El lenguaje como experiencia. Entrevista a Mónica Ojeda

por Mar 3, 2021

El lenguaje como experiencia. Entrevista a Mónica Ojeda

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Mónica Ojeda es una escritora ecuatoriana. Ha publicado tanto poesía como narrativa. De este último género, cabe resaltar las novelas La desfiguración silva, que mereció el premio Alba Narrativa de 2014, Nefando (2016) y Mandíbula (2018). Por otro lado, ha escrito los poemarios El cielo de las piedras (2015) e Historias de leche (2020). Asimismo, ha publicado relatos en los volúmenes Emergencia. Doce cuentos iberoamericanos (2014) y Caninos (2017). Es en este último género donde se enmarca la publicación en la que nos centramos en esta entrevista, Las voladoras, publicado por Páginas de espuma en 2020.

Fotografía: Sergio Cadierno

Quisiera empezar preguntando por el género fantástico o, en general, sobre lo que podríamos llamar, de manera amplia, la ficción no-mimética. En Las voladoras (2020), tal como comenté en la reseña que escribí para Contrapunto, tienes un tono que se acerca mucho al realismo más sórdido y lo combinas con elementos frontalmente irreales o imposibles. Entonces, la pregunta: ¿cómo concibes tú lo fantástico y la literatura no-mimética? Más allá, ¿qué razones hay detrás del hecho de que lo uses en tus relatos?

La verdad, si te soy sincera, no me planteaba hacer ningún tipo de literatura fantástica. De hecho, no sabría si catalogar todos los cuentos como fantásticos. Creo que ninguno pertenece al género, aunque tengan rasgos de este, que es distinto. Lo que me interesaba era plantear la posibilidad de establecer un paralelismo entre dos caminos que avanzan a la par en los relatos. Uno tiene que ver con la violencia del mundo real, cotidiano, tangible. Es la hostilidad que sucede en la mayoría de los textos. Y luego, ese camino avanza simultáneamente con otro: el aspecto mítico, simbólico, de narración oral, de una visión de la vida desde cierto misticismo. Hablo de una forma de entender la violencia a través de relatos orales que tocan aspectos que podríamos llamar, ahora sí, fantásticos e irreales. Quería que ambas líneas avanzaran a la par, que una no soslayara a la otra. Por ejemplo, en “Cabeza voladora” está el tema de las Umas y avanza con el del feminicidio. No se opacan entre ellos, sino que dialogan. Quería hacerlo así porque, me parece, es lo que ocurre con los temas de violencia en el contexto andino que estoy tratando. Los mitos y las narraciones orales son una forma de explicar la violencia del mundo, dar una especie de orden al caos a través de historias.

 

Eso llamó mi atención, la manera en que te acercas a la mitología, digamos, de las culturas latinoamericanas y específicamente andinas. Partes de una tradición y, al mismo tiempo, la usas para construir un discurso crítico en torno a la cultura de la que proviene dicha tradición. Hay una forma subversiva, diría yo, como lector. Acaba siendo una vía para interpelar lo real, incluso cuestiones sociales complejas y difíciles, de manera potente.

Quizá es potente porque, aunque apela a elementos no-miméticos, como dices, tiene que ver con cómo funcionan nuestras mentes. Las colectividades se articulan a través de relatos en torno a la realidad. Buscan generar discursos sobre las situaciones tangibles del mundo. Estos relatos son muy diversos. A mí me interesaban los que tenían que ver con lo mítico y lo simbólico, que existen en todas las sociedades, aunque yo me centro en la zona andina. ¿Qué tipo de relatos se construyen en esas sociedades para entender la naturaleza, la muerte, la vida? ¿Cómo se explican fenómenos que, en el fondo, son problemas existenciales y filosóficos complejos, pero que se tratan de articular de manera relativamente sencilla?

Efectivamente, no trabajo un realismo. Sin embargo, hablo de lo que ocurre con la mente de las colectividades y cómo se expresan. Yo no sé si la mente funciona de manera realista, creo que está en otro plano.

