¡A ver tú, Marco Aurelio! “Alcalá Norte” y los chavales de Madrid
Alcalá Norte, Alcalá Norte, 2024
12 euros
En 2024, llegó a los oídos madrileños Alcalá Norte: un disco con ritmo, lúdico, pero en sintonía con las preocupaciones de su tiempo. El grupo homónimo, integrado por Álvaro Rivas, Jaime Barbosa, Juan Pablo Juliá “Juampi”, Pablo Prieto “admin”, Laura de Diego y Carlos Elías “Dr. Rock”, ha puesto en el ojo público un estilo musical que, si bien es cierto que últimamente tampoco permanece oculto, puede tener poca visibilidad. Su propuesta es nueva, pero castiza, a su modo. Sin abandonar ritmos y guitarras, de sus letras se extrae la conciliación entre lo de antes: la historia, convertida en referente maleable; y lo de ahora: un lenguaje coloquial, la cultura popular actualizada, memes y horrores. Las canciones que conforman el disco son todo menos analgésicas. Algunas recuperan mitos y emblemas de las tradiciones, de las religiones… y los reinterpretan críticamente bajo la paradoja que golpea a las juventudes: la pobreza y la riqueza.
La música es otro de los productos de la cultura que, en los últimos años, se ha posicionado contra la explotación de clase. El arte se precariza, como la vida que a veces narra. En “La Sangre del Pobre”, los hombres martirizados cargan con el peso del capital, pero ellos pesan poco. O por lo menos eso dice la balanza de Dios. La canción se construye sobre alusiones a la historia de la economía y a las políticas coloniales, así como fundamenta su mensaje en metáforas ―físicas― del dolor ―psíquico― que produce la miseria. Una miseria sobre la que “eyacula” el rico, eslabón de una estirpe de poderes siempre reproducibles. La canción habla sobre las dificultades para subsistir en el régimen capitalista, y de los castigos que sufren las pequeñas rebeliones. “La Sangre del Pobre” denuncia que las víctimas resisten en un “cuarto de purga del viejo Transvaal”. Con este tema dialoga “420N”, canción en la que el último 20 de noviembre franquista es igual de caótico, lluvioso y oscuro que el día del Mundial de Qatar. Estos dos eventos contextualizan el ecosistema laboral que atraviesa la existencia de un todos llamado Mario, habitante de Valladolid. Mario no habita un cuarto de purga, pero sí trabaja largas horas en una simbólica cámara de gas. Mario cree en un porvenir, convence a su madre de que llegará un futuro próspero. Pero, en un texto naturalista, el desenlace es siempre trágico: Mario fuma un porro. Se incendia la casa. No se despide de su madre. Las pequeñas y absurdas tragedias se abstraen para alegorizar sobre un hoy sombrío, desesperanzado.
La precariedad existe desde siempre… “¿Qué haría usted si le tocase el Gordo?”. Un hombre humilde es preguntado por un curioso periodista en el Madrid de los años 30 del siglo pasado. Este es el preámbulo que, según Jaime Barbosa, da sentido y contenido al tema estrella del disco, “La Vida Cañón”, convertido ya casi en himno generacional. La lucha enquistada entre la comodidad y la autenticidad toma un lugar relevante en una canción curiosamente profunda. “¿Que qué haría yo?”, pues nada de lo que ha hecho hasta ahora: este hombre seguiría yendo al teatro y disfrutaría de los toros, solo que aprovecharía las mejores butacas. También se permitiría acicalar y adornar a su señora con las mejores galas: “Peineta pa’ mi chica y un mantón / Butaca en teatro / La vida cañón”. El delirio que incita a imaginarse el rey del teatro y el señor de la plaza de toros, el ascenso al mundo del deseo cumplido y la contradicción entre la realidad y el orden de las promesas insatisfechas son algunos de los temas que componen el retrato de “La Vida Cañón”: de un hombre atrapado en los muros de su miserable condición y del Madrid sucio, pero auténtico, del siglo del descontento.
