Vera y Malevik (Un cuento del Gulag)

por | Feb 17, 2019

Vera y Malevik (Un cuento del Gulag)

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Durante el día Vera y Malevik se comportaban como perfectos extraños, pero por las noches, cuando podía, Malevik se arrastraba sigilosamente hasta el cuartucho donde dormía Vera, se descalzaba, se quitaba sus frágiles gafas y las guardaba en la funda que siempre llevaba consigo, dejaba la funda en el suelo, junto a sus zapatos, se quitaba el abrigo y se sentaba, lo más lenta y silenciosamente que podía, sobre la vieja cama. Después, con igual cuidado, separaba las sábanas y la manta y se introducía lentamente en la cama. Permanecía en un recodo de la misma, con los ojos abiertos y pendientes del menor resquicio de luz que pudiera aparecer por debajo de la puerta cerrada, con los oídos atentos al silencio lleno de pequeños ruidos del exterior, intentando ocupar el menor espacio posible, sin moverse, rígido, vestido, hasta que en mitad de la oscuridad escuchaba la respiración agitada de Vera. Ese jadeo inconfundible podía tardar más o menos, pero siempre llegaba. Entonces no tenía más que alargar su mano derecha y tocar su cuerpo. Su espacio de acción se reducía a la parte del cuerpo de Vera que él podía tocar sin mover otra cosa que su brazo y su mano, y siempre lo hacía con suavidad, sin ejercer la menor presión con sus dedos, sin hacer otra cosa que pasear su mano arriba y abajo por encima de la ropa de Vera. Sus nalgas, su espalda, sus muslos eran solo bultos blandos y negros, imágenes cegadoras en la oscuridad de la habitación. Pero Malevik tenía bastante con eso. Mientras la mano derecha se deslizaba como distraídamente sobre la gruesa falda de Vera, con la mano izquierda se desabrochaba la bragueta y se tocaba, ejerciendo una gran presión, agarrando con fuerza ese trozo de carne ardiente y dura, pero tratando de no emitir sonido alguno, por más que el sonido torpe y repetitivo que producía su mano sobre su sexo y el propio sonido de su sexo al rozar las sábanas ásperas anulara todas sus esperanzas de pasar desapercibido. Vera, evidentemente, sabía lo que sucedía. Lo que sucedía sobre su cuerpo, sobre sus ropas, y lo que sucedía en el cuerpo del muchacho tendido a su lado. Pero Vera, por algún motivo, callaba. Y eso era una constante en sus noches. En todos sus encuentros. Al menos así había sido desde el primer día.

El silencio no podía durar por siempre. Y con la voz de Vera llegarían los reproches y las preguntas. Malevik temía la reacción de Vera. Pero temía, sobre todo, sus palabras.  Cualquier comentario de Vera, hasta la más inocente pregunta, incluso el menor murmullo, le hubiera hecho saltar de la cama a toda velocidad y huir como un vulgar ladrón. Estoy preparado para ello, se engañaba, y al momento continuaba sacudiendo ese palo tozudo con mayor fuerza aún si cabía. Aquello tenía que terminar lo más pronto posible… Y terminaba. Terminaba con un triste gemido imposible de evitar, imposible de callar. Y Malevik, maldiciendo a su boca, se incorporaba lentamente, buscaba a tientas sus zapatos, su abrigo, sus gafas, y se marchaba por donde había venido, tratando de hacer el menor ruido posible. Solo entonces Vera, cuyas manos estaban perdidas en algún lugar remoto entre sus bragas y sus muslos, se sentía capaz de soltar los amarres del deseo y romperse como una ola que se lanza con una furia suicida contra el malecón. Antes era imposible. Malevik no podía sentir ni ver ni escuchar su espasmo violento, su sacudida repentina y poderosa. Y Vera se decía que, si algún día Malevik llegaba a descubrir qué sucedía en cuanto él abandonaba la habitación, ella sería incapaz de volver a mirarlo a los ojos y tendría que prepararse para lo peor.

