Entrevista a Valeria Correa Fiz

por Mar 17, 2021

Entrevista a Valeria Correa Fiz

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Valeria Correa Fiz (Rosario, Argentina, 1971) es poeta, narradora y abogada. Autora del libro de relatos La condición animal (Páginas de Espuma, 2016), seleccionado para el IV Premio Hispanoamericano de Cuento «Gabriel García Márquez» y finalista del Premio Setenil 2017. También ha publicado los poemarios El álbum oscuro (2016) y El invierno a deshoras (Hiperión, 2017) que han merecido el I Premio de Poesía «Manuel de Cabral» y el XI Premio Internacional de Poesía «Claudio Rodríguez», respectivamente. Recientemente ha publicado el poemario Museo de pérdidas (Ediciones La Palma, 2020). Afincada en Madrid, es profesora de escritura creativa y coordina el club de lectura en el Instituto Cervantes de Milán.

 Fotografía por Eduardo Cano

 En primer lugar, me gustaría felicitarte por la aparición de tu nuevo poemario. La condición animal se publicó en 2016. Además, cuentas con dos libros de poesía: El álbum oscuro (2015) y El invierno a deshoras (2017) y recientemente has publicado un nuevo poemario Museo de pérdidas, por la editorial La Palma. Ahora tu producción poética es más amplia que la narrativa. ¿Coinciden tus preocupaciones como narradora y como poeta? ¿Te sientes más cómoda en la expresión poética?

Muchas gracias. Con prescindencia del género en el que trabaje, todos lo que escribo está impulsado por dudas o preguntas. Creo que la literatura aspira como la filosofía a conocer, sólo que con otras estrategias y recursos. Ambas se gestan en torno al enigma de lo que somos, de nuestra propia condición. Tienen su germen en el asombro. Sucede que, a veces, el pensamiento, la idea como hecho lingüístico que es, necesita un desarrollo más narrativo, y es entonces cuando entran en juego géneros como la novela o el relato; otras veces, la idea puede asumir la forma de un poema o de cualquier otra forma híbrida. De todos modos, la poesía y la narración breve tienen más de un punto en común; para empezar ambas trabajan con la condensación y la elipsis y en colaboración con el lector que tiene que completar esos silencios deliberados. Por otra parte, yo siento que ser poeta no es solo escribir poesía sino una forma de mirar el mundo y de relacionarte con él.

 

¿Volverás a la narrativa? ¿Qué temas o formatos te gustaría explorar en un futuro?

Sí, en el 2022 si nada se tuerce; los tiempos de publicación son lentos. No me gusta hablar de los trabajos que están en proceso de revisión aún, pero puedo adelantarte que las obsesiones son difíciles de abandonar y, por lo tanto, la escritura suele siempre rondar los mismos temas que ya abordé en mis libros de poesía y cuento: el (des)amor, la muerte, la precariedad social y política, lo que callamos o somos obligados a callar, aunque la perspectiva será diferente.

 

Con autoras como Mariana Enríquez, Mónica Ojeda o María Fernanda Ampuero, las letras hispanoamericanas reviven su edad de oro en lo que respecta a la literatura de terror y lo fantástico. Tu libro La condición animal también se inserta en esta línea. ¿Acaso esta actitud tenebrista está inspirada en alguna de ellas, o funciona al margen de la tendencia y convive paralelamente con la de estas autoras? Además, ¿por qué crees que el horror y la crueldad en clave fantástica siguen teniendo éxito entre las lectoras y los lectores?

Tengo gran admiración por las tres autoras que mencionás y coincido con vos en que mi libro puede insertarse en esa línea estética. Sin embargo, los libros de María Fernanda Ampuero y de Mónica Ojeda son posteriores al mío. La condición animal fue finalista en la long list del Premio Ribera 2015; es decir, que en el año 2014 estaba terminado. A Mariana Enríquez la sigo hace mucho, aunque La condición animal fue escrito bajo otras influencias. De todos modos, intuyo que tanto ellas como yo tenemos referentes de la literatura de género en común.

Yo no sé por qué estos géneros tienen éxito, pero sí sé las razones por las que escribo en esa clave. La primera es porque escribo lo que me gustaría leer. La segunda es porque creo que el horror y la crueldad son géneros que se prestan bien para retratar ciertos aspectos de lo político, social y cotidiano que me interesan. El mundo es espeluznante y suceden cosas inverosímiles todos los días. Basta con sentarse a ver un telediario. La presencia del horror en nuestro mundo es tan alta que, a veces, no nos percatamos de ello. Lo digo en el relato Criaturas: “El horror también puede ser una costumbre”. Así vivimos, lamentablemente, tolerando la injusticia, la corrupción, la pobreza y un largo etcétera de miserias. Los miedos acerca de los que escribo pertenecen a una tradición literaria universal, solo que atravesada por la mirada y los hechos de la contemporaneidad y de mis vivencias.

