El corazón de lado

por Mar 2, 2022

El corazón de lado

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¿Qué se nos pasa por la cabeza si recordamos que el premio Rossone d’Oro de 1997 (Italia) lo consiguió por primera vez una mujer? ¿Y si decimos que esa persona, mujer y española, fue Almudena Grandes? Este prestigioso premio se otorga a personas que destacan en las Letras, Artes y Ciencias, como Sábato o Moravia. Almudena Grandes resaltó, además, por ser la primera mujer en obtenerlo.

Grandes nació en 1960, en Madrid. Estudió Geografía e Historia, pero siempre tuvo claro que quería dedicar su vida a la literatura. A sus 29 años publicó Las edades de Lulú, la que sería su primera novela y cuya obra conseguiría encumbrarla en ese mismo instante: se tradujo a más de veinte idiomas y se vendieron más de un millón de ejemplares.

Otras obras dignas de mención en sus inicios como escritora fueron: Malena es un nombre de tango (1994), Los aires difíciles (2002), Castillos de Cartón (2004) y Estaciones de paso (2005). En 2008, recibió el VII Premio de Novela José Manuel Lara Hernández por su libro El corazón helado. El argumento de la obra, vida de dos familias españolas desde la época de la posguerra civil española hasta nuestros días, despertó el interés de los lectores.
No fueron los únicos premios que obtuvo, pues cabe mencionar el Premio La Sonrisa Vertical (1989), el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2011) y el Premio Nacional de Narrativa (2018). De entre sus obras más recientes sobresalen Inés y la alegría (2010), El lector de Julio Verne (2012) y La madre de Frankenstein (2020).

En sus escritos, Grandes empleaba un lenguaje ornamentado, aunque ligero y fresco, lo que permite una lectura fácil. Además, conseguía enriquecerla gracias a la inclusión de intercalaciones temporales, una diversidad de personajes y escenarios donde cosechaba un humanismo y una unión con la realidad más actual. Así, en la novela Los besos en el pan (2015) narra la vida diaria de las familias que se llenan de coraje y persistencia para conseguir un plato de comida mediante el trabajo que se les permite realizar.

La escritora utilizaba una herramienta fundamental que permite el acceso a la transportación de otras vidas: el refuerzo de las diferentes perspectivas para observar la realidad y la construcción de pensamientos que nutran nuestra mente. Esta herramienta se denomina literatura. Para esta escritora, la disciplina mencionada le permite a cada uno satisfacer la necesidad que tenemos de escuchar otras historias ajenas a las nuestras. Ofrece una visión a la cuestión de aprender de otras experiencias, así como comprender a partir de las nuestras.

Grandes definía la literatura como algo mágico; esa sensación que te envuelve y te traslada de manera automática a tu propia vida. Así lo profirió en una entrevista que concertó en una fecha relativamente reciente: “Cuando un libro te gusta de verdad, lo lees en primera persona del plural. (…) La literatura tiene una cosa mágica y es que cuando un libro te gusta te cuentan tu vida. Da igual que lo haya escrito un señor que ya no sabemos quién es, once años antes de Cristo, da lo mismo. Tú lees un libro que te implica de una manera misteriosa y acabas leyéndolo en primera persona del plural. (…) Todo lo que le pasaba a Ulises, me pasaba a mí’’.

Por ende, la manera en la que podemos canalizar esas continuas demandas que necesitamos para sobrevivir, nos lo proporciona la literatura, pero… paremos en seco un momento. Reflexionemos un instante. ¿Estamos de acuerdo con ello? ¿Podemos reafirmar que la literatura no solo es placer y disfrute sino también aprendizaje, comportamiento y experiencia?

Para terminar, no podemos cerrar este escrito sin reservar unas líneas al título de esta reflexión: El corazón de lado. Como se puede apreciar, no solo se produce un juego de palabras a partir de la obra que la encumbró como escritora, sino que  consideramos que el corazón de Almudena Grandes estaba en continuo movimiento, posicionándose de un lado y de otro, analizando y experimentando – sin parar – la realidad, para después plasmarla en sus escritos, invitando al lector a no situarse en lo vano y trivial, a no tomar un único posicionamiento en su raciocinio, sino a construir sus propias conclusiones, rebatiendo sus opiniones, o ratificándolas.