El tempus fugit en la novela “Los disparos del cazador” de Rafael Chirbes: del presente al pasado y viceversa

por | Ene 23, 2019

El tempus fugit en la novela “Los disparos del cazador” de Rafael Chirbes: del presente al pasado y viceversa

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Rafael Chirbes, autor destacable de la narrativa de las últimas décadas, presenta en Los disparos del cazador un intento de recuperación de la memoria sobre el periodo histórico que abarca desde el final de la Guerra Civil al final del siglo xx. Además, esta novela, corta e intimista, se apoya en la polifonía textual para reflejar los conflictos generacionales. De este modo, como señala D. Leuenberger, en Los disparos del cazador se muestra la coherencia del mundo narrativo de Chirbes sustentado en la problemática relacionada con las etapas vitales y en el compromiso con la historia de la España de la segunda mitad del siglo xx. El estudio socio-histórico o el estudio moral serían especialmente apropiados para esta novela, pero no se deben menospreciar otros aspectos que pueden ser motivos de análisis como es, en este caso, el tratamiento de la fugacidad de la vida, que cobra un mayor sentido si se relaciona con el contexto novelesco de Chirbes, ligado a la memoria, como se expone al final de este artículo.  

Como ya se ha observado más arriba, el tema principal de la obra es la recuperación del pasado y Carlos Císcar, el protagonista de Los disparos del cazadorobsesionado por ese pasado emprende una reinterpretación de su vida al final de ella. Ignacio Muñoz señala que “el fracaso de proyectos [de felicidad] se manifiesta de forma contundente en las reflexiones sobre la soledad y la muerte, ya en el tiempo de la narración. Conforme se desarrolla la novela, el retrato de este oportunista […] cobra una dimensión trágica y desoladora.” Al final de este análisis, se retomará esa idea. 

Tradicionalmente, con la expresión latina tempus fugit se evoca la condición efímera de la vida. Esta preocupación, de orígenes remotos, se ha manifestado de forma tan constante en la historia de la literatura que se considera un tópico literario. Es frecuente que este tópico se relacione y aparezca asociado a otros con los que tiene un vínculo significativo, este es el caso de, por ejemplo, los tópicos carpe diem, dum vivimus vivamos, cotidie morimur o collige, virgo, rosas… Conviene mencionar que en esta novela se han de tener en cuenta también otros tópicos caracterizados por su conexión con la muerte, memento mori y omnia mors aequat, en los que se profundizará más adelante.  

La fugacidad de la vida es pues, una idea clásica y a la vez moderna, porque permanece perenne a lo largo de toda la historia del ser humano. Chirbes la recoge aquí de forma aparentemente sencilla, pero sin olvidar imágenes que proceden de una larga tradición.  Esto se comprueba en el último párrafo de la obra, por ejemplo, donde se encuentra “una escena de gran carga simbólica […], que implica la idea de caída como metáfora de la pérdida irreparable” (Muñoz 2011); queda de este modo manifiesta la representación simbólica habitual que identifica la fugacidad de la vida con una flor que se marchita: 

 Encima del tocador de la habitación hay un jarrón con flores que hoy atraen mi atención porque Ramón, siempre tan cuidadoso, se ha olvidado de cambiarlas y los pétalos han empezado a caer sobre la superficie del mueble. (p. 135) 

Una vez introducido el tema de forma general, es cuestión de profundizar en lo particular dado que el autor aborda los tópicos literarios mencionados, valiéndose de distintos temas a primera vista intrascendentes, pero que en su fondo tienen una relación directa con el objeto de este estudio. 