 

A la hora de abordar mecanismos de la literatura fantástica, ¿buscas referentes en los autores clásicos como Poe o Cortázar, o tratas de abrir tus propias vías hacia lo insólito? ¿En el futuro, volverás al terreno de los fantástico?

Mi inspiración en lo que hace a los géneros de terror y fantástico proviene, sin duda, de los autores que mencionás. En un texto ya canónico, Borges dice que cada escritor crea sus precursores. Mucho más modestamente, creo que los cuentistas que mencionás son, o a eso aspiro, mis abuelos o tatarabuelos literarios. Crecí leyéndolos y siempre vuelvo a ellos. Agrego otros autores de referencia, aunque la lista estará incompleta: Horacio Quiroga, Felisberto Hernández, Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges, entre los latinoamericanos y a Shirley Jackson, Philip K. Dick, Robert Aickman, Ursula K. Le Guin y H.P. Lovecraft, entre los autores de lengua inglesa. Y por supuesto, Franz Kafka e Italo Calvino. Todos ellos son mi inspiración, pero la mirada es propia y, por lo tanto, el resultado es diferente.

En cuanto a la segunda pregunta, yo nunca abandoné el terreno de lo fantástico. En mis dos últimos libros de poesía hay poemas que pertenecen a este género. Porque lo fantástico, más que un género, es en mi caso una forma de sentir y de percibir lo real. Es un microscopio que enfoca la vida no a través de sus leyes generales e invariables sino a través de las excepciones. Es también una forma de narrar lo hiperbólico, lo irracional, lo paradójico y todo aquello que lo que no podemos explicarnos de manera racional en este mundo.

 

En La condición animal, además de la problemática del mal o del pecado, se puede vislumbrar también una dicotomía de la civilización y barbarie. ¿Es viable equiparar este topos literario y cultural con la oposición humanidad-animalidad? ¿Es animalidad solamente la falta de la humanidad? ¿De qué manera definirías lo subalterno o lo animal?

En el libro trabajo sobre todo con la idea dicotómica de civilización o barbarie, que es un tema recurrente en la tradición literaria argentina. El título, La condición animal, está inspirado en uno de los muchos mitos griegos que narra la creación del mundo, el de Platón en su Protágoras. Brevemente, Zeus crea al mundo y encarga a Epimeteo (el hermano de Prometeo) que dé un don a todos los animales. Cuando le toca darle un atributo al hombre, Prometeo se da cuenta de que ha repartido todo lo que los dioses le habían entregado (picos, garras, colmillos, etc.) y que ya no le queda nada. El hombre es, entonces, el ser más indefenso de la creación. Prometeo busca remediar esa indefensión y concede al hombre, además del fuego que roba a los dioses, un elemento inmaterial: el pudor (en su sentido griego de honestidad y honor) y con él, el hombre constituye una sociedad, los trabajos son repartidos y los ciudadanos cuidan los unos de los otros, etc. Sin que medien la honestidad y el honor, nuestras conductas se vuelven dañinas, violentas, salvajes y el hombre regresa a su condición animal en el mal sentido: es un animal aislado, débil y sin nada con que defenderse.

 

Aunque la idea del libro ronde sobre todo la condición humana, los animales forman una parte indispensable de tus textos. ¿Cuál es tu idea sobre nuestras relaciones con ellos? ¿Hemos dejado de verlos como criaturas que pueblan los bestiarios o ya somos capaces de reconocer su independencia como seres no-humanos? ¿Cuál es tu postura al respecto?

El mundo animal me fascina. Me llama la atención que el hombre sea capaz de determinar la trayectoria de un cometa, pero no pueda saber el próximo paso que va a dar un gorrión. No podemos saber casi nada de la vida interior de los animales y, por ende, no podemos saber casi nada de la vida interior de nuestros semejantes ni de nosotros mismos.

Los animales de mis cuentos son más bien funcionales a la historia que se narra y, por ello, suelen encontrar un destino trágico. Por otra parte, el trato que el hombre le dispensa a los animales en el mundo real es, a poco que se piense, mucho peor que el destino trágico (literario) que yo les asigno. En este sentido, creo que todavía hay una gran labor por hacer en relación con los derechos y el trato que le damos a los animales. La literatura no puede corregir las atrocidades del mundo sino, con suerte, ser un medio más o menos eficaz de agitación. Ojalá La condición animal lo sea en este y en los restantes temas abordados.

 

Me ha gustado mucho un término que has mencionado en una entrevista, «la cartografía del mal», creo que resulta muy sugerente. Más allá de la violencia o de lo salvaje e incontrolable, ¿qué otros comportamientos y relaciones definirías de esta manera y cómo se configuran en tu libro?

