Luis Mateo Díez: más allá del realismo

por Abr 23, 2024

Luis Mateo Díez: más allá del realismo

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Fotografía de José Manuel Navia

El mundo de las letras vuelve a estar de enhorabuena. El Premio Cervantes 2023 ha recaído en uno de nuestros mejores escritores: Luis Mateo Díez, el admirado autor de La fuente de la edad (1986), La ruina del cielo (2001) y La gloria de los niños (2007), entre otras obras extraordinarias.

A través de su literatura podemos recorrer el León provincial (y provinciano) de la triste posguerra, la geografía del páramo leonés o la tierra de Babia, hasta tal punto sus lugares son reconocibles. Ello a pesar de la toponimia inventada, pues su sonoridad evoca los nombres de la realidad leonesa. Pero si bien las “ciudades de sombra” como Ordial, Borenes o Doza, los ríos Sela y Urgo o la propia comarca de Celama no ocultan la referencia realista, también son muchos los sentidos metafóricos que esta geografía evoca: los yermos o caudalosos paisajes reflejan los estados anímicos de los personajes, lo mismo que los espacios caracterizados por la oscuridad, la ruina, el deterioro o el extravío, muchos de ellos con gran valor simbólico, como los orfanatos, las casas de convalecencia o las residencias de ancianos. El realismo de Luis Mateo Díez es, ciertamente, muy particular, en gran medida, y como ya se ha dicho muchas veces, por la fuerte impronta de la cultura oral, presente en los textos que incorporan leyendas, romances y cuentos, y que combinan distintos registros: con qué maestría se mezcla en Mateo Díez lo enfático con lo chocarrero, la expresión culta con los refranes y las frases hechas. La presencia de lo maravilloso, lo fantástico, el humor y la ejemplaridad que trasciende la anécdota reivindican esa herencia de lo popular.

A este respecto me gustaría señalar algunas de las variantes más notables de la expresión no mimética en Luis Mateo Díez. Si bien a menudo las fronteras resultan borrosas entre el recuerdo y la imaginación, lo vivido y lo soñado, algunos textos adoptan formas y motivos de lo fantástico. En ocasiones, cabe notar la presencia de imposibles en el relato, cuya existencia contraviene las leyes del mundo representado, idénticas a las nuestras, generando de ese modo un efecto negativo en el lector. Algunos relatos fantásticos del ciclo de Celama tienen reminiscencias del cuento oral, como el hombre que sueña con su propia muerte hasta que el presagio acaba por cumplirse; la animación de estatuas de santos que abandonan las iglesias, para invadir los caminos; o los azares ominosos, como la muerte el mismo día de los consuegros de una pareja que tiempo después también acaba muriendo en uno de los luctuosos aniversarios (capítulos 34, 48 y 55 de La ruina del cielo). En esta línea estaría el cuento inédito “Melancolía”, incluido en Invenciones y recuerdos (2020), cuyo protagonista, Zaro, contagia esa enfermedad del alma a los primos que va a visitar, causándoles indirectamente la muerte y ganándose el repudio de su familia.

No obstante, la mayoría de los relatos de Luis Mateo Díez no ponen en práctica lo fantástico strictu sensu, sino que muestran un marcado hibridismo genérico. Destacan las narraciones que incluyen motivos o subtextos míticos, como la mencionada fuente de la edad, de la novela homónima, o el capítulo 6 de El espíritu del Páramo (1993), donde se reescribe la historia del rey Midas, pero en clave contemporánea. La impregnación literaria tiene asimismo un efecto desreferencializador en muchas de las novelas construidas en torno al cronotopo del viaje, como Las horas completas (1990) o Camino de perdición (1995), donde es posible reconocer reminiscencias de otros viajes célebres como el de Ulises o Don Quijote. Están igualmente las reescrituras de obras del canon, como El rey Lear, en el capítulo 34 de La ruina del cielo, o el recuerdo de Pulgarcito y Lazarillo en La gloria de los niños.

