Silencio de cocodrilo
Una madre tan torpe como yo desea con toda el alma la compasión de una madre tan sabia como usted. Para poder narrarle todo sin echarme a llorar necesito tomar suficiente aire, permítame un momento, por favor. Cuando el sistema nervioso se descontrola, el oxígeno se comporta como un pez cruel y huidizo, ¿no le parece? Ay, qué gran idea ha sido esta de cambiar la ginebra por el reposo, la atención profesional y la valentía. Pasar aquí una temporada me hará bien, de eso estoy convencida. No me lo está preguntando, pero hasta hace un mes, para hablar acerca de mi hija, necesitaba al menos un par de botellas. El alcohol logró disolver en algún grado el horror; la sobriedad, en cambio, actuó como engrudo, usted me entiende porque ha pasado por lo mismo, es como si una mano invisible me hubiera desgarrado las entrañas. Con el tiempo he comprendido que quizás la verdad es la única tentación a la que quiero ceder. Usted me inspira confianza, hay algo en sus ojos que me pide a gritos que ya no me guarde todo este dolor, y hoy no tengo ganas de ocultar el destino fatal de mi familia. Le agradezco por la confianza que depositó en mí ayer, por contarme, mientras los demás dormían, lo que les ocurrió a sus hijos. Voy a empezar diciendo que me quedé sola con esta historia hace seis meses y me parece que ahora es lo único que de verdad tengo. Perdone si gimoteo, es que todo sigue muy fresco. No voy a darle más vueltas, la tragedia comenzó hace treinta años cuando Ciro, mi difunto marido, la verdad es que no creo que descanse en paz, ingresó al pabellón de maternidad para conocer a nuestra hija, la cuarta luego de tres varones. Lloró de felicidad al verla entre mis brazos, tan guapa, trigueña y despierta, envuelta en una manta de lanilla blanca que le tejí yo misma. Grandotes y tan oscuros eran los ojos de mi niña. Antes de arrullarla, Ciro la llamó, no por su nombre, sino Cocodrilo, no sé de dónde sacó ese apodo tan detestable. Con el tiempo lo redujo a Coco. Yo, como la enclenque de alma que he sido desde chiquita, renuncié a llamar a mi hija por su verdadero nombre para no generar disputas con el demente señor con el que tuve la desgracia de casarme a los dieciocho años. El vestido lila con encajes que compré para el primer cumpleaños de la nena quedó guardado en un cajón porque Ciro le mandó confeccionar a su sastre de confianza un raro enterizo verde militar. Cuando se hizo más grandecita, la llevó cada mes donde su barbero para mantenerle el pelo al rape, aunque ella no estuviera de acuerdo e hiciera una moderada pataleta, siempre fue muy silenciosa. Moños, diademas, coronas y hebillas quedaron rotundamente vetados. «Nada de bloqueador solar, Coco, hay que exponer el pellejo», le decía cuando salían juntos los fines de semana a montar en bicicleta, jugar fútbol o correr por la localidad. En varias ocasiones pude armarme de valor y protestar, pero mi marido me calló de todas maneras. «Encárgate tú de los jayanes, yo estoy educando a Coco», me decía con voz rotunda. Tuvimos tres hijos varones a los que nunca les exigió ni siquiera buenas calificaciones, ellos podían hacer casi lo que les diera la gana. Cuando la niña mudó de dientes, mi marido tuvo la idea de amarrárselos con un hilo que ataba a la pata de la cama y luego arrastraba sin piedad hasta que la pieza dental quedaba bamboleando y ella, pobre, con la boca por completo ensangrentada. Usted dirá que estoy loca, pero sé que el sobrenombre que eligió Ciro marcó su destino, incluso su fisonomía. Los dientes permanentes de mi hijita eran extraordinariamente irregulares y afilados y el poder de sus mandíbulas inconmensurable, su piel era escamosa, dura y seca, un deleite para sus hermanos que no hacían más que burlarse de sus particularidades físicas. Mi horror creció con los días, pero el valor no me alcanzaba para intervenir, una suerte de parálisis mental y emocional se fue apoderando de mí. No fui capaz de contárselo a nadie, tampoco de pedir ayuda profesional, y eso que tengo un primo en segundo grado que es psiquiatra. ¿Qué decía la nena? Nada. Absolutamente nada. Lo más aterrador de esta historia es su silencio, jamás protestó, no se opuso a las órdenes de su padre, obedecía como un borreguito, llevaba con incómoda resignación su destino. Cuando mi hija cumplió nueve años, Ciro la llevó de cacería, empezó a obsequiarle dardos, pistolas de juguete y balones de fútbol. Para un Halloween le compró, no el disfraz rosa de bailarina clásica que habíamos elegido, sino uno marrón y burdo de indio Cherokee. Ciro no mostraba piedad ni escuchaba mis súplicas. La exhortaba a lanzarse por toboganes retorcidos y enormes, y a nadar en la parte más honda de las piscinas, también le enseñó a cruzar con temeridad las más grandes avenidas y autopistas de la ciudad. Nada ni nadie podía detener a Ciro en su empeño de convertirla en una mujer verdaderamente fuerte. En la finca, mi hija era la encargada de torcerles el pescuezo a las gallinas del sancocho, además de cortarles la yugular a los cerdos que enseguida colgaba y desangraba para sacarles las vísceras, cortarlos, y finalmente, asarlos. El desalmado de Ciro no me permitió enseñarle a preparar a nuestra hija galletas, jugos, ni tortas, porque según él, esas prácticas la debilitarían, por eso le ordenaba asar kilos de carne en la parrilla mientras sus hermanos asaltaban las bandejas repletas de manjares y tendidos en las mecedoras acababan con