 

Has usado un par de veces el término “simbólico” y es, en mi opinión, uno de los más eficaces para hablar de tu libro, Las voladoras. Yuri Lotman decía que la literatura funciona como una especie de lenguaje secundario: parte de una lengua dada, el castellano, por ejemplo, y produce significados nuevos que no podrían ser transmitidos de ninguna otra manera. Decir que todos los libros logran esto puede ser aventurado. Ahora, en tu volumen el nivel simbólico es constante, los textos buscan construir distintas capas de significado.

Tengo una especie de obsesión con el símbolo, y con el paisaje a nivel simbólico. Si horadas un poco en la constitución de los símbolos, encuentras la expresión de emociones primordiales. Eso me interesa profundamente. Por ejemplo, lo que puede significar el cóndor para países andinos. Para empezar, es un emblema y, más allá, era como una suerte de ave fénix para los incas. Ahora, si horadamos más, vemos que estamos hablando de un animal carroñero, que se alimenta de la muerte. Me interesa ir a ese fondo: ¿por qué esta ave es representativa de nuestros países y para los incas era algo bello y relacionado con buenos presagios, cuando es un animal que se alimenta de la muerte? Habla de cómo se constituye el imaginario colectivo de las culturas de los andes, en las que la muerte no es vista como algo negativo. El rechazo a la muerte es algo occidental, donde sí que se la ve con miedo. Entonces, si horadas los símbolos, encuentras cosas muy ricas.

 

Como lector, percibo en Las voladoras un discurso crítico feminista. Sin embargo, en ningún momento cae en lo panfletario. Entre otras cosas, gracias a la forma en que, como dices, te aproximas a los símbolos: exploras la amplitud del discurso crítico sin dar concesiones a nadie, no hay posicionamientos fáciles.

Creo que es imposible hacer literatura desde la simplicidad. Hay que rizar el rizo, ir a las capas más densas de complejidad, huir de los maniqueísmos. La escritura no puede ser expresión de un pensamiento lineal, ya no sería literatura. Entonces, yo, como persona, soy feminista y antirracista. Tengo unas posturas políticas muy claras. Pero, cuando escribo, hago otro ejercicio del pensamiento, que no tiene que ver ni con denunciar ni con reivindicar. Eso lo hago en otros espacios. En la literatura, exploro o indago. Y allí sale de todo. Por supuesto, aparece la violencia que sufren los cuerpos de las mujeres. Porque no escribo desde una zona neutral: escribo como mujer, tengo una edad, soy latina, además ecuatoriana, además migrante. Hay un montón de cosas que atraviesan mi escritura. Sin embargo, no escribo pensando en hacer un discurso en torno a ello. Es algo que sale de forma espontánea, pulsional. Por eso es sincero, honesto y complejo.

Luego, como huyo de los maniqueísmos, porque las cosas nunca son tan sencillas, la mayoría de las protagonistas en mi libro de cuentos no son solamente víctimas, también son victimarias. Hay una forma de ver la agencia y de entender cómo funciona la violencia, que es un uróboro: alguien ejerce violencia sobre otro cuerpo y esa otra persona aprende a ejercer la violencia sobre un tercer cuerpo. Ser víctima no es un estatus ontológico, puedes dejar de serlo para convertirte en victimario de otro. Mis personajes aprenden a tener tácticas de supervivencia que son absolutamente violentas, porque viven en la hostilidad.

 

En muchos de tus cuentos hay varios puntos de vista. Pienso en “Soroche”, como un ejemplo prominente. Me parece que hay un discurso crítico en el texto, contra el heteropatriarcado. Ahora, las cuatro amigas que protagonizan tienen voz y ninguna es absolutamente buena. Por el contrario, hay tensiones entre ellas que resaltan por la polifonía del relato.

Lo interesante está en los matices. Eso es lo que me interesa cuando escribo: las zonas opacas, donde no se puede ver con claridad. Intento ir hacia esos lugares y sacar algo de la opacidad. Si las cosas estuvieran tan claras, quiénes son los buenos y quiénes son los malos, sería algo poco interesante, al menos en la literatura. Sería aburridísimo. Leemos para descubrir esas zonas donde uno dice: “no sé qué hay aquí, pero intuyo algo que me saca del lugar de confort, del pensamiento claro”.