En primer lugar, se debe atender a que la novela, narrada por un anciano, va mostrando al lector lo que supone la vejez, por un lado con discretas pinceladas subliminales (generalmente físicas) que contextualizan, y con referencias a trastornos en la salud característicos del último periodo de la vida, como la rotura de cadera de Carlos o la artrosis de Eva: 

Mi mano es rugosa, áspera y de color oscuro; […]. (p. 127)

 [Ramón] cargó con mi cuerpo y me acompañó durante los meses que duró mi recuperación de una rotura de cadera que me ha dejado la secuela de un trombo cuyo recorrido vigilan periódicamente los médicos […]. (p. 9) 

[…] la caja de metal en la que Eva guardaba golosinas que extraía con su mano deforme por la artrosis, pero que a Roberto le parecía la de un mago […] (p. 7) 

Sus pasos repiten el ritmo de una mano que mece una cuna y yo me adormezco. (p. 126)  

En el penúltimo ejemplo, cabe mencionar la contraposición de la inocencia e ilusión infantil que evoluciona según se avanza en la vida y se transforma en perversión, o al menos en una impresión más negra de todo lo que rodea a una persona porque, en definitiva, ese es el tema principal del libro: la degeneración del protagonista según va pasando su vida y la imposibilidad de remediarlo al final de ella. Cabe mencionar la imagen que Chirbes nos presenta de la vejez en el último ejemplo: etapa final como similar en ciertos aspectos (la dependencia de otra persona, por ejemplo) al inicio de la vida. Una especie de retorno al bebé que uno fue años atrás, pero en este caso con consciencia. Por otro lado, se alude a la vejez con referencias explícitas donde la reflexión sobre ella revela cierto desprecio. De hecho, se presentan directamente características negativas de esta etapa vital: 

 La imagen de su cuerpo desnudo y el desconocimiento del estado actual de esa zona de la casa que durante años fue la más querida, me han llevado a reflexionar acerca de cómo la vejez sigue haciendo crecer el proceso de extrañamiento, de pérdida. Uno pierde facultades, pero también espacios […]. (p. 41) 

Me pregunto si no seré yo quien lo espía a él, en vez de ser él quien me espía. En tal caso, la curiosidad constituiría uno de los nuevos vicios que la vejez ha desarrollado en mí. (p. 24)  

Lo de hablar a solas despierto es más reciente. […] No sé si es fruto de la soledad o de la vejez: probablemente un poco de cada cosa. (p. 123) 

[…] y, a veces siento miedo de que, en mi decadencia, aún pueda llegar a conocer aspectos indeseables de mi psicología. Del mismo modo que los esfínteres del cuerpo, es probable que la vejez debilite también las válvulas del alma, […]. (p. 15) 

Esta repulsa de Carlos ante la situación en la que se encuentra se puede interpretar como la identificación de la última etapa de la vida no solo con el paso del tiempo y sus consecuencias generales, sino de forma más particular como la consecuencia de su comportamiento en la vida. Quizás la desaprobación que sienta por la vejez sea la máscara de la recriminación a un final del camino que no le gusta y es la secuela de la vida que ha seguido. A esto se puede deber la vergüenza que siente por la degradación a la que ha llegado: indignidad física de la vejez y, en sus profundos sentimientos, también indignidad moral. 

 No quise que ninguna mujer volviera a pisar la casa, […] porque tenía conciencia de que entraba en la etapa de mi vejez, y un viejo toma actitudes, ofrece imágenes de sí mismo, de su propio cuerpo, que lo humillan ante cualquier mujer […].  (pp. 8-9) 

La búsqueda de esa caja ha ido levantando ante mí una imagen de la vejez que me ha desagradado profundamente, o que, por decirlo sin circunloquios, me ha asustado. (p. 36) 

Es suficiente leer las siete primeras líneas de la obra para encontrar la esencia: la imagen lírica de la vejez (la degradación, según indica Chirbes) representada en la metáfora restos de una belleza destruida. 

[…] en otras ocasiones, pienso que la vejez, del mismo modo que nos vuelve comprensivos con nuestro aspecto físico, también nos lleva a aceptar el de los demás, porque nos educa para convivir con la degradación. (p. 72) 

Las gotas de agua se quedan en el mármol del suelo, junto a la bañera, como restos de una belleza destruida. (p.7) 

Es en este punto, cuando la evocación de la juventud cobra fuerza, entran en juego el carpe diem, el dum vivimus vivamus y el collige, virgo, rosas… mencionados al inicio de este artículo. Estos tópicos encierran un significado similar que se podría sintetizar en el carácter irrecuperable de la juventud y la belleza y la invitación al disfrute del momento antes de que el inevitable paso del tiempo conduzca a la vejez y la muerte. Esta idea de aprovechar el momento, es la que atormenta a Carlos durante toda su reflexión porque siente que él no aprovechó su vida de la manera más apropiada y, en lugar de reconocerlo, se intenta justificar.   

