¿Quién escribe?

por | Nov 8, 2019

¿Quién escribe?

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La pregunta no alcanza a reflejar la complejidad que implica su formulación. Cuestionar al ente que firma un libro, que se adjudica la autoridad sobre este, lleva a la difícil tarea de determinar su estatus dentro de la obra. ¿Estamos dispuestos a invocarlo como el demiurgo que da sentido al texto o preferimos olvidarlo para dar vida, como diría Barthes, al lector? El problema es precisamente ese. La crítica ha advertido en todo momento que, como es imposible acceder a la mente del creador, especialmente si ha fallecido, solo debemos fijarnos en su creación. Sin embargo, al mismo tiempo, cierto tipo de aproximación a la literatura y a la escritura, en general, asume una perspectiva diferente: parece un error ignorar cómo la persona que escribe, su identidad y su relación con la sociedad de la que forma parte, afecta la recepción de sus escritos. Este es el caso de la crítica feminista, por ejemplo, o de la poscolonial.

            La autoficción formula esta pregunta, en su relación con la ficción y la autobiografía. La conjunción resulta, de por sí, problemática. Mientras parece obvio que quien relata su propia vida es responsable por los hechos narrados y por las opiniones contenidas en su texto, el autor de una narración ficcional queda exento. Dicho en breve, no se debe mezclar la realidad con lo inventado. Al confundir estas dos instancias, la obra autoficcional obliga a cuestionar ambas. Tal vez toda autobiografía es una ficción y la pretensión del autobiografista, su premisa narrativa e, incluso, el principio moral que parece subyacer a este tipo de relatos —la noción de que la vida narrada es, por alguna razón, modélica o al menos interesante— son sospechosos.

            El texto autoficticio da una respuesta, pero lo hace de forma irónica, subrayando las contradicciones. Uno de los personajes afirma ser quien escribe, solo para negar a continuación su propia realidad. Esta estructura suele ser asociada, sobre todo en sus formulaciones más populares, a una ecuación sencilla: la autoficción es una mezcla de autobiografía y novela, un relato identitario que abiertamente confunde la memoria y la ficción. Resulta natural, Serge Doubrovsky, al inventar el neologismo, sugirió esta idea y la ligó al proceso de exploración psicoanalítico. Sin embargo, Gerard Genette y Vincent Colonna, entre otros, no tardaron en sugerir que el principio central de este modo narrativo es la ficcionalización de la figura autorial. Esto abre un campo distinto de reflexión: una obra autoficticia hace ficción sobre el autor, problematiza su figura y su rol dentro del discurso narrativo. Al hacerlo, subraya su propia artificialidad. Es por esto que autoras como Vera Toro afirman que la autoficción es necesariamente metaficticia.

            En este contexto, la pregunta retoma su complejidad inicial. Es cierto, la autoficción puede apuntar a la persona que escribe. Sin embargo, para hacerlo, señala a la figura textual, al nombre que firma la obra y a su función en el discurso. Es aquí donde cobra relevancia el concepto de autoficción especular: existe cierta modalidad narrativa que, a través de mecanismos metaficticios, crea un reflejo del autor. Este espejo puede reproducir al individuo concreto que realiza la labor escritural o a la función discursiva que es, a fin de cuentas, el autor. No solo, debido a su cualidad altamente autorreflexiva, el texto posee una autoconsciencia extrema. No solo ficcionaliza a la figura autorial, sino que explicita el proceso que genera la ficción, hace al lector cómplice de la artificialidad del texto. 

            La autoficción especular es una parodia: invoca las nociones que existen en torno a la autoría literaria y las mira con distancia irónica. Estas nociones pueden incluir, es evidente, la biografía del escritor. Pero también, el complejo problema que implica el nombre de un autor, su supuesta autoridad o su posible muerte —retomando, una vez más, la expresión de Barthes—. Por tanto, enuncia la pregunta por el escritor sin renunciar a su complejidad, sin buscar salidas fáciles a un problema tan denso. Recuerda que la respuesta es siempre un nuevo problema, una contradicción que, al menos desde la perspectiva de la ficción, no necesita resolverse.

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