Otra variante es la de lo maravilloso, cuando los elementos sobrenaturales no causan escándalo de la razón y aparecen naturalizados en el texto. El ciclo de Celama resulta muy rico a este respecto: gracias a su ingenio, Veridio logra escapar de la Muerte, quien lo visita hasta tres veces, primero bajo la forma de una niña, luego de una muchacha y por último de una anciana; una noche de invierno un niño desaparece en la nieve y regresa justo un año después como si no hubiera transcurrido el tiempo; tres personajes (un niño cojo, un joven manco y un anciano tuerto) visitan a los habitantes de Celama para entregar avisos que todos desdeñan, salvo una pareja, gracias a la cual el pueblo logra salvarse de la desgracia (cap. 15, 32 y 66 de La ruina del cielo).

La presencia de lo espectral es otro de los posibles caminos de lo no mimético en Luis Mateo Díez, acorde con uno de los temas axiales de su narrativa. Los diálogos que entablan los muertos en algunos capítulos de La ruina del cielo -no por nada la novela se subtitula Un obituario– recuerdan a los de Pedro Páramo, esa gran obra sobre la muerte y el acabamiento de un mundo. Aquí se escenifica la agonía de las culturas rurales, como no ha dejado de señalar Asunción Castro, aunque estas escenas también desprenden un sentido trascendental con respecto a la existencia humana que resulta sobrecogedor. La memoria de los que ya no están, el recuento de sus enfermedades y de aquello que los condujo a la muerte, se ve abocada sin remedio al olvido y la desaparición. Hay un extravío en los muertos de Celama que apenas recuerdan quienes fueron en vida y se entregan, no sin angustia, a esa última soledad, lo que no impide que el humor se cuele en los diálogos que, aunque elegíacos, evitan caer en lo solemne.

Precisamente, la verosimilitud realista se tensa, hasta romperse, en textos en los que predomina el humor. Desde sus primeros relatos, como “Los grajos del Sochantre” (en Brasas de agosto, 1989), la deformación grotesca deriva en un alejamiento de lo real. La historia de don Ceferino, el canónigo obsesionado con los pájaros que, de algún modo, acaba transmutándose en uno de ellos no es solo el relato de una metamorfosis sino una burla valleinclanesca de los vicios de la curia. Los cuentos más breves, incluidos en Los males menores (1993), resultan muy ricos en esa mezcla de humor y fantástico, además de extremar las posibilidades expresivas de la narrativa ultrabreve, en la que el lector tiene que echar mano de su enciclopedia cognitiva a la hora de descifrar la historia, que queda semioculta en los vacíos del texto. Algunos ejemplos notables son “Persecución”, construido en torno al motivo del doble, y “El pozo”, que remeda la vieja leyenda de los niños que se caen en los pozos para no volver a salir. En algunas de sus últimas novelas, se aprecia una tendencia al disparate y la experimentación, con tramas como las de Los ancianos siderales (2020), novela protagonizada por un grupo de ancianos de una residencia que anhelan ser abducidos por una nave extraterrestre que los saque de allí y los libre de su condición de desahuciados.

Para cerrar este breve repaso, acabaré con el motivo de la metaficción como generadora de tramas inverosímiles. Resulta central en uno de sus últimos libros de cuentos, El limbo de los cines (2023), en el que se homenajean los cines que marcaron la infancia y juventud del autor. En los distintos relatos que componen el volumen, los personajes viven tan intensamente lo que sucede en la pantalla que los límites entre la ficción y la realidad se desvanecen por completo. Así, hay un cine que queda inundado tras una película de piratas; un personaje que, para refugiarse del frío, pasa tanto tiempo allí encerrado que acaba siendo detenido por un delito que no ha cometido y ejecutado en su propia butaca como si esta fuera una silla eléctrica; o varios solteros que, como en Encuentros en la tercera fase, acaban marchándose en una nave espacial alienígena. Por no hablar de las relaciones amorosas que forjan personajes y espectadores.

Si los protagonistas de El limbo de los cines encuentran en la ficción una manera de conjugar la realidad gris y estrecha de la provincia, y en el cine un lugar para vivir aventuras a través de la pantalla, nosotros, los lectores de Luis Mateo Díez, hallamos en su prosa el mejor remedio a las pequeñeces de la existencia. Su literatura, más allá del realismo, hace volar nuestra imaginación, hasta aceptar con él que “la vida es más vida en el contraste con las grandes novelas que la narran”.