El protagonista añora esa juventud ya perdida y en su imaginación recrea los momentos que más caracterizaron para él esa época. Se basa, fundamentalmente, en la vigorosidad que se puede estudiar abriendo dos líneas distintas. Por un lado, el valor del sexo como satisfacción física vinculada a la juventud (sus relaciones con Elena), posteriormente ese deseo ya no es tanto físico sino mental porque se va convirtiendo en el anhelo de mantener la capacidad de satisfacer que poseía, de intentar no perder del todo esa juventud o recuperarla a través de la de sus amantes (esto se observa sobre todo en sus relaciones con Isabel). Constituyen también para él estas escenas el éxito de su poder, el reflejo de encontrarse en la cima en todos los ámbitos. 

 Elena y yo no volvimos a acostarnos juntos y siempre me ha quedado la duda de por qué. Yo aún la deseo, o quizá sólo deseo la juventud perdida. […]. (p. 72) 

Creí que bastaba con demostrarle que aún podía seducirla con mi sexo: la inexperiencia, la juventud. (p. 70) 

Falta la igualdad de deseo, o por mejor decirlo, yo la deseo furiosamente (su juventud, su piel tersa, […]). (p. 78) 

Pero ni siquiera sobre la intrascendencia de Isabel he conseguido que caiga el olvido, […]. No es que me duela el final, como me duele el recuerdo de la última noche con Elena, pero sí el recuerdo de su carne, o quizá –de nuevo– solo me duele el recuerdo de mi propia juventud. (p. 94) 

Finalmente, ya aceptada la pérdida de ese tiempo y su actual estado en la última etapa de la vida, Carlos se resigna a asumirse vencido por los años también en el ámbito sexual, que le lleva de nuevo a la reflexión sobre la degradación, en este caso física: 

Los días que siento esa nostalgia, le pido a Ramón que me arregle la vieja habitación de matrimonio […] y me dejo llevar por mis instintos […], hasta que la imagen de mi cuerpo reflejada en el espejo me devuelve la sospecha de la fluidez de mis sentimientos y la certeza de la degradación de la carne. Ya no soy fuerte. (pp. 22-23) 

Por otro lado, esa vigorosidad de juventud, a la que se ha hecho referencia antes, queda reflejada en la fuerza física, encarnada en Los disparos del cazador por el Carlos joven, que, paulatinamente, va robándole el sitio a Manolo (el enfermo hermano de Eva). 

 La enfermedad estrechó mis relaciones con la familia, ya que Manolo me convocaba a su despacho cada vez con más frecuencia, y allí yo le ayudaba en el trabajo, y una vez concluida la tarea de la tarde, me pedía que me quedase con él para jugar al dominó o a las damas, o para leerle los periódicos y libros que empezaba a sostener entre las manos con dificultad […], Manolo me hacía caminar ante él y me pedía que me acercara a su silla y me tocaba los músculos de los brazos y de las piernas y me decía: “Carlos, cómo envidio tu fuerza, tu salud”. (p. 63) 

El otro personaje con el que Chirbes nos expone esa fuerza es Ramón, el criado de Carlos. Como indica I. Muñoz, “la fortaleza y el vigor de Ramón son envidiados por Carlos, porque le hacen aún más notoria su decadencia física, su debilidad y su dependencia”. No se debe menospreciar la figura de este personaje con el que se abre la novela y del que apenas se conoce nada. El propio protagonista, que también padece en parte ese desconocimiento, aporta indicios en su narración que sugieren como posible intención de Ramón beneficiarse ascendiendo en la vida a costa de Carlos cuando este fallezca. Se establece un cierto paralelismo entre lo que supone la relación de Carlos con Manolo y la de Ramón con Carlos. 

