Civilización o barbarie. “Vikinga Bonsái”, de Ana Ojeda

por | Jul 7, 2020

Civilización o barbarie. “Vikinga Bonsái”, de Ana Ojeda

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Ana Ojeda, Vikinga Bonsái

Buenos Aires, Eterna Cadencia

139 páginas, 12,90 euros

Ana Ojeda (Buenos Aires, 1979), escritora y editora argentina, abre su última novela evocando al Facundo de Sarmiento, ¿civilización o barbarie? Vikinga Bonsái o Bombay vive en el barrio porteño de Boedo junto a Maridito y Pequeña Montaña, su hijo adolescente. Esa semana, el padre, oportuno, está de viaje en la selva paraguaya, prácticamente incomunicado. Vikinga, pues, debe llevar al chico a la escuela y a extraescolares varios, encargarse del hogar, de las comidas e ir a trabajar. Pese al ajetreo y al constante no parar, el primer día ya se organiza una cena con las Apocalipsicadas, su grupo de amigas. Una cena en su piso que colapsa y termina con la ruptura de la rutina diaria de todas ellas. A la luz de los sucesos, todas las mujeres y sus respectivos hijos se instalan en la casa de Vikinga para enfrentar la situación.

Los protagonistas, aunque cada uno con sus excentricidades, se disgregan en dos grupos: “les adultes y les niñes”. Las primeras emergen como un personaje coral que, si bien da la sensación de ser antiheróico, encarna la heroicidad cotidiana de las mujeres de clase media. Búsqueda de empleo, búsqueda de salud, búsqueda de aprobación, de soluciones y sobre todo de tiempo. En una novela en la que los hombres se desentienden de los problemas y apenas hacen acto de presencia, las Apocalipsicadas son quienes velan por mantener una paz en medio del desconcierto. Los críos, a su vez, constituyen un grupo de pequeños rebeldes ajenos al peligro y a lo que no sea juego y diversión. Estos dos clanes se establecen en un orden que oscila entre el de un colectivo asambleario y el de un campamento de críos asilvestrados. Junto a Lepanto, un perro que en ocasiones se convierte en moneda de cambio, las dos cédulas intentan convivir en el espacio doméstico mientras buscan cómo resolver la situación, o esperan a que todo se resuelva solo.

La trama, ya ocurrente y tragicómica de por sí, queda ensalzada por la forma en que está escrita. Si bien el uso del lenguaje inclusivo es, quizás, lo primero que llama la atención en la novela, este queda casi diluido por el gesto poético de la autora. En Vikinga Bonsái, Ojeda subvierte las convenciones lingüísticas y muestra cuán frágil y elásticas son estas estructuras. Palabras arcaicas, palabras inventadas, palabras de distintos dialectos y áreas geográficas, anglicismos, expresiones acuñadas en internet, hashtags y una sintaxis libre que va del mensaje telegráfico donde todo se condensa al barroquismo más artificioso. La autora extrae multiplicidad de significados a las palabras y configura un lenguaje casi abstracto que escapa las presiones convencionales y excede todo marco normativo. Si bien la historia está marcada por el caos, la rapidez y la exuberancia de lo que va sucediendo, el lenguaje condensado y en ocasiones casi críptico requiere adaptarse a un nuevo ritmo de lectura. No obstante, una vez procesado el registro, la novela se desenvuelve como una parodia de la actualidad llevada al extremo, llena de humor e ironía.

Vikinga Bonsái es la historia de una semana y Ojeda, afín al registro léxico que permea todo el libro, decide nombrar los días en calabrés. Así, el primero se llama “crai”, un término del dialecto que abarca la atemporalidad de un “mañana” en su máxima extensión. El tiempo ya no importa porque nada será igual, y porque todo será igual pero distinto a lo de antes. En Vikinga Bonsái, la autora crea un lenguaje que se convierte en refugio y permite orbitar, con sarcasmo y delirio, alrededor del suceso que impulsa la historia.

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