¿Dónde están las hijas de Anacaona?

por Abr 10, 2024

¿Dónde están las hijas de Anacaona?

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Me resulta imposible desligar mi vida investigadora de mis facetas de escritora y traductora. De hecho, enfoco estas últimas actividades —y, de modo muy especial, la traducción de voces francófonas al español— como una modalidad altamente eficaz de transferencia a la sociedad del conocimiento humanístico generado en el ámbito universitario.

Por ello, para hablar de mis intereses —o, mejor dicho, de mis pasiones— como investigadora con mayor claridad, debo remontarme al año 2011 y compartir una experiencia personal que me marcó profundamente en todos los sentidos: en agosto de ese año, aterricé en el archipiélago antillano de Guadalupe para enseñar literatura española en un instituto internacional.

Comencé enseguida a explorar las librerías y bibliotecas guadalupeñas en busca de autoras locales que me ayudaran a metabolizar el profundo choque cultural que viví al instalarme en aquellas islas como mujer europea, joven, blanca y sola. Y me sorprendió sobremanera no hallar en los anaqueles apenas voces de mujer.

Esta inmersión in situ en las literaturas antillanas supuso así el despertar en mí de la conciencia feminista. Durante años he lamentado que este compromiso me naciera, por así decirlo, relativamente tarde. Pero quizás, como bien explica Roxane Gay (Omaha, 1974) en su célebre ensayo-manifiesto autobiográfico Mala feminista (2014), todas lleguemos tarde a lo importante: quizás lo que verdaderamente importe sea, en fin, llegar bien. Llegar para quedarse. Pero esa es otra historia y además ya la escribí hace tiempo en otro idioma —el poético—, así que mejor vuelvo a lo que hoy estaba intentando contar.

En efecto, fue en Guadalupe donde nació mi pasión por las literaturas de expresión francófona del ámbito caribeño, encontré tanto mis líneas principales de investigación como el tema de mi tesis doctoral, se impulsó mi carrera literaria con la escritura de un poemario íntimamente ligado a la experiencia criolla y se despertó en mí la vocación traductora.

Al instalarme en la localidad de Trois-Rivières hace ya más de una década, me encontré confrontada a un entorno natural de dimensiones inesperadas para mí, que supuso además el despertar de mi conciencia ecológica. Por añadidura, descubrí un contexto social que, como he evocado someramente más arriba, distaba mucho de la igualdad entre géneros en cuya burbuja yo había existido hasta entonces en tanto que española, europea y urbanita nacida en democracia en un ambiente de clase media y habiendo tenido un acceso relativamente fácil a la educación. Desconocía por completo, que, tal y como señala en estudios recientes la ONU, Mesoamérica y el Caribe ostentan el triste honor de ser una de las regiones del planeta más violentas e inseguras para las mujeres.

La joven mujer que yo era entonces, por suerte y por desgracia al mismo tiempo, no sabía apenas nada de colonialismo. Mucho menos de colonialidad. No había vivido jamás un huracán o una erupción volcánica e ignoraba por completo que en el Caribe “al menos 12 mujeres son asesinadas al día por razón de género”. La vida cotidiana en aquellas latitudes pronto se encargó de ponerme al corriente. Fueron así tomando cuerpo una serie de preguntas que, a cada cual de manera más acuciante, me invitaron a repensar y poner en cuestión lo aprendido sobre el relato historiográfico europeísta, además de sobre las dinámicas existentes entre los animales humanos, los animales no humanos y la naturaleza; y, por supuesto, sobre lo que implica nacer/nacerse mujer, especialmente en ciertos contextos.

En la literatura de la guadalupeña Maryse Condé (Guadalupe, 1937) encontré un terreno increíblemente fértil que recorrer en busca de semillas de respuesta. El universo de esta autora constituyó mi puerta de entrada al imaginario de otras muchas narradoras antillanas de expresión francófona como Simone Schwarz-Bart (Nueva Aquitania, 1938) o Françoise Ega (Martinica, 1920), entre tantas otras cuyos textos me dedico a estudiar, traducir, enseñar en el aula y divulgar fuera de ella, siempre con perspectiva feminista y ecocrítica. Se trata de escritoras alejadas de los relatos o espacios canónicos literarios y cuyas voces, desde sus cuerpos de mujer racializada, cantan y cuentan vidas a menudo también relegadas a los márgenes e incluso al reverso de los mapas.

Se me impuso enseguida la necesidad de trabajar, tanto desde la escritura como desde la traducción y la investigación, para desenterrar cierta genealogía literaria femenina en el ámbito antillano: hacer justicia, si se me permite la metáfora, con las hijas de Anacaona, gran reina creadora que en el siglo XV lideró la resistencia del pueblo taíno ante los conquistadores españoles en la actual Haití.

A menudo me pregunto de qué hablarían los desaparecidos areitos de Anacaona, matriarca indiscutible de las letras caribeñas. Y, sobre todo, me pregunto cómo desenterrar y honrar el hilo violeta en las literaturas antillanas de expresión francófona.

Desde 2011 —“el año del ciclón”, como me gusta llamarlo en mi cronología poética personal—, diría que todas mis actividades parten de esta voluntad de búsqueda y reparación: del ferviente deseo de hacer que se escuchen en todos los confines las dignas voces de esas hijas silenciadas de Anacaona.