Fondo el clásico

El Clásico

Son las nueve y algo del sábado. En la televisión me espera el Clásico mientras decido parado en frente de la nevera abierta qué me apetece tomar. La cierro quedándome igual que estaba, prefiero no hacer el esfuerzo de decidir nada. ¿Me saco unas pipas? Bah, da igual. Me vuelvo al sofá. Pienso: “Si Álvaro hubiera venido”. Habríamos hecho aprovisionamiento de cervezas. Animarían la celebración de los goles o calmarían la tensión de ver a nuestro Madrid perder todas las oportunidades en cada acercamiento a la portería. En este caso, más bien la última. “Na, ya han perdío el balón otra vez” y recoloco el culo en el borde del sofá. Ya hace mucho que no veo el fútbol con Álvaro. Antes, era nuestra tradición. Daba igual el tiempo que llevásemos sin  hablar, el fútbol era siempre el momento de volver a verse. Al principio, no hacíamos distinciones de ningún tipo. Por supuesto, los partidos del Madrid eran especiales, pero si tocaba un Badalona-Numancia tampoco íbamos a hacer ascos. Poco a poco cada vez nos juntábamos menos. Que si no merecía la pena ver ese partido, que si trabajo, que si responsabilidades familiares, que si… Algo pasó. La vida, supongo. Al menos, nos quedaba el Clásico, eso nunca se perdonaba. Sinceramente, no sé cuándo dejamos de verlo juntos. “¿Pero el árbitro está ciego o qué?” Los aficionados en la grada. Nadie secunda mi indignación. Miro de reojo a la izquierda. Mi cerebro bulle. Puede que por ver a mi Madrid casi hundido, puede que por los recuerdos fugaces que están sobrevolando mi cabeza. Bueno, será más lo primero, hasta el barrio está inquieto. En el bar de la esquina solo se escuchan improperios contra el árbitro, el entrenador, los propios jugadores…, y sus respectivas madres, ¡cómo no! Ahora que Álvaro ha sido padre nos hemos distanciado. Mucho más de lo que ya lo habíamos hecho. Le he puesto un whatsapp: “hoy clasico lo vemos en mi casa?” Me ha respondido que le venía un poco mal con el niño y eso. Le he ofrecido que se viniese con él, en un intento por inculcar el espíritu madridista a una nueva generación. Ha descartado mi proposición, ni siquiera puedo decir que la haya rechazado. En realidad, Álvaro sabe que yo no soy muy de niños que se diga. Ahí se ha quedado todo. Me pregunto si esta ha sido nuestra última conversación o si nuestra amistad tiene prórroga. O quizás deba asumir que este es solo nuestro tiempo de descuento, ¿cuánto va a  durar? El árbitro parece que lo está alargando a nuestro favor, pero lo único que está consiguiendo alargar es la humillación. ¡Que alguien se apiade de nosotros como Casillas en la final de la Eurocopa del 2012! Ya no hay remedio. El árbitro pita el final del partido. Me hundo en el sofá. Últimos gestos de deportividad muy a desgana. Saludos, miradas, un par de palabras, intercambio de camisetas no. Apago la tele. Me asomo a la ventana. Hoy no se escuchan cánticos ni vítores, ni hay una eufórica ola de bufandas y camisetas blancas. Antes de irme a dormir resuena en mi cabeza un eco de nostalgia: “Cómo no te voy a querer, [amigo], cómo no te voy a querer”.

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Teresa Martín Merchán es estudiante del Grado de Estudios Hispánicos en la Universidad de Alcalá y ha realizado estudios profesionales de piano en el Conservatorio. Actualmente es codirectora de Contrapunto y coordinadora de la sección Voces. Además, muestra interés por la danza clásica.

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