 […] noto el sudor de su nuca en mi cara, oigo su respiración jadeante como si sustituyera a la mía y pienso: “Sus piernas son las mías, sus pulmones son los míos, suda por mí”, y siento vergüenza de verme así llevado, inútil y también una inmensa gratitud. (p. 125)  

Comparo los músculos tensos de Ramón con mi cuerpo degradado y siento deseos de suplicarle que me traspase un poco de su fuerza y, mientras lo contemplo, no puedo apartar de mí la idea de una injusticia: es como si su fuerza creciera a costa de arrebatarme la mía, y entonces me asalta el recuerdo de cómo, a medida que Manolo se quedaba en la butaca del rincón, yo me senté en sus sillas, ocupé su lugar en el escritorio de la oficina, cogí entre mis manos el volante de su automóvil, leí los libros que él ya no podía sostener y, años más tarde, edifiqué mi casa en el lugar que él me había enseñado que era el más hermoso. (p. 68) 

Se produce la inevitable renovación generacional que implica el ciclo vital. Este fenómeno lo describió acertadamente Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías: “Estamos mirando el abismo de la vejez y los niños vienen por detrás y nos empujan”. Aprovechando la coyuntura que brinda esta última idea, conviene tratar en este momento el tema de la muerte como fin último de la fugacidad vital: memento mori (‘recuerda que morirás’).  

[…] ese certificado que todos recibimos al nacer y que se llama muerte. (p. 9) 

Por un momento tuve la impresión de que se iniciaba la cuenta atrás; […]. (p. 130) 

En la novela, la muerte de los personajes es fundamental. Solo quedan vivos cuatro de los personajes más relevantes (Carlos, Manuel, Roberto y Ramón). En las referencias a los fallecimientos de Manolo, de Ort, de Julia y de Eva se encuentran ciertas alusiones al tempus fugit. Así, se observan equivalencias de la vida con un segmento delimitado (un plazo) y se insiste en la permanencia limitada de los seres humanos en el mundo (referencia a las vidas pasadas que ya solo quedan en fotos y que no trascenderán más allá de unas décadas). 

 La casa de mis padres […] y la butaca con el cuerpo de Manolo consumido por la enfermedad, ya están solo en las viejas fotografías del cajón. Lo mismo ocurre con Eva. Y también con algunos de los que vinieron después: mi pobre Julia, cuyo plazo ya concluyó, tan pronto. Quedamos Manuel, Roberto y yo, que aún vivimos dentro y fuera del cajón, siendo la vida de fuera más frágil que la de dentro. (p. 65) 

 

 

 

 También la novela recoge el tópico literario omnia mors aequat que alude al poder igualador de la muerte. Este tópico es el enlace entre los padres de Carlos y los de Eva; son personas de distinta clase social y con distintas concepciones del mundo, pero ni la aristocracia, el poder o el éxito pueden ser rivales para el tempus fugit y el memento mori que permanecen invictos en la historia de la humanidad y que conducen irremediablemente al mismo final. 

 Hace tiempo adquirimos un panteón familiar en el que están enterrados mis padres y los de Eva: el señor y el contable a un palmo el uno del otro. (p. 117)  

La idea de la muerte como hecho inevitable y rival invencible hace que Carlos se sienta débil al comprobar que ni todo su éxito financiero ni social son armas que le permitan luchar contra ella. Por tanto, no sorprende que prime en el protagonista un miedo al encuentro directo con la muerte. Es este temor el que explica por qué rehúye despedirse de Manolo y el que le descoloca cuando Eva le anuncia su tumor. Quizá sea ese miedo el responsable de la rápida negación de la muerte propia que evita el suicidio del protagonista cuando parece que ha perdido las ganas de vivir. 