Para Madrid, esta reflexión se traslada en “La Calle Elfo”. Todos queremos “un pisito en la Calle Elfo”, o no. En toda una senda de sentidos sobre la precariedad, entra en juego la protesta del que solo quiere tener acceso a una vivienda digna; del que vive bajo condiciones de angustia, en la incertidumbre “entre afanes y negocios de los entes” a los que no reconoce. El tiempo se capitaliza: asumimos con dificultad una moralidad teórica, pero las preocupaciones diarias son prácticas. Ningún dios va a cumplir el deseo. Alcalá Norte dice que “es la casa del pobre la más cara de limpiar / Es Stalin tu padre y el de todos los demás / Es el amor de madre una cuestión social / Son esos ojos negros los que aprendieron a odiar”. Somos víctimas de la coartada de los Estados, hijos del hermano mayor orwelliano, y los cuidados forman parte de las dinámicas socioculturales del día a día. Así lo demuestra también un “Supermán” que circula por la A-2. Es este un héroe que recuerda sus años como repartidor de Glovo en Túnez. La canción introduce el tema de la migración y las penurias en los lugares de destino. También el de la desigualdad, la competitividad y el racismo en este ámbito. Estas relaciones se dan en el seno de una Europa bajo la sombra de conflictos, diríamos, sin mayor relevancia. La épica del fútbol, muy presente en el disco, trasluce la crítica: “¿Por qué esos brazos en jarra tras la batalla de Kiev? / ¿Por qué alejarte de ellos cuando ganan?”. Porque nos importa más la marcha de Cristiano Ronaldo del Real Madrid que las bombas que caen en el Este.
“No te vayas, Ronaldo, no te marches de aquí / Quédate con nosotros, pasa de ellos, tú eres de aquí”. Así acaba “Los Chavales”, una de las primeras canciones del disco. En castellano, catalán o francés diría que el fútbol no es un espacio revolucionario para los chavales. Lo es más el rock. En la canción, las masculinidades jóvenes analizan sus incongruencias. El falo de Lacán sigue muy vivo. Los chicos continúan viendo la vida como una lucha, como trinchera constante frente a los hombres otros, considerados enemigos: como en la Revolución Francesa. Los chavales subsisten a expensas de la gloria y la victoria. Para conseguirlas, hay que recurrir a las armas… No hay otra. “Aux armes, etcétera, aux armes, etcétera”…
Otra parte del repertorio de Alcalá Norte profundiza en las raíces de la historia. El pasado se entromete en “No Llores, Dr G”, un retrato renovado del ministro de propaganda nazi y del ideario visual de su movimiento. El yo se dirige a él en segunda persona, y lo define a través de negaciones. Goebbels “roba”, “se fuga”. No puede escaparse de sí mismo ni “hurtar”. El personaje es un ideólogo, gran soñador de una utopía terrible. A través de su propia imagen, imagina un mundo de seres homogéneos: “Goebbels se mira en el espejo / y ve muchos chicos con su corte de pelo / y un traje diseñado por él”. El narrador le insta a no ser vanguardista y dejar la novela autobiográfica que escribe: a abandonar sus pretensiones creativas si son destructivas y pudrir su “recto intelecto contando barcos y piezas de hierro”. Alcalá Norte dirige su petición a un pasado inmodificable, personificado en la locura. Goebbels se mira al espejo y llora y ríe y llora sin parar. La canción compromete la idealización si esta conlleva la muerte, objetivo principal de la mente perversa del victimario.
Vayamos más atrás… No es casual la cuestión de la Reforma protestante, o por lo menos no para Alcalá Norte, que saltándose a la torera los requisitos mínimos exigidos por el apetito musical de la juventud de nuestro tiempo, se ha atrevido a componer un tema, “Westminster”, que trata precisamente acerca de su efecto en la conciencia moderna. Pocas canciones han presentado un carácter tan excéntrico y descriptivo como este, tan marcado por el personalismo intrínseco a la creencia religiosa; nunca el dictado de un extracto de la Confesión de Fe de Westminster había resultado tan tétrico y a la vez tan atractivo para la movida juvenil. El machacón zumbido, pomposo y eléctrico, que azota la voz de Álvaro Rivas da una idea del sentido de este tema que, lejos de caricaturizar o simplificar el fenómeno, lo vivifica, promoviendo su comprensión. Si acaso la intención del grupo es hacer de una canción una lección de historia digerible, van por buen camino, porque la peña se lo está tragando.
