La ciudad detrás de las páginas. “Caracas Muerde”, de Héctor Torres

por | Jun 11, 2020

La ciudad detrás de las páginas. “Caracas Muerde”, de Héctor Torres

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Caracas muerde, Héctor Torres

Deconatus

180 páginas, 17,90 euros

El título parece advertir algo al lector. Empecemos, entonces, por hacer otras dos advertencias. Primero, Caracas muerde, de Héctor Torres, ya fue un éxito en Venezuela, en 2012. Esto no garantiza, por supuesto, que el libro sea bueno (o malo). Sí significa que su llegada a España viene acompañada por una carga importante. Debemos preguntar por qué la publicación fue relevante en el mundo literario venezolano. La respuesta a esta cuestión, en torno a la cual volveremos más adelante, es la segunda advertencia: este texto parece escrito para caraqueños. Por un lado, las historias recogidas pertenecen al imaginario colectivo de la urbe. Quienes hemos vivido en Caracas reconocemos anécdotas que hemos escuchado o que reflejan experiencias personales. Por otro lado, la prosa busca emular una coloquialidad propia de la ciudad latinoamericana. En otras palabras, se recogen sociolectos e idiolectos de la capital de Venezuela, lo que puede dificultar la lectura para quienes no estén familiarizados con estos.

Es necesario matizar: las crónicas de Torres pueden hablar, perfectamente, a un lector español (o hispanohablante, en general). Pero el narrador se ubica en una geografía concreta, habla desde un lugar específico, y esto se ve reflejado en sus narraciones.

En la portada de la edición original, se leía el subtítulo de Caracas muerde: “Crónicas de una guerra no declarada”. Así, se advertía desde el principio que estábamos frente a una no-ficción. Esta cualidad carga consigo una complejidad que, en este caso, cobra relevancia.

No es un secreto, cualquier intento por reconstruir la realidad a través de la literatura —y de cualquier medio— implica un grado de artificialidad. Estructurar los materiales que proporciona la experiencia en un discurso coherente obliga al escritor a transformar y desfigurar lo real. Incluso cuando esta distorsión quiere reducirse al mínimo, en textos que pretenden ser objetivos, la ficcionalización es inevitable.

El libro de Torres en ningún momento engaña al lector. Por el contrario, la cualidad que comentamos al iniciar —la prosa coloquial, repleta de idiolectos y sociolectos caraqueños— construye un tono que en ningún momento pretende ser objetivo, no en un sentido tradicional, por lo menos. El único personaje constante en las crónicas es el narrador. Se construye como una voz autónoma y reflexiva. Dicha construcción, sin hacerla explícita, tampoco oculta su cualidad ficcional. Luego, el volumen asume de frente su carácter paradójico. Quiere hablar de una realidad, pero lo hace de la única manera posible: a través de una voz narrativa que, para dar sentido al mundo, recurre a la ficción.

Si el discurso es un reflejo de la idiosincrasia caraqueña, encarnada, sobre todo, en el narrador, su carácter ambiguo resulta significativo. Recuerda cómo toda forma de “sabiduría popular” apela a la imaginación para edificar sus certezas. No quiero decir que Torres no haya realizado una investigación previa para sus crónicas o que intente pasar historias falsas por verídicas. Ahora, sea o no la intención, el discurso se ubica en un punto limítrofe entre la crónica y la ficción. La efectividad del libro en el público venezolano se debe, en buena medida, a este hecho: la forma en que se sostiene sobre el imaginario de los caraqueños. Apela a la mitología urbana de la capital de Venezuela.

Esto obliga a plantear una pregunta necesaria en esta reseña: ¿cómo será la recepción de este discurso en los españoles? La prosa, ya se ha dicho, exige a un lector interesado, alguien que quiera conocer cómo hablan los caraqueños. Quién lo haga, sobra decirlo, tendrá un acceso privilegiado al universo de Caracas. Asimismo, este hipotético lector podrá sumergirse en la capital venezolana, una entidad orgánica que obedece a una lógica particular —algo propio de las urbes latinoamericanas y, probablemente, de cualquier gran ciudad—.

Al mismo tiempo, otros aspectos de la psique caraqueña traspasan, quizá sin intención, a las crónicas de Torres. Caracas muerde revela una suerte de orgullo localista, casi un nacionalismo. Al tiempo que los textos revelan las miserias de la capital venezolana, parecen querer subrayar sus virtudes. En las crónicas, los protagonistas “buenos” —reconozco que el término es impreciso en este contexto— parecen ser doblemente virtuosos por tener que sobrevivir en las calles caraqueñas. Esta forma de romantización es común en la literatura venezolana —y caribeña— y a veces puede rallar en ideologías que son, cuando menos, cuestionables.

El retrato de Caracas que encontramos en el libro de Torres responde, finalmente, a su momento. No debemos olvidar que fue publicado en 2012. Por tanto, la urbe representada ha desaparecido al ritmo de la decadencia que ha vivido Venezuela durante la última década. Esto no anula la fuerza de las imágenes, pero exige algo al lector. La intención política de Caracas muerde es evidente y su llegada a España está condicionada por el contexto —tanto el venezolano como el español—. Quien se adentre en esta lectura no solo se sumerge en un mundo que quizá le es ajeno, también debería indagar en la realidad de Venezuela. A pesar del tono coloquial del narrador, de su ambigüedad no-ficcional, el peso del volumen se encuentra, en buena medida, en la ciudad que se oculta detrás las páginas.

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