El hombre de frontera en Walden: entre el mito y la realidad

por | Dic 10, 2019

El hombre de frontera en Walden: entre el mito y la realidad

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Walden o la vida en el bosque (Walden, or Life in the Woods) es la obra más conocida del escritor estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862), oriundo de la ciudad de Concord, en Massachusetts. Perteneciente a una familia humilde, ejerció como maestro hasta la muerte de su hermano (1842), y poco después, empezando a sentirse aquejado por la tuberculosis, pasó dos años (1845-47) residiendo en una cabaña próxima a la laguna de Walden, donde trató de poner en práctica los principios trascendentalistas del filósofo Ralph Waldo Emerson. Posteriormente, dedicó el resto de su vida a componer sus obras y a impartir pequeñas conferencias, trabajando en la empresa de lápices de su padre para garantizarse el sustento económico. Finalmente, falleció tras un agravamiento de su enfermedad. Además de Walden (1854), dentro de la obra de Thoreau también cabe destacar La Desobediencia Civil (Resistance to Civil Government). Considerado como el documento político más influyente de los trascendentalistas, fue escrito en el marco de la guerra entre Estados Unidos y Méjico, y posteriormente, utilizado como referencia por muchos personajes en el contexto de la descolonización (Mahatma Gandhi) y del movimiento afroamericano (Martin Luther King) de la segunda mitad del siglo xx (Goodman 2015: 200-04; Reidhead 1998: 1759-52).

            Concretamente, Walden fue escrita para demostrar cómo llevar a la práctica los principios de la filosofía trascendentalista de Emerson, es decir, alaba los principios de la vida de frontera, que, como síntesis de la conexión entre el hombre, la naturaleza y el “Alma Suprema”, se opone radicalmente al modo de vida de la civilización, cuyos componentes se han deshumanizado por vivir en un entorno que es antinatural para ellos. En este sentido, parece claro el paralelismo existente entre el Robinson Crusoe de la novela homónima de Daniel Defoe y el propio Thoreau, en tanto que ambos son hombres de frontera, es decir, individuos que viven aislados de la civilización haciendo uso de los saberes prácticos (empirismo) para subsistir con lo básico y a la vez, preocupándose por su salud espiritual, si bien es cierto que en este aspecto difieren, pues mientras que Robinson Crusoe se enfrenta al Dios vengativo de la tradición puritana, Thoreau cree en un Alma Suprema que transmite las verdades a quienes viven en connivencia con la naturaleza (Lagergren 2006: 27-29). En definitiva, se trata de un llamamiento a la sociedad para que siga en su vida los valores “fronterizos”, y prueba de ello es que parece dirigirse a la juventud al exhortarla a que desarrolle un conocimiento más experimental y menos teórico. Por ello, se podría establecer que esta obra cuenta, en general, con un contenido divulgativo, pero a la vez, con un fuerte trasfondo filosófico y didáctico.

            Como se desarrollará posteriormente con más detenimiento, Walden es el producto de la confluencia en una misma obra de los distintos movimientos y corrientes filosóficas, religiosas y políticas que se dan también en el propio carácter del hombre de la frontera. Por un lado, desde el punto de vista filosófico, es necesario señalar el transcendentalismo de Emerson, una corriente intrínsecamente estadounidense pero cuyas raíces se encuentran en el Romanticismo europeo de autores como Thomas Carlyle o William Wordsworth. Coincide con ellos en la idea de promover una vida en concordancia con la naturaleza, y en la importancia que le aporta al “yo” del individuo como elemento activo en la búsqueda del verdadero conocimiento en tanto que receptor de las verdades provenientes del “Alma Suprema”, en oposición al materialismo predominante sobre todo en Europa, que limita al hombre a un mero agente económico de la sociedad, sin tener en cuenta su calidad de sujeto individual y pensante. No obstante, el trascendentalismo se interesará, al contrario que los románticos europeos, en la ciencia experimental como medio a través del cual el individuo expresa su aprendizaje práctico (Goodman 2016: sin página). Por otro lado, en estrecha relación con el trascendentalismo se encuentra la confesión del Unitarismo, que de alguna manera es la expresión, en el ámbito religioso, del racionalismo y del carácter activo que tiene el ser humano como partícipe en el desarrollo de su propia actividad espiritual. Por último, como expresión política del trascendentalismo y del Unitarismo se desarrolló, de forma más o menos intermitente hasta la Guerra Civil, esto es, durante el periodo vital de Thoreau, la democracia jacksoniana, que es promotora, a nivel continental y con el Presidente Andrew Jackson a la cabeza, de los preceptos que caracterizan al hombre de frontera, a través de políticas dirigidas a igualar a los ciudadanos estadounidenses para que cada uno de ellos tenga las mismas oportunidades para desarrollar su propia vida de frontera.

