«Platero y yo»: la poética de Juan Ramón Jiménez

por | Sep 16, 2020

«Platero y yo»: la poética de Juan Ramón Jiménez

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Muchos lo desprecian, a otros les aburre y siempre ha sido marcado con la cruz escarlata de “cuento para niños”. Platero y yo es más de lo que se quiso entender. ¿Pero qué se entendió? Que eran las andanzas de un burro y un poeta por las tierras de Moguer, con un desarrollo lento y unas descripciones tan peculiares… que lo tildaron de prosa poética. ¡Qué fácil! ¡Qué sencillo!… ¡Qué errada simplificación!

El autor ya avisaba desde el prologuillo que nunca escribiría nada para niños porque los consideraba capaces de leer los libros que leían los hombres. Ignorada la advertencia pronto se perdió el sentido de la obra: la defensa del poeta como intermediario de dos mundos radicalmente opuestos y de la poesía como elixir de la eternidad.

En efecto, Platero y yo es un viaje del héroe, donde el poeta comparte su protagonismo con su ayudante, un burro, elegido como nueva figura virgiliana para conducir al Dante onubense entre el sapiencial mundo de la naturaleza y el embrutecido mundo de los hombres:

Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El mísero, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo una acacia (…) Un velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado[1].

Obsérvese cómo la naturaleza responde al agravio cometido contra ella; es, por ello, un personaje más; y cómo el poeta no pudo aquí mediar entre los dos mundos, fracasa como héroe intermediario.

Será el tópico del locus amoenus conjugado con la exaltación de los sentimientos, lo que empujó a los teóricos a determinar acertadamente la obra como prosa poética: “Aquella nube fugaz que veló el prado verde con sus hilos de oro y plata, en los que tembló, como una lira de llanto, el arco iris”[2]. Así pues, la naturaleza, personaje y lienzo del lirismo poético del autor, parece condenada a ser representada positivamente; sin embargo también es descrita como un ente bélico y cruel, responsable de la muerte de Anilla.

A pesar de que no está exenta de peligros y es capaz de dejar a Platero cojeando a través de una espina, también se acerca al hombre para calmar su angustia y su pena como muestra el capítulo El niño tonto: “Cuando se quedó sin su niño, le preguntaba por él a la mariposa gallega”[3]. Aparece aquí uno de los elementos fundamentales del simbolismo de la obra poética de Juan Ramón Jiménez: la mariposa indulgente e intermediaria entre el mundo de los vivos y el de los eternos.

Por otro lado, el plano de los hombres, que ya se demostrado tan cruel y hostil como el de la naturaleza, construye la definición de su oponente bajo esos mismos parámetros, plasmándose en la obra bajo la recia mirada de Don José, el cura:

El árbol, el terrón, el agua, el viento, tan puro, tan vivo, parece que son para él ejemplo de desorden, de dureza, de frialdad, de violencia, de ruina. Cada día, las piedras todas del huerto reposan la noche en otro sitio, disparadas, en furiosa hostilidad, contra pájaros y lavanderas, niños y flores.[4]

También, es destacable cómo se refleja la realidad lingüística de Moguer, que se exhibe sin complejos y se hace gala del seseo y el ceceo andaluz en los escasísimos diálogos que se recogen.

Además, se observa que la realidad temporal de la historia cuenta con la visión propia del poeta; pues solo entiende el calendario por las estaciones que pinta en el paisaje; un ejemplo más del dominio de la perspectiva personalista desde la que compone la narración.

La construcción de Platero como ayudante se realiza bajo la propia prosopografía que se ofrece al lector en el primer capítulo y su valía como tal no depende de su conocimiento reglado, pues el poeta así lo establece en el capítulo La miga, en el que expone su sospecha de lo que le ocurriría a su compañero si fuese a la escuela con Doña Domitila, la maestra. Platero es sabio en la medida en la que es inocente.

Hay una confusión constante entre los sentimientos del poeta y los de Platero. Ello evidencia una transferencia de rasgos entre ambos caracteres, como en otras obras de la literatura española, pero también es reflejo de que Platero es parte del poeta: símbolo de su inocencia infantil.

La obra muestra un marcado carácter circular, termina como profetiza en el comienzo. En efecto, ¡Angelus! y El morideroson tanto el anuncio de la muerte de Platero como la promesa del poeta de que lo enterrará al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña para que esté cercano a la vida alegre y serena. Sus ojos, que serán comparados con dos rosas, símbolo de lo perecedero, alzarán la mirada al cielo en señal de profético destino para el lector.

Con estos datos al llegar a La muerte se infiere el claro sentido metafórico de la desaparición del ayudante del poeta, que es ya capaz de moverse sólo entre los dos mundos, que ha alcanzado la madurez artística y espiritual para ello, completando el sentido de las palabras del principio:

Parece, Platero, mientras suena el Angelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas…[5]

Es en esta cita en la que Juan Ramón Jiménez explica la labor del poeta como figura consagrada a una fuerza espiritual descifrable sólo a través de la naturaleza y con la que alcanzar la eternidad. La obra es, por tanto, un ejercicio de coherencia metapoética, ya que expone su propia visión de la poesía y de la figura del poeta a través de la prosa poética.

Y, aunque la obra no fuese más que un cuento para niños, se recuerda que son estos las brújulas morales de nuestro futuro, que deben ser expuestos a la crítica, a la revisión y a la actualización; pero no al olvido, ya que cuanta más importancia se les reste a estas narraciones, más oscuro será el mañana.

[1] Juan Ramón Jiménez (1994): Op. Cit, pág. 51.

[2]Juan Ramón Jiménez (1994): Op. Cit, pág. 51.

[3]Juan Ramón Jiménez (1994): Op. Cit, pág. 33.

[4]Juan Ramón Jiménez (1994): Op. Cit, pág. 45.

[5]Juan Ramón Jiménez (1994): Op. Cit, pág. 22.

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