 “Ya no te veré más”, me había dicho por encima del lazo mal anudado de su chaqué, y me había hecho una señal para que yo le pidiera a Eva que nos dejase solos, pero no me sentí con ánimos, e hice como que no entendía su gesto. (p. 67) 

No supe qué hacer. […]. Quise decirle: “¿Tienes miedo?”, pero me quedé mirándola. (p. 131) 

[…] mientras Eva se moría en el hospital, llegué a pensar en cazarme yo mismo, poniéndome un fusil contra el pecho. Creo que fue la reacción noble de un animal que se sentía perdido, pese a que acabar venciendo mi parte más humana, más racional, que no sé si es exactamente la mejor, aunque sí la que me ha obligado a seguir viviendo, a pesar de que ya no me quedan demasiadas ganas. (p. 101) 

Este miedo se recoge de nuevo al final de la novela pero ya con cierta resignación posibilitada por todos los avisos que la vejez va ofreciendo para indicar que el final del camino se acerca. En uno de los últimos fragmentos de Los disparos del cazador se alude a la muerte, sabiéndola cercana, por medio del eufemismo informe masa de sombras y usando como recurso la interrogación que simboliza el aura de misterio que hay en torno a ella. 

 El espejo […] también refleja por detrás del jarrón una informe masa de sombras. Algo parece agazaparse en ellas y vigilarme. Mientras escribo, veo de soslayo esas sombras y me pregunto cómo llegará. ¿Vendrá de noche? ¿Lo hará en pleno día? ¿Será rápido o irá cercándome lentamente, complacido en mi degradación? ¿Llegará aquí, a esta misma cama, o me buscará en una habitación de hospital? (pp. 135 – 136)  

De forma trasversal, esta novela aborda tanto el desarrollo de las etapas de la vida hasta llegar a la vejez y posteriormente a la defunción, como la posterioridad a la muerte, en cuanto a cómo ponerse en contacto con las personas ya desaparecidas, cómo evocarlas. Además, encontramos también referencias a distintas tradiciones o rituales posmortem (alusiones al esparcimiento de cenizas, a los enterramientos en los cementerios y a rituales de culturas lejanas donde los cadáveres se acompañaban de objetos significativos). 

 Es curioso, pero desde la muerte de Julia, la caza me parece un ejercicio purificador. Es como si me pusiera en comunicación con ella. Acaricio a los animales que acabo de matar, y su rescoldo de calor es un puente entre la muerte y la vida y, sintiéndolo, siento algo así como la punta de los dedos de Julia. (p. 116) 

Sí, es cierto, las fotografías guardan, como las presas recién cobradas, un rescoldo de calor. Paso el pulgar sobre ellas, las toco, y siento que me pongo en contacto con quienes ya no están, y ese contacto me proporciona un consuelo indefinido. (p. 133) 

No hay lápida en la que sentarse, para charlar de vez en cuando y tener la impresión de que ella te escucha, no hay un jarrón en el que colocar las flores y pensar que ella ve por algún misterioso agujero esas flores, o que percibe su perfume a través de la tierra. (p. 116)

 […] a mí mismo me resulta casi imposible aceptar que ella ya no está en ninguna parte, que se ha esfumado como un personaje de novela de misterio. No ayuda nada a soportar la ausencia esa imposibilidad de poner el cadáver en algún sitio del mundo para que los recuerdos vayan edificando el día siguiente. (p. 115) 

En este punto, en el que el autor mezcla el final de la vida con el recuerdo de ella, puede ser especialmente interesante atender al valor del recuerdo, dado que la obra de Chirbes supone un proyecto narrativo basado en la reivindicación de la memoria. Se puede abordar el tema de la memoria y los recuerdos en relación al tempus fugit, es decir, la asociación con la nostalgia de distintos momentos de esa contrarreloj que es la vida. 

 No soportaba ni la luz ni la oscuridad. En ambos casos los recuerdos se movían libremente y me reclamaban los minutos perdidos, los gestos interrumpidos. (p. 129)  

Los recuerdos tienen un orden, un antes y un después, el tiempo de las heridas y el de las llagas que siguen supurando durante años sin que nada pueda sanarlas. (p. 45) 

Los recuerdos tenían que ser como lecciones de un oficio que nos sirvieran solo para hacer las cosas de cada día: algo técnico, pero carente de cualquier densidad, de cualquier emoción. (p. 14) 

[…] las imágenes felices detenidas en viejas fotografías que aún me encuentro cuando registro los cajones buscando ordenar de otro modo las cosas, cambiarles en mi cabeza el curso que siguieron, reconstruirlas poniendo en pie de otro modo los momentos de escombros a que todo ha quedado reducido. (p. 10) 

Aunque aparece entrelazada con la idea de los recuerdos por los momentos ya perdidos de la vida, la memoria también adquiere connotaciones socio-culturales. Así, según Larraz (2009: 189), “con la suspensión de sus afanes y la oportunidad de la reflexión, la memoria asalta a Carlos en el tiempo de su discurso como un incómodo visitante. […] La memoria convierte a este cazador en presa”. Este mismo autor nos indica que la memoria no es un espacio inocente sino que supone “la consecuencia de su condición de repudiado y desautorizado por la nueva generación y los nuevos discursos de la transición”. 