             La idea principal que prevalece a lo largo del discurso es la constante reiteración de los valores, hasta cierto punto románticos, del hombre de frontera, que Thoreau pretende evocar por medio del ejemplo de su experiencia personal. Es a través de las experiencias supuestamente verídicas que él narra, que pretende llamar la atención al lector sobre los aciertos del modo de vida “fronterizo” en contraposición a los errados valores de la sociedad civilizada. En primer lugar, hace referencia al afán madrugador y en cierta medida, previsor, de los hombres de frontera, cuando explica que él se levantaba muy temprano para atender sus negocios, pues hay que “¡anticiparse, no solo a la salida del sol y al amanecer, sino, si es posible, a la propia naturaleza!” (2006: 73). Ello no significa, sin embargo, que todo deba realizarse con prisa, sino más bien al contrario, pues es justamente este continuo “intento por adelantar al viento” (Thoreau 2006: 75) el que critica Thoreau de las sociedades civilizadas. Al referirse a este afán previsor, y a modo de idea secundaria, deja entrever la estrecha relación entre los partidos políticos y los periódicos: “si hubiera importado a algún partido político, y dependiera de él, habría aparecido en el periódico al primer aviso” (Thoreau 2006: 74). Sin embargo, es difícil saber si está estableciendo una crítica, pues hay que tener en cuenta que en el siglo xix era común que los periódicos estuviesen abiertamente afiliados a los partidos políticos.

            En segundo lugar, destaca como valor fundamental del hombre del Oeste el esfuerzo, que siempre constituirá una recompensa para el espíritu del individuo aun cuando no le haya servido para lograr sus propósitos, en tanto que el esfuerzo le confiere valor a los trabajos realizados por uno mismo. Thoreau explica este punto haciendo referencia a que, si bien en muchos casos los editores de periódicos no aceptaban sus contribuciones, el esfuerzo que le llevó realizarlas “fue su recompensa” (2006: 74). Más adelante, volverá a ejemplificar que, gracias a su esfuerzo, ha conseguido construirse la cabaña, siendo la recompensa, aparte de la construcción en sí misma, la satisfacción por el reto conseguido. Este sentimiento, elevado a un nivel continental, es precisamente el de los estadounidenses, que han visto como, gracias a su esfuerzo, han conseguido levantar una gran potencia a partir de una situación colonial. Es más, en el periodo transcurrido entre la experiencia de Thoreau en Walden (1845-47) y la publicación de su obra (1854), Estados Unidos había anexionado, mediante el Tratado de Guadalupe-Hidalgo (1848), los actuales estados de Nuevo Méjico y California, que hasta entonces habían formado parte de Méjico, y es muy probable que el autor tuviera este acontecimiento en mente a la hora de escribir Walden.