Todos lo que escribo está impulsado por preguntas que me persiguen. En este caso, los interrogantes fueron: ¿Cuántos males descontaríamos del mundo, si disminuyera la cantidad de violencia ejercida del hombre contra el hombre, del hombre contra su entorno? ¿Cómo seríamos como especie, si no temiésemos el mal ajeno? La condición animal no responde estas preguntas, pero intenta trazar una cartografía del territorio del mal y, sobre todo, retratar sus orígenes diversos –el mal que proviene del Estado, de las relaciones familiares o de pareja; el mal que se origina en una venganza, en deseos reprimidos; el mal ocasionado por las mentiras, los engaños y por los abusos sexuales; el mal que proviene del daño ecológico; el mal derivado de la enfermedad, la locura o la muerte– y los modos diferentes de comportarnos cuando nos encontramos ante esas situaciones límites.

 

En el relato que abre tu libro, «Una casa en las afueras», me llama la atención la fluidez entre las características animales y humanas. Abundan los símiles animales a la hora de hablar de ciertos personajes (por ejemplo, los pandilleros o la protagonista) y, sin embargo, los gatos no solamente cuentan con nombre propio, a diferencia de los demás, sino que también se percibe su antropomorfización (sobre todo en el caso de Philip). A la hora de construir tus personajes, ¿piensas en su deshumanización o animalización específicamente? Como autora, ¿cómo concibes y diseñas las personalidades de tus protagonistas? ¿Cómo decides las direcciones que van a tomar estos procesos?

No pienso en términos de deshumanización o animalización específicamente porque creo que el trabajo de un escritor no es juzgar a sus personajes, ni clasificarlos sino solo tratar de exhibirlos sin pudor, aun cuando se trate de personajes deleznables. En decálogo que escribí (sí, yo también tengo un decálogo para escribir un cuento), digo: No juzgarás a tus personajes, aunque cometan actos impuros, y no dejarás que se excedan por tus páginas como marqueses libertinos: no eres su amo, tampoco su siervo. Específicamente en el cuento que mencionás era importante para mí mostrar la soledad de la protagonista cuyo único vínculo afectivo son los gatos y también mostrar la brutalidad en el comportamiento del grupo de adolescentes. Por ello, los gatos asumen características antropomórficas y los adolescentes, animalescas, como bien decís. 

En cuanto al diseño de los personajes, te diría que trabajo mucho con mis propias emociones, aunque también tomo prestadas las características y reacciones de todos y todo lo que me rodea. Un escritor es un arqueólogo de sí mismo y, si debe construir un personaje celoso, debe excavarse y explorar sus propios celos. Aunque uno no sea, por regla general, una persona celosa, habrá padecido celos alguna vez. Se trata entonces de explorar cómo uno se sintió y después, magnificar o reducir esas emociones según lo necesite el personaje. La escritura es un ejercicio de autoconocimiento y escribir es dialogar permanentemente con nuestros conflictos, debilidades, obsesiones, dudas y culpas.

 

En varias ocasiones, tanto los críticos como tú habéis llamado la atención sobre la estructura del libro basada en los cuatro elementos primigenios de la filosofía presocrática. Las imágenes, las atmósferas y las propias historias construyen un universo propio y cerrado del libro. Sin embargo, en varios relatos se puede percibir también otra noción: la de los ritos de paso. Tus personajes se inician en la violencia, en el sexo, en la muerte, en la paternidad, etc. ¿Los momentos de cambio favorecen la pérdida de la condición humana? ¿Cómo nos afectan los ritos de paso y nuestra percepción de la realidad y de nosotros mismos?

Al igual que Rilke pienso que la creación del artista es una puesta en orden y por ello, mis libros tienen un orden meticuloso. Los momentos de cambio son, efectivamente, momentos difíciles en los que nos ponemos a prueba. El hecho de ser buenos, pacientes, tolerantes no puede ser sólo el resultado de nuestra constitución o naturaleza, sino que son virtudes que deben ejercerse desde la dimensión ética, a pesar de nuestros instintos. Debemos ser educados en el bien, en la tolerancia y en el respeto.  No creo que esos ritos de paso sean causa por sí solos de la pérdida de nuestra condición humana, pero en ocasiones pueden dar lugar a situaciones que Freud calificó como siniestras; es decir, aquellos momentos en que lo familiar se vuelve desconocido o en las que sale a la luz lo que no debía ser revelado. Y es en ese momento donde nuestro peor costado puede exhibirse. Somos seres frágiles, qué duda cabe, pero también somos capaces de amar aun en las situaciones menos favorables. La condición animal intenta sumergirse y bucear en los temblores, miedos e inseguridades de cada uno de los personajes; en ese sentido, diría que el tema que los vincula (además del mal que es la columna vertebral de libro) es que son exhibidos desde sus debilidades, pero también desde la ternura, el amor y la solidaridad.