La edad de los poetas no se mide en veranos. “Un ramo de flores”, de Pablo Lópiz Cantó
Pablo Lópiz Cantó, Un ramo de flores
Madrid, Eolas
84 páginas, 14 euros
El verano ya ha terminado, y mientras la ciudad recupera su grisura funcional, yo aún arrastro arena en los bolsillos y versos de Un ramo de flores (2025) en la cabeza. Me salto el orden previsto de las secciones del poemario, como corresponde, para quedarme con la penúltima, “La edad de los poetas”, mi pieza predilecta y una invitación a pensar por qué los poetas nunca tienen edad fija. Son como los dioses antiguos, las sacerdotisas o las suculentas: sobreviven a todo. Recuerdo versos de Berta G. Faet (Valencia, 1988) en aquella “Primera epístola a los Corintios…” de La edad de merecer (2015) en la que el yo lírico habla de unas vacaciones de verano en Lanzarote y dice algo así como “lo siento no te lo dije pero es verdad que tengo 2 años de edad es verdad que tengo 2.000 años de edad”, y me sorprende que todo el poemario de Pablo Lópiz Cantó (Madrid, 1975), en realidad, transpira también en cierto sentido ese desarraigo del tiempo. No sé si hay una conexión directa entre ambos. Creo que no se han leído mutuamente, pero para mí, en esa coincidencia de títulos, en ese gesto de hablar de la edad como si fuera un síntoma o un conjuro de los poetas y de las poetas, hay una especie de familiaridad cómplice, misteriosa. Una forma de no pertenecer del todo ni al tiempo biográfico ni al literario, ni mucho menos al tiempo del trabajo.
Pero volvamos al verano, a la playa, a las escenas donde todos podríamos estar (o desear estar) ahora mismo. Porque, hablando de veranos, pienso en uno muy concreto: el de 2024, cuando estuve en Palermo. Allí vi algo que nunca había visto antes: la playa estaba parcelada. Dividida en cubículos de pago, marcada con vallas de madera, como si el mar y la arena se alquilaran por franjas horarias. Solo había dos pasillos públicos por los que podías entrar al agua sin pagar. Recuerdo cómo mis pies tenían que sortear cuerpos ajenos de adolescentes tirados en sus suelos arenosos para alcanzar la orilla. Como si el Mediterráneo y sus playas fuesen, a la vez, la cola del paro y un coworking.
Es esta imagen recurrente la que me hace entender a la perfección esa nostalgia de lo común convertida en privilegio de la que habla Pablo Lópiz Cantó en su poemario. Porque si Lópiz Cantó critica con dureza la lógica mecánica del turismo estival —ese “gran engranaje” que mueve “pequeños grupos / mecánicos de hasta quince autómatas cada uno”—, no lo hace con el verano en sí. Al contrario. En uno de los poemas que más me gusta del libro, un asalariado bracea hasta la boya y Lópiz Cantó escribe que desde allí: “El mar es un incendio azul bajo el sol blanco / un resplandor de zafiro bajo un cielo salado”. Ahí no hay crítica al asalariado que observa desde lejos la orilla y los derrotados cuerpos que yacen en sus toallas: hay un deseo por permanecer en silencio en ese destello, por ese incendio de intenso azul que se produce bajo la luz blanca del sol.
Porque no sé si se puede describir mejor lo que sentimos los asalariados cuando braceamos hasta la boya. Esa boya nos parece, acaso, una meta y actúa como un lugar de descanso. Pero a ella, paradójicamente (y quizá por su condición de meta) hemos de ir ‘como con mucha prisa’, como si huyésemos a nado hacia la libertad, como si —en caso de llegar los últimos o de quedarnos a medio camino— la sensación vacacional no se consumase, y se rindiese a sí misma antes de llegar a ser. Y es que una vez llegas a la altura de la boya y miras al cielo, o a todas las cabecitas en la orilla y los edificios a lo lejos, sientes por fin la paz. Así lo plasma el poeta y aquí lo recojo yo. Allí no hay productividad, ni mercado, ni algoritmos. Solo estás tú y una especie de libertad muscular. Tus piernas en continuo movimiento, tu cuerpo entero cogiendo aire. Tú misma, simplemente, de un impulso, haciéndote la muerta bocarriba. Lo sé porque yo también he braceado hasta la boya cada verano desde que tengo memoria y porque, en esa semana en Sicilia, me giré sobre mí misma —agua hasta el cuello, ciudad al fondo— y pensé: esto es. Esto es lo más parecido a ser libre. A ser una bañista sin deberes.
Un ramo de flores me encontró en esa especie de epifanía laica, porque poco tiempo después, mientras continuaba con el recuerdo estival, conocí al autor. Tras una conversación en “Los libros de los demás” (un festival literario organizado por la Plataforma Poetas por Teruel), me dijo: “Esto es lo que estoy escribiendo”. Cuando el libro se publicó, al igual que él, comencé a sospechar que los veranos de la juventud no iban a volver nunca más, que ahora solo nos quedaría la victoria precaria de ser unos “minúsculos ejércitos rojos ondeando sus banderas / de la victoria en el Reichstag del trabajo asalariado”. Veraneantes, sí, pero como quien recibe una tregua o un permiso temporal. Porque este libro, como la propia playa, es una trampa elegante para hablar de ‘estructuras elementales’: ¿de verdad solo hay dos clases de personas? Lópiz Cantó responde mejor de lo que solemos hacer el resto en sobremesas entretenidas. Hay dos tipos: “las que al cruzarse con la policía / se sienten seguras y protegidas, / y quienes no pueden decidirse / entre el asco, el miedo o la rabia. / En cualquier caso, la policía / no pertenece a ninguna de ellas”. Aquí lo deja él y yo, sinceramente, aplaudo.