            En tercer lugar, el autor se refiere a la capacidad, derivada de la necesidad, de los hombres de frontera para dedicarse multidisciplinariamente a las distintas actividades que condicionan su vida cotidiana. En otras palabras, se trata de un hombre versátil, que es capaz de dedicarse al desarrollo de cualquier conocimiento práctico sin necesidad de contar con una preparación específica (Paxson 1924: 195). De esta forma, el propio Thoreau alude a los distintos trabajos que ejerció: “reportero de un periódico”, “inspector de tormentas de viento y lluvia”, “agrimensor” o ganadero (2006: 74). En cuarto lugar, el autor hace referencia a la marginalidad a la que están sujetos los hombres de frontera por parte del resto de la sociedad, de tal forma que parece estar criticándola, pero a la vez, alabando la integridad de los hombres del Oeste por cuanto el modo de vida que estos llevan les impide convivir con una sociedad que ha perdido los valores que una vez la caracterizaron. Esto se aprecia claramente cuando, a raíz de la enumeración de las distintas labores mencionadas anteriormente, Thoreau concluye que “resultó cada vez más evidente que mis conciudadanos no me admitirían en la lista de empleados públicos” (2006: 74).

            Por último, y quizás más importante, Thoreau presta una atención especial a la que probablemente sea la cualidad más distintiva del hombre de frontera, esto es, su individualismo, rasgo con claras reminiscencias del trascendentalismo. El hombre de frontera puede, a través de los escasos recursos que le aporta la naturaleza y del esfuerzo ya mencionado, llevar una vida independiente con respecto a la sociedad civilizada que representaba su vida anterior. Es, por tanto, además de independiente, también temperamental y valiente (Paxson 1924: 4), siempre desde una visión idealizada. Esto queda claramente patente cuando el autor hace referencia al ejemplo del indio fabricante de cestas que no pudo venderlas por no saber llamar la atención de sus potenciales clientes. Ante esto, Thoreau concluye que “en lugar de estudiar cómo conseguir que los hombres creyeran que valía la pena comprar mis cestas, estudié cómo evitar la necesidad de venderlas” (2006: 75), es decir, de qué forma subsistir por sí mismo sin necesidad de tener que vender sus productos para obtener dinero por ellos. Resulta simbólico, y cuanto menos curioso, que Thoreau decidiese comenzar una nueva vida el 4 de julio de 1845 (Goodman 2015: 204). En sus propias palabras, “empecé a ocupar mi casa el 4 de julio” (2006: 98), esto es, la fecha de la independencia de Estados Unidos. Puede que con ello quisiera poner de manifiesto que, del mismo modo que Estados Unidos comenzó el 4 de julio de 1776 su propio camino como potencia independiente de una Inglaterra que cuartaba su libertad, Thoreau decide comenzar el suyo propio el 4 de julio de 1845 en un intento de desvincularse de la civilización. Esta idea de comenzar una nueva vida en la “frontera” sería retomada en 1893 por Frederick Jackson Turner (Portage, Wisconsin, 1861), que entiende que la vida fronteriza, donde “confluye el salvajismo con la civilización”, supone un continuo “renacimiento” que ofrece “nuevas oportunidades” en el marco de un continuo contacto con la “sencillez primitiva” y que, a lo largo de un siglo, ha conseguido “moldear el carácter del estadounidense” (1893: sin página).

