Una vidriera que se rompe cada día: sobre los lugares inciertos

por Mar 3, 2024

Una vidriera que se rompe cada día: sobre los lugares inciertos

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“A nosotros la vida nos tritura y desmenuza y más que vivir reflexionamos sobre la vida. Somos como vidrieras abiertas que un golpe de viento arranca y destroza. Vidrieras de colores con figuras de santos, de diablos, de reyes, de emperadores, de ángeles. La vidriera se rompe cada día. Y quedan los trozos diseminados y mal puestos: la pierna rota de un ángel con el cuerpo de un demonio, la media luna plateada hecha pedazos, uno de ellos junto a la boca de San Pedro, otro, sobre el halo de Jesús y otro en la mano de la Virgen María o en el trasero de Constantino. Luego, tenemos que reconstruir esa vidriera y pegar los trozos sueltos y ponerla en su sitio. Cada vez la vidriera es más difícil de recomponer, y llega un momento en que ya no pasa por ella ni el sol ni la luz y estamos a oscuras, y cuando el viento la rompe otra vez, no vale la pena tratar de recomponerla. Andamos a cuatro manos y suspiramos sobre un seno de la Virgen María y lloramos sobre la mejilla rota del niño Jesús y damos de patadas a las trizas de Constantino, hiriéndonos el pie con los cristales. Somos diferentes, nosotros”.
En este mosaico incongruente de pedazos inservibles, Ramón J. Sender cifra la segregación de uno de sus muchos personajes marginados: el protagonista del cuento “Pantera negra” de Relatos fronterizos.

Tal vez mi fascinación por los lugares procede de algo parecido al esfuerzo por recolocar en su sitio cada trozo suelto que queda de una vidriera que, aunque frangible, nos proporciona posibilidades combinatorias inagotables. Caí en la cuenta de haber encontrado esta vidriera cuando mi inquietud topográfica entroncó con el estudio del exilio republicano de 1939 y de la literatura escrita por los muchos a quienes el régimen destrozó los dibujos de sus propias vidrieras. Desde entonces, ocuparme de lugares inciertos y frágiles y de las herramientas para intentar recomponerlos se ha convertido en el epicentro de mi curiosidad investigativa. Me pregunté cuáles serían los recursos a que los autores acudieron para representar los espacios perdidos, añorados, recobrados, de sus mapas biográficos y literarios.

La hipótesis que lancé en la gestación del trabajo hacía referencia a la posibilidad de apoyarse en la encrucijada de narrativa breve y giro espacial como recurso interpretativo para desentrañar el potencial simbólico de los lugares presentes en la brevitas literaria de Max Aub y Ramón J. Sender. Las formas breves funcionan como dispositivos que cuestionan las clasificaciones y que renuncian a ambiciones representativas, por plantearse, en cambio, problemas de representación; en otras palabras, convierten en estética la categoría intelectual y emotiva de lo instantáneo. Novelas cortas, cuentos y microrrelatos se sustentan de una tensión entre agregación e hibridación que se refleja en los universos –o vidrieras– fragmentados pero coherentes de Aub y Sender. De ahí que la interpretación de los lugares presentes en sus obras no se agote en una visión de la descripción como simple écfrasis retórica, sometida a la narración. El inventario topográfico es, más bien, una parte esencial e imprescindible en el entramado narrativo. Las descripciones de lugares, si aparecen en la economía textual de la narrativa breve, se cargan de consistencia semántica y de función simbólica y el espacio se convierte en el depositario del significado del texto, en el lugar concreto donde atesorar sus múltiples sugestiones. La crítica reconoce a los géneros breves la capacidad de actuar como una forma peculiar de mapa, que se hilvana sobre todo alrededor de los sujetos marginales; es decir, como el cauce literario que recoge la fragmentariedad y la exclusión.

Me resultó alumbrador el denominado ‘giro espacial’ de la episteme contemporánea y que bien se ajusta a un cronotopo bajtiniano de crisis y contradicción como es el del exiliado. En particular, la vuelta de tuerca de mi estudio fue el concepto de heterotopía acuñado por Foucault: un espacio ‘otro’, un lugar sin lugares, perturbador, intenso, incompatible, contradictorio; un mundo en que caben otros mundos que están en él a la vez reflejados y alterados. Al componerse de espacios heterogéneos e irreductibles, las heterotopías subyacen a toda topografía incierta y son un eficaz instrumento hermenéutico a la hora de escudriñar los lugares de los exiliados, sean estos barcos, campos de concentración, fronteras o aduanas. Si las heterotopías funcionan como ‘contra-espacios’ intersticiales que permiten reapropiarse de un lugar negado, me animé entonces a bucear en estos espacios de resistencia y de separación, que albergan a aquellos individuos, tal como fueron los desterrados, alejados de la comunidad en un limbo intermedio, un locus sacer, y que, por estar lejos, garantizan la hegemonía del grupo del cual fueron expulsados. He considerado provechoso insistir en los vínculos entre la topología y el poder despótico, típico de toda dictatura, que sustituye a la descripción la prescripción del espacio. Este espacio participa de su ideología y genera zonas de las que los sujetos juzgados como espurios quedan excluidos. De ser así, la cartografía híbrida alojada en las obras de los exiliados ejerce una función de contranarrativa –o de contrapunto, tal como sugiere el nombre de esta preciosa revista–, a la topografía oficial del régimen.

Cuando empecé a escribir mi tesis estaba enterada tanto de la complejidad de ahondar en un campo de estudio tan articulado e interdisciplinar como de los límites a los que habría tenido que enfrentarme para llevarlo al cabo. La vastedad y variedad de las fuentes primarias entre las cuales escoger ejemplos significativos, la recopilación fragmentaria de las mismas, el ingente número de textos críticos y bibliográficos dedicados a los aparatos metodológicos y a autores entre los más consagrados del exilio no han hecho sino aumentar la sensación de vulnerabilidad frente a la posibilidad de llegar a una sistematización solvente de las representaciones del espacio.

Por aquel entonces corría el año 2020 y, justo al comienzo de una cálida primavera, la pandemia irrumpió en nuestros espacios, trastocándolos: mientras el confinamiento y las restricciones reducían al mero perímetro de mi piso el espacio que me correspondía, gracias a la lectura y a la escritura iba trazando un mapa mucho más amplio, sin fronteras nítidas, capaz de abarcar todos los espacios simultáneos en que los desterrados vivieron, así como todos los paisajes cambiantes de sus obras, a mitad de camino entre los vericuetos de la memoria de lo que habían perdido y el afán por instalarse en un mundo nuevo. De alguna manera, decidí aceptar esa precariedad como un rasgo constitutivo de la misma materia tratada, renuente a ser encasillada en paradigmas fijos por su calidad de abrir intersticios en que caben lugares contrapuestos e inconciliables. Por encima de todo, creo que ninguna actividad de investigación tendría que empezar si el resultado no es incierto.

Lo que espero es que mi trabajo pueda ser un pequeño espacio recobrado, si bien muy a deshora: una tentativa por reubicar a algunas figuras de santo o de diablo en su sitio, por restaurar una ínfima parte de esa vidriera de colores que se rompe cada día y que sí, don Ramón, siempre vale la pena recomponer.