De obras, censura y conciencia editorial
Una de las mayores satisfacciones que puede proporcionar la investigación en el campo de los estudios literarios se encuentra, seguramente, en la oportunidad de entregar a los lectores la versión genuina de un texto. Al fin y al cabo, esta es una de las metas principales de la tarea filológica, según su concepción más recta. Si tal texto padeció en su momento dolorosas mutilaciones exigidas por un poder tiránico, entonces esa grata sensación todavía se incrementa en medida perceptible.
El escritor gallego Eduardo Blanco Amor vio podadas por el lápiz rojo franquista, para conseguir que se editasen, tres obras estimables: la novela corta en lengua gallega A esmorga, su versión en castellano La parranda y la narración larga, otra vez en el idioma nativo, Xente ao lonxe. Después de una prolongada demora, por completo ajena a circunstancias que corresponda juzgar como normales, estos títulos alcanzaron no hace mucho que las personas interesadas accediesen a disfrutarlos en su integridad.
A esmorga fue prohibida por las autoridades de modo rotundo en 1956, por lo que tuvo que darse a la imprenta en territorio argentino. Durante muchos años, Blanco Amor no se resignó a aceptar ese serio revés, perseverando con el objetivo de que saliese entre nosotros. En 1970 logró la preceptiva licencia oficial, pero después de someterse a la obligación de transmutar algunos trozos sin remedio. Seguidamente, introdujo cambios similares en La parranda de nuevo bajo presión, a fin de que también llegase al público.
Lo sucedido con Xente ao lonxe es bastante semejante. Blanco Amor se estrelló con el rechazo categórico de hasta tres cerriles censores. Aconsejado por voces cercanas que le recordaron desde la amistad algunos percances anteriores de idéntica naturaleza, acabó por prestarse a regañadientes a desvirtuar los fragmentos controvertidos, causándole esta acción alejada de su deseo un profundo pesar. Con tales adulteraciones, el Ministerio de Información y Turismo levantó el veto.
La restauración textual de A esmorga estuvo avalada por el hallazgo del expediente de censura, donde se constató, comparando la primera edición argentina y la reedición española, que las alteraciones introducidas no habían respondido a un acto voluntario, sino que fueron requeridas. Otro tanto se comprobó a propósito de La parranda, donde Blanco Amor aún añadió modificaciones de su cosecha por exceso de temor al celo de los inquisidores.
En lo que se refiere a Xente ao lonxe, la reconstrucción de la versión auténtica resultó azarosa. De las diversas copias manejadas por sus vigilantes, una sola acabó en manos de Blanco Amor. En la misma, procedió a intercalar enmiendas tanto derivadas de la fiscalización ministerial como de índole propiamente discursiva, estas producto de una revisión concienzuda. Lo asombroso es que las primeras las identificó con la sigla EBA, a partir de las iniciales de su nombre, lo más probable con la esperanza de que en el futuro se revirtiesen en un contexto de libertad, como así ocurrió tras el complicado descubrimiento de dicha copia.
La recuperación de las versiones fidedignas de A esmorga, La parranda y Xente ao lonxe fue reivindicada en sendos artículos que evidenciaban las deformaciones propiciadas de manera coercitiva. Ahora bien, se pudo ejecutar en la práctica merced a la disposición de la editorial Galaxia, poseedora de los derechos de Blanco Amor, que favoreció que las legítimas mudanzas se plasmasen en flamantes ediciones. Estas vinieron a sustituir, sin que prevaleciese el apetito comercial, a aquellas donde perduraba la nefasta huella de la censura.
Cabe poner de relieve que la posteridad no ha sido siempre tan proclive para la suerte de las aportaciones de Blanco Amor. Su novela La catedral y el niño apareció originalmente en 1948, en Buenos Aires, y allí se brindó una segunda edición en 1956 con una respetable cantidad de transformaciones. En suelo español, se ofreció en 1976, con múltiples variaciones incluso de superior envergadura, por lo que se impone dictaminar que se trata esta de la confección definitiva.
En tiempos recientes, la editorial Libros del Asteroide decidió poner en las librerías La catedral y el niño, pero reproduciendo el texto de la segunda edición, no el de la última, que es canónico. Por desgracia, en esta ocasión otro trabajo académico elaborado ad hoc no gozó del efecto beneficioso de los referidos con anterioridad, aunque se intentó con denuedo cursando en el primer instante una honesta advertencia a los responsables. Cuestión de sensibilidad editorial más allá de la vertiente meramente económica.
Blanco Amor quiso que La catedral y el niño comenzase, por ejemplo, así de una vez por todas: “La catedral estaba en medio de la ciudad, y era un inmenso navío entre pequeñas embarcaciones movedizas, un gran señor entre vasallos oscuros, un príncipe de la Iglesia entre la turba polvorienta y arrodillada…”. Pues bien, en contra de la última voluntad del escritor, la versión de Libros del Asteroide, que transcribe el texto desechado de 1956, acumula ya tres ediciones con este inicio que hay que calificar de obsoleto: “La catedral, como casi todas, estaba en medio de la ciudad, y era, también como las demás, un inmenso navío entre pequeñas embarcaciones movedizas, un gran señor entre vasallos oscuros, un príncipe de la Iglesia entre la turba polvorienta de los fieles arrodillados…”. Lamentablemente, lo mismo acontece con otros muchos pasajes de la novela.

Xosé Manuel Dasilva
Xosé Manuel Dasilva es catedrático de Traducción e Interpretación de la Universidade de Vigo. Entre sus líneas de trabajo figura la acción de la censura en las letras gallegas y portuguesas. Se encargó de restaurar las versiones deA esmorga, La parranda y Xente ao lonxe.