 

En tu libro veo algo que es recurrente en la buena literatura: la búsqueda por incomodar. Por un lado, la violencia y el cuerpo se trabajan de manera muy cruda. Por otro, las situaciones se presentan frontalmente. Asocio esto con lo que hablamos de lo fantástico y lo no-mimético: los géneros no-realistas deberían incomodar, hacernos interpelar lo real y la idea que tenemos del mundo.

Lo emparento más con el tema de lo siniestro, como lo describía Freud: la grieta en lo cotidiano. Es allí adonde suelo ir. Pero esa grieta se vislumbra en medio de una cotidianidad y de una rutina y de una normalización de la violencia. Los cuentos de Las voladoras están sumergidos en determinadas hostilidades y los personajes están acostumbrados a ellas. Hasta que algo les rechina y les hace salir de la normalización de la violencia, para vislumbrar esa situación en la que están. Pero, muy brevemente. En el relato inicial, que lleva el mismo título del libro, ese elemento de quiebre es la voladora que llega a la casa. En “Sangre Coagulada”, es esa situación que intuye la niña al ver que la abuela está muriendo y que ella tendrá que hacer todo el trabajo. En todos hay un momento en que hay una grieta, la cotidianidad se rompe para dar paso a la idea de que mi mundo, a lo mejor, no es lo que yo pienso que es. Ese es el tema que me atrae.

 

Necesito desviar un poco hacia otro aspecto del libro que me llamó la atención: la forma. Usas herramientas que yo, ingenuamente, asociaba más a la poesía. Ahora, tú las utilizas para complementar el ritmo del discurso narrativo y para aumentar la sensación de extrañeza. Las voladoras es un libro que plantea cosas muy interesantes desde el punto de vista formal.

Quizá tiene que ver con mi poética. Para mí, la escritura busca generar una experiencia. Esa voluntad de generar experiencia es lo esencial. Lo de contar, en contraste, llega a ser poco importante. No es la historia por lo que estoy escribiendo. Para mí, la anécdota es un medio para llegar a algo más importante, que sería la experiencia con el lenguaje. Eso hace que colinde mi visión escritural con la poesía. La escritura no solo tiene un nivel de significado, sino que tiene, sobre todo, un nivel de sentido, en la amplitud del término. Por un lado, apunto a las posibilidades despiertas de aprehensión del mundo. Pero, por otro, a los sentidos de forma concreta. La palabra es ritmo, cadencia, sonido, música. Toda esa visión de la palabra es poética. No es solo lo que dices, sino cómo lo dices. El lenguaje es como mágico, la palabra tiene una especie de conjuro, como diría un chamán. Si te dicen algo de una determinada manera, hace toda la diferencia. Me pasa en narrativa y en poesía. Veo ambos modos de escribir como parte de lo mismo. De hecho, al escribir narrativa, siento que alcanzo una experiencia poética. Porque la poesía no está supeditada al poema, lo excede.

 

Pero no es una visión tan común. Hay muchos autores que no escriben desde esa perspectiva

Hay distintas posturas. Hay escritores que son plenamente narradores y escritoras que son plenamente narradoras. Lo que les importa es contar bien y el lenguaje está supeditado a las necesidades de la historia. Para mí, es al revés: la historia está supeditada a la experiencia del lenguaje. Ambas visiones están bien y, como lectora, me gustan las dos. Solo que, como escritora, me ha tocado ser esto. Una no decide al cien por ciento qué tipo de escritora se es, solo notas que tienes una relación con el lenguaje específica. Y la mía es esa: muy sensorial, muy poética, incluso al escribir narrativa. Si lo falseara, me saldría algo impostado.

 

Pasemos a las últimas preguntas. Primero, me encantaría saber cuáles son tus “madres literarias” o primeras influencias.