La melodía electrónica y, ahora, oriental resuena en las dunas del paisaje marroquí. Un guerrero árabe, mártir y héroe, se enrola frente a los franceses y la explotación colonial de su tierra. Lucha en su contra ya sea en “las praderas jugosas del Sus” como en “las orillas del Draa”; sin embargo, también perpetra, con el ánimo que le dan sus ideales, crueles crímenes contra campesinos rebeldes que, alzando el “puño crispado”, se resisten a la fuerza de sus dogmas. Esta melodía, a medio camino entre lo muy antiguo y lo muy moderno, llamada por Alcalá Norte “El Guerrero Marroquí”, pone de manifiesto la doble cara de un guerrillero que, afectado por una circunstancia hostil, se vuelve objeto tanto de leyenda como de infamia en un cruce interesado de perspectivas. “Héroe, bestia, mártir”, ¿qué es el guerrillero marroquí? Suponemos que depende de a quién le preguntes; Alcalá Norte no nos una respuesta. Podrá el oyente interpretar un tema que bien podría servir para lanzarse a bailotear al estilo rave como para ahondar en el sentido de la lucha y la defensa de lo que uno cree justo.
Alcalá Norte no solo nos invita a reflexionar acerca de la religión, de la guerra o incluso de la marginación; también nos anima a sentir y a compartir el inmenso dolor que siempre acompaña a la humillación en su tránsito hacia el calvario. Si al escuchar “El Rey de los Judíos” notas un “cosquilleo frío”, habrás captado el rollo de este tema, tremendamente sugerente por el significado que esconde. Cristo se erige en principal protagonista de una trama marcada por el lento paso hacia la muerte definitiva. Ojos condescendientes, compasivos y sufrientes se funden en la mirada firme que señala al rey de los judíos en su tránsito hacia la cruz, que mellará sus manos y acabará con el fulgor de su vida. Es el propio profeta quien, elevando la vista, observa cómo la gente se petrifica ante su paso y aprovecha su decadencia para quitarle hasta los mantos que recubren su cuerpo (“Siento que te voy a ver te frente / Mientras me rodeo de gente / Y mi ropa echan en suertes”). Quién sabe si la figura de Cristo no es aquí expresión de la condición de todos nosotros, obligados de vez en cuando a ver, humillados, cómo vamos caminando lentamente hacia nuestra propia crucifixión.
La guerra despersonaliza a aquel que la hace y a aquel que la soporta. Bélgica sufre el azote del punzante metal de los hermanos Jünger mientras los jóvenes soldados participan en “mil orgías de exterminio”. Los Estados se enfrentan en un duelo salvaje por su existencia, arrojando a su población al pozo sin fondo de la sangre y el dolor. “Langemarck” muestra un escenario cruel para el oyente que, puesto de frente con la realidad de la guerra, avanza como los soldados rasos hacia su exterminio, “caminando sobre cascos”. Esta canción, no apta para todos los públicos, insiste en brindar otras sensaciones que trasciendan a las habituales en un mundo a veces anodino y superficial. Uno se imagina a sí mismo trotando con el alma seca y los pies helados en las cimas de los cráteres que las bombas dejaron como regalo de despedida. Aterrador, pero necesario.
Creemos que todo ello hace de Alcalá Norte un álbum recomendable, y que su reciente éxito es más que merecido. Los melómanos valoran su canto a la actualidad, su tratamiento con humor, pero sin condescendencia, del tiempo ido: la visión pesimista del tiempo que está y del que vendrá. Alcalá Norte incorpora nuevos medios para abordar lo que a muchos chavales les interesa poco, aun si debe importarles. En definitiva, destacamos su buena onda para traer a colación la crítica al totalitarismo, a la opresión de clase, así como conceptos de la filosofía y otras áreas de pensamiento. Solo así pueden contribuir a quebrantar doctrinas. Hay que confiar en las juventudes que se abren paso en un panorama artístico hostil y decadente.