Pero todos los temores de Vera eran infundados y Malevik se lo iba a demostrar, voluntaria o involuntariamente, en los próximos meses. Y así, el día que una compañera de Vera descubrió que esta estaba embarazada y, en lugar de guardar silencio, se atrevió a decirle que lo sabía, Vera le respondió violentamente: “¿Qué dices? ¡Estás loca!”, y no quiso hablar más con ella. Esa noche pensó hablar por primera vez con Malevik. Esperar que él terminara y entonces susurrarle, lo más claramente posible, para no tener que repetir esas palabras: “Voy a tener un hijo”. Pero inmediatamente descartó la idea. Pensó que Malevik se horrorizaría tanto al escuchar su voz que no podría entender lo que decía. Durante estos meses habían avanzado mucho, pero aún había una frontera que ninguno de los dos quería traspasar: entre ellos reinaba un silencio absoluto, el mismo silencio de los primeros y ya lejanos días. Vera pensó que si consentía hablar a Malevik y si Malevik consentía que ella le hablara, ese acto tan pernicioso supondría el fin de sus encuentros. Vera ya no tendría nada que ofrecerle ni Malevik nada que desear y temer.

Vera había consentido en todo lo demás. Había consentido en posar sus manos sobre sus nalgas, mientras él se hundía lentamente en su cuerpo, como la arena se hunde en una de las partes de un reloj de arena, para resurgir al cabo de un instante en la otra parte, el mismo montón, la misma arena, el mismo olor y tacto y sabor. Malevik descargaba dentro de ella lo que ella le trasmitía con sus jadeos, pues Vera también había consentido que Malevik presintiera su agonía, comprendiera que su cuerpo funcionaba de un modo misterioso y pausado, hasta que él, un pobre muchacho, lo encendía en llamas y lo hacía quebrarse como una roca al recibir un golpe certero de un pico, estallar como un volcán desconocido, sobre el que se había formado un lago. Vera había consentido que él adivinara lo que nunca nadie debía adivinar: los mecanismos que mueven las mareas, los porqués y el silencio de las respuestas que no existen. Todo eso era más de lo que Vera había pensado que debía permitir a alguien, incluso allí, incluso en ese lugar y esas condiciones, donde la supervivencia diaria y el miedo imponían sus propias normas. Y Malevik, ese pobre muchacho cuyo destino era tan distinto al de ella, sabía bien lo que Vera podía ganar o perder al permitir que alguien como él se sumiera de ese modo en su propia existencia. Nadie se baña en un río sin mojarse, se repetía muchas veces Malevik, y ese pensamiento le aliviaba. Cuando fueran a pedirle cuentas no podría esgrimir una patética ignorancia.

¿Pedirle cuentas? No. No había tiempo para eso. Los verdugos tenían mucho trabajo. El juez no iba a perder ni un minuto con ellos. Vera sobornó al médico. Malevik no podía saber nada. Tenía hacerlo por la noche, después de estar juntos. Lo primero el niño, ese pobre niño que nunca iba a nacer. Lo segundo conseguir el veneno. A poder ser algún tipo de pastilla. Algo que fuera rápido y poco doloroso. Después, finalmente, cuando Malevik ya no pudiera impedírselo, sus muñecas, un corte preciso y silencioso, y luego ir cerrando los ojos lentamente, mientras la sangre manchaba la cama. Aquello sería fácil. Vera se paró un momento frente al pabellón de los soldados y respiró profundamente. Era una noche no demasiado fría, pero pese a todo se frotó las manos al quitarse los guantes. Luego, pensándoselo mejor, retrocedió unos pasos y arrojó los guantes al suelo, junto al sendero. Estaban viejos, pero a alguien le vendrían muy bien.  Tenía que darse prisa. Todo tenía que suceder antes del recuento de primera hora.

¿Le hablaría? ¿Le confesaría la verdad, llegado el momento? ¿Tendría el valor de enfrentarse a sus ojos cerrados? Sí. Aquello era algo que debía sopesar con calma. Vera podía hablar. Podía decir “amor mío”, “no te dolerá”, “lo siento”. Podía buscar palabras y susurrárselas en su oído cerrado. Pero no lo haría. Podía hacerlo. No quería hacerlo…

Todo empezó en silencio y todo acabará en silencio, como dos extraños…

Vera entró en el pequeño dormitorio y se tendió sobre la cama. Aún faltaban unos minutos para el cambio de guardia. Colocó sus manos sobre su vientre. Luego las retiró con violencia. Se cubrió entonces con la sábana y la manta. Se tapó entera, la cabeza también. Eso siempre le recordaba sus juegos con su hermana en la cama de sus padres, hace muchos años. Escuchó unos pasos y levantó la cabeza. Alguien rio al otro lado de la puerta.

 

Alfonso Vila Francés