            No obstante, esta es una visión demasiado idealizada, y el propio autor así lo parece dar a entender a partir del relato de su experiencia personal en el bosque próximo a la laguna de Walden. De este modo, explica cómo tuvo que recurrir a la “ayuda de mis conocidos” para construir su casa, a pesar de que él la justifique como un acto “de buena vecindad” más que de “necesidad” (Thoreau 2006: 98). De la misma forma, los propios materiales de la casa, como es el caso de los tablones que configuran su armazón, tuvo que comprárselos a un tal Collins en lugar de fabricárselos él mismo directamente a partir de los pinos que abundaban en la zona. Por último, hace referencia a la necesidad que tuvo de vender las judías, patatas, guisantes y nabos que cultivó para obtener dinero con el que “hacer frente a mis insólitos gastos” derivados de la construcción de la cabaña (2006: 106-07). En definitiva, para vivir de forma individual e independiente, Thoreau se vio obligado a recurrir a ayuda externa, que va desde la adquisición de los materiales para la cabaña hasta la necesidad de vender productos para costear sus gastos y pasando por el requerimiento de ayuda física para construirla, lo que implica que el autoabastecimiento es de difícil aplicación en el ámbito práctico. Siguiendo con este mismo planteamiento, no hay que olvidar que el propio autor, “hasta cierto punto”, se encuentra entre “quienes hallan su coraje e inspiración precisamente en el actual estado de cosas y lo aprecian con el afecto y el entusiasmo de los amantes” (2006: 72). No obstante, advierte que la vida en comunidad no debe afectar a la individualidad del hombre, hasta el punto de que “otro podría pensar por mí” (2006: 72). Por tanto, Thoreau no parece estar planteando que todo el mundo tenga que seguir su ejemplo yéndose a vivir solo, sino que, de alguna forma, la sociedad debe adaptar el modo de vida que el propone a sus propias estructuras.

            Sin embargo, al menos en el ámbito teórico, esta idea de independencia perdura, y está estrechamente relacionada con otra, como es el llevar una vida en connivencia con la naturaleza, o en palabras de Thoreau, para poder “valerme por mi mismo, me volví con mayor determinación que nunca a los bosques, donde era más conocido” (Thoreau 2006: 75). Aquí, el autor se muestra como un claro seguidor de las ideas de Emerson, al fomentar el regreso del hombre a la naturaleza como medio para convertirse en un intermediario entre el “Alma Suprema” y sus manifestaciones temporales. Así es como el filósofo bostoniano expresa esta idea en el Capítulo i de su obra Naturaleza (Nature) de 1836: “pero si un hombre quiere estar solo, que mire a las estrellas. Los rayos que brotan de estos celestes mundos le separarán de las cosas vulgares” (Goodman 2015: 167). Esto es así porque es la naturaleza la que representa el Universo tal como era originalmente, antes de que existiera una sociedad que corrompiera al hombre. Especialmente crítico se muestra con el gusto por los lujos, esto es, “obstáculos para la elevación de la humanidad” (Thoreau 2006, 71) que obligan al hombre a vivir siempre lamentándose del pasado y preocupándose por el futuro sin vivir lo realmente importante, que es el presente. El hombre debe dejar de preocuparse del lujo y del dinero y vivir con “autoconfianza” el presente de forma sencilla y austera (Goodman 2015: 167-68). Así lo explica Thoreau, afirmando que el individuo, al menos en lo que respecta al territorio norteamericano, únicamente necesita para vivir alimento, cobijo, vestido y combustible. Las dos primeras necesidades son inherentes a los animales, mientras que el vestido y el combustible se han convertido en aspectos imprescindibles, pues el hombre lleva recurriendo a ellas desde hace tanto tiempo, que se ha acostumbrado a vivir así. Todo lo demás es antinatural porque originalmente el hombre no lo necesitaba para subsistir, lo que implica, consiguientemente, que el lujo es antinatural al hombre.

            De esta forma, quien viva con afición al lujo, esto es, con más de lo que necesita para subsistir, nunca podrá convertirse en un filósofo que actúe como un canal receptor de las verdades del “Alma Suprema”. El autor propone que el hombre contemporáneo debe seguir el modo de vida del filósofo clásico (platónico, pitagórico, estoico, epicúreo, etc.) que vive con sencillez a través del conocimiento del mundo teórico (las ideas) y del práctico (lo empírico), que debe servirle para subsistir con lo indispensable (Goodman 2015: 205-06). La civilización conoce dicho modo de vida (a través de los “profesores de filosofía” [Thoreau 2006: 71]), pero no lo practica, y esto es precisamente lo que propugna Thoreau. En otras palabras, el saber se aleja de quienes se limitan al estudio teórico, siendo únicamente “el viento que sopla lo que llegan a conocer” (Thoreau 2006: 94), esto es, una mera reminiscencia de lo que constituye el verdadero conocimiento. Por tanto, si se combinan estas cuatro necesidades básicas (alimento, cobijo, vestimenta, combustible) con el modo ideal mediante el cual deben conseguirse y mantenerse, esto es, a través de la previsión, el esfuerzo, el desarrollo multidisciplinar del trabajo, la marginación con respecto al resto de la sociedad y la independencia derivada del individualismo, se extraen los caracteres principales del hombre de frontera, es decir, del hombre del Oeste. Consiguientemente, siguiendo el razonamiento de Thoreau, el hombre del Oeste es el único que cuenta con los atributos necesarios para trascender por él mismo hasta el “Alma Suprema”.

