La colonización del campo. Sobre “Paisaje nacional”, de Millanes Rivas
Millanes Rivas: Paisaje nacional
Madrid, Alianza
233 páginas, 18,50 euros
Tres años después de su Tres jóvenes y la pena (Editorial Dieciséis), regresa Millanes Rivas de la mano de una nueva colección de Alianza, Alianza voces, con Paisaje nacional, un relato formalmente menos arriesgado que el anterior, pero de una potencia temática mayor.
En Paisaje nacional, seguimos las andanzas de un joven narrador al que, una noche en los campos que rodean el pueblo okupado de El Álamo, se le aparece el fantasma de su bisabuelo, el Cordobés, asesinado el verano de la guerra, con una petición: reunir a sus tres hijas -las tías del joven- y llevarlas a un lugar. El viaje comienza aquí, y es un viaje de descubrimiento no solo de partes desconocidas de la historia familiar, sino -y, sobre todo,- de un pasado mayormente desplazado del discurso público y, también, de la literatura: la construcción de pueblos de colonización en buena parte de las zonas rurales españolas durante el franquismo (nada más y nada menos que en 11 de las 17 comunidades actuales).
Mi lectura de Paisaje nacional fue -casualidad, de verdad- semanas después de visitar la exposición “Pueblos de colonización. Miradas a un paisaje inventado”, en el museo ICO de Madrid, comisariada por Ana Amado y Andrés Patiño, una exposición interesantísima con fotos, planos, documentos y dibujos que explican y reivindican la historia de esos pueblos. Después de la guerra, había que reconstruir España (o había que dar de comer a las ciudades). ¿Cómo se hizo? Pues reactivando los campos, el mundo rural, a través de la creación de pueblos (literalmente) a los que se enviaba colonos para trabajar las tierras circundantes y ocupar las viviendas. Se creó hasta un Instituto Nacional de Colonización (INC), encargado de todas las gestiones; se construyeron las infraestructuras (casas, calles, iglesias, colegios, pantanos…) y se seleccionó a las familias. Porque no todo el mundo podía ser candidato/a a colono/a, claro. Había que cumplir con ciertos requisitos: solo familias con mucha descendencia, antecedentes más limpios que una patena y fidelidad al régimen. Una vez aceptada la familia, comenzaban los años de prueba o “de tutela”, esto es, los años bajo supervisión: a ver qué tal el rendimiento del trabajo y a ver qué tal la adaptación al pueblo. ¿Mal? Fuera y bienvenida otra familia. Los colonos parecían unos privilegiados, ¿verdad? Casa y tierras gratis. Sin embargo, en realidad, las familias trasladadas no eran propietarias ni de la casa que habitaban ni de las tierras que trabajaban: debían pagar por esas posesiones mediante su trabajo, o sea, dando parte de las cosechas al señor feudal INC. Si no cumplían con el peaje (ay de la familia a la que le tocara una parcela de tierra muerta), eran expulsados, independientemente del tiempo que llevaran viviendo en el lugar. Ordeno y mando. Así, solamente después de muchos años y, de nuevo, en función de la fertilidad de la tierra, las casas y las parcelas asignadas pasaban a ser propiedad de las familias colonas.
¿Por qué cuento todo esto? Primero, porque está bien saberlo y el silencio es siempre cómplice (por eso el narrador habla tanto), y segundo, porque Paisaje nacional nos los cuenta también, y lo hace a través de la hibridación con el género ensayístico y la interrupción constante del hilo narrativo con documentación real (el proceso de investigación llevado a cabo es significativo). Los lectores de Rivas sabemos ya del gusto del autor por el experimento (Tres jóvenes y la pena es una maravilla formal), y sabemos también de la importancia concedida en su obra al ritmo y al lenguaje, a la creación de una voz propia: el femenino genérico domina, por supuesto, de nuevo, en una prosa quizá algo menos poética que en su texto anterior, pero sin duda punzante, certera, atenta; el ritmo, por su lado, lo marca la narración oral sin separación de párrafos y amalgama de voces con concatenación de escenas articuladas, las más de las veces, por unos diálogos vividísimos. El libro se convierte rápidamente en una suerte de road trip nocturno en furgoneta por carreteras nacionales entre los pueblos de Logrosán y El Álamo, y en ese viaje (en la narración) no sobran planos emblemáticos, mágicos: en la vieja furgoneta -préstamo de la Vidente-, por ejemplo, viajan apelotonados el narrador, sus tres tías (la Mayor, la Mediana y Lady Di), y la Aparición (el bisabuelo), a la que no puede mirársele a los ojos. La situación es, cuando menos, insólita y, por momentos, risible, y las conversaciones todavía más.
Millanes Rivas ha escrito uno de los pocos libros actuales sobre el medio rural con potencia problematizadora; un relato sobre el hambre, la violencia y la pulsión de supervivencia; sobre el trauma y el silencio, pero también sobre la necesidad de contar para visibilizar lo desplazado. Hurgando en la memoria familiar, el protagonista escarba hasta sacar a la luz la historia de su bisabuelo y de El Álamo, uno de tantos pueblos de colonización olvidados (y despoblados), construido sobre una tierra antaño comunal y bajo la que se revuelven, todavía, los cuerpos de los vencidos; una crónica, en definitiva, de expropiación y de excesos, de distribución y de acceso a la tierra; de una de la mayor de las intervenciones urbanísticas del siglo pasado.
Doctora internacional en Literatura Española por la Universidad de Salamanca, con máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Spanish en la University of Wisconsin-Milwaukee, actualmente es investigadora posdoctoral Juan de la Cierva en la Universidad de Alcalá. En el pasado, ha sido profesora en la Universidad de Salamanca, en la UNIR, en la Universidad de Burgos, en la Universitat Jaume I y en la University of Wisconsin-Milwaukee, así como contratada posdoctoral en la Université catholique de Louvain. Es autora del ensayo "Ideología, poder y cuerpo. La novela política contemporánea" (Bellaterra, 2023) y escribe reseñas mensuales en el periódico Mundo Obrero.