barriles de cerveza. Mi hija se convirtió en una jovencita feroz, sus ojos reflejaban bravura, insatisfacción y una primaria tristeza que yo no supe contener. Me duele el corazón. Ciro adquirió la aterradora costumbre de visitar a los Buenaventura acompañado de la niña, ellos son los vecinos más antipáticos que alguien puede tener. En el antejardín Ciro la empujaba a las fauces del par de doberman que la olisqueaban con desesperación desde otro lado de la reja. A veces, para celebrar las calificaciones sobresalientes de la niña, porque era muy inteligente, además, Ciro la invitaba a cuanta taquería, pero era él quien se encargaba de poner en la comida de la nenita cantidades absurdas de chile habanero rojo. Ciro también la llevó a la casa de Evelio, la más tenebrosa de nuestro vecindario, murmuraban que bajo el tablado de su habitación ocultaba la cabeza de su mejor amigo, a quien, dicen las malas lenguas, envenenó solo por un timorato intento de seducción a su joven esposa. Usted podrá imaginarse que Ciro le exigía la niña no llorar en público, ¿y qué hacía yo mientras tanto? Ser la madre de los brazos cruzados y la boca sellada. Qué crueles fueron mis hijos con su hermana menor, no perdían oportunidad de irritarla, maltratarla y atacarla, una vez sabían su objetivo cumplido, le gritaban al unísono: «Ya cállate, lágrimas de cocodrilo». Cuando mi hija cumplió quince años no hubo fiesta, Ciro se la llevó al Amazonas para que conociera, entre otros animales, a Tarsicia, una tarántula de más de veinte centímetros con el cuerpo cubierto de pelo negro que Ciro le acomodó en el cuello a la nena para tomarle un montón de fotografías que exhibió luego en las redes sociales, en el pie de foto decía que su hija era la jovencita más aguerrida de la Tierra. El día del grado de bachillerato de la niña, le regaló unos guantes de boxeo y la llevó un fin de semana a los bosques andinos para que exploraran juntos cuevas de murciélagos. La invitaba con cierta regularidad al estadio, le imprimía artículos sobre lo que a él más le interesaba: historias de faquires, mecánica automotriz, proezas de Hércules, filosofía alemana, karate, pilotaje de aviones, grandes epopeyas y electricidad. Ay, de verdad, no se imagina cuánto le agradezco por escucharme con tanta atención. Sí, claro, yo percibí los problemas de salud mental de mi Ciro desde el nacimiento de la niña, no soy tan imbécil, pero no tomé medidas al respecto, ya ve, soy un ser humano bastante cobarde. Usted sabe que el miedo puede más que el amor. La niña poco a poco fue tomando una expresión, cómo decirlo, como de autómata, parecía ida, como hundida en otra realidad, lo que llegó a angustiarme, pero jamás me atreví a preguntarle cómo se sentía soportar durante tantos años las extravagancias de su padre. Cuando terminó la universidad, Ciro le obsequió a mi hija un sable, que ella usó esa misma noche para terminar con la fuente de su desgracia. Mi nena guardó el odio mientras pudo, pero en algún momento tenía que estallar. Primero le mordió la cara, luego le hundió el sable en el vientre. Escuché que los cocodrilos de agua salada lloran después de comerse a sus víctimas, lo hacen porque el hecho de apretar la boca favorece la secreción de lágrimas, no porque lo lamenten. Ciro cambién le había regalado una motocicleta de alto cilindraje a la nena, que huyó sin decirme una palabra. En fin, lo único cierto es que el desgraciado, que no descansa en paz, como ya le dije, la obligó a buscar la muerte. Sobra decir que su trágico final ha sido mi mayor derrota, yo habría podido salvar a la nena. ¿Mis tres hijos? Asistieron a los funerales, me llamaron “madre inservible” y emigraron enseguida. Ay, usted me inspira tanta confianza que podría pasar el resto de la noche contándole todo lo demás, pero por hoy lo mejor será que nos vayamos a descansar, no quiero que le llamen la atención, ya se imaginará que no soporto una culpa más. Me gustaría, cuando salgamos de aquí, invitarla a unas ginebras a un bar del centro que conozco y así narrarle el resto de la historia, ahora no soy capaz, escuche cómo se me quiebra la voz, ahora mismo no me da el alma ni el cuerpo. Mi sistema nervioso se ha descontrolado de tanto recordar a mi pobre nena, el oxígeno ha vuelto a ser un pez cruel y huidizo. Será mejor que me calle y la deje dormir antes de que venga la enfermera. Ay, antes de irnos a dormir, le quiero contar algo. Hoy, 17 de junio, mi niña estaría cumpliendo veinticuatro años, lo curioso de asunto es que también hoy se celebra el Día Mundial del Cocodrilo. ¿Coincidencia? Estoy segura de que la vida está tratando de decirme algo, ahora mi misión es averiguar qué. Gracias por escucharme. Hasta mañana.
Sonia Ramón
Bogotá, julio de 2024

Sonia Ramón
(Bogotá. 1978). Publicista, egresada del Taller de Escritores de la Universidad Central, especialista en Creación Narrativa y máster en Programación Neurolingüística. Ha sido ganadora y finalista en varios certámenes en Colombia. Algunos de sus textos han sido publicados en el diario El Tiempo, revistas literarias impresas y virtuales en Colombia, México, Venezuela y Chile, así como en diversas antologías. Desde 2009 se desempeña como asesora editorial independiente. Es creadora de El cuervo en el espejo, un laboratorio de exploración personal, sensorial y creación literaria. Actualmente vive en Bogotá. Más en: www.soniaramon.com. Instagram: @sonia_ramonv. Correo electrónico: sonia@soniaramon.com.
