“Rifkin’s Festival”: la circularidad de la nada.

por Nov 5, 2020

“Rifkin’s Festival”: la circularidad de la nada.

por

Rifkin’s Festival

Director: Woody Allen

Reparto: Georgina Amorós, Gina Gershon, Wallace Shawn, Elena Anaya

Duración: 93 minutos

 

Una pareja charla sobre la capacidad del cine como agente del cambio social, bebe y ríe en una anodina mesa de hotel —mantel blanco, servilletas blancas, flores blancas, vino blanco—; al fondo la playa de la Concha. El plano se centra en ellos, las copas vacías indican que, efectivamente, llevan un rato charlando, están colocadas meticulosamente formando una suerte de trampantojo que sirve de marco donde ellos encajan perfectamente. Ríen y beben vino ajenos a todo. Parece una escena romántica prototípica con un desenlace ya escrito — «como debe acabar, como está escrito, como es inevitable que suceda» ¿En tu habitación o en la mía? ¿En la cama o en la ducha?— Sin embargo, el plano cambia: las copas alteran su distribución y pasan a estar dispuestas en el centro del mantel, al fondo el espectador puede ver a un hombre raquítico y de avanzada edad que lucha por hacerse un hueco en la conversación con apuntes irónicos y desesperados; cualquiera diría que es el elemento discordante, pero él es el marido y sabe perfectamente que esas copas marcan una distancia análoga al mito de Sísifo: la roca es su matrimonio, la cima es su salvación.

Rifkin’s festival es una película que no cuenta nada nuevo; es legítimo quedarse sin ideas, volver continuamente a las preguntas que te atormentan, el problema es cuando la trama —encajada en 90 minutos— se vuelve soporífera. Hace tiempo que como amante del cine de Woody Allen no le exijo que innove, simplemente acudo al cine como un buen feligrés un día de domingo, me siento en la butaca y me deleito con los créditos sobre un fondo negro del principio, me engaño creyendo que será algo similar a Annie Hall y acabo por salir del cine frustrado para después de un par de días exclamar “quizá quería contarnos esto, quizá, quizá (música de clarinete, fundido a negro, llantos)”. Un compañero de mi promoción escribió una vez «me han entrenado para la hermenéutica perfecta (que es la hermenéutica conveniente)». Es una frase magnífica y de gran utilidad para el ejercicio del fetichismo hacia un poeta o cineasta, el autoengaño es una práctica sana: “Woody, te sigo amando y siempre lo haré”. La elección del paisaje, el uso de la luz para destacar sentimientos, secuencias oníricas que homenajean al cine de Godard y Truffaut, los diálogos sobre el sinsentido de la vida, si hasta retoma los chistes sobre su judaísmo ¿qué falla entonces? Supongo que la trama, pero ¿qué puede hacer un hombre cuyo matrimonio está abocado al fracaso? Nada —me gusta pensar que es un guiño autorreferencial a su última biografía—. Póngase en su situación, acuden al Festival Internacional de Cine de San Sebastián con una mujer que va a divorciarse de usted, ¿qué haría? Lamentarse y tratar de disfrutar del ambiente que le ofrece la ciudad, tal vez buscar un affaire imposible con alguna joven que salve su masculinidad herida, acabar llorando en algún rincón solitario, tener alucinaciones sobre tiempos pasados e ir corriendo a su psicoanalista para desahogarse. Rifkin’s festival cuenta eso y nada más que eso; es aburrido porque debe ser aburrido. ¿Encaja con la concepción cinematográfica del espectador medio? No, pero tranquilos, el protagonista se encarga de advertirlo en más de una ocasión: es la encarnación de «la cortina impalpable que separa el sueño de la realidad», el personaje encarnado por Wallace Shawn —sueño— del neurótico y cancelado Allen —realidad—. La nueva obra del director norteamericano es también, sin duda, un manifiesto a la frivolidad del genio que se cree incomprendido, aspecto que el bueno de Woody critica creando un bucle que, afortunadamente, dura 90 minutos: una pareja charla a solas sobre la capacidad del cine como agente del cambio social, bebe y ríe en una anodina mesa de hotel —mantel blanco, servilletas blancas, flores blancas, vino blanco—; al fondo la playa de la Concha.

 

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