            Esto mismo es lo que propugnaba el Unitarismo, que constituye una crítica hacia el degenerado puritanismo de los primeros colonos norteamericanos. Hay que tener en cuenta a este respecto que Emerson fue hijo de un clérigo unitario y se crio en un ambiente condicionado por ello, hasta el punto de que seguiría los pasos de su progenitor. De ahí que los principios unitarios estén presentes en su obra Nature, que Thoreau leyó mientras estudiaba en Harvard, ejerciendo una gran influencia en su pensamiento. De hecho, la relación entre ambos era tan estrecha que el terreno próximo a la laguna de Walden en el que Thoreau decidió construir una cabaña y residir durante dos años era propiedad de Emerson (Reidhead 1998: 1750). La confesión del Unitarismo, que nace en la Inglaterra del siglo xvii como una conciliación de los principios empiristas de los filósofos John Locke y David Hume con el Cristianismo (Goodman 2016: sin página), vio formalizados sus principios en 1819 por iniciativa del líder espiritual William Ellery Channing, que creía en la existencia de un único Dios a cuyo conocimiento se podía acceder por medio de criterios racionales, pero sin llegar al extremismo de los deístas (Goodman 2015: 147-150). Por consiguiente, tanto Emerson como Throreau se enfrentan a la religión desde una perspectiva positiva en el sentido de que cualquier persona puede acceder a su conocimiento: se trata de llevar un ejercicio activo de la actividad religiosa, alejado del servilismo que promueven otras confesiones, pues, según Channing, el Cristianismo primitivo concedía más libertad al hombre. La religión, por tanto, se debe practicar de forma racional y regresando a la sencillez de los preceptos del primitivo Cristianismo.

            Es por ello que Thoreau propugna, a través del ejemplo de su experiencia en Walden, una vuelta a la vida en naturaleza, entendida como la única vía posible para establecer un contacto con el “Alma Suprema”. Quien vive así es el “filósofo”, que es más sabio que los habitantes de la civilización en una doble vertiente. Por un lado, porque es capaz de llegar a un conocimiento pleno de la verdad actuando como canal receptor del “Alma Suprema”. Por otro lado, porque el conocimiento real, es decir, el que le permite subsistir en la naturaleza sin necesidad de ningún otro, es el saber práctico. Este conocimiento es fruto de la experiencia, y por ello, es el único que le permite al individuo vivir en la naturaleza sin depender de la civilización. Hay que dedicarse a la “economía vital” es decir, “participar en el experimento de vivir”, y no solo dedicarse a “jugar a la vida o solo estudiarla” (Goodman 2015: 201-02; Thoreau 2006: 104-05). En definitiva, frente a la educación mercantilizada e inútil promovida por la civilización, Thoreau propone un saber práctico que garantice la integridad física del hombre para que pueda dedicarse al conocimiento del “Alma Suprema”, siendo el hombre de frontera, por tanto, el depositario ideal de este doble saber teórico y práctico.