Sobre todo, te hablaré de poetas, porque soy lectora especialmente de poesía: Anne Carson, Blanca Valera, Marosa di Giorgio. Por supuesto, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Anne Sexton. Hay un montón de poetas que te podría decir. Entre las narradoras, Armonía Somers me parece una locura. Siempre me ha gustado. Y Clarice Lispector. Podría seguir, hay muchas otras escritoras que leo y me gustan, pero llegaron a posteriori. Desde el punto de vista de “madres literarias”, pareces apuntar a los años de formación.

 

Antes de acabar, no puedo dejar de preguntar sobre el tema del “III Congreso Internacional Nuevas direcciones de la literatura contemporánea y actual”, organizado por la Revista Contrapunto y que se celebrará el próximo mayo (2021), si se puede. En este, se discutirán las tensiones y contradicciones que existen entre los campos literarios hispanos. A mí me interesa, sobre todo, la problemática de autoras latinoamericanas que publican en España. Desde este punto de vista, ¿cómo ha sido tu experiencia?

Habría muchas cosas que decir. Particularmente, a mí me ha ido bastante bien. No lo esperaba, por varias razones geopolítico-literarias. Cuando empecé, no se leía a nadie de Ecuador aquí. Y yo era una escritora joven, casi no había publicado. Pensé que iban a pasar de mí olímpicamente. Estaba resignada. Pero me ha ido bien. Ahora, eso no quiere decir que no sea crítica con la forma en que los medios han manejado muchas veces mi imagen y mi literatura. Por ejemplo, hablaba con Clara Obligado de esto, a mí se me ha incluido en la lista de “El otro boom latinoamericano es femenino” (El País, Paula Corroto, Agosto 2017). Para empezar, creo que esa perspectiva trabaja erróneamente con la palabra “boom”, rescatando un término que tiene que ver con un fenómeno específico de los años sesenta, de mercado, y que es hipermasculino. Entonces, ¿para qué recuperar la palabra? Además, las autoras se seleccionan para generar esta visión de que en España se lee a autoras de América Latina, que es absurdo. Aquí llegan muy pocas escritoras latinoamericanas. Primero, no hablamos de un país, sino de un continente. No sé cuántas veces me han dicho que la sección de latinoamericana de la Librería La Central es muy grande. Y yo respondo: piensa que Latinoamérica es un continente, o sea, ahí no hay, en realidad, nada.

 

Es irónico, porque esa sección, dedicada a todo un continente, tiene el mismo tamaño que la sección española, centrada en un país.

Exacto. Entonces, en el fondo, son poquísimas las autoras que llegan. Pero se cree que, si se lee a cinco autoras latinoamericanas, se está leyendo muchísimo. Por otro lado, se crea la imagen de marketing de “somos feministas”. Sin embargo, se lee un tipo de autoras específico (y me incluyo, porque estoy dentro de ese grupo). Somos todas de una misma generación, rondamos unas mismas edades. Tampoco salimos de un perfil determinado. Por ejemplo, somos mestizas blancas. No se lee ni a autoras de sesenta años ni que no sean mestizas blanqueadas. Entonces, ¿a quiénes la maquinaria de marketing de España decide publicitar? Me parece conflictivo.

Por último, se quiere crear la imagen de que ahora las autoras latinoamericanas están escribiendo cosas que “incomodan”. Y sí, es así. Pero de toda la vida. No es algo novedoso. Lo nuevo es que hay un marketing que quiere explotar eso. Sin embargo, ya existían María Luisa Bombal, Inés Arredondo, y antes también, Armonía Somers. Se podrían citar a muchísimas escritoras que, de toda la vida, han escrito sobre temas muy fuertes. Entonces, no es algo de ahora. La literatura escrita por mujeres siempre ha sido así. Al mismo tiempo, es importante considerar que todas tienen su poética en este supuesto boom: no tiene nada que ver Mariana Enríquez con Samantha Schweblin, ni ella con Liliana Colanzi, ni con Verónica Gerber. Pero se las engloba, y hay una exotización. Se hace que todo sea muy simple en lugar de complejizar.

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