civil, en la voluntad general, que representa el interés común. Con ello se superarían los intereses egoístas, que tienden por su naturaleza al privilegio. A pesar de ello, siempre hay problemas. Se puede confundir lo colectivo y lo individual. La voluntad de todos se entiende como una suma de las voluntades particulares. Es la voluntad general la que interesa crear, pues tiene la capacidad de filtrar el interés propio y enfocarse en el bien común. Los egoísmos se equilibran, de tal manera que la voluntad general da lugar a resultados justos.

Edad Contemporánea

En el último período de la historia, el egoísmo y la individualidad sufren un gran desarrollo, consolidándose como elementos principales dentro del comportamiento humano. Uno de los principales cambios que provoca esta transformación es la muerte de Dios, de la que habla Nietzsche. A partir de ese momento, el ser humano ocupa el lugar de la divinidad. Nietzsche desecha los valores que imperaban hasta el momento, surgidos muchos de ellos de la moral cristiana, y que condicionan el pensamiento y, por extensión, el comportamiento del hombre. Desde su punto de vista, se deben crear nuevos valores, y cada uno ha de crear los suyos propios a través de lo que conocemos como las “tres metamorfosis”.

En este renacimiento del individuo, que tiene como objetivo alcanzar su máximo potencial, cada uno debe superar su fase de “camello” y adoptar la del “león”. Este tiene suficiente fuerza y determinación como para vencer al “dragón”, símbolo de lo tradicional. Con su triunfo, el “león” daría paso al “niño”, inocente y completamente libre, hasta el punto de abandonar toda regla y crear las suyas propias. Es una especie de catarsis en la que cada uno, para dar lo mejor de sí, debe “quemarse en su propia llama”. En ese proceso, las voluntades de los particulares pueden colisionar. Para Nietzsche, en ese caso, la vida misma pondrá a prueba las voluntades, los ardientes egos de cada persona. Así se definen las voluntades fuertes y las débiles. Las voluntades fuertes son las que dan lugar al “superhombre”: la mejor versión de cada uno, capaz de sobrepasar cualquier obstáculo. Pero ello no implica que debamos ser exclusivamente egoístas a expensas del resto. Simplemente, cada uno tiene la responsabilidad individual de superar sus limitaciones sin dejarse llevar por su tirano interno.

En un giro parecido, Stuart Mill considera que el objetivo de cada humano es ascender dentro de los grados de la existencia. El ascenso requiere de esfuerzo, y este es impulsado por el orgullo, que produce tanto sentimientos estimables como cuestionables. Con el fin de evitar estos aspectos negativos, cada persona debe recibir una educación orientada al fomento de la armonía entre el interés individual y un “interés sincero por el bien público”. Sin embargo, Mill expone un grave problema. El individuo debe ser completamente libre y soberano de sí mismo. Este dominio personal es lo que le permite escalar, pero, en sociedad, no todos esperan que escales. La sociedad tiende a ejercer una tiranía sobre la individualidad. En nombre de la igualdad absoluta, todos quedan limitados por la fuerza de la mayoría, que se convierte en la soberana del individuo. Esta presión social limita la espontaneidad de cada uno, frenando la evolución individual (que es necesaria para el desarrollo colectivo). Cegada por la igualdad absoluta y el temor al cambio, la sociedad impide el cultivo de la individualidad. Ahoga la genialidad y la existencia del “genio” para hacer de la mediocridad el poder supremo. En definitiva, para Mill, “la originalidad es la única cosa cuya utilidad no pueden comprender los espíritus vulgares”. Por lo tanto, las individualidades que aspiran a desarrollarse, y que tienen la voluntad y la capacidad de hacerlo, no son más que estrellas en una noche de mediocridad.

Estas limitaciones sociales son abordadas también, aunque en un sentido muy diferente, por Judith Butler. La autora critica las estructuras sociales por imponer una determinada construcción de género. En el contexto de nuestro tema, podríamos decir que la propia presión social establece una “marca” (en términos de Butler) o una “etiqueta” que, en realidad, no son más que ilusiones que crean identidades, pero que no tienen por qué corresponderse con la identidad que cada uno ha formado sobre sí mismo.

Esa marca social genera una presión constante que tiene como última consecuencia el agotamiento del individuo. Las expectativas sociales crean un vacío interno. Cada persona es incapaz de satisfacer esas exigencias, pues son ilimitadas y constantes, y termina viéndose como un puzzle inacabado que debe modificarse constantemente a esas presiones. En última instancia, el individuo dejará de tener un “yo”, un ego, una individualidad. Si la identidad de cada uno es medida por lo que produce o proporciona, por los resultados que de él se obtienen, esta no sería más que un flujo en constante cambio y, por tanto, algo imposible de definir. Byung-Chul Han, en su obra La sociedad del cansancio, ilustra cómo esa sobrecarga de expectativas externas consume a cada uno. Las personas se desorientan y se desconectan del mundo, generando un ciclo vicioso que siempre acaba con un cansancio y agotamiento físico e incluso existencial excesivo.

Por último, Zygmunt Bauman reflexiona directamente sobre la muerte de la concepción del hombre como un ser social. En una sociedad de consumo como la actual, frente a las expectativas que recaen sobre cada uno, nuestro refugio es el consumismo. El mundo es un buffet y nosotros los consumidores. Sin embargo, el exceso de posibilidades genera confusión, pues, cada persona debe decidir qué quiere, y ello significa rechazar otras oportunidades. Dicha presión interna, sumada a la externa, da como resultado “individualidades líquidas”, caracterizadas por una transformación continua o por no saber qué buscan. Solo pocos logran saber qué quieren y, en consecuencia, consiguen “solidificar” su fluido (entendido como identidad) interno. Por otro lado, pese a que el mundo parece ofrecer multitud de posibilidades, muchas de ellas son finitas. El deseo de consumir lleva a las personas a abandonar su “puesto en sociedad” para participar en una competencia feroz antes que formar parte de una estructura de colaboración.

De manera similar, Ayn Rand, en su obra La virtud del egoísmo, expone una nueva visión del egoísmo. A pesar de su connotación negativa, este no es algo perjudicial por sí mismo. El egoísmo, en su definición, es mirar por el interés propio. No es algo inmoral. Simplemente, refleja el esfuerzo y la capacidad de cada uno a la hora de conseguir aquello que quiere. Para Rand, cada persona ha de ser beneficiario de su trabajo, ha de trabajar para sí. Cada uno es responsable de generar su riqueza. Frente a las limitaciones del mundo, el individuo, con su ego, debe ganarse el derecho de considerarse a sí mismo su mejor versión. Esto no se aplica únicamente a uno mismo, también se ve en las relaciones sociales. Por ejemplo, en palabras de Rand, “solo un hombre racionalmente egoísta, que posee autoestima, es capaz de amar […]. El hombre que no se valora a sí mismo no puede valorar a nada o a nadie”. Ser egoísta, dentro del egoísmo racional de Ayn Rand, es un requisito necesario para la vida en una sociedad racional.

Conclusión

En conclusión, los conceptos de individualidad y egoísmo han evolucionado a lo largo de la historia. Cada transformación evidencia los cambios a nivel social, cultural y político que se desarrollan en cada uno de los períodos históricos. Desde la idea de que los individuos están subordinados a una entidad superior, hasta su emancipación en la Edad Contemporánea, pensadores de todo tiempo y lugar han reflexionado acerca de la tensión existente entre la libertad individual y los condicionantes socioculturales que intentan limitarla. Los enfoques pueden varias, mas la mayoría de pensadores coinciden en la importancia que tiene que cada individuo reconozca sus limitaciones, ya sea para superarla o para amoldarse a los condicionantes de cada época.

En un mundo donde la conformidad sigue siendo una constante a través de las normas sociales, el desafío sigue siendo similar: encontrar un equilibrio entre la autonomía de cada uno y las expectativas ajenas. Lejos de resolverse el debate, este sigue siendo fundamental a la hora de entender el comportamiento del individuo en sociedades cada vez más complejas.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Galarreta-Aima, Diana. «El tiempo en La Celestina: el deseo, el placer y el egoísmo como motivos de interpretación de la obra». Celestinesca 35 (2011): 43-66.

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Sánchez Meca, Diego. «Metamorfosis y confines de la humanidad». Madrid: Tecnos, 1995.

Van Dülmen, Richard. El descubrimiento del individuo, 1500-1800. Madrid: Siglo XXI, 2016.

Wickham, Chris. Europa en la Edad Media. Una nueva interpretación. Barcelona: Planeta, 2016.

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Mario Acuña de Miguel

Mario Acuña es estudiante de Historia en la Universidad de Alcalá, con especial interés en la Historia de las mentalidades, en períodos como la Edad Antigua y Moderna. En su tiempo libre, disfruta escribiendo sobre historia y explorando diferentes perspectivas del pasado.

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