            Por tanto, teniendo en cuenta todos los caracteres ya explicados, se puede establecer un retrato bastante fiel del hombre del Oeste u hombre de frontera, que coincide, en la época de Thoreau y en los años inmediatamente precedentes, con el perfil del votante demócrata, que encuentra su representante ideal en la figura del Presidente Andrew Jackson. A partir de lo anteriormente mencionado, el hombre de frontera es previsor, esforzado, dedicado a actividades multidisciplinares, marginado con respecto a la civilización e independiente en cuanto a su modo de acción, así como tendente a vivir únicamente con lo estrictamente necesario para subsistir (alimento, cobijo, vestido, combustible) y profesando una religión libre, el Unitarismo, en la que el hombre toma una parte activa tanto intelectual como empíricamente. Se trataba, en definitiva, de una cultura nueva, de “estética naturalista, trabajo duro, buena salud y consideraciones económicas prácticas” (Bosch 2010: 136). Entonces, cabría preguntarse, ¿por qué es necesario llevar este modo de vida en la frontera? Sencillamente, porque la “frontera” no era un lugar tan paradisiaco como lo daban a entender los políticos o el propio Thoreau en Walden.

            En primer lugar, debían enfrentarse a los problemas que suponía el viaje hacia la frontera, que implicaba largos trayectos por territorios desconocidos para ellos, donde era muy frecuente que estuvieran expuestos a diversas enfermedades y al ataque de los grupos de indios que habitaban la zona (Bosch 2010: 136). Se trataba de un territorio “desocupado” y sin ley, si bien, a la vez, actuaba como símbolo, a ojos de los colonos, del Jardín del Edén (Jiménez 2001: 742-43). En segundo lugar, había ocasiones en que los colonos se veían obligados a convivir como una minoría con otros pueblos, como es el caso de los hispanos en los territorios septentrionales de Méjico (Tejas, Nuevo Méjico, Arizona, Colorado, California) y Florida, al igual que con británicos en el País de Oregón, con todo lo que ello conllevaba: menor integración social, problemas con la diferencia idiomática. Para Thoreau esto no habría supuesto un problema, pues en su defensa del individualismo y del aislamiento de la civilización, los colonos estadounidenses no tendrían por qué haberse visto importunados por estos condicionantes. Sin embargo, como se ha comentado, la realidad práctica era mucho más problemática. En tercer lugar, debían estar continuamente ocupados en el trabajo de la tierra, que era su prioridad, siempre que no tuvieran que estar combatiendo en guerras contra los indios o contra otra potencia. A pesar del esfuerzo puesto en la roturación de la tierra, los beneficios extraídos de las primeras temporadas de cultivo siempre eran muy bajos, pues, debido a la falta de capital, a la posible mala calidad del terreno y al tiempo que llevaba su roturación, apenas se podía producir lo suficiente como para que el colono pudiera autoabastecer a su familia. Además, en muchos casos los hombres de frontera tenían que adquirir sus tierras de manos de especuladores que las vendían a un precio superior al real (Paxson 1924: 45, 227, 388). Todos estos aspectos modelarían, según la ya comentada idealizada percepción histórica de Turner, el carácter y el espíritu nacionalista estadounidense, facilitando de esta forma una rápida consolidación y adaptación de los colonos establecidos en el territorio del Oeste (Jiménez 2001: 738). En sus propias palabras, la frontera es el lugar donde el proceso de “americanización” y la creciente “distinción frente a los aspectos del carácter de los europeos” es más rápido (1893: sin página).