Como decía, Un ramo de flores arde en otro tipo de fuego. Desde el título, Lópiz Cantó disfraza el poemario para parecer frágil, parecer amable, pero es pura infiltración. Un caballo entrando en Troya en forma de poema. Como profesor de filosofía en la Universidad de Zaragoza y autor de otros dos poemarios, Cuaderno de sublevaciones (2008) y Cómo vivir juntos (2018), además de un libro de relatos y varios libros de corte filosófico o ensayístico y académico, sabe perfectamente cómo entrar en un sistema para desactivarlo desde dentro. Su “Manifiesto breve”, que abre el libro y está escrito de su puño y letra, no da rodeos: la burguesía ha vaciado de prestigio toda forma de sabiduría y la ha convertido en mano de obra. Sabios, médicos y poetas: todos somos asalariados con resaca de aura. Pero Lópiz Cantó no se detiene aquí porque, poco después, nos planta una cita de Debord, que dice algo así como que el comunismo realizado será la obra de arte transformada en realidad de la vida cotidiana. Y otra de Rancière, otra de Kant, una más de Foucault… Pero no es una exhibición de aparato teórico, sino, más bien, una forma de hacer al lector o lectora preguntas incómodas a responder. Aunque mi pregunta favorita de todo el poemario es la siguiente y no necesita recurrir a ningún antepasado filosófico, creo: “¿en qué se diferencia el poema / de una lista de la compra?” El poeta, quizá también por filósofo, responde haciéndose otra pregunta. Cómo no. Pero yo os traspaso esta primera. Decidme.
El poemario se organiza en seis secciones: “Libro vigésimo tercero”, “Espectros del comunismo”, “Crítica de la Razón poética”, “L’Atelier”, “La edad de los poetas” y “Variación”. En todas, flota la misma intuición: la poesía no está para adornar el mundo sino para incomodarlo. “La alegría, la complicidad y el deseo”, escribe, “son animales relativamente frágiles”, pero también lo son el odio compartido a la policía o el café bien servido. Lópiz Cantó combina, con su estilo reflexivo a la par que combativo, una épica cotidiana, con un análisis crítico hacia el sistema y una cierta ternura a contramano. Y honestamente, en su escritura no hay un romanticismo vacío, sino una intimidad en la barricada. Porque la vida, también comienzo a sospechar, se reduce a preparar café juntos, a odiar lo odioso y a encontrar en el “tacto suave de los cuerpos” una revolución doméstica. Y cuando se describe la barricada con cierta nostalgia, el poeta sugiere: “A veces la belleza se reduce a eso: / ser con otros y enfrentar el destino, / saberse Héctor, inútilmente defender Troya”. Sin épica ni autocompasión, solo con la honestidad de poner la cara y atreverse a bracear contra la ola, aunque el mar esté lleno de banderas rojas que provoquen otros tantos incendios. Porque Lópiz Cantó no escribe una poesía crítica contra el trabajo ni, mucho menos, contra el amor, sino contra el trabajo que nos ha robado el tiempo para el amor.
En definitiva, Un ramo de flores más que un poemario es un ensayo lírico sobre el comunismo, el deseo, la precariedad y la necesidad (a veces urgente, a veces íntima) de vivir con otros, pese a todo, y estar tranquilos y tranquilas en un tiempo sin tiempo, como es el tiempo del verano. Es también una forma de habitar lo irreparable con dignidad y querer también destruir este mundo trastornado. Es, en el fondo, como él mismo escribe, “una barricada que produce a su propio pueblo”. Una flor arrojada al sistema. Y a veces pienso que esa flor podría ser, tal vez, un pasaporte. Que haber braceado hasta la boya en agosto, y tratar de contestar a las preguntas de los versos de Lópiz Cantó en septiembre con la sal aún en el cuerpo, es un modo de pedir una segunda ciudadanía. Mi madre, cuando era pequeña, solía decirme —medio en broma, medio en serio— que, si me portaba mal, me devolvería a la mafia siciliana de la que, según ella, me había comprado. Durante años lo viví como una amenaza. Pero ahora, no sé. Sin ánimo de banalizar nada, empiezo a pensar que no sonaba tan mal: volver a Sicilia, a algún cubículo cerca del mar, donde cumplir años sin prisas y responder con calma (y algo de ironía) a esas preguntas fundamentales que solo la antropología filosófica se atreve a formular. No es tanto una nostalgia geográfica como un deseo de tiempo dilatado. Porque la edad de los poetas debería medirse en veranos.
Sofía Morante Thomas es poeta y doctoranda en Estudios Lingüísticos, Literarios y Teatrales en la Universidad de Alcalá, donde investiga a la autora Miriam Reyes con un contrato de FPU del Programa Propio. Forma parte del equipo directivo de la Asociación Pandora, una asociación de Estudios Literarios Feministas y de pensamiento contemporáneo. Su último poemario, Otra conversación, fue publicado en febrero de 2024, con la editorial toledana Gato Encerrado, y se suma a su obra anterior Sed de Naufragios (La Poesía Mancha, 2018)