 Vuelve la memoria como un enemigo al que nunca se derrota. (p. 57) 

Se lo escuché decir una vez a mi suegro: “Uno se pasa la primera mitad de la vida vistiéndose, y la segunda desnudándose”. Ahora entiendo lo que quería decir, y sé que uno no se desnuda fácil ni ordenadamente, sino que lo hace con brusquedad, dejándose jirones sobre el cuerpo. A esos pedazos que se nos enredan entre las piernas y nos impiden caminar con libertad en la segunda parte de nuestra vida los llamamos memoria. (p. 93)  

En conclusión, Los disparos del cazador es una novela de alta complejidad que sumerge al lector, de la mano de un anciano, en una visión pesimista del irrevocable paso del tiempo. Enfatizando la importancia de la memoria en todo el proceso narrativo, Chirbes, con su cuidado lenguaje y su magnífica estructura, conduce a la reflexión sobre la nostalgia y la angustia que supone envejecer y, finalmente, morir. 

Al comienzo de este artículo se ha aludido a la “pérdida irreparable” que Ignacio Muñoz vincula a la juventud, pero esa pérdida constituye también la irreparabilidad de la vida: ya se ha gastado la oportunidad de vivir, no hay más oportunidades para hacerlo mejor. El progreso del protagonista “en el aspecto socio-económico coincide en una degradación, a su vez, en el ámbito sentimental y familiar, un proceso que alcanza su culminación al llegar a la vejez” (Muñoz, 2011: 28), es por eso que se encuentra ahora solo en la única compañía de un criado (que casualmente le sirve de espejo al  pasado, reflejándole sus comienzos) y lejos de su poderío exitoso que ya se ha evaporado: “el curso del tiempo ha supuesto una traición porque ha traído un prosaísmo insufrible que ya no reconoce su aristocracia” (Larraz, 2009: 186). El protagonista intenta justificar su comportamiento en la vida porque es consciente de que la visión pesimista que tiene de la existencia se debe al modo de vida al que se ha entregado y no quiere asumir que su vejez podría ser de otra manera si sus actos hubieran sido distintos en el transcurso de su vida. 

Esta novela supone una síntesis de la vida como tres etapas bien definidas: la infancia, asociada a la inocencia y a la belleza; la juventud, al oportunismo, a la aventura y a la fuerza; y la vejez, a la reflexión y la degradación. En su apoteósico párrafo final, alude a la imagen más común del tempus fugit: el reloj. Las personas giran rápidamente y en un mismo sentido en el reloj universal hasta que consumen el número de vueltas que el destino les ha concedido, entonces desaparecen, pero el reloj seguirá girando sin ellas. El tiempo también ha huido ya para Chirbes pero las personas que aún siguen girando en el reloj universal harán que él y sus obras permanezcan en la memoria. 

 

OBRAS CITADAS

Chirbes, Rafael (2011): Los disparos del cazador. Barcelona: Castalia Ediciones.  

Gómez de la Serna, Ramón (1989): Greguerías. Madrid: Cátedra. 

Larraz, Fernando (2009): “Los disparos del cazador, de Rafael Chirbes, radiografía moral del franquismo”. Salina: Revista de Lletres, 23, pp. 183-190. 

Leuenberger, Daniel (2005): “Acercamiento a la obra narrativa de Rafael Chirbes: Los disparos del cazador”. Consensus, 10, pp. 59-72. 

Muñoz, Ignacio (2011): “Introducción”. Rafael Chirbes: Los disparos del cazador. Barcelona: Castalia Ediciones. 

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