            Estos eran los valores de los que hacía gala Andrew Jackson y su recién conformado Partido Demócrata, que, por ello, fueron los grandes receptores del voto del hombre del Oeste: los votantes le consideraban uno de ellos, y no es para menos, tal como demuestra su propia biografía, que lo sitúa como un verdadero hombre de la frontera, parecido al modelo Thoreau no duda en alabar. En primer lugar, nació en la frontera de un estado sureño, Carolina del Sur, y quedó huérfano a una edad temprana, lo que pudo repercutir en su carencia de formación académica. Era pues, un hombre que triunfó en la vida a través de la experiencia del hombre de frontera, con el único motor de sus ideales de frontera, que le llevaron a luchar contra Inglaterra y contra España en Nueva Orleans y la Florida, respectivamente. Una vez conseguidos estos logros, se presentó a la Presidencia y ganó como representante de un partido, el demócrata, que se desmarcaba de las bases intelectuales del federalismo, criticadas implícitamente por Thoreau en Walden, así como del “aburguesamiento” de los republicanos. El demócrata es, por tanto, un partido construido por y para el Oeste, que promovía la igualdad y la desaparición de las élites basándose en los sencillos preceptos que mueven al hombre de frontera: todos los estadounidenses debían tener las mismas oportunidades a la hora de perseguir el sueño americano (Redondo Rodelas 2015: 133-37), que únicamente podía verse cumplido si la población adoptaba la actitud del hombre del Oeste, anteriormente concretada en los siguientes puntos, tal como los presenta Thoreau en su obra: afán madrugador, esfuerzo, versatilidad, marginalización frente a la sociedad burguesa y, sobre todo, independencia. En palabras de Turner, “el individualismo de la frontera desde el principio ha sido el principal promotor de la democracia” (1893: sin página), lo que implica, según él, que la democracia proviene del Oeste, esto es, de personas como Jackson. En definitiva, Andrew Jackson visibilizó el modelo de hombre de frontera que algo más tarde defendería Thoreau, por lo que se puede establecer que, si Jackson y su Partido Demócrata no hubiesen alcanzado la Presidencia de Estados Unidos, es muy probable que Walden no hubiese salido a la luz.

            No obstante, como se ha dejado entrever anteriormente al señalar los condicionantes que sufrían realmente los hombres del Oeste, ni los preceptos que propugna Thoreau ni la democracia jacksoniana deben entenderse desde una perspectiva tan idealizada. Por un lado, como territorio sin Ley, los grandes espacios del Oeste en la mayor parte de las ocasiones se presentaban como lugares hostiles, donde la especulación, los ataques indios, las enfermedades y los condicionantes climatológicos, actuaban como generadores de unos valores mucho menos positivos que los descritos en Walden, como son el cruel despojo de tierras a los indios y la consiguiente concepción del continente americano como propiedad del “hombre blanco”, el racismo contra mejicanos e indios o la arrogancia y tosquedad de los colonos como consecuencia de todo lo anterior (Jiménez 2001: 743). Por otro lado, en cierta relación y coincidencia con estos matices negativos del carácter del hombre de frontera, habría que apuntar que la democracia de Jackson cuenta con sombras que no siempre son tenidas en consideración, como son: el aumento de la desigualdad social provocado por el surgimiento de una nueva élite demócrata a raíz de la supresión del Banco federal y de la potenciación de los bancos estatales; la consolidación del sistema esclavista y las continuas trabas a los proyectos de los abolicionistas; y, sobre todo, la fuerte persecución, genocidio y deslocalización al que fueron sometidas las comunidades nativas (Bosch 2010: 126-27; Redondo Rodelas 2015: 139-40). Por tanto, la vida y valores del hombre del Oeste defendidos por Thoreau y su reflejo político en Jackson y su actividad gubernamental, ofrecen perspectivas contradictorias, que no hacen sino reafirmar la fuerte identificación existente entre este Presidente y sus votantes.

