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En defensa de lo invisibilizado

Pueden llegar a ser habituales los momentos en los que un par de versos se retuercen. Repican durante días, como un eco inasible. Y al poco tiempo, sin más, desaparecen. Hay, sin embargo, ocasiones en las que ese par de versos se enquista. Deviene nudo y permanece ligado a un nervio que cada cierto tiempo da señales de aviso. Duele, por así decirlo. Podría recordar aún hoy la primera vez que las palabras de un poeta se enredaron en mi memoria de esta forma:

de donde vienes tú no hay esperanza
apenas sino sombra
temblando entre las hojas
noche nueva en el agua

de cuando vienes tú no hay ya futuro
y sin embargo nada
en tus manos significa renuncia
nada derrota nada arena oscura
ni nada desencuentro
nada
sabes del frío con que mi voz te espera

Corría por entonces el año 2010 cuando escuché por primera vez estos versos en la voz de su autor: Antonio Méndez Rubio (Badajoz, 1967). A decir verdad, no recuerdo si fue en las aulas de la Facultat de Filologia de la Universitat de València o en uno de tantos recitales por los que solíamos movernos unos cuantos estudiantes con ínfulas de escritor que, por entonces, andábamos en tercero o cuarto de grado. Días después de ese fugaz encontronazo, esa nada que deviene encuentro seguía percutiendo. ¿Por qué nadie, nunca, a lo largo de esos cuatro años me había hablado de prácticas poéticas recientes? ¿Por qué no había hueco para las voces actuales en los programas docentes? ¿Cómo empezar a buscar cuando apenas habíamos sido instruidos en historias literarias que acababan varios años antes de que yo siquiera hubiera nacido? Recuerdo aquellas lecturas con el fervor de la novedad y con la adolescente malicia de saberme caminante de unas zonas al margen de aquello que desde las tarimas llamaban canon, con el que, por cierto, tardaría muchos años en reconciliarme. Intuí, entonces, la existencia de zonas sombreadas no alcanzadas por las luces de la crítica y traté de discernir, todavía de forma muy iniciática, si se quiere, el porqué de tales oscuridades. Lo hice de la mano del propio Antonio Méndez Rubio (convertido, ya, en director de mi tesis) y de los textos de Jaume Pont (Lérida, 1947), Miguel Casado (Valladolid, 1954), Araceli Iravedra (Asturias, 1971), Alfredo Saldaña (Toledo, 1962) y tantos otros y otras que fueron conformando en mí cierta sospecha permanente hacia todo aquello que alguien había dicho en un momento determinado que era lo relevante. Entonces ya tenía claro que mi investigación debía versar sobre la poesía más contemporánea, esto es, aquella que estaba escribiéndose mientras yo trataba de articular mis investigaciones. Faltaba alguna pieza, sin embargo, que entonces fue encontrada: yo no quería interpretar los textos, ni descubrir las líneas estéticas y temáticas de la poesía española actual. Al menos, no quería solo eso. Mi objetivo era saber por qué esas líneas estéticas y temáticas son convertidas en centrales dentro de un panorama diverso y variado, mientras que otras son expulsadas hacia los márgenes del sistema y quedan silenciadas y acalladas por el murmullo mayoritario de lo canonizado. La cuestión, como decía Benjamin, no es qué relación guarda una obra respecto a sus condiciones de producción, es decir, si está en línea con ellas o si aspira a transformarlas, sino que la clave está en preguntarse cómo está en ellas o, en otras palabras, qué función realiza dentro de las condiciones literarias de producción de un tiempo, apuntando, al cabo, a su técnica literaria. A su ideología. A su estado y relación dialógica. A su formación y conformación. Al cabo: a su confrontación.

La mirada que imprimimos sobre la literatura no puede establecerse, por tanto, en el lugar de la iluminación. No es el escenario el espacio de la crítica, sino la oscuridad de la platea. El punto de la escucha desde el que, además, es probable ver las fallas de la construcción ficcional que se levanta ante nosotros. Con esto quiero decir que para comprender el funcionamiento interno del campo poético era necesario analizarlo desde un afuera que, por definición, es inalcanzable. El objetivo debía ser, al menos, tender hacia el margen, lo que significaba no dar por sentada versión alguna sobre lo establecido. Fue así cómo se fueron construyendo unas investigaciones que partieron siempre de la certeza de que habitamos un sistema literario en que no existe naturalización alguna y donde todo tiene un sentido que va más allá de lo visible a primera vista y que excede la supuesta trascendencia de la palabra lírica. Esto es: no hay mitologías literarias ajenas a las ideologías dominantes que han escrito los relatos históricos de los que somos herederos. Quizás lo que nos defina, por tanto, pueda brotar de un banal parafraseo del existencialismo sartreano: un crítico (si es algo) es lo que hace con lo que otros hicieron de él (o de sus objetos de estudio). De nuevo, el cruce de caminos entre el yo y el nosotros, y el vosotros, y el tú, y ellos y el otros. De nuevo una toma de posición en algún punto de un continuum en cuyos imposibles extremos mora el conservador consenso del mantenimiento de lo recibido y el revolucionario rupturismo total con lo precedente. Y digo imposibles por un par de razones: primero, no podemos mantener lo heredado sin más, por aquello de la indeterminación de Heisenberg (Baviera, 1901), según la cual la mera observación altera lo presente; segundo, tampoco es posible el borrón y cuenta nueva pues, al cabo no hay exterior viable (Sloterdijk, Baden-Wutemberg, 1947 dixit) ni afuera alguno de la ideología (ahora, Althusser, Argel, 1918). Y, sin embargo, debemos escoger entre uno de los innumerables puntos que por definición conforman esa línea. Ahí es donde radica la ideología académica, literaria y crítica que imprimiremos a los textos: a su lectura, a su interpretación, a su explicación. Ni qué decir tiene que me parece mucho más útil derivar hacia el extremo de la ruptura, pues solo en aquella dirección encontraremos (con un poco de suerte) algo que merezca la pena ser contado.

Si hay algo (como esa luz remota en el poema de Valente, Orense, 1929) esto sea, acaso, el convencimiento de que el decir de y sobre el hoy tiene la capacidad de modificar el pasado (es decir, lo que fue canonizado o silenciado), el presente (es decir, lo que está siendo canonizado o silenciado) y el futuro (es decir, lo que será canonizado o silenciado). Como críticos y académicos, lo que está en tensión en cada una de nuestras intervenciones públicas es algo tan relevante como la memoria literaria, en permanente vaivén entre la destrucción y la construcción. No jugamos en el terreno de lo banal. Más bien, decimos desde el espacio en lucha permanente de la identidad. Y nada, aquí, como en los versos del poema que iniciaron esta andadura, debe significar renuncia, nada arena oscura ni nada desencuentro.

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Raúl Molina Gil

Raúl Molina Gil es doctor en literatura por la Universitat de València. Actualmente, es investigador postdoctoral en la Universidad de Alcalá. Sus líneas de investigación son la poesía española actual, las teorías lo fantástico y las representaciones de la ruralidad en la literatura contemporánea. Ha publicado, entre otros, ¿Un lugar sin lugar? La poesía de Antonio Méndez Rubio (2022) y varias ediciones críticas, como La lentitud de los bueyes. Memoria de la nieve, de Julio Llamazares (Cátedra, 2024), Entre dos fuegos, de Antonio Sánchez Barbudo (Guillermo Escolar, 2024) o Raimundo Salas Mercadal. Poesía reunida (U. de Zaragoza, 2025).

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