            En conclusión, en Walden, Henry David Thoreau ofrece al lector una imagen, hasta cierto punto idealizada, de la forma de vida y de los valores que definen el carácter del hombre de frontera, como los anteriormente mencionados: previsión, esfuerzo, versatilidad, marginación frente a la civilización e independencia, todo ello dentro del marco filosófico del trascendentalismo y del Unitarismo religioso, que no hacen sino reforzar los cinco rasgos arriba mencionados al proponer que un sujeto debe vivir activamente y en permanente contacto con la naturaleza, únicamente con lo necesario para subsistir y desarrollando un modo de vida al que solo puede adaptarse habiendo sido receptor de un conocimiento práctico (subsistencia) y un conocimiento teórico (el del “Alma Suprema”), que en ningún caso debe ser confundido con el que de inútilmente se imparte de forma oficial. Esta visión tan idealizada, que el autor parece relativizar en ciertos momentos puntuales, sin duda se opone a la realidad de la vida en la frontera, caracterizada, como se ha señalado anteriormente, por el hambre, las enfermedades, la climatología y geomorfología adversa, los ataques indios y el desarraigo propio de la vida en un lugar extraño, aspectos todos ellos que más bien redundan en la definición de un carácter que cuenta con unos rasgos negativos relacionados con el racismo, la ignorancia y la violencia derivada de ambos. Del mismo modo, como ya se ha comentado anteriormente, la democracia jacksoniana, como expresión política de los valores del Oeste, también contó con sus errores.

            Sin tener en cuenta estos aspectos negativos, y de forma más centrada en Walden, lo cierto es que esta obra, además de ser interesante y de contar con cierta calidad literaria, ofrece al lector, y especialmente al historiador, una visión de primera mano de cómo era la mentalidad del votante demócrata, esto es, de aquél votante del Oeste, entendido en un sentido amplio (no necesariamente todos los votantes jacksonianos eran del Oeste) que depositó su confianza en un hombre como Jackson para que desarrollase las políticas que él consideraba necesarias atendiendo a su propia concepción de la realidad. En otras palabras, Walden resulta de interés en tanto que ofrece un relato amplio de la ideología que subyacía en el hombre de frontera. Se trata de una visión mitificada, que seguiría y, de hecho, sigue existiendo hoy en día, lo que no implica, sin embargo, que esté vacía de contenido, pues lo cierto es que los valores que propone Thoreau, aunque idealizados, siguen estando todavía muy vigentes en la actualidad, no tanto por su abundancia y extensión, sino más bien al contrario, por su ausencia. En definitiva, se trata de una obra cuyo contenido todavía podría resultar útil al igual que, según consideraba al autor, habría resultado útil en su momento para los jóvenes estadounidenses.

OBRAS CITADAS.

Bosch, Aurora (2010): Historia de Estados Unidos (1776-1845). Barcelona, Crítica.

Goodman, Russell B. (2015): American Philosophy before Pragmatism. Oxford, Oxford University Press.

_____ (2016): “Transcendentalism”. En: Stanford Encycolpedia of Philosophy. Stanford University, Center for the Study of Language and Information (CSLI):  <https://plato.stanford.edu/entries/transcendentalism/#Rel>. Última visita: 15.10.19.

Jiménez, Alfredo (2001): “La Historia como fabricación del pasado: la frontera del Oeste o American West”. En: Anuario de estudios americanos, CSIC, vol. 58, n.º 2, pp.737-755.

Lagergren, Erika (2006): “To live deliberately or to conquer an island of despair: a comparative analysis of the depictions of man’s relationship with nature in Walden and Robinson Crusoe as grounded in the works’ protagonists”. Tesis doctoral inédita. Växjö universitet.

Paxson, Frederic L. (1924): History of the Anerican frontier (1763-1893). Cambridge, The Riverside Press.

Redondo Rodelas, Javier (2015): Presidentes de Estados Unidos. Madrid, La Esfera de los Libros.

Reidhead, Julia (1998): “Henry David Thoreau (1817-1862)”. En: Reidhead, Julia (ed.): The Norton Anthology of American Literature, vol. I. New York, Norton & Company, 1998, pp.1749-1990.

Thoreau, Henry David (2006): Walden, Javier Alcoriza y Antonio Lastra (eds.). Madrid, Cátedra, 2.ª edición. 

Turner, Frederick Jackson (1893): “The Significance of Frontier in American History”. Conferencia expuesta ante la American Historical Association en Chicago, el 12 